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LOS JUDIOS, LA NACION-ESTADO Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO

2. ANTISEMITISMO PRIMITIVO

Es una norma obvia, aunque frecuentemente olvidada, que el sentimiento antijudío sólo adquiere importancia política cuando puede combinarse con una importante cuestión política o cuando los intereses del grupo judío se enfrentan abiertamente con los de una de las clases importantes de la sociedad. El antisemitismo moderno, por lo que podemos deducir de lo sucedido en los países de la Europa central y occidental, tiene causas políticas más que económicas, aunque las complejas condiciones de las clases ocasionaron el violento odio popular hacia los judíos en Polonia y en Rumania. En tales países, merced a la incapacidad de los Gobiernos para resolver el problema agrario y para dar a la Nación-Estado un mínimo de igualdad mediante la emancipación de los campesinos, la aristocracia feudal no sólo consiguió mantener su dominio político, sino que también impidió la aparición de una clase media normal. Los judíos de estos países, fuertes en número y débiles en todos los demás aspectos, realizaron aparentemente algunas de las funciones de la clase media porque eran principalmente comerciantes y porque como grupo existían entre los grandes terratenientes y las clases desposeídas. Sin embargo, los pequeños propietarios pueden existir tanto en una economía feudal como en una capitalista. Los judíos, allí como en todas partes, se mostraron incapaces o reacios a evolucionar conforme a la trayectoria del capitalismo industrial, de forma tal que el claro resultado de sus actividades fue una organización dispersa e ineficaz de consumo sin un adecuado sistema de producción. Las posiciones judías constituían un obstáculo para un desarrollo normal del capitalismo, porque eran consideradas como las únicas de las que cabía esperar un progreso económico, sin que ciertamente fueran capaces de hacer realidad esta esperanza. Por obra de su apariencia, se consideraba que los intereses judíos se hallaban en términos conflictivos con aquellos sectores de la población de los que pudiera haber surgido normalmente una clase media. Los Gobiernos, por otra parte, trataron tibiamente de promover el desarrollo de una clase media sin liquidar a la nobleza y a los grandes terratenientes. Su único intento serio fue la liquidación de los judíos —en parte como una concesión a la opinión pública y en parte porque los judíos seguían constituyendo un sector del antiguo orden feudal—. Habían sido durante siglos intermediarios entre la nobleza y los campesinos; ahora constituían una clase media sin realizar sus funciones productivas, y eran, desde luego, uno de los elementos que se alzaban en el camino de la industrialización y de la capitalización23. Estas condiciones de la Europa oriental, sin embargo, aunque constituyeron la esencia de la cuestión de las masas judías, resultan de escasa importancia en nuestro contexto. Su significado político quedó limitado a los países escasamente desarrollados, donde el omnipresente odio a los judíos les tornó casi útiles como arma para objetivos específicos.

El antisemitismo brotó por vez primera en Prusia inmediatamente después de la derrota infligida por Napoleón en 1807, cuando los «reformadores» alteraron la estructura política de forma tal que la nobleza perdió sus privilegios y las clases medias obtuvieron libertad para desarrollarse. Esta reforma, «una revolución desde arriba», trocó la estructura semifeudal del despotismo ilustrado de Prusia en una Nación-Estado más o menos moderna cuya fase final fue el Reich alemán de 1871.

Aunque en aquella época eran judíos la mayoría de los banqueros berlineses, las reformas prusianas no requirieron de ellos una considerable ayuda financiera. Las simpatías manifiestas de los reformadores prusianos, su reivindicación de la emancipación judía, eran una nueva consecuen- cia de la igualdad de todos los ciudadanos, de la abolición de los privilegios y de la introducción de la libertad de comercio. No se hallaban interesados en conservar a los judíos como tales judíos con fines determinados. Su réplica al argumento de que bajo condiciones de igualdad «los judíos podrían dejar de existir» hubiera sido la siguiente: «¿Qué importa esto a un Gobierno que sólo pide que se conviertan en buenos ciudadanos?»24. Además, la emancipación resultaba relativamente

23 JAMES PARKES, The Emergente of the Jewish Problem, 1878-1939, examina sumaria e imparcialmente estas

condiciones en sus caps. IV y VI.

inofensiva, puesto que Prusia acababa de perder las provincias orientales, que contaban con una población judía muy numerosa y muy pobre. El Decreto de Emancipación de 1812 afectaba exclusivamente a aquellos grupos judíos, ricos y útiles, que disfrutaban ya el privilegio de la mayoría de los derechos civiles y que, con la abolición general de los privilegios, habrían perdido gran parte de su status civil. Para tales grupos, la emancipación no significaba mucho más que una afirmación legal y general del statu quo.

Pero las simpatías que los reformadores prusianos experimentaban por los judíos eran más que la consecuencia lógica de sus aspiraciones políticas en general. Cuando, casi una década después y en el florecimiento del primitivo antisemitismo, declaraba Wilhelm von Humboldt: «Realmente, sólo amo a los judíos en masse; en détail prefiero evitarlos»25, se manifestaba, desde luego, en franca oposición a la moda dominante que consistía en simpatizar con el judío como individuo y en despreciar al judío como pueblo. Como verdadero demócrata, deseaba liberar a un pueblo oprimido y no otorgar privilegios a los individuos. Pero esta perspectiva correspondía también a la tradición de los funcionarios del Gobierno prusiano de quienes se ha reconocido frecuentemente su insistencia, a lo largo del siglo XVIII, en mejorar la condición general y la educación de los judíos.

Y este apoyo no se debía solamente a razones económicas o estatales, sino que era también obra de la simpatía natural hacia el único grupo social que permanecía fuera del cuerpo social y dentro de la esfera del Estado, aunque por razones enteramente diferentes. La educación de un estamento de funcionarios, leales al Estado e independientes de los cambios de Gobierno y que habían roto sus vínculos de clase, fue una de las realizaciones destacadas del antiguo Estado prusiano. Tales funcionarios constituyeron un grupo decisivo en la Prusia del siglo XVIII y fueron los predecesores de los reformadores; siguieron siendo la piedra angular de la maquinaria estatal durante el siglo XIX, aunque cedieron gran parte de su influencia a la aristocracia después del Congreso de Viena26.

A través de la actitud de los reformadores y especialmente a través del Edicto de Emancipación de 1812 se revelaron los intereses especiales del Estado en los judíos de una forma curiosa. Había desaparecido ya el antiguo y claro reconocimiento de su utilidad como judíos. (Cuando Federico II de Prusia oyó hablar de una conversión en masa de los judíos, exclamó: «¡Espero que no hagan tan endiablada cosa!»)27. La emancipación se otorgaba en nombre de un principio, y, conforme a la mentalidad del tiempo, hubiera resultado sacrílega cualquier alusión a los servicios especiales prestados por los judíos. Las especiales condiciones que habían conducido a la emancipación, aunque bien conocidas por los interesados, permanecían ocultas, como si constituyeran un enorme y terrible secreto. El mismo Edicto, por otra parte, era concebido como el último y, en cierto sentido, el más brillante logro de la transformación de un Estado feudal en una Nación-Estado y en una sociedad donde a partir de entonces ya no habría privilegios para nadie.

Entre las reacciones, naturalmente ásperas, de la aristocracia, la clase más duramente afectada, se advirtió un repentino e inesperado estallido de antisemitismo. Su más caracterizado portavoz, Ludwig von der Marwitz (destacado entre los fundadores de la ideología conservadora), presentó una larga petición al Gobierno en la que afirmaba que los judíos serían a partir de entonces el único grupo que disfrutaría de ventajas especiales, y habló de la «transformación de la antigua monarquía prusiana, que inspiraba pavor en un nuevo y desdentado Estado judío». El ataque político fue acompañado de un boicot social que transformó el aspecto de la sociedad berlinesa casi de la mañana a la noche. Porque los aristócratas habían sido los primeros en establecer relaciones sociales amistosas con los judíos y habían hecho famosos aquellos salones de anfitrionas judías de comienzos de siglo, donde, por breve tiempo, se reunía una sociedad verdaderamente mezclada. Es cierto que hasta cierto punto su falta de prejuicios era resultado de los servicios realizados por el prestamista judío que durante siglos había sido excluido de todas las grandes transacciones

25

Wilhelm und Caroline von Humboldt in ihren Briefen, Berlín, 1900, V, 236.

26 Puede hallarse una excelente descripción de estos funcionarios civiles, que no eran esencialmente distintos en los

diferentes países, en la obra de HENRI PIRENNE A History of Europe from the Invasions to the XVI Century, Londres, 1939, pp. 361-362: «Sin los prejuicios de clases y hostiles a los privilegios de los grandes nobles que les despreciaban..., no era el rey quien hablaba por su boca, sino la monarquía anónima, superior a todos y sometiendo a todos a su poder.»

económicas y que había hallado su única oportunidad en préstamos, económicamente improductivos e insignificantes, pero socialmente importantes, a personas que tendían a vivir en un nivel superior al que les permitían sus medios. Resulta, sin embargo, notable que sobrevivieran estas relaciones sociales cuando las monarquías absolutas con sus mayores posibilidades financieras hicieron de estas actividades de pequeños préstamos y de los judíos palaciegos algo del pasado. Un noble se sentía naturalmente más inclinado, para no perder una valiosa fuente de ayuda en casos de necesidad, a casarse con la hija de un judío rico que a odiar al pueblo judío.

Tampoco fue el estallido del antisemitismo aristocrático consecuencia de un más íntimo contacto entre los judíos y la nobleza. Al contrario, ambos tenían en común una instintiva oposición a los nuevos valores de las clases medias, que presentaba orígenes muy semejantes. En las familias judías, como en las de la nobleza, cada individuo era ante todo considerado como un miembro de una familia; sus deberes eran fundamentalmente determinados por la familia, que trascendía a la vida y a la importancia del individuo. Ambos grupos eran anacionales e intereuropeos, y cada uno comprendía el estilo de vida del otro, en el que a la adhesión nacional se anteponía la lealtad a una familia, muy frecuentemente dispersada por toda Europa. Compartían una concepción según la cual el presente es sólo un eslabón insignificante en la cadena de las generaciones pretéritas y futuras. Los escritores liberales antisemitas no dejaron de subrayar esta curiosa semejanza de principios y dedujeron que tal vez sería posible deshacerse de la nobleza tan sólo con deshacerse previamente de los judíos, y no por causa de sus relaciones financieras, sino porque ambos eran considerados un obstáculo al verdadero desarrollo de la «personalidad innata», a la ideología del respeto por uno mismo que las clases medias liberales utilizaron en su lucha contra los conceptos de cuna, familia y herencia.

Estos factores projudíos hicieron aún más significativo el hecho de que fueran los aristócratas quienes iniciaran la larga sucesión de argumentaciones políticas antisemitas. Ni los lazos económicos ni la intimidad social suponían peso alguno en una situación en la que la aristocracia se enfrentaba abiertamente con la igualitaria Nación-Estado. Socialmente, el ataque al Estado identificaba a los judíos con el Gobierno; pese al hecho de que las clases medias obtuvieron económica y socialmente las ventajas auténticas de las reformas, políticamente fueron ásperamente censuradas y sufrieron el antiguo y despreciativo alejamiento.

Después del Congreso de Viena, cuando durante las largas décadas de reacción pacífica bajo la Santa Alianza la nobleza prusiana recobró gran parte de la influencia que había ejercido sobre el Estado y temporalmente se tornó aún más prominente de lo que había sido durante el siglo XVIII, el antisemitismo aristocrático se transformó rápidamente en una suave discriminación sin ulterior significado político28. Al mismo tiempo, con la ayuda de los intelectuales románticos, el conservadurismo alcanzó su completo desarrollo como una de las ideologías políticas que en Alemania adoptó una actitud muy característica e ingeniosamente equívoca respecto de los judíos. A partir de entonces, en la Nación-Estado, equipada con argumentos conservadores, se trazó una línea distintiva entre los judíos que eran necesitados y deseados y aquellos que no lo eran. Bajo el pretexto del carácter esencialmente cristiano del Estado —que podría haber sido más extraño a los déspotas ilustrados—, la creciente intelligentsia judía pudo ser abiertamente discriminada sin que resultaran afectadas las actividades de banqueros y de hombres de negocios. Este género de discriminación, que trataba de cerrar las Universidades a los judíos, excluyéndoles de la Administración civil, tenía la doble ventaja de indicar que la Nación-Estado valoraba los servicios especiales más que la igualdad y de impedir, o al menos retrasar, el nacimiento de un nuevo grupo de judíos que no fuesen de utilidad evidente para el Estado ni siquiera probablemente para su asimilación en la sociedad29. Cuando, en los años 80 del siglo XIX, Bismarck se esforzó en

28 Cuando el Gobierno prusiano presentó una nueva ley de emancipación al Vereinigte Landtage en 1847, casi todos los

miembros de la alta aristocracia se mostraron favorables al otorgamiento de una completa emancipación de los judíos. Véase I. ELBOGEN, Geschichte der luden in Deutschland, Berlín, 1935, p. 244.

29

Esta fue la razón por la que los reyes de Prusia se mostraban muy preocupados por la más estricta preservación de las costumbres y de los rituales religiosos de los judíos. En 1823, Federico Guillermo III prohibió «las más ligeras

proteger a los judíos contra la propaganda antisemita de Stoecker, señaló expressis verbis que quería protestar sólo contra los ataques a la «acaudalada judería..., cuyos intereses están ligados a la conservación de nuestras instituciones estatales», y que su amigo Bleichroeder, el banquero prusiano, no se había quejado de los ataques a los judíos en general (que pudo haber pasado por alto), sino de los ataques a los judíos ricos30

El aparente equívoco con el que los funcionarios del Gobierno, por una parte, protestaban contra la igualdad (especialmente contra la igualdad profesional), o se quejaban un poco más tarde de la influencia judía en la prensa y, sin embargo, por otra parte, les querían bien «en todos los aspectos»31,correspondía mejor a los intereses del Estado que el primitivo celo del reformador. Al fin y al cabo, el Congreso de Viena había devuelto a Prusia las provincias en las que habían vivido durante siglos las masas de judíos pobres, y sólo unos pocos intelectuales que soñaban con la Revolución Francesa y los Derechos del Hombre habían pensado en darles el mismo status que a sus hermanos ricos —quienes, ciertamente, eran los últimos en clamar por una igualdad de la que sólo podían obtener desventajas.32 Sabían tan bien como cualquiera que «cada medida legal o política en pro de la emancipación de los judíos debe conducir necesariamente a una deterioración de su situación cívica y social»33.Y sabían mejor que nadie cuánto dependía su poder de su posición y prestigio dentro de las comunidades judías. De esta forma difícilmente hubieran podido adoptar otra política que no fuera la de «procurar conseguir más influencia para sí mismos y mantener a sus semejantes judíos en su aislamiento nacional, pretendiendo que esta separación es parte de su reli- gión. ¿Por qué?... Porque los demás dependerían de ellos cada vez más, de forma tal que, como

unsere Leute, podrían ser utilizados exclusivamente por quienes se hallaban en el poder»34.Y así resultó que en el siglo XX, cuando la emancipación fue por vez primera un hecho consumado para las masas judías, el poder de los judíos privilegiados desapareció.

Se estableció de esta manera una perfecta armonía de intereses entre los judíos poderosos y el Estado. Los judíos ricos deseaban y conseguían un control sobre sus hermanos judíos y una segregación de la sociedad no judía; el Estado podía combinar una política de benevolencia hacia los judíos ricos con una discriminación legal contra la intelligentsia judía y una defensa de la segregación social, tal como se hallaban expresadas en la teoría conservadora de la esencia cristiana del Estado.

Mientras el antisemitismo de la nobleza careció de consecuencias políticas y amainó rápidamente en las décadas de la Santa Alianza, los intelectuales liberales y radicales inspiraron y encabezaron un nuevo movimiento inmediatamente después del Congreso de Viena. La oposición liberal a la política continental del régimen policíaco de Metternich y los ásperos ataques al Gobierno reaccionario prusiano condujeron rápidamente a estallidos antisemitas y a una verdadera riada de folletos antijudíos. Precisamente porque eran mucho menos cándidos y francos en su oposición al Gobierno de lo que había sido el noble Marwitz una década atrás, atacaban a los judíos más que al Gobierno. Preocupados fundamentalmente por la igualdad de oportunidades y renovaciones», y su sucesor, Federico Guillermo IV, declaró abiertamente que «el Estado no debe hacer nada que impulse una mezcla entre los judíos y los otros habitantes» de su reino. ELBOGEN, op. cit., pp. 223, 234.

30 En una carta al Kulturminister Puttkammer, en octubre de 1880. Véase también la carta de Herbert von Bismarck a

Tiedemann, en noviembre de 1880. Ambas cartas aparecen en la obra de WALTER FRANK, Hofrediger Adolf Stoecker

und die christlich-soziale Bewegung, 1928, pp. 304, 305.

31 Comentario de August Varnhagen a una observación formulada por Federico Guillermo IV. «Preguntaron al rey qué

pensaba hacer con los judíos. El replicó: ‘Les quiero bien en todos los aspectos, pero deseo que sientan que son judíos’. Estas palabras significan una clave para muchas cosas.» Tagebücher, Leipzig, 1861, II, 113.

32 El hecho de que la emancipación de los judíos tuviera que realizarse contra los deseos de los representantes judíos era

bien conocido en el siglo XVIII. Mirabeau afirmó ante la Assemblée Nationale en 1789: «Caballeros: ¿Es que no proclamáis ciudadanos a los judíos porque ellos no quieran serlo? En un Gobierno como el que ahora habéis establecido, todos los hombres deben ser hombres; debéis expulsar a todos aquellos que no lo son o que se niegan a ser hombres.» La actitud de los judíos alemanes a comienzos del siglo XIX ha quedado descrita por J. J. Josr, Neuere

Geschichte der Israeliten, 1815-1845, Berlín, 1846, tomo 10.

33 Adam Mueller (véase Ausgewählte Abhandlungen, por J. BAXA, Jena, 1921, P. 215) en una carta a Meternich en

1815.

agraviados sobre todo por la resurrección de los privilegios aristocráticos que limitaban su ingreso en los servicios públicos, introdujeron en la discusión la distinción entre los individuos judíos, «nuestros hermanos», y la judería como grupo, una distinción que desde entonces se convirtió en características del antisemitismo izquierdista. Aunque no comprendían completamente por qué y cómo el Gobierno en su impuesta independencia de la sociedad, preservaba y protegía a los judíos