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LOS JUDIOS, LA NACION-ESTADO Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO

4. ANTISEMITISMO DE IZQUIERDAS

Si no hubiera sido por las terribles consecuencias del antisemitismo en nuestra propia época, podríamos haber concedido menos atención a su evolución en Alemania. Como movimiento político, el antisemitismo del siglo XIX puede ser mejor estudiado en Francia, donde durante casi una década dominó la escena política. Como fuerza ideológica, en competencia con otras más respetables ideologías por la aceptación de la opinión pública, alcanzó su más clara forma en Austria.

En parte alguna habían rendido los judíos tan grandes servicios al Estado como en Austria, cuyas numerosas nacionalidades eran mantenidas unidas tan sólo por la monarquía dual de la casa de Habsburgo y donde los banqueros estatales judíos, en contraste con los de otros países europeos, sobrevivieron a la caída de la monarquía. Al comienzo de esta evolución, al principio del siglo XVIII el crédito de Samuel Oppenheimer era idéntico al crédito de la casa de Habsburgo, y «al final el crédito austríaco era el del Creditanstalt», una casa de banca de los Rothschild45. Aunque la monarquía del Danubio carecía de una población homogénea, el prerrequisito más importante para su evolución hacia una Nación-Estado, no pudo evitar la transformación de un despotismo ilustrado en una monarquía constitucional y la creación de una moderna Administración. Esto significó que hubo de adoptar ciertas instituciones de la Nación-Estado. En primer lugar, el moderno sistema de clases creció a lo largo de las líneas de la nacionalidad, así es que ciertas nacionalidades comenzaron a identificarse con ciertas clases o al menos con ciertas profesiones. La alemana se tornó la nacionalidad dominante, de la misma manera que la burguesía se transformó en la clase dominante en la Nación-Estado. La aristocracia rural húngara desempeñó un papel más pronunciado, pero esencialmente similar al desempeñado por la nobleza de otros países. La maquinaria del Estado hizo cuanto pudo por mantenerse a la misma absoluta distancia de la sociedad, por dominar sobre todas las nacionalidades, como la Nación-Estado con respecto a sus clases. Para los judíos el resultado fue sencillamente que la nacionalidad judía no pudo fusionarse con las otras ni llegar a convertirse en una nacionalidad en sí misma de igual manera que no se había fusionado con las otras clases ni convertido en una clase en sí misma en la Nación-Estado. Como los judíos en las Naciones-Estados se habían distinguido de todas las clases de la sociedad mediante su relación especial con el Estado, así se distinguieron de todas las otras nacionalidades en Austria mediante su relación especial con la monarquía de los Habsburgo. Y lo mismo que en todas partes cada clase que se encontró abiertamente enfrentada con el Estado se tornó antisemita, en Austria cada una de las nacionalidades que no sólo se comprometió en la omnipenetrante lucha de nacionalidades, sino que entró en conflicto abierto con la misma monarquía, inició su lucha con un ataque contra los judíos. Pero existía una marcada diferencia entre estos conflictos en Austria y los de Alemania y Francia. En Austria no sólo fueron más ásperos, sino que en el momento del estallido de la primera guerra mundial cada nacionalidad, es decir, cada estrato de la sociedad, se hallaba en oposición al Estado y de esta forma la población se hallaba imbuida de un activo antisemitismo más que en cualquier otra parte de la Europa occidental y central.

Entre estos conflictos destacaba la creciente hostilidad de la nacionalidad alemana al Estado, que se aceleró tras la fundación del Reich y descubrió la utilidad de los slogans antisemitas tras la bancarrota financiera de 1873. La situación social en aquel momento era prácticamente la misma que en Alemania, pero la propaganda social para conseguir los votos de la clase media incurrió inmediatamente en un más violento ataque al Estado y en una más franca confesión de deslealtad al país. Además, el partido liberal alemán, bajo la dirección de Schoenerer, era desde el principio un partido de la baja clase media sin conexiones o limitaciones de la nobleza y con una apariencia decididamente izquierdista. Jamás logró una auténtica base masiva, pero alcanzó un notable éxito durante la década de los 80 en las Universidades, donde creó la primera organización estudiantil, estrechamente estructurada sobre la base de un declarado antisemitismo. El antisemitismo de Schoenerer, al principio casi exclusivamente dirigido contra los Rothschild, le ganó las simpatías

del movimiento obrero, que le consideraba como un verdadero radical que había errado en su camino46. Su ventaja principal consistía en que podía basar su propaganda antisemita en hechos demostrables: como miembro de la Reichsrat austríaca, había luchado por la nacionalización de los ferrocarriles austríacos, la mayor parte de los cuales habían estado en manos de los Rothschild desde 1836 merced a una concesión estatal que expiró en 1886. Schoenerer consiguió reunir 40.000 firmas contra su renovación y colocar a la cuestión judía ante las candilejas del interés público. La estrecha conexión entre los Rothschild y los intereses financieros de la monarquía se tornó evidente cuando el Gobierno trató de prolongar la concesión bajo unas condiciones que eran patentemente desventajosas tanto para el Estado como para el público. La agitación de Schoenerer en esta cuestión significó el comienzo de un claro movimiento antisemita en Austria47.La realidad es que este movimiento, en contraste con la agitación de Stoecker en Alemania, fue iniciado y dirigido por un hombre cuya sinceridad resultaba indudable y que por eso no se detuvo en la utilización del antisemitismo como arma propagandística, sino que desarrolló rápidamente una ideología pangermanista que había de influir sobre el nazismo más que cualquier otro tipo de antisemitismo alemán.

Aunque victorioso a la larga, el movimiento de Schoenerer fue temporalmente derrotado por un segundo partido antisemita, el de los socialcristianos, bajo la dirección de Lueger. Mientras que Schoenerer había atacado a la Iglesia católica y a su considerable influencia en la política austríaca casi tanto como había atacado a los judíos, el de los socialcristianos era un partido católico que desde el principio trató de aliarse con aquellas fuerzas reaccionarias y conservadoras que habían demostrado ser tan eficaces en Alemania y en Francia. Como hicieron más concesiones sociales, tuvieron más éxito que en Alemania o en Francia. Junto con los socialdemócratas sobrevivieron a la caída de la monarquía y se convirtieron en el grupo más influyente de la posguerra en Austria. Pero, mucho antes del establecimiento de una República austríaca, cuando en la década de los 90 Lueger ganó la alcaldía de Viena mediante una campaña antisemita, los socialcristianos habían ya adoptado la actitud típicamente equívoca hacia los judíos en la Nación-Estado —hostilidad hacia la

intelligentsia y amistad hacia la clase empresarial judía—. No fue en manera alguna accidental el

hecho de que, tras una áspera y sangrienta lucha por el poder contra el movimiento socialista obrero, llegaran a apoderarse de la maquinaria del Estado cuando Austria, reducida a su nacionalidad germana, se estableció como una Nación-Estado. Resultó ser el único partido que estaba preparado para desempeñar exactamente este papel y el que, incluso bajo la antigua monarquía, había ganado popularidad por obra de su nacionalismo. Como los Habsburgos eran una casa alemana y habían otorgado un cierto predominio a sus súbditos germanos, los socialcristianos jamás atacaron a la monarquía. Su función consistía más bien en lograr que amplios sectores de la nacionalidad germana apoyaran a un Gobierno esencialmente impopular. Su antisemitismo siguió careciendo de consecuencias; las décadas durante las cuales Lueger gobernó Viena fueron una especie de Edad de Oro para los judíos. No importa hasta dónde llegara ocasionalmente su propaganda para conseguir votos; la realidad es que jamás podrían haber proclamado con Schoenerer y los pangermanistas que «consideraban al antisemitismo como el eje de nuestra ideología nacional, como la expresión más esencial de una genuina convicción popular y, en consecuencia, como el logro nacional más importante del siglo»48. Y aunque se hallaban tan sometidos a la influencia de los círculos clericales como el movimiento antisemita en Francia, se mostraban necesariamente mucho más limitados en sus ataques a los judíos porque no atacaban a la monarquía como los antisemitas de Francia atacaban a la Tercera República.

Los éxitos y fracasos de los dos partidos antisemitas austríacos denotan la escasa importancia de

46 Véase Georg Ritter von Schoenerer, de F. A. NEUSCHAEFER, Hamburgo, 1935, y Georg Schoenerer, de EDUARD

PICHL, 1938, 6 vols. Incluso en 1912, cuando la agitación de Schoenerer había perdido todo su significado, el

Arbeiterzeitung vienés manifestaba afectuosos sentimientos por el hombre al que sólo podía referirse en los términos

formulados una vez por Bismarck a propósito de Lasalle: «Y si intercambiáramos disparos, la justicia exigiría todavía que admitiéramos durante el tiroteo: es un hombre, y los otros son unas viejas.» (NEUSCHAEFER, p. 33.)

47 Véase NEUSCHAEFER, op. cit., pp. 22 y ss., y PICHL, op. cit., I, 236. 4848 Cita de PICHL, op. cit., I, p. 26.

los conflictos sociales en las cuestiones a largo plazo de la época. En comparación con la movilización de todos los oponentes al Gobierno como tal, el logro de los votos de la baja clase media era un fenómeno temporal. Además, la médula del movimiento de Schoenerer se encontraba en las provincias de habla alemana sin ninguna población judía, donde jamás existieron la competencia con los judíos o el odio hacia los banqueros judíos. La supervivencia del movimiento pan-germanista y su violento antisemitismo en estas provincias, mientras decaía en los centros urbanos, fue simplemente debida al hecho de que tales provincias jamás lograron el mismo grado de prosperidad universal del período de la preguerra que reconcilió a la población urbana con el Gobierno.

La completa falta de lealtad a su propio país y a su Gobierno, que los pangermanistas reemplazaron por una franca lealtad al Reich de Bismarck y el resultante concepto de la nacionalidad como algo independiente del Estado y del territorio, condujeron al grupo de Schoenerer a una verdadera ideología imperialista, en la que se halla la clave de su debilidad temporal y de su fuerza final. Es también la razón por la que el partido germánico en Alemania (el «Alldeutschen»), que nunca superó los límites de un chauvinismo corriente, permaneció tan extremadamente suspicaz y poco inclinado a estrechar la mano que le tendían sus hermanos germanistas de Austria. Este movimiento austríaco apuntaba a algo más que a su elevación al poder como partido, a algo más que a la posesión de la maquinaria del Estado. Quería una reorganización revolucionaria de Europa central en la que los alemanes de Austria, unidos y reforzados por los alemanes de Alemania, constituirían el pueblo dominante y en la que todos los demás pueblos de la zona serían mantenidos en el mismo tipo de semi-servidumbre de las nacionalidades eslavas en Austria. En gracia a esta estrecha afinidad con el imperialismo y al cambio fundamental que determinó en el concepto de la nacionalidad debemos aplazar el análisis del movimiento pangermanista austríaco. Este ya no es, al menos en sus consecuencias, un simple movimiento preparatorio decimonónico; pertenece más que cualquier otro tipo de antisemitismo al curso de los acontecimientos de nuestro propio siglo.

Cabe decir exactamente lo contrario del antisemitismo francés. El affaire Dreyfus saca a la luz todos los demás elementos del antisemitismo del siglo XIX en sus simples aspectos ideológicos y políticos; es la culminación del antisemitismo que surgió de las especiales condiciones de la Nación-Estado. Sin embargo, su violenta forma prefiguró futuras evoluciones, de forma tal que los actores principales del affaire parecen interpretar un ensayo general con todo de una representación que hubo de ser aplazada durante más de tres décadas. Aunó todas las fuentes políticas o sociales, visibles o subterráneas, que habían conducido a la cuestión judía a una posición predominante durante el siglo XIX; su prematuro estallido, por otra parte, la mantuvo dentro del marco de una típica ideología decimonónica, que, aunque sobrevivió a todos los Gobiernos franceses y a todas las crisis políticas, jamás encajó completamente en las condiciones políticas del siglo XX. Cuando, tras la derrota de 1940, el antisemitismo francés alcanzó su oportunidad suprema bajo el Gobierno de Vichy, tuvo un carácter definidamente anticuado y, para sus fines principales, más bien inútil, que los escritores alemanes nazis jamás dejaron de subrayar No poseyó influencia en la formación del nazismo y siguió siendo más significativo en sí mismo que como activo factor histórico en la catástrofe final.

La razón principal de estas limitaciones generales fue la de que los partidos antisemitas, aunque violentos en el terreno doméstico, carecían de aspiraciones supranacionales. Pertenecían, al fin y al cabo, a la más antigua y más completamente desarrollada Nación-Estado de Europa. Ninguno de los antisemitas trató siquiera de organizar seriamente un «partido por encima de los partidos» o de apoderarse del Estado como partido y sin otra finalidad que los intereses de partido. Los pocos intentos de coups d’état que pueden ser atribuidos a la alianza entre antisemitas y altos jefes del Ejército fueron ridículamente inadecuados y abiertamente tramados50. En 1898 fueron elegidos

miembros del Parlamento, tras unas campañas antisemitas, unos diecinueve antisemitas, pero ésta fue una cota máxima que jamás volvió a ser alcanzada y a partir de la cual el declive fue rápido.

Es cierto, por otra parte, que éste fue el primer ejemplo del éxito del antisemitismo como agente catalítico de todas las demás cuestiones políticas. Este hecho puede atribuirse a la falta de autoridad de la Tercera República, que resultó aprobada por una escasa mayoría. A los ojos de las masas el Estado había perdido su prestigio junto con la monarquía, y los ataques al Estado ya no eran un sacrilegio. El primitivo estallido de violencia en Francia presenta una sorprendente semejanza con la agitación similar en las Repúblicas austríaca y alemana después de la primera guerra mundial. La dictadura nazi ha sido tan frecuentemente ligada a la llamada «adoración del Estado», que incluso los historiadores se han tornado ciegos ante la evidencia de que los nazis se aprovecharon de la total quiebra de la adoración del Estado, originalmente determinada por la adoración a un príncipe que se sienta en el trono por la gracia de Dios, y que difícilmente tiene lugar en una República. En Francia, cincuenta años antes de que los países de Europa central se vieran afectados por esta pérdida universal de reverencia, la adoración del Estado había sufrido muchas derrotas. Aquí era mucho más fácil atacar conjuntamente a los judíos y al Estado que en la Europa central, donde se atacaba a los judíos para atacar al Gobierno.

El antisemitismo francés, además, es más antiguo que sus equivalentes europeos, como lo es la emancipación de los judíos franceses, que se remonta a finales del siglo XVIII. Los representantes de la Época de la Ilustración que prepararon la Revolución Francesa despreciaban corrientemente a los judíos; veían en ellos los atrasados vestigios de las edades oscurantistas, y les odiaban como agentes financieros de la aristocracia. Los únicos amigos declarados de los judíos en Francia eran los escritores conservadores, que denunciaban las posturas antijudías como «una de las tesis favoritas del siglo XVIII»51.Para el escritor más liberal o radical se había convertido casi en una tradición el formular prevenciones contra los judíos como bárbaros que todavía vivían en la forma de gobierno patriarcal y no reconocían otro Estado52. Durante y después de la Revolución Francesa, el clero francés y los aristócratas franceses sumaron sus voces al sentimiento general antijudío, aunque por razones distintas y más materiales. Acusaban al Gobierno revolucionario de haber ordenado la venta de las propiedades eclesiásticas para pagar «a los judíos y mercaderes con quienes el Gobierno se halla endeudado»53. Estos antiguos argumentos se mantuvieron vivos de alguna forma durante la inacabable lucha entre la Iglesia y el Estado en Francia y alentaron la violencia general y la aspereza, provocadas al final del siglo por fuerzas distintas y más modernas.

Principalmente en razón del fuerte apoyo clerical al antisemitismo, el movimiento socialista francés decidió adoptar al fin una postura contra la propaganda antisemita en el affaire Dreyfus. Hasta entonces, sin embargo, los movimientos izquierdistas franceses del siglo XIX habían mostrado una franca antipatía hacia los judíos. Siguieron simplemente la tradición de la ilustración dieciochesca, que era la fuente del liberalismo y del radicalismo franceses, y consideraron las posturas antijudías como parte integrante del anticlericalismo. Estos sentimientos de la izquierda se vieron consolidados, en primer lugar, por el hecho de que los judíos alsacianos continuaran viviendo de los préstamos a los campesinos, práctica que ya había determinado el decreto de Napoleón de 1808. Después de que en Alsacia cambiaron las condiciones, el antisemitismo izquierdista halló una nueva fuente de vigor en la política financiera de la casa de los Rothschild, que desempeñó un gran papel en la financiación de los Borbones, mantuvo estrechos contactos con Luis Felipe y floreció bajo Napoleón III.

Tras estos incentivos obvios y más bien superficiales a las actitudes antijudías existía una causa más profunda, que fue crucial para toda la estructura del radicalismo de tipo específicamente

51 Véase J. DE MAISTRE, Les Soirées de St. Petersburg, 1921, II, 55. 52

CHARLES FOURIER, Nouveau Monde Industriel, 1829, vol. V de sus Oeuvres complètes, 1841, p. 421. Para el examen de las doctrinas antijudías de Fourier, véase también, de EDMUND SILBERNER, «Charles Fourier on the Jewish Question», en Jewish Social Studies, octubre de 1946.

53 Véase también el periódico Le Patriote Français, núm. 457, 8 de noviembre de 1790. Citado por CLEMENS

AUGUST HOBERG, «Die geistigen Grundlagen des Antisemitismus im modernen Frankreich», en Forschungen zur

francés y que casi logró alzar contra los judíos a todo el movimiento izquierdista francés. Los banqueros eran mucho más fuertes en la economía francesa que en los demás países capitalistas, y el desarrollo industrial de Francia, tras un breve progreso durante el reinado de Napoleón III, quedó tan retrasado respecto del de otras naciones, que las tendencias sociales precapitalistas continuaron ejerciendo una considerable influencia. Las clases medias inferiores, que en Alemania y Austria se tornaron antisemitas sólo durante las décadas de los años 70 y 80, cuando estaban ya tan desesperadas que podían ser utilizadas en beneficio de una política reaccionaria tanto como para las nuevas políticas de masas, eran antisemitas en Francia desde cincuenta años atrás, cuando, con la ayuda de la clase trabajadora, lograron una breve victoria en la revolución de 1848. En los años 40, cuando Toussenel publicó Les Juifs, s, rois de l’époque, el libro más importante en una verdadera riada de folletos contra los Rothschild, su obra fue entusiásticamente acogida por toda la prensa izquierdista, que por aquella época era el órgano de las bajas clases medias revolucionarias. Sus