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UNA «RAZA» DE ARISTÓCRATAS CONTRA UNA «NACIÓN» DE CIUDADANOS

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTE EL RACISMO

1. UNA «RAZA» DE ARISTÓCRATAS CONTRA UNA «NACIÓN» DE CIUDADANOS

Durante el siglo XVIII, en Francia fue característico el interés por los pueblos más diferentes, extraños y aun salvajes. Fue la época en la que las pinturas chinas eran admiradas e imitadas, cuando una de las más famosas obras del siglo se tituló Lettres persanes y cuando los relatos de los viajeros constituían la lectura favorita de la sociedad. La honradez y la sencillez del salvaje y de los pueblos no civilizados significaban un contraste con la complejidad y la frivolidad de la cultura. Mucho antes de que el siglo XIX, con sus oportunidades tremendamente desarrolladas para viajar, llevara a la casa de cada ciudadano medio el mundo no europeo, la sociedad francesa del siglo XVIII había tratado de captar espiritualmente el contenido de culturas y de países que se extendían mucho más allá de las fronteras europeas. Un gran entusiasmo por los «nuevos especímenes de la Humanidad» (Herder) henchía los corazones de los héroes de la Revolución francesa que, junto con la nación francesa, liberaban a cada pueblo de cada color bajo la bandera francesa. Este entusiasmo por los países extraños y extranjeros culminó en el mensaje de fraternidad, porque estaba inspirado

por el deseo de probar en cada nuevo y sorprendente «espécimen de la Humanidad» la vieja afirmación de La Bruyère: La raison est de tous les climats.

Sin embargo, en este siglo creador de naciones y en este país amante de la Humanidad es donde debemos hallar los gérmenes que más tarde mostraron ser destructores de las naciones y del poder del racismo aniquilador de la Humanidad7. Es un hecho notable que el primer autor que supuso la existencia en Francia de diferentes pueblos con diferentes orígenes fuera al mismo tiempo el primero en elaborar un claro pensamiento de clase. El conde de Boulainvilliers, un noble francés que escribió a comienzos del siglo XVIII y cuyas obras fueron publicadas después de su muerte, interpretó la Historia de Francia como la de dos naciones diferentes de la cual una, de origen germánico, había conquistado a los habitantes más antiguos, los «galos», les había impuesto sus leyes, se habían apoderado de sus tierras y se habían instalado como clase dominante., la nobleza, cuyos derechos supremos descansaban en el «derecho de conquista» y la «necesidad de obediencia siempre debida al más fuerte»8. Consagrado principalmente al hallazgo de argumentos contra el creciente poder político del tiers état y de sus portavoces, el nouveau corps, formado por gens de

lettres et des lois, Boulainvilliers tuvo que enfrentarse también con la Monarquía porque el rey

francés ya no deseaba representar a la nobleza como primus inter pares, sino a la nación en conjunto; en él halló durante cierto tiempo la nueva clase ascendente, su más poderoso protector. Para que la nobleza recobrara una indiscutida primacía, Boulainvilliers propuso que los nobles como él se negaran a admitir un origen común con el pueblo francés, rompieran la unidad de la nación y reivindicaran una distinción originaria y por eso eterna9. Mucho más audaz que la mayoría de los que más tarde defendieron a la nobleza, Boulainvilliers negó toda predestinada conexión con la tierra; admitió que los «galos» habían estado en Francia más largo tiempo, que los «francos» eran extranjeros y bárbaros. Basó exclusivamente su doctrina en el eterno derecho de conquista y no halló dificultad en afirmar que «Frisonia... ha sido la verdadera cuna de la nación francesa». Siglos antes del actual desarrollo del racismo imperialista, siguiendo solo la lógica inherente a su concepto, consideró a los habitantes originarios de Francia nativos en el sentido moderno, o en sus propios términos «súbditos» —no del rey, sino de todos aquellos cuyo mérito consistía en descender del pueblo conquistador, quienes por derecho de nacimiento tenían que ser llamados «franceses».

Boulainvilliers fue profundamente influido por las doctrinas del siglo XVII relativas al derecho de la fuerza y fue, ciertamente, uno de los más consecuentes discípulos contemporáneos de Spinoza, cuya Etica tradujo y cuyo Traité théologico-politique analizó. En su aceptación y aplicación de las ideas políticas de Spinoza, la fuerza se trocó en conquista y la conquista actuó como un tipo de criterio único sobre las cualidades naturales y los privilegios humanos de los hombres y de las naciones. Aquí podemos advertir los primeros rastros de las posteriores transformaciones naturalistas por las que había de pasar la doctrina del derecho de la fuerza. Esta perspectiva está realmente corroborada por el hecho de que Boulainvilliers fue uno de los más destacados librepensadores de su tiempo y porque sus ataques a la Iglesia cristiana difícilmente podrían haber sido motivados exclusivamente por el anticlericalismo.

La teoría de Boulainvilliers, sin embargo, todavía se refiere a pueblos y no a razas. Basa el derecho del pueblo superior en un hecho histórico, la conquista, y no en un hecho físico, aunque el hecho histórico ya tiene una cierta influencia sobre las cualidades naturales del pueblo conquistado. Inventa dos pueblos diferentes dentro de Francia para contrarrestar la nueva idea nacional, representada como se hallaba hasta cierto grado por la Monarquía absoluta aliada con el tiers état. Boulainvilliers es antinacional en una época en la que la idea de nacionalidad era sentida como

7 François Hotman, un francés del siglo XVI, autor de Franco-Gallia, es a veces considerado precursor de las doctrinas

raciales del siglo XVIIl. Así ERNEST SEILLIÈRE, op. cit. Théophile Simar ha protestado justamente contra este error: «Hotman aparece no sólo como un apologista de los teutones, sino como el defensor del pueblo oprimido por la Monarquía» (Etude critique sur la formation de la doctrine des races au 18e et son expansion au 19e siècle, Bruselas,

1922, p. 20).

8 Histoire de l'Ancien Gouvernement de la France, 1727, tomo I, p. 33. 9

MONTESQUIEU, Esprit des Lois, 1748, XXX, cap. X, explicó lo que significa la Historia del conde de Boulainvilliers como arma política contra el tiers état.

nueva y revolucionaria, pero no había mostrado todavía, como mostrarla durante la Revolución francesa, cuán estrechamente ligada se hallaba con una forma democrática de Gobierno. Boulainvilliers preparó a su país para la guerra civil sin saber lo que la guerra civil significaba. Es el representante de muchos de los nobles que no se consideraban como representantes de la nación, sino como una casta dominante y separada que podía tener mucho más en común con un pueblo extranjero de la «misma sociedad y condición» que con sus compatriotas. Fueron, desde luego, estas tendencias antinacionales las que ejercieron su influencia en el ambiente de los émigrés y, finalmente, las que resultaron absorbidas por las nuevas y declaradas doctrinas raciales en un período posterior del siglo XIX.

Las ideas de Boulainvilliers no mostraron su utilidad como arma política hasta que el estallido de la Revolución obligó a gran número de nobles franceses a buscar refugio en Alemania y en Inglaterra. En el interregno su influencia sobre la aristocracia francesa se mantuvo viva, como puede apreciarse en las obras de otro aristócrata, el conde Dubuat-Nançay10, que deseaba ligar aún más estrechamente a la nobleza francesa con sus hermanos continentales. En vísperas de la Revolución este portavoz del feudalismo francés se sentía tan inseguro que esperaba «la creación de un tipo de Internationale de la aristocracia de origen bárbaro»11, y como la nobleza germana era la única cuya ayuda podía esperarse eventualmente, aquí también se supuso que el verdadero origen de la nación francesa era idéntico al de los alemanes y que las clases inferiores francesas, aunque no ya esclavas, no eran libres por nacimiento, sino por affranchissement, f ranchissement, por la gracia de aquellos que eran libres por su nacimiento, es decir, de la nobleza. Pocos años más tarde, los exiliados franceses trataron de formar una Internacionale de aristócratas para conjurar la rebelión de aquellos a quienes ellos consideraban que constituían un pueblo esclavizado y extranjero. Y aunque el aspecto más práctico de semejantes intentos sufrió el espectacular desastre de Valmy,

émigrés, como Charles François Dominique de Villiers, que hacia 1800 oponían los gallo-romains a

los germanos como William Alter, que una década más tarde soñaba con una federación de todos los pueblos germánicos12, no admitieron la derrota. Probablemente nunca se les ocurrió que eran traidores, tan firmemente convencidos estaban de que la Revolución francesa era una «guerra entre pueblos extranjeros», como François Guizot escribió mucho más tarde.

Mientras que Boulainvilliers, con la tranquila imparcialidad de una época más tranquila, basaba exclusivamente los derechos de la nobleza en el derecho de conquista, sin despreciar directamente la verdadera naturaleza de la otra nación conquistada, el conde de Montlosier, uno de los personajes más que dudosos entre los exiliados franceses, expresó abiertamente su desprecio por este «nuevo pueblo surgido de los esclavos... (una mezcla) de todas las razas y de todos los tiempos»13. Era evidente que los tiempos habían cambiado y que los nobles que ya no pertenecían a una raza inconquistada tenían también que cambiar. Renunciaron a la vieja idea, tan cara a Boulainvilliers e incluso a Montesquieu, según la cual sólo la conquista, la fortune des armes, determinaba el futuro de los hombres. El Valmy de las ideologías de la nobleza surgió cuando el abate Sièyes, en su famoso panfleto, dijo al tiers état que «devolviera a los bosques de Franconia a todas aquellas familias que mantienen la absurda pretensión de descender de la raza conquistadora y de haber triunfado en sus derechos»14.

Resulta más bien curioso que desde estos primeros tiempos en que los nobles franceses en su lucha de clases contra la burguesía descubrieron que pertenecían a otra nación, tenían otro origen genealógico y se hallaban más estrechamente ligados a una casta internacional que al suelo de Francia, todas las teorías raciales francesas hayan apoyado al germanismo o al menos la

10 Les origines de l'ancien gouvernement de la France, de l'Allemagne et de l'Italie, 1879. 11 SEILLIÈRE, Op. cit., p. XXXII.

12

Véase Sociologie Coloniale, de RENÉ MAUNIER, París, 1932, tomo II, p. 115.

13 Montlosier, incluso en el exilio, estuvo estrechamente relacionado con el jefe de la policía francesa, Fouché, quien le

ayudó a mejorar la triste condición económica de un refugiado. Más tarde sirvió en la sociedad francesa como agente secreto de Napoleón. Véase Le comte de Montiosier, de JOSEPH BRUGERETTE, 1931, y SIMAR, obra citada, p. 71.

14

Qu'est-ce-que le tiers état?, publicado poco antes del estallido de la Revolución. Cita de J. H. CLAPHAM, The Abbé

superioridad de los pueblos nórdicos contra sus propios compatriotas. Si los hombres de la Revolución francesa se identificaban mentalmente con Roma no era porque opusieran al «germanismo» de su nobleza un «latinismo» del tiers état, sino porque consideraban que eran los herederos espirituales de los republicanos romanos. Esta reivindicación histórica, en contraste con la reivindicación tribal de la nobleza, puede haber figurado entre las causas que impidieron al latinismo emerger como doctrina racial propia. En cualquier caso, por paradójico que parezca, el hecho es que los franceses fueron los primeros en insistir antes que los alemanes o que los ingleses en esta idée fixe de la superioridad germánica15. Ni siquiera el nacimiento de la conciencia racial germana tras la derrota prusiana de 1806, dirigida como se hallaba contra los franceses, alteró el curso de las ideologías raciales en Francia. En la década de los años cuarenta del siglo pasado, Augustin Thierry todavía se adhería a la identificación de las clases y las razas y distinguía entre una «nobleza germánica» y una «burguesía celta»16 y de nuevo un noble, el conde de Rémusat, proclamaba el origen germánico de la aristocracia europea. Finalmente, el conde de Gobineau desarrolló una opinión ya generalmente aceptada entre la nobleza francesa hasta formular una completa doctrina histórica, afirmando haber descubierto la ley secreta de la caída de las civilizaciones y haber elevado la Historia a la dignidad de una ciencia natural. Con él completó el pensamiento racial su primera fase e inició una segunda cuyas influencias habían de ser advertidas hasta los años veinte de nuestro siglo.