División de la fuerza. - Spinoza y Malebranche. - Stalin. - La transmisión de lo nuevo en las ciencias y en las no-ciencias. - El no-am or en los políticos y en los analistas. - Mayo de 1 968. - La burguesía hace política. - La periodización. - La ópera hegeliana.
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La fuerza es su expansión afirmativa, no obstante emplazada en el arbotante estructural de la otra fuerza: ya sea que rija la unidad del espla
ce (fuerza en posición de Estado - o de sim bólico-), ya sea que revele el
horlieu (fuerza en posición de revolución - o de real-).
Éste es nuestro método de vaivén. Apenas se rodeó lo histórico de la contradicción, la cualidad inhomologable de sus términos, su extrañeza mutua, que hay que fijar deprisa todo aquello en el suelo ordenado de las estructuras, sin perjuicio de evaporarnos en la metafísica del deseo, asunción sustancial y nómada del horlieu cuyo lugar mismo llega a inferirse. Esta asunción constituye e.1 deslinde «a la izquierda» (desviación zurda, más bien que izquierdista) de la dialecticidad de la dialéctica. Nada nuevo por este lado desde Spinoza.
Los derechistas no se fueron jam ás del esplace, cuya descripción los colma. El relojero más generoso de la familia es, sin duda, Malebranche. Spinoza y Malebranche, en el fondo, son los grandes purificadores de la fuerza. El judío afirma la unidad de la misma, que no es el todo, y que se desenvuelve. El católico expresa su mecánica exhaustiva, pie y contrapié, para- que Dios escuche subir de su Creación, este horlieu que hizo lugar
[qu’ilfit lieu], el tañido matinal de su gloria.
La austeridad significativa de lo Uno contra las delicias en espejo del Todo.
La fuerza es impura, católica y judía. Es lo que puso fin a la metafísi ca, habiendo contribuido no poco a ello el cortejo de algunas guillotinas
y muchos comités, populares que acompañaba a la Razón pura, en el alba de la segunda modernidad conceptual (la primera se consolidaba a través de carabelas, de griego en el texto, de telescopios y de cálculo infinitesimal).
La fuerza es impura, porque siempre está emplazada. El nuevo historial se infecta de la continuidad de las estructuras. Algo de la cualidad de la fuerza se homogeneiza al esplace, para al menos representar en el mismo su propia abstracción, y soportar la ley.
Hay lo infinito de la fuerza, hay su finitud. Y ni siquiera, como en Hegel, la inferencia experimental y circular de uno a otra.
Nuestro sesgo será éste: en toda contradicción, la fuerza manifiesta su impureza mediante el proceso aleatorio de su purificación. El modo en el cual se despliega el carácter sometido [asservi] de la fuerza, en su escisión de su infinitud afirmativa, es él mismo un movimiento, en que la fuerza concentra (o no) su identidad cualitativa, desgarrándose así expansiva mente de lo que persiste, a pesar de ello, en fijar su sitio [siíe].
Ninguna otra definición del partido político de clase que el tener que concentrar, en una situación que puede ser de debilidad y de dilución extremas, el proyecto histórico que es la fuerza-de-clase [force-de-classe] en persona, o sea, el de emerger fuera de lugar [hors lieu] y destrozar el
esplace imperialista.
Se encontrará aquí cierto segundo plano filosófico ajustado a la sen tencia de Stalin -d e la que se sabe, por otro lado, el u so -, que declara que «el partido se refuerza al depurarse de sus elementos oportunistas»
(Principios del leninismo). «Se refuerza» es poco decir. Investido de ningu
na otra operación que escindir de su figura sometida [asservie] la fuerza política de la clase obrera, «concentrar las ideas justas» (Mao), mantenerse al máximo fuera de lugar [hors lieu], destruir en sí mismo todo lo que no es la destrucción del esplace; el partido es purificación.
Lo que no quiere decir que sea puro, ni que tienda a la pureza. To davía menos que cortar cabezas sea la esencia de su acción. Por esta vía sangrienta, Stalin no arribó más que al desastre. Pero el partido actúa en función de la articulación de sí mismo y de su disipación impurificante, siendo dirección, en el seno de la clase, de la imparable lucha entre las dos vías, sin otra razón de existir que la prueba manifiesta de una cualidad más densa, de una heterogeneidad más compacta, de una potencia destructora y recomponedora más nueva.
A esta juntura, donde la expansión interna de la fuerza diseña la historia de una contradicción, pero donde la impureza homologante prescribe el
horlieu de la misma, donde una dice el «hor-» del horlieu y el «es-» del espla
ce, la otra el «-líeu» y la «-place», Mao le dio un nombre cuya simplicidad extravía: lucha de lo viejo y de lo nuevo, lucha de la que él asegura, muy especialmente cuando se prepara para dar aval a la segunda revolución china (llamada «cultural»), que proseguirá, incluso en la violencia, hasta los tiempos, inclusive, de la falaz pacificación comunista, más allá de las clases y del Estado.
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Lucha de lo viejo y de lo nuevo. La purificación de la fuerza es la con centración de su novedad. Estas «ideas justas» de las masas, que el partido marxista debe «concentrar», son obligatoriamente ideas nuevas.
Es ir bastante lejos en la dialéctica, comprender, en un sentido no trivial, que toda justeza [justesse] y toda justicia [justice] son, por principio, nove dades, que todo lo que se repite es invariablemente injusto e inexacto.
Inútil, sin embargo, tratar de vivir sin la repetición.
Si se compara la matemática enseñada y la matemática inventada, se tiene la mejor imagen de este torniquete. Aunque la primera no sea en apa riencia sino la exposición ordenada de la segunda, desde el punto de vista de la dialéctica hay que decir que es inexacta y que no da ninguna idea de lo que son, en tanto que proceso subjetivo e histórico, las matemáticas.
Lo que se enseña, no es la matemática, sino exclusivamente su lugar. La pedagogía delimita un esplace, quedando en ustedes estar allí fuera de lugar \hors lieu], es decir, producir aunque más no fuese un teorema decisivo, que haga refundición, único título del que pueda prevalerse el matemático, que no hay que confundir, diría Lacan, con el universitario de la matemática.
En resumen, lo qué no se transmite, es más exactamente el proceso de concentración cualitativa de esta fuerza extraña con la que se agujerea la matemática esplazada [esplacée].
Por otro lado, es perfectamente visible que todo gran descubrimiento científico es una depuración. Reinaban lo impuro, el caos, el artificio; adviene un orden inhomologable con las viejas costumbres.
Toda ciencia forma partido: miren sus congresos.
¿Dirán ustedes que nada se transmite de esta veniente de las cosas? No, no hay más que leer estas grandes correspondencias del siglo XVII entre Descartes, Fermat, Pascal, y otros -d e las que el valiente padre Marsenne
posee, sólo él, la administración postal-, para ver que se transmite allí lo nuevo en acto. Sin embargo, muy a menudo, mediante el sesgo desafiante de lo que es silenciado, por el margen del texto, por la apariencia pura mente particular de un principio general disimulado. Dios sabe que estos señores del pensamiento llevan lo más lejos posible el recelo y el silencio. El rayo de la comunicación conmovedora alumbra aquí el sarmiento seco de lo esquivo.
Por sí solas, estas cartas demuestran que si el esplace se propaga por el cuidado, la confianza y el amor (como dicen los pedagogos «modernos»), o tan bien como por la coerción, el desprecio y la frialdad (como hacen los pedagogos padres azotadores de la vieja Inglaterra), la concentración de la fuerza requiere más bien, para su transmisión singular, la alusión, la tensión, una forma oblicua de desconfianza cortés cuyo arte está en su colmo entre los clásicos. Pues es poco decir que Descartes y Fermat, Pascal y la sombra de Descartes no se amaban. Por su no-amor esencial circulaba la esencia de lo verdadero.
No se ama mucho, tampoco, en los grandes partidos políticos, lo que es tomado por algunos ingenuos como el efecto detestable de las «luchas por el poder», cuando es el axioma ontológico de la unidad purificante el que ahí se abre camino.
No se ama del todo en las sociedades de psicoanálisis, y especialmente cuando se plantea en ellas la funesta pregunta: ¿cómo se transmite el psi coanálisis? Este no-amor es de una profunda lógica. Vehicula el proceso de la fuerza, y se escande, como es debido, por exclusiones, escisiones y ex comuniones. Entre los psicoanalistas, a cada instante uno se fortalece, o se debilita, al depurarse de sus elementos oportunistas o revolucionarios.
En la escuela freudiana, en torno de este punto nodal: «¿cómo se recibe de la Escuela una habilitación de psicoanalista?» - o sea, lo que esta Escuela llama, con un nombre perfecto, el pase-, se llevan a cabo feroces combates, de los cuales, más allá de la muerte, desgraciadamente inevitable, de su gigantesco dominador [dominateur] Lacan, se debe esperar el hundimiento de esta Escuela en la anarquía mediocre de su im-pase [im -passe].
El individuo no escapa a ello. Si quieren advenir como sujeto, debe rán, lo saben bien, fundar de manera completamente expresa, contra las costumbres, el partido de ustedes mismos, áspero, concentrando en un objetivo la fuerza y el poder [puissance] de abnegación, y cuya condición de existencia es no amarse demasiado. Cosa que los moralistas clásicos dijeron de una vez por todas, y en primer lugar Pascal, uno de nuestros cuatro más grandes dialécticos nacionales -lo s otros son Rousseau, Ma-
liarme y Lacan-: «El Yo [Moi] es odioso». No es necesario volver sobre este punto.
Si al menos uno quiere ordenar en sí mismo la dimensión de masa (cólera, indignación, frenesí, sorpresa, encuentro, rebelión, alegría...), la dimensión del Estado (usos y costumbres, repeticiones, inserción social, familiaridades, casa y comida, perros y gatos...) y la dimensión del partido (concentración de la fuerza, heroísmo, continuidad innovadora, trabajo por objetivos, escisión de sí mismo, unidad de nuevo tipo, coraje).
Lo que no se le pide a nadie, y que es, por lo demás, imposible de decidir. Sucede, digamos, que «eso haga yo» [que « g a fa sse je» ].
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Una definición: llamaremos subjetivos los procesos relativos a la con centración cualitativa de la fuerza.
Son, lo subrayo, prácticas, fenómenos reales. El partido, es del orden de lo subjetivo, tomado en su emergencia histórica, la red de sus acciones, la novedad que él concentra. La institución no es sino un caparazón.
Se llamará, correlativamente, «objetivo», el proceso por el cual la fuerza es emplazada ¡placee], por ende, impura.
Toda fuerza es, en la medida en que se concentra y se depura como escisión afirmativa, una fuerza subjetiva, y en la medida en que es asignada a su lugar, estructurada, «esplazada», una fuerza objetiva.
Diremos más exactamente: la fuerza tiene por ser, dividirse según lo objetivo y lo subjetivo.
Si observan Mayo del 68 a vuelo de pájaro, pueden ver en él un soplo, una aspiración cualitativa irreductible y nueva, ven en el mismo ese punto de concentración excepcional, radicalmente nuevo, que es el establecimiento de miles de jóvenes intelectuales en las fábricas, y el apa rato mínimo de esa concentración (las organizaciones maoístas). Ven en él, también, la debilidad insigne de esa concentración y de ese aparato, la dilución insalvable de la rebelión en figuras pacíficas, reivindicativas, infrapolíticas. Ven en él la maniobra defensiva combinada sin dificultad, por la fijeza del esplace, entre gente del gobierno y gente de los sindicatos, entre Pompidou y Séguy. No es, en verdad, sino un comienzo; y continuar el combate, una directiva a largo plazo.
Se ve, pues, simultáneamente la fuerza objetiva de la fuerza, y su debi lidad objetiva. Todo el mundo en la huelga y en la calle, para un comienzo
precioso y, a su manera, inmortal, pero del cual, siete años después, con servamos en muy escasa medida, en el ambiente sepulcral del programa común y los padrenuestros del enterrador Mitterand, el porvenir subjetivo y la acción restringida concentrada.
Digamos que lo subjetivo de la fuerza del adversario está todavía en bastante buen estado. Eso, los revolucionarios nunca lo terminaron de entender. La mayoría piensa que son el único sujeto, y se representan la clase antagónica como un mecanismo objetivo de opresión dirigido por un puñado de aprovechadores.
La burguesía no es en absoluto reducible al control del Estado o al beneficio económico. Sobre este punto, también, la Revolución Cultural nos ilustra, al designar la burguesía dentro de las condiciones en que la industria es íntegramente nacionalizada, y en que el partido del prole tariado domina el Estado. La burguesía hace política, conduce la lucha de clase, no sólo por el sesgo de la explotación, ni por el de la coerción, terrorista o legal. La burguesía hace sujeto. ¿Dónde, pues? Exactamente como el proletariado: en el pueblo, incluida la clase obrera, y yo diría incluso, tratándose de la nueva burguesía burocrática de Estado, incluida especialmente la clase obrera.
Los burgueses imperialistas son un puñado, se entiende, pero el efecto subjetivo de su fuerza reside en el pueblo dividido. Solo existe la ley del Capital, o los policías. Perder esto de vista, es ya no ver la unidad del
esplace, su consistencia. Es recaer en el objetivismo, cuyo precio a pagar
es, en primer lugar, hacer del Estado el único sujeto, de ahí la logorrea [logorrhée]17 antirrepresiva.
Hay que concebir la sociedad imperialista no sólo como sustancia, sino también como sujeto.
Nosotros no pertenecemos a la misma, es cierto, sino en lo subjetivo, que no es el sujeto, sino su elemento, su género.
Lo objetivo y lo subjetivo dividen la dialéctica. Si ustedes toman en consideración las dos fuerzas antagónicas (sin olvidar la articulación sub yacente en esplace y horlieu), pueden cortar allí una dialéctica objetiva y una dialéctica subjetiva, cuyo conjunto es la dialéctica de la fuerza.
Vean el esquema, sobre el ejem plo canónico de la contradicción burguesía/proletariado:
P (burguesía)
dialéctica objetiva (realidad)
según P (A): fuerza subjetiva (política de clase en el pueblo)
según P (A p): fuerza objetiva (relaciones de explotación y control del Estado)
según P ( A p): fuerza objetiva (rebeliones de m asas)
dialéctica
i subjetiva
I (real)
Ap (proletariado)
según A ( A p) — > A (P): fuerza subjetiva (política de clase en el pueblo; partido)
La objetividad común rige la vida de las masas: oprimidas y rebeldes, según el axioma: «Ahí donde hay opresión, hay rebelión». Es la dialéctica objetiva, el mundo tal como marcha, la historia, hecha por las masas, como sabemos.
Lo subjetivo, es la política, hecha por las clases en las masas.
Dicho sea de paso: comprender la distinción entre la historia y la política,
entre las masas y las clases, es exactam ente lo mismo que comprender la dis
tinción entre el Todo y lo Uno. Éste no es un asunto menor.
Está claro que el punto de aplicación en esplace de la fuerza subjetiva burguesa es impedir la constitución fuera de lugar [hors lieu] de la fuerza subjetiva proletaria. El objetivo fundamental de la actividad subjetiva es, aquí, bloquear el proceso de concentración (de depuración) de la fuerza antagónica. Se trata de mantener a toda costa la dilución máxima de la misma, incluso si esta dilución es la de innumerables rebeliones.
Ahí, hay que estigmatizar la filosofía remendona de los defensores de la «convergencia de las luchas». Esta concepción geométrica descansa puramente en la asignación objetiva de la fuerza. Una suma de rebeliones no hace ningún sujeto, ustedes pueden «coordinarlas» tanto como quieran. En la geometría de la «convergencia», hay que substituir lo cualitativo de la concentración. Una heterogeneidad política mínima y depurada es cien veces más combativa que una armada parlamentaria de luchas representadas. La convergencia es la desviación objetivista tipo, donde el
antagonismo, escamoteado el trabajo de la depuración subjetiva, se halla desafortunadamente disuelto.
La convergencia hace el trabajo de la fuerza subjetiva adversa, hay que decirlo francamente.
En el fondo, los poderosos de este mundo tienen siempre interés en que se tome la historia por la política, es decir, lo objetivo por lo subjetivo. Es el elemento natural del mantenimiento de su propia actividad subjetiva, aplicada a que no se concentre ninguna cualidad inhomologable enfrente de ellos.
Gente a su servicio,, se llevan a las patadas entre los «marxistas»: to dos los que bordan sus encajes poco vivaces en torno de un «marxismo» reducido a la virtud morosa de una «ciencia de la historia».
¿Ciencia de la historia? El marxismo es el discurso del cual se sostiene el
proletariado como sujeto. De eso, no hay que desistir jamás.
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Volvamos a ese rasgo por el cual la dialéctica materialista se distingue de la hegeliana: aquélla periodiza mientras que ésta hace círculos.
Tenemos ahora dos herramientas para fundar la periodización, y, esta vez, hacer historia - o , es lo mismo, hallar el período ju sto -, es su trabajo exclusivo.
a) Los términos de la contradicción están doblemente determinados: en cuanto a su plaza (esplace/horlieu); en cuanto a su fuerza.
b) La fuerza está doblemente determinada: objetiva y subjetiva.
Ustedes me dirán: ¿en qué se relaciona esto con la periodización? Y bien, en que podemos formular su doble criterio dialéctico:
- que el esplace esté en la evidencia destructiva del horlieu;
- que lo subjetivo de la fuerza acceda a un escalón de su concentración cualitativa.
Es en esta doble condición que adviene un proceso-sujeto.
Para tomar en consideración las cosas de lejos, volvamos sobre la Comuna de París, a propósito de la cual los historiadores discuten desde siempre para saber si es la última de las insurrecciones obreras «arcaicas» del siglo XIX o la primera de las revoluciones «modernas», prueba de que sus criterios son deficientes.
En conformidad con lo que deja prever la existencia de un criterio doble, hay dos balances de la Comuna en la tradición marxista (además
de que se prepara de la misma, vía la Revolución Cultural, una tercera: habrá, pues, cuatro).
El balance de Marx (La guerra civil en Francia) es en realidad puramente objetivo. Designa la acción parisina como clarificación de los objetivos , políticos inmediatos de la clase respecto del Estado. Hay que acabar con la maquinaria militar y policial y su apéndice administrativo, sin pretender ocuparlos. Hay que establecer órganos de poder de tipo nuevo, y no dirigir, por sustitución, los antiguos. Marx señala en la Comuna la cua lidad heterogénea de la fuerza como tal, y la limitación de una dialéctica política articulada sólo sobre la lógica de la plaza dominante, la plaza del poder. Marx divide la expresión «tomar el poder» según la plaza (hay que dominar al adversario) y la fuerza (hay que, sobre todo, desplegar de otro modo, según una cualidad nueva, la ocupación de la plaza dominante). Así se pasa de la vertiente estructural de la dialéctica a su vertiente his tórica: el proletariado no es sólo el horlieu de un lugar, es la otra fuerza de una fuerza.
No obstante, no estamos aún sino en la objetividad de la fuerza, o más bien en la unidad indivisa de lo objetivo y de lo subjetivo. Del proceso de concentración de la fuerza, cuya debilidad (que es la de la dirección de la Comuna, parlamentaria y reactiva) evidentemente percibe, Marx no propone ningún análisis particular susceptible de ayudar a pasar más