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LA EMANCIPACION POLITICA DE LA BURGUESIA

3. LA ALIANZA ENTRE EL POPULACHO Y EL CAPITAL

Cuando el imperialismo penetró en la escena de la política con ocasión de la rebatiña por África en la década de los años ochenta del siglo XIX, se hallaba impulsado por hombres de negocios a quienes se oponían ásperamente los gobiernos en el poder y a quienes daba la bienvenida un amplio sector de las clases cultas40. Hasta el final, pareció ser un don de Dios, una cura para todos los males, una fácil panacea para todos los conflictos. Y es cierto que el imperialismo, en un sentido, no decepcionó estas esperanzas. Otorgó un nuevo censo vitalicio a las estructuras políticas y sociales, que estaban ya claramente amenazadas por las nuevas fuerzas sociales y políticas y que, en otras circunstancias, sin la intervención del desarrollo imperialista difícilmente habrían necesitado de dos guerras mundiales para desaparecer.

Tal como fueron las cosas, el imperialismo esfumó todos los males y produjo ese falso sentimiento de seguridad, tan universal en la Europa de la preguerra, que engañó a todos menos a los hombres más sensibles. Péguy en Francia y Chesterton en Inglaterra supieron instintivamente que vivían en un mundo de hueras ficciones y que su estabilidad era la ficción mayor de todas. Hasta que todo comenzó a derrumbarse, la estabilidad de las estructuras evidentemente anticuadas era un hecho, y su despreocupada y firme longevidad parecía desmentir a aquellos que sentían temblar el suelo bajo sus pies. La solución del enigma era el imperialismo. La respuesta a la fatídica pregunta: ¿Por qué el grupo de las naciones europeas permitió que este mal se extendiera hasta que todo, tanto lo bueno como lo malo, quedara destruido?, era que todos los gobiernos sabían muy bien que sus países se hallaban desintegrándose secretamente, que el cuerpo político estaba siendo destruido desde dentro y que vivían de prestado.

Bastante inocentemente, la expansión se presentó al principio como la salida para el exceso de producción de capital y ofreció un remedio, la exportación de capital41. La riqueza, tremendamente aumentada, lograda por la producción capitalista bajo un sistema social basado en la mala distribución, había determinado «un exceso de ahorro», es decir, la acumulación de capital que estaba condenado a la ociosidad dentro de la existente capacidad nacional para la producción y el consumo. Este dinero resultaba superfluo, nadie lo necesitaba, aunque era poseído por un creciente número de personas. Las crisis y las depresiones subsiguientes en las décadas precedentes a la era del imperialismo42 habían impreso en los capitalistas la idea de que todo el sistema económico de

40 «La Administración ofrece el más claro y natural apoyo a una política exterior agresiva: la expansión del Imperio

atrae poderosamente a la aristocracia y a las clases profesionales, ofreciéndoles nuevos y siempre crecientes campos para la dedicación honrosa y beneficiosa de sus hijos» (I. A. HOBSON, «Capitalism and Imperialism in South África»,

op. cit.). Fueron «sobre todo... patrióticos profesores y escritores, al margen de su afiliación política y despreocupados

por un interés económico personal» los que apoyaron «los impulsos imperialistas hacia el exterior de la década de los setenta y de los primeros años de la década de los ochenta» (HAYES, op. cit., página 220).

41 Para esto y lo que sigue véase, de J. A. HOBSON, Imperialism, que en fecha tan remota como 1905 proporcionó un

magnífico análisis de las fuerzas y motivos impulsores de carácter económico, así como de algunas de sus implicaciones políticas. Cuando en 1938, fue reeditado este antiguo ensayo, HOBSON pudo señalar justamente en su presentación de un texto que no había sido modificado que su libro era prueba auténtica «de que los principales peligros y alteraciones... de hoy... se hallaban todos latentes y eran discernibles en el mundo de hace una generación...»

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La obvia relación entre las graves crisis de los años sesenta en Inglaterra y de los setenta en el Continente y el imperialismo es mencionada por HAYES, op. cit., sólo en una nota a pie de página (en la p. 219) y por SCHUYLER,

producción dependía de una oferta y de una demanda que, a partir de entonces, debía proceder «del exterior de la sociedad capitalista»43. Tal oferta y tal demanda procedían del interior de la nación, mientras que el sistema capitalista no controló a todas sus clases junto con su entera capacidad productiva. Cuando el capitalismo penetró toda la estructura económica y todos los estratos sociales llegaron a la órbita de su sistema de producción y consumo, los capitalistas tuvieron que decidirse claramente entre el colapso de todo el sistema económico o el hallazgo de nuevos mercados, es decir, la penetración de nuevos países que no estaban todavía sujetos al capitalismo y que por eso podrían proporcionar una oferta y una demanda no capitalistas.

El punto decisivo de las décadas de los sesenta y de los setenta, que iniciaron la era del imperialismo, fue el que forzaron a la burguesía a comprender por vez primera que el pecado original de simple latrocinio, que hacía siglos que había hecho posible la «acumulación original de capital» (Marx) y que había iniciado toda acumulación ulterior, tenía que ser eventualmente repetido, so pena de que el motor de la acumulación set desintegrara súbitamente.44 Frente a este peligro, que no sólo amenazaba a la burguesía, sino a toda la nación, con una catastrófica ruptura de la producción, los productores capitalistas comprendieron que las formas y las leyes de su sistema de producción «desde el comienzo habían sido calculadas para toda la Tierra»45.

La primera reacción ante el saturado mercado interior, la falta de materias primas y las crecientes crisis, fue la exportación de capital. Los propietarios de la riqueza superflua trataron en primer lugar de realizar inversiones en el exterior sin expansión y sin control político, de lo que resultó una inigualable orgía de estafas, escándalos financieros y especulaciones bolsísticas, aún más alarmantes dado que las inversiones exteriores crecían más rápidamente que las interiores46. Las grandes cantidades de dinero resultantes del exceso de ahorro abrieron el camino a las pequeñas economías, al producto del trabajo del hombre de la calle. Las empresas interiores, para mantenerse al ritmo de las inversiones interiores, se entregaron también a métodos fraudulentos y atrajeron también a un creciente número de personas, que, en la esperanza de milagrosas ganancias, lanzaron su dinero por la ventana. El escándalo de Panamá en Francia, el Gründungsschwinder en Alemania y Austria, se convirtieron en ejemplos clásicos. De las promesas de tremendos beneficios se derivaron tremendas pérdidas. Los propietarios de los pequeños ahorros perdieron tanto y tan rápidamente, que los propietarios del gran capital superfluo pronto se vieron solos en lo que, en un sentido, era un campo de batalla. Tras no haber logrado hacer de toda la sociedad una comunidad de jugadores, eran otra vez superfluos, se hallaban excluidos del proceso normal de la producción, al

op. cit., quien cree que «un reavivamiento del interés por la emigración fue un factor importante en los comienzos del

movimiento imperial», y que este interés había sido provocado por «una seria depresión en el comercio y en la industria británicos» hacia la terminación de la década de los años sesenta (p. 280). Schuyler describe también con alguna extensión el fuerte «sentimiento antiimperialista de mediados de la era victoriana». Desgraciadamente, Schuyler no establece diíerencias entre la Commonwealth y el Imperio propiamente d icho, aunque la discusión sobre el material preimperialista podría haber sugerido fácilmente esa diferenciación.

43 ROSA LUXEMBURG, Die Akkumulation des Kapitals, Berlín, 1923, p. 273.

44 RUDOLF HILFERDING, Das Finanzkapital, Viena, 1910, p. 401, menciona —pero sin analizar sus implicaciones—

el hecho de que el imperialismo «repentinamente utiliza de nuevo los métodos de la acumulación original de la riqueza capitalista».

45 Según la brillante percepción de Rosa Luxemburgo de la estructura política del imperialismo (op. cit., pp. 273 y ss.,

pp. 361 y ss.), el «proceso histórico de la acumulación de capital depende en todos sus aspectos de la existencia de unos estratos sociales no capitalistas», de forma tal que «el imperialismo es la expresión política de la acumulación de capital en su competición por la posesión de los restos del mundo no capitalista». Esta dependencia esencial del capitalismo respecto de un mundo no capitalista se halla en la base de todos los demás aspectos del imperialismo, que entonces puede ser explicado como resultado del exceso de ahorro y de la mala distribución (HOBSON, op. cit.), como resultado de la superproducción y de la consecuente necesidad de nuevos mercados (LENIN, El imperialismo, última etapa del

capitalismo, 1917), como resultado de un insuficiente aprovisionamiento de materias primas (HAYES, op. cit.) o como

exportación de capitales para equilibrar el tipo nacional de interés (HILFERDING, op. cit.).

46 Según HILFERDING, op. cit., p. 409, los ingresos británicos procedentes de inversiones en el exterior, desde 1865 a

1898, se multiplicaron por nueve mientras que los ingresos nacionales se doblaron. Supone que en las inversiones exteriores de Alemania y Francia se registró un aumento similar, aunque probablemente menos marcado.

que, tras cada torbellino, retornaban todas las clases, aunque algo empobrecidas y amargadas47. La exportación de dinero y las inversiones en el exterior como tales no son imperialismo ni conducen necesariamente a la expansión como un medio político. Mientras que los propietarios de capital superfluo se contentaban con invertir «grandes porciones de su propiedad en países extranjeros», aunque esta tendencia fuera «contra todas las pasadas tradiciones de nacionalismo»48, simplemente confirmaban su alienación del cuerpo nacional, en el que de cualquier manera eran parásitos. Sólo cuando exigieron protección gubernamental para sus inversiones (después de que la fase inicial de estafas abriera sus ojos a la posibilidad de emplear la política contra los riesgos del juego), volvieron a penetrar en la vida de la nación. En esta apelación, sin embargo, siguieron la tradición establecida por la sociedad burguesa, siempre dispuesta a considerar las instituciones políticas exclusivamente como un instrumento para la protección de la propiedad individual49. Sólo la afortunada coincidencia de la elevación de una nueva clase de propietarios con la revolución industrial había hecho a la burguesía productora y estimuladora de la producción. Mientras que cumplía esta función básica en la sociedad moderna, que es esencialmente una comunidad de productores, su riqueza tenía una importante función para la nación en conjunto. Los propietarios de capital superfluo eran el primer sector de la clase que deseaban beneficios sin cumplir ninguna función social auténtica —aunque hubiera sido la función de productor ex plotador—y a los que, en consecuencia, ninguna política podría haber salvado de la ira del pueblo.

La expansión, por eso, no fue sólo un escape para el capital superfluo. Lo que era mucho más importante es que protegía a sus propietarios contra la amenazante perspectiva de permanecer siendo enteramente superfluos y parásitos. Evitó a la burguesía las consecuencias de la mala distribución y revitalizó su concepto de la propiedad en una época en que la riqueza ya no podía ser utilizada como un factor en la producción dentro del marco nacional y en la que había llegado a chocar con el ideal de producción de la comunidad en conjunto.

Más antiguo que la riqueza superflua era otro subproducto de la producción capitalista: los deseches humanos que cada crisis, seguidora invariable de cada período de desarrollo industrial, eliminaba permanentemente de la sociedad productora. Los hombres que se habían convertido ya en parados permanentes resultaban tan superfluos a la comunidad como los propietarios de la riqueza superflua. El hecho de que constituían una amenaza para la sociedad había sido reconocido a lo largo del siglo XIX y su exportación había contribuido a poblar los Dominios del Canadá y de Australia, así como los Estados Unidos. El nuevo hecho en la era imperialista es que estas dos fuerzas superfluas, el capital superfluo y la mano de obra superflua, se unieron y abandonaron el país al mismo tiempo. El concepto de expansión, la exportación del poder gubernamental y la anexión de cada territorio en el que los nacionales habían invertido, bien su riqueza, bien su trabajo, parecían la única alternativa ante las crecientes pérdidas en riqueza y en población. El imperialismo

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Por lo que a Francia respecta, véase, de GEORGE LACHAPELLE, Les Finances de la Troisième République, París, 1937, y de D. W. BROGAN, The Development of Modern France, Nueva York, 1941. Respecto de Alemania, cotéjense interesantes testimonios contemporáneos, como los de MAX WIRTH, Geschichte der Handelskrisen, 1873, capítulo XV, y A. SCHAEFFLE, «Der 'grosse Boersenkrach' des Jahres 1873», en Zeitschrift für die gesamte

Staatswissenschaft, 1874, vol. 30.

48 J. A. HOBSON, «Capitalism and Imperialism», op. cit.

49 Véase HILFERDING, op. cit., p. 406. «De aquí el grito en pro de un fuerte poder estatal lanzado por todos los

capitalistas con inversiones en países extranjeros... El capital exportado se siente más seguro cuando el poder estatal de su propio país gobierna al nuevo dominio completamente... Si es posible sus beneficios deberían ser garantizados por el Estado. De esta manera, la exportación de capital favorece una política imperialista.» P. 423: «Es cosa corriente que la actitud de la burguesía hacia el Estado sufra un completo cambio cuando el poder político del Estado se torna instrumento competitivo del capital financiero en el mercado mundial. La burguesía había sido hostil al Estado en su lucha contra el mercantilismo económico y el absolutismo político... Teóricamente al menos, la vida económica tenía que hallarse completamente libre de la intervención del Estado; el Estado tenía que autolimitarse políticamente a la salvaguardia de la seguridad y al establecimiento de la igualdad civil.» P. 426: «Pero el deseo de una política expansionista provoca un cambio revolucionario en la mentalidad de la burguesía. Cesa de ser pacifista Y humanista.» P. 470: «Socialmente, la expansión es una condición vital para la preservación de la sociedad capitalista; económicamente, es la condición para la preservación y para el aumento temporal del tipo de interés.»

y su idea de expansión ilimitada parecían ofrecer un remedio permanente para un mal permanente50. Resulta irónico que el primer país al que fueron conducidos juntos el dinero superfluo y los hombres superfluos se estuviera tornando también superfluo. África del Sur era posesión de Inglaterra desde el comienzo del siglo XIX, porque aseguraba la ruta marítima a la India. La apertura del Canal de Suez, empero, y la subsiguiente conquista administrativa de Egipto, redujeron considerablemente la importancia de la antigua estación comercial de El Cabo. Los británicos, con toda probabilidad, se habrían retirado de África de la misma manera que lo habían hecho todas las posesiones europeas si hubieran quedado liquidadas todas sus posesiones y sus intereses comerciales en la India.

La ironía particular y, en cierto sentido, simbólica circunstancia en el inesperado desarrollo de África del Sur como «cuna cultural del imperialismo»51, descansa en la verdadera naturaleza de su repentino atractivo cuando había perdido todo su valor para el mismo Imperio: en la década de los setenta se descubrieron campos diamantíferos y en la década de los ochenta grandes yacimientos auríferos. El nuevo deseo de beneficio a cualquier precio convergía por vez primera con la antigua búsqueda de fortunas. Los buscadores, los aventureros y la hez de las grandes ciudades emigraron al continente negro junto con el capital de los países industrialmente desarrollados. A partir de entonces, el populacho, engendrado por la monstruosa acumulación de capital, acompañó a su engendrador en estos viajes de descubrimientos, donde no se descubrían más que nuevas posibilidades de inversión. Los propietarios de la riqueza superflua eran los únicos hombres que podían utilizar a los hombres superfluos procedentes de las cuatro esquinas de la Tierra. Juntos establecieron el primer paraíso de los parásitos, cuyo nervio era el oro. El imperialismo, producto del dinero superfluo y de los hombres superfluos, comenzó su sorprendente carrera produciendo los bienes más superfluos e irreales.

Puede dudarse todavía si la panacea de la expansión habría resultado tan gran tentación para los no imperialistas si hubiera ofrecido sus peligrosas soluciones solamente a aquellas fuerzas superfluas que, en cualquier caso, se hallaban ya fuera del cuerpo integrado de la nación. La complicidad de todos los partidos parlamentarios en los programas imperialistas es una cuestión que hay que mencionar. La historia del Partido laborista británico es al respecto casi una ininterrumpida cadena de justificaciones a la primera profecía de Cecil Rhodes: «Los trabajadores ven que aunque los americanos les aseguran una excelente amistad e intercambian con ellos los sentimientos más fraternales, están cerrando la puerta a sus artículos. Los trabajadores ven también que Rusia, Francia y Alemania, localmente, se hallan haciendo lo mismo y los trabajadores consideran que si no se preocupan no hallarán un lugar en el mundo con el que comerciar. De esta forma los trabajadores se han convertido en imperialistas y el Partido liberal sigue su camino»52. En Alemania, los liberales (y no el Partido conservador) eran los verdaderos promotores de la famosa política naval que tan considerablemente contribuyó al estallido de la Primera Guerra Mundial53. El Partido socialista oscilaba entre un activo apoyo a la política naval imperialista (repetidamente aprobó consignaciones para la construc ción a partir de 1906 de una flota alemana) y el completo

50 Estos motivas resultaban especialmente manifiestos en el imperialismo alemán, Entre las primeras actividades de la

Alldeutsche Verband (fundada en 1891) figuraban los esfuerzos por impedir que los emigrantes alemanes cambiaran su nacionalidad, y el primer discurso imperialista de Guillermo II, con ocasión del vigésimoquinto aniversario de la fundación del Reich, contenía este típico pasaje: «El Imperio alemán se ha convertido en un Imperio mundial. Miles de nuestros compatriotas viven en todas partes, en alejados lugares de la Tierra... Caballeros, es vuestro solemne deber ayudarme a unir a este Gran Imperio con nuestro país natal.» Cotéjese también la declaración de J. A. Froude en la nota 10.

51 E. H. DAMCE, The Victorian Illusion, Londres, 1928, p. 164: «África, que ni había sido incluida en el itinerario del

mundo anglosajón ni en el de los filósofos profesionales de la Historia imperial, se convirtió en el campo de cultivo del imperialismo británico.»

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Cita de MILLIN, op. cit.

53 «Los que apoyaban la política naval eran los liberales, no la derecha parlamentaria», ALFRED VON TIRPITZ,

Erinnerungen, 1919. Véase también la obra de DANIEL FRYMANN (pseudónimo de Heinrich Class), Wenn ich der Kaiser wär, 1912: «El verdadero Partido imperialista es el Partido Nacional Liberal.» Fryman, un destacado chauvinista

alemán durante la primera guerra mundial, advierte incluso el con respecto a los conservadores: «Vale también la pena señalar el retraimiento de los medios conservadores ante las doctrinas relativas a la raza.»

olvido de todas las cuestiones de política exterior. Las ocasionales advertencias contra el

Lumpenproletariat y el posible soborno de sectores de la clase trabajadora con migajas de la mesa

imperialista no condujeron a una comprensión más profunda de la gran atracción que los programas imperialistas despertaban entre los simples miembros del Partido. En términos marxistas el fenómeno nuevo de una alianza entre el populacho y el capital parecía tan antinatural, tan obviamente en conflicto con la doctrina de la lucha de clases, que los verdaderos peligros del intento imperialista —dividir a la Humanidad en razas de señores y razas de esclavos, castas