Propiedad incomparable de la lengua propia de Sófocles, mientras que Esquilo y Eurípides se entienden más para representar el sufrimiento y la ira, y m enos el entendim iento del hom bre en su marcha bajo lo im pensable (O, 9 6 0 ).
Objeto aquí, y desde un principio, que pueda tener valor el reagrupar a Esquilo y Eurípides. Pero esto no es sino el indicio de una distinción más profunda, de una elección sofocleana parcialmente inesclarecida, de la cual no se puede tampoco excusar completamente a Freud, pues ¿quién declarará exenta de «retorno» la lógica nativa del inconsciente?
Aquello en lo que se destaca Esquilo, es más bien en aprehender, en el territorio del superyó, la ruptura instituyente. Nunca hay retorno al orden en su teatro, se opera en el mismo la recomposición de un orden dife rente. Esquilo excluye la presuposición de una unidad de lo original. De ahí que, en efecto, el hombre esquileano no marche bajo lo impensable. La excelencia de Esquilo está seguramente del lado de lo pensable. La excelencia de Esquilo, es la de desviarse del retorno, o más bien: exponer un retorno no natal.
De golpe, no es el exceso formal el que es motor, sino la negativa va liente. Aunque corroído de angustia, porque corroído de angustia, Orestes no interioriza la ley de la sangre y de las prestaciones infinitas. No se alza tampoco contra ella en la ceguera de un furor. Pide una discusión con hechos como prueba, planta cara, no cede a la fascinación asesina de las Erinias.
«Orestes», en primer lugar nombre de la angustia, es el nombre del coraje. «Atenea» es el nombre de la justicia.
Antígona, Creonte, Orestes y Atenea nombran la instancia completa del efecto de sujeto en la tragedia griega: ló informe, el exceso formal, la interrupción y la recomposición.
En una tragedia de Esquilo, la «marcha de la insurrección» -para hablar como H ólderlin- no coincide con la propagación de la muerte. Es fundadora de justicia por escisión y debilitamiento de la ley antigua. Lejos de ser mantenido en la exclusión de la causa ausente, el rebelde, Orestes o Prometeo, es el actor inmediato de esta marcha.
Hólderlin opta claramente por lo trágico sofocleano, es decir, por la parte estructural de la teoría del sujeto.
Lo que. hace la partición, es la limitación natal del retorno. A razón de este límite, la historia trágica sofocleana circunscribe el antagonismo en la potencia de lo Uno.
El punto clave, para Sófocles-Hólderlin, es la marcha retrógrada hacia el origen, en su doble forma: el exceso formal, y el fuego de lo informe. Efecto de la subjetivación angustiada, consistente según el superyó, el héroe sigue la involución del esplace hasta morir.
El punto clave para Esquilo es completamente distinto, es la interrup ción de la potencia del origen, es la división de lo Uno. Esta interrupción toma, ella también, una doble forma: la de la negativa valiente, o sea, el sometimiento de la ley a cuestión de tormento bajo el efecto de un dema- siado-real [trop-de-réel], en transcrecimiento de la angustia en el modo de un litigio. Este momento es padecido cuando Orestes exige que sea zanjada la cuestión: ¿hubo error, o razón? La otra forma, es la recomposición que despliega, a partir de la interrupción, Lm orden de justicia nuevo.
Ninguna de estas dos formas es el origen convertido en la regla. Éstas nombran lo que del sujeto, siempre efectuado bajo la ley (angustia y superyó), no por ello deja de exceder esta efectuación para hacer ser la novedad de su ser, en este caso, en Esquilo, un sujeto de derecho.
Como todo gran dialéctico, Hólderlin reconoce al vuelo la virtualidad de la vertiente esquileana: «Y en el retorno natal, en que todas las cosas
mudan su figura, y en que naturaleza y necesidad, que permanecen siem pre, tienden hacia otra figura, ya sea tornando al caos, ya sea pasando a una nueva figura ( ...) » (O, 965).
Sin embargo la novedad virtual, la «nueva figura» que podría generar la tragedia, no adviene sino en la fuerza de la muerte. ¿Por qué? Porque esta nueva figura, la serie lo muestra, no es sino el exceso formal, no es sino la ley misma aprehendida del vértigo del terror. Y porque el caos no es sino lo ilimitado como agitación de lo informe. ¿Cómo, por lo demás, acceder plenamente a la novedad de un efecto, si se presupone, en el modo de lo natal, la unidad absoluta de la causa? También Hólderlin debe explicitar un principio de limitación: un retorno total, dice él, no le está permitido al hombre. Está claro, en efecto, que un retorno total no podría ser natal. Para que sea posible, debe venir la liberación de la Jíje^a su peryoica. La vía esquileana, al afirmar que coraje y justicia dialectizan angustia y superyó, instruye la divisibilidad, elucida la liberación.
No es que haya que abandonar la bella palabra de «retom o». Quiero más bien distinguir dos formas, en cuanto a lo que ésta designa en la teoría del sujeto. Está el retorno natal, que se mueve en la angustia, y pretende curarla mediante el terror restaurador, así como mediante su reverso, el sueño místico. Está el retorno del exilio, donde es de la negación como escisión de la ley antigua que procede la aclaración, bajo el modo de lo nuevo, de la torsión infligida a lo real. El retomo del exilio revoca lo original como poco-real [peu de réel], y restaura lo real en la justicia.
En lo que existe un retorno total: del pasado, hagamos tabla rasa. Lo que no es simple, es que es en vano esperar el proceso del retorno del exilio sin el apuntalamiento en estructura sobre lo real. Pues es del impase materialista del segundo que procede la existencia práctica del primero. Es unilateral declarar trágico el sujeto; sin embargo, hay tragedia.
Mantener el exilio - o , como dice Rimbaud en Una tem porada en el
infierno: «mantener el paso ganado»-, es lo que Hólderlin no podía so
portar, no siendo jamás el exilio para él sino la crucificante mediación del retorno.
El coraje no tiene otra definición: exilio sin retorno. Pérdida del nombre. Pero Hólderlin quiere el mantenimiento de la nominación de lo cercano:
¡Y ciertamente sí! es justo el país natal, el sol de la patria; Lo que tú buscas, es cercano y viene ya a tu encuentro (O, 817).
Declaramos que hay que adelantar [doubler] la nostalgia, así como se adelanta [doubler] un convoy74, exceder en el coraje la forma apremiante del retorno.
Sofocleanos, la búsqueda en retorno de lo cercano en lo lejano, el patriotismo infinito de la pura proximidad, la verdad tan íntima que uno debe morir al descubrirla en sí.
Esquileanos, lo lejano en lo cercano, el exilio en lo más próximo. La acción basada sobre aquello cuya lógica es la más imperiosamente ex tranjera a lo que nos es familiar: esto es, un sujeto para el antagonismo.
Aunque haya que volver - y aunque este retorno sea su jeto -, puede brotar y aclararse el franqueamiento de lo que ya no implica ningún retorno.
74 El juego de palabras es imposible de mantener en castellano, pues dou bler significa, en efecto, «adelantar», pero asimismo «doblar», «duplicar», «aumentar». (N. del T.)