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Deducción del clivaje

In document Badiou Alain - Teoria Del Sujeto (página 80-89)

Mallarmé y la teoría de la locura. - Las tres figuras de la com binatoria. - Todo térm i­ no tiene un borde evanescente. - Teoremas de la dialéctica estructural. - Definición estructural del revolucionario. - Mallarmé y la angustia

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De esas masas de las cuales la vez pasada les proponía escindir su existencia, según que ellas sean la historia o que, término evanescente que tiene potencia causal, ellas la hagan, el poeta Mallarmé, este ermitaño hermético, tiene la viva consciencia de que en ellas yace el secreto silencioso de toda arte digna de este nombre.

Si fuera cierto que su maquinaria poética agencia un esplace trucado de constelaciones, de rosas, de credencias y de cabelleras, sobre el fondo de salón burgués que Medianoche desuela; si fuera cierto que el término evanescente, de donde estos ingredientes de época sacan la fuerza de soldarse en Idea fría, no va más lejos, en apariencia, que el sol poniente (este Fénix, este «bello suicida», este «Orgullo del atardecer»), o que la muerte del Genio (lógica de las «Tumbas», de Baudelaire, de T. Gauthier, de Verlaine, de Wagner, de E. P o e ...), erraríamos al concluir de ello que este dialéctico prodigioso nunca dio en lo mental sino la vuelta a su cuarto, o la visitación de sus Ancestros.

Mallarmé quiso nada menos que dotar a la Ciudad de un libro y de un teatro donde la infinita potencia muda de las masas -q u e él denomina la multitud [laJou le]35- hallaría por fin con qué producir, apartándose de aquéllos, su emblema total: «¡La multitud que comienza a sorprendernos tanto como elemento virgen, o nosotros mismos, cumple para con los sonidos su función por excelencia de guardiana del misterio! ¡El suyo! 35 Traducimos la Jou le como «la multitud», para evitar superposiciones terminológicas con

Ella confronta su rico mutismo con la orquesta, donde yace la grandeza colectiva» (Placer sagrado, O, 390).

El mutismo de la multitud es aquel por el cual ella produce, en el secreto silenciado [tu] de su grandeza histórica, el concentrado representativo e iluminador del arte.

De esta causalidad perdida en la noche del silencio, el artista no es para Mallarmé sino el mediador nulo. El libro es un proceso independiente de todo sujeto personal: «Impersonificado, el volumen, igual que te separas de él como autor, no reclama proximidad de lector. Él, sábelo, tuvo lugar entre los accesorios humanos completamente solo: hecho, siendo» (La

acción restringida, O, 372).

«Hecho», es bajo la presión de la «grandeza colectiva» que el arte se dispone, sin estar interiormente marcada por la misma, sin ser una política. «Siendo», hace esplace, contemplable a partir de ahora por la multitud de la cual procede, sin que ella lo sepa, pues el arte existe «teatralmente, para la multitud que asiste, sin consciencia, a la audición de su grandeza» (La

Música y las Letras, O, 649).

La multitud es término evanescente para el arte, clinamen que distin­ gue del lenguaje habitual -m oneda de cambio sin concepto- el poema, organización lingüística propia para explicitar «las relaciones ( ...) únicas o multiplicadas» y para «simplificar el mundo» (Id., 647).

Por supuesto, la multitud nunca es aprehensible en su acto causal, ya que desaparece en el mismo. En la retroacción del arte, parece más bien abolida, masa de sombra que constituye por detrás de la obra un correlato perdido. La imagen clave de Mallarmé es aquí la del fuego de artificio: conmemoración, el 14 de julio, de la sublevación fundadora; aquél proyecta sobre el cielo un resplandor cuya multitud es solamente el suelo nocturno: « [...] una multitud bajo el atardecer no constituye el espectáculo, pero por delante surge el haz múltiple e iluminador, en pleno cielo, que representa en un considerable emblema, su oro, su riqueza anual y la cosecha de sus granos, y conduce a alturas normales la explosión de las miradas» (Conferencia sobre Villiers, O, 499).

¿Qué hay de común entre las masas efervescentes y destructoras de la Revolución y este pacífico rebaño de espectadores oficializados? Justamente que «el haz múltiple e iluminador» del poema - o de la m úsica- no para de hacer Todo, inscripción estelar emblemática, de la riqueza productiva del pueblo, de la cual no ilumina ¡éclaire], sin embargo, compacta ausencia, sino la estupefacción extraña en sí.

De cara a esta función del arte, M allarm é-y ésta es su flexión idealista- despacha a cada uno por su lado, en un texto sorprendente, al sufragio universal y a la sublevación (con, no obstante, una ligera preferencia conceptual por el segundo):

Si, en el porvenir, en Francia, resurge una religión, ésta será la am plificación a mil alegrías del instinto de cielo en cada uno; más bien que oirá amenaza, reducir este retoño al nivel elem ental de la política. Votar, incluso por sí, no contenta, en cuanto explosión de him no con trompetas que notifican el júbilo de no em itir ningún nom bre; ni la sublevación envuelve, suficientem ente, la torm enta necesaria para chorrear, confundirse, y renacer, héroes (L a M úsica

y las L etras, 0, 6 5 4 ).

La fuerza de exigencia, que hace de Mallarmé un revolucionario in­ telectual, es aquí el anular la nominación de sí mismo en la fuerza de la multitud («chorrear, confundirse»). He ahí una «tormenta» evanescente de donde procede, renaciente, toda idealidad heroica. Comprendamos esto: para que un esplace representativo advenga (una «religión»), es preciso que el sujeto esté en el arrebato de su «instinto de cielo», el cual anula hasta su identidad nominal antigua. Sobre el fondo de esta falta fulminante, de la cual el sufragio universal es la perfecta negación, se instaura, ceremonial, «la amplificación a mil alegrías». Después de haber desaparecido en su acto, la multitud, de vuelta a su placidez sustancial, contempla el emblema de su fuerza desvanecida.

No existe una aproximación, en nuestra época, a lo que sueña Mallarmé, sino en las colosales multitudes erizadas de rojo de la plaza Tien An Men en lo mejor de la Revolución Cultural. Tal es el verdadero teatro, donde el pueblo procede a «la audición de su grandeza».

Que los imbéciles hayan visto religión en el mismo, no es sino la ju s­ ticia del concepto.

Pero es también la prueba de que la sublevación, contrariamente a lo que dice Mallarmé, es sin duda la forma exacta de la multitud como término evanescente, la «tormenta necesaria» para el remodelaje espec­ tacular del tiempo.

Y aunque sea cierto que el arte concentra la fuerza.

Mallarmé sufría sobre todo, en estos años 1 8 8 0 -1 8 9 0 , de una carencia amotinadora que volvía a arrojar a la multitud al estadio estable de su ser estático. Él lo sabía muy bien: «no hay Presente, no -u n presente no existe... Por falta de que se declare la Multitud, por falta- de todo» (La

«No hay presente», quiere decir: no hay clinamen, ninguna desapari­ ción fecunda de la multitud alzada. Solamente la combinación plácida de las plazas en la regularidad de la ley: «la Ley, dice Mallarmé, sita en toda transparencia, desnudez y maravilla» (La Música y las Letras, O, 373).

Es una maravilla, sobre todo, que en los tiempos coloniales y provi­ soriamente dóciles, Mallarmé haya podido, aunque no fuese sino para cargar con ello el arte, detectar que todo lo que tiene resplandor, todo lo que subsiste y procede, depende de la falta de la multitud, y da testimonio de que, al desaparecer, las masas amotinadoras fundaron hasta el mundo que les prohíbe existir.

2

La propensión36 estructural es querer combinar lo idéntico. Hay ahí como una prescripción de álgebra, donde la repetición de la misma letra, solamente diferente por su plaza, y ni siquiera indexada de su lugar, da la matriz de toda inteligibilidad elemental. Llamemos a esto la primera figura, donde no aparece sino la diferencia estrictamente mínima, de lo mismo a lo mismo, de la plaza a la plaza que ocupan marcas idénticas.

Primera figura: a a a a a a a a a a . . .

No obstante, si se es dialéctico, y no solamente estructuralista, se tropieza con el obstáculo que propone lo real: para distinguirse, la marca (el término, el átomo) debe ejecutarse sobre un fondo de blancura (de

esplace, de vacío), que hace con ella esta vez una diferencia absolutamente

cualitativa. Por ello, afirmamos dos principios y no una única especie de términos. En la segunda figura, precisamos el vacío y los átomos, el blanco y los signos. Esta exigencia de una diferencia fuerte funciona retroactiva­ mente como condición a priori de la lógica de las plazas. Indiquemos como 0 el término heterogéneo de donde los términos homogéneos obtienen su identidad de oposición.

Segunda figura: 0/ / a a a a a ...

Somos bloqueados, aquí, por un exceso de fuerza. Del 0 a la a, ni siquiera, como del lugar P al término A, la mediación de un índice, A , término- en-su-plaza [term e-á-sa-place]. Es la incomunicación de los opuestos, el Dos del maniqueísmo. Al vacío continuo, se opone la diseminación de cualquier todo.

Ciertamente, la serie a a a a a ... está cualitativamente determinada en su oposición a 0. Pero lo está de una sola pieza \d’un seu l tenant}. La diferencia fuerte hace de lo múltiple un Uno de oposición, sin que nada combinado pueda advenir del mismo.

El clinamen, como vimos, halla la puerta de salida de una indexación causal. Un átomo está marcado por el vacío de manera singular, un signo está marcado por el fondo, un significante (el Falo) por lo simbólico, en cuanto su movimiento (su escritura, su función representante) rompe el isotropismo del campo y hace m archar la combinatoria.

De ahí la tercera figura: ao (término evanescente) / a a a ... (cadena inicial instituida como lugar de las cosas).

Ésta sucede en familia (sólo aes), pero, esta vez, la consistencia combi­ natoria de la cadena está garantizada por el término evanescente.

Este hilvanado del vacío en índice toca a la articulación de la cosa. El término evanescente no es ninguno de los elementos del Todo. La causa no es, pues, nada [ríen], pues «algo» [quelque chose] no es sino una combinación de elementos del Todo.

Sin embargo, si hay algo más bien que nada (pregunta de Leibniz y de Heidegger), si la combinatoria existe, de donde se supera [surmonte] la dispersión inmóvil de Unos en polvo, leche de una vía láctea del no- sentido, es bajo el efecto del desvío de un Uno, desvanecido en el todo.

El término evanescente no es, pues, nada, pero, causa del todo, es consustancial a su consistencia.

Demócrito de los signos escritos, Mallarmé dice abiertamente: «Una

nada, digamos expresamente, la cual existe, por ejemplo, igual al texto» (La

M úsicay las Letras, O, 638). Una nada hecha expresamente para causar el

todo del poema, al cual desde este momento se iguala, tal es el término evanescente de Mallarmé: soporte del efecto causal de la falta.

3

Decir que el término evanescente es igual al todo sigue siendo una metáfora. No es el todo, esta nada de la cual toda consistencia procede, no es tampoco esta consistencia, la cual es tan poco nada que se distribuye en cosas. ¿Dónde está, pues? ¿Dónde va, irreparable, el desvío fulminante del que todo orden se hace?

Después de la mutación de las diferencias, el término evanescente y la causalidad de la falta, precisamos aquí deducir el clivaje. Es el cuarto concepto de la dialéctica estructural.

Retomemos el hilo de la atomística.

Que haya habido clinamen significa que, en adelante, los átomos, por sus movimientos finalmente mezclados, pueden enlazarse [se íier] unos con otros. El desvío, aunque desaparecido en el sentido en que ningún átomo, en el mundo real, lo soporta particularmente, es de hecho omnipresente en todo enlace [liíiison] de átomos.

Que un átomo, en lugar de correr paralelamente a cualquier otro, sea enlazable [hable] al punto de entrar en la consistencia de una cosa, es propiamente la marca en él del clinamen evaporado.

Incluirse en la cosa como todo es aquello que, del acto atómico, de­ pende del desvío. Aunque se trate ahí del colmo de su normalidad: ser elemento de una combinación.

Lo que enlaza así el término «a» con su idéntico y distinto vecino [voisin] «a», es, si se puede decir así, la aparición-desaparición entre ellos del término evanescente, del que todo enlace posible se sostiene.

En verdad, cualquier átomo [tout a tó m e ] es el término evanescente, en cuanto es capaz de enlazarse con otros y de constituir con ellos el todo de una cosa.

Así resulta que ningún átom o [ciiicun atóm e] es el término evanescente, y que evitamos, fin de la dialéctica estructural, el retorno de la diferencia fuerte que sería la división del stock de átomos en dos especies, los que se desvían y los normales.

Cada átomo debe ser considerado como siendo, por una parte, él mismo, o sea, la «a» indiferente que sólo su plaza distingue, y, por otra parte, su capacidad de enlazarse con otros, de incluirse en el todo, o sea, su marcado interno por el desvanecimiento del clinamen.

Tal es la ecuación del clivaje: a = (a ao), donde se reconoce sin esfuerzo, reconstruida desde otro sesgo, la ecuación de la escisión A = AAp, donde nos había conducido el examen, el año pasado, de la dialéctica hegeliana.

Desde otro sesgo, pues a la indexación por la plaza la sucede la escisión por la causa.

En la dialéctica estructural, todo término está clivado en su plaza, por una parte, y en su eficacia evanescente de enlace, por otra.

Lo que para nosotros equivale a plaza y fuerza. Pero, lo dijimos, a la dialéctica estructural le repugna nom brar la fuerza, y se desloma por emplazarla [la surplacer].

Un elemento de la combinatoria se incluye como singular, pero no se enlaza con los otros sino bajo el efecto de una totalización faltante cuyo bor­

de presenta; (a/ao) se engancha con (a/a) mediante el desvanecimiento, que les es común, de su borde ao,. de donde procede que sean totalizables.

Así, la causa ausente es siempre reinyectada en el todo de su efecto. Es un gran teorema de la dialéctica estructural: para que se ejerza ¡a causalidad de la

falta, es preciso que todo término esté clivado.

Así, la huella dejada en el mundo social por los grandes movimientos de masas, de los cuales establecimos que eran los términos evanescentes de la cosa histórica, es que toda forma de conciencia, todo punto de vista, toda realidad, está en última instancia clivada según lo antiguo y lo nuevo, categorías por las cuales la historia hace movimiento [fait m ou vem en t1 en las entidades que la combinan.

En cuanto al proletariado, es el nombre como sujeto de lo nuevo de nuestro tiempo. Si la clase obrera es su plaza como estructura, lo esencial es que haga borde [faisse bord] de lo antiguo, lo que explica que este pro­ letariado pueda ser, en la China de 1966, el movimiento de la juventud escolarizada, en el Portugal de ese momento, los campesinos del Sur. El error aparente de posición recubre la verdad de oposición, lo falso de la plaza es lo verdadero de la fuerza.

Por estable, incluso osificada, que pueda parecer, una cosa histórica presenta el borde de movimiento desaparecido del cual procede su pre­ sencia en el todo, es decir, la actualidad de su destrucción futura, como a los troncos encallados sobre el arenal [gréve]37 la espuma seca les hace un ribete de mar muerto, que es por lo demás la inminencia reversible de la marea.

El revolucionario marxista, es un punto fuerte de Mao haberlo subraya­ do, es el guardián [guetteur] del término evanescente, emblema de lo nuevo en lo antiguo. Es el guardián [gardien} activo del porvenir de la causa.

Estas grandes causas, en el nombre de las cuales el sacrificio es a veces la menor de las cosas, son de hecho grandes causalidades.

Que el término evanescente presente él mismo a . para engancharse con a; que se tenga el teorema de la cosa: (a = aao) -» (aa), que enlaza el clivaje con la consistencia: todo esto no es más que la forma general del teorema de Lacan: «Un significante presenta [présente] el sujeto para otro significante».

Un término es aquello que presenta el término evanescente a otro término, para hacer cadena [/aire chaíne] con él.

37 Hay un juego semántico intransferible al castellano, dado que greve es tanto «arenal» como «huelga». (N. del T.)

Funcionar como elemento combinable es presentar la causa ausente a otro elemento.

4

Mallarmé fija así su programa: «Evocar en una sombra expresa el objeto silenciado [tu] mediante palabras alusivas nunca directas, reduciéndose al debido silencio por igual» (Magia, O, 400).

El objeto, reducido al silencio, no entra en el poema, aunque su evo­ cación funda la consistencia poética. Es la causa ausente. Pero su efecto de falta es afectar cada término escrito, obligado a ser «alusivo», «nunca directo», con el fin de igualarse en Todo con el silencio por el cual el objeto sólo inicialmente era afectado.

Lo alusivo es el borde evanescente del término escrito. Es aquello por lo cual, bajo el efecto de ausencia del objeto, se combina poéticamente con otros términos, para finalmente producir la evocación de la falta, es decir, una cosa poética, un universo íntegramente combinado.

La palabra del poema está clivada: es palabra y no-palabra, verbo y silen­ cio por igual, luz y sombra expresas. Sobre este clivaje únicamente reposa su manejabilidad poética, su inclusión en la cadena de las metáforas.

Si es el silencio lo que hay que decir, el poema debe reducir cada pa­ labra a su faz evanescente.

El poema como todo, igualándose -desea M allarmé- con el objeto silenciado, procede a la auto-borradura [auto-ejjacement} de la palabra. Lo difícil es que, de este proceso de auto-borradura de la palabra a partir de su borde evanescente, el instrumento no puedan ser, exclusivamente, sino otras palabras.

Hay que borrar [efjacer], pues, también, el instrumento del borrado

[efjfacement], si no la palabra lo arrastra, hacia el olvido de la falta, hacia su

faz de identidad anónima, lo que Mallarmé reconoce ser la pura función de intercambio, de alguna forma monetaria, del lenguaje.

El poema no intercambia nada. La anulación del intercambio es su principal resultado. Para eso, la huella debe desaparecer de aquello me­ diante lo cual las palabras movilizadas hacían centellear el desvanecimiento de sí mismas.

En el corazón de las máquinas dialécticas de Mallarmé está no solamente la trinidad: ténnino evanescente, causalidad de la falta, clivaje; sino el segundo

Por razones que tendremos que examinar, Lacan llama «angustia» la falta de la falta. Y es, dice él, lo que no engaña.

Mallarmé no dice otra cosa:

La Angustia, esta m edianoche, sosiiene, lampadófora, Mis sueños vespertinos quemados por el Fénix Que no recoge cineraria ánfora

Sobre los aparadores, en el salón v a cío .. ,38

Pues del vacío en que se eclipsa un sujeto, la angustia es la luz apagada en que este sujeto hacía brillar su poco de realidad [peu ele reedité}.

38 Ver Mallarmé, Poesía completa (edición bilingüe), Barcelona, Ediciones 29, 1995, pp. 172-175. (Trad. de Pablo Mané Garzón). (N. del T.)

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