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EL «AFFAIRE DREYFUS»

1. LOS HECHOS DEL CASO

Sucedió en Francia a finales del año 1894. Alfred Dreyfus, un oficial judío del Estado Mayor francés, fue acusado y condenado por espionaje en favor de Alemania. El veredicto, deportación perpetua a la isla del Diablo, fue unánime. El proceso se desarrolló a puerta cerrada. Del sumario, supuestamente voluminoso, de la acusación sólo llegó a conocer el llamado bordereau. Era una carta supuestamente de puño y letra de Dreyfus, dirigida al agregado militar alemán, Schwartzkoppen. En julio de 1895, el coronel Picquart fue nombrado jefe de la Sección de Información del Estado Mayor. En mayo de 1896 dijo al jefe del Estado Mayor, Boisdeffre, que estaba convencido de la inocencia de Dreyfus y de la culpabilidad de otro jefe militar, el comandante Walsin-Esterhazy. Seis meses más tarde, Picquart fue destinado a un peligroso puesto en Túnez. Por entonces, Bernard Lazare, en nombre de los hermanos de Dreyfus, publicó el primer folleto del affaire: Une erreur judiciaire; la vérité sur l’affaire Dreyfus. En junio de 1897, Picquart informó a Scheurer-Kestner, vicepresidente del Senado, de los hechos del proceso y de la inocencia de Dreyfus. En noviembre de 1897, Clemenceau comenzó su lucha por la revisión del caso. Cuatro semanas más tarde, Zola se unió a las filas de los dreyfusards. J’accuse fue publicado por el periódico de Clemenceau en enero de 1898. Al mismo tiempo, Picquart fue detenido. Zola, juzgado por calumnia al Ejército, fue condenado por un Tribunal ordinario y después por el Tribunal de Casación. En agosto de 1898, Esterhazy fue expulsado del Ejército por desfalco. Inmediatamente acudió a ver a un periodista británico, y le dijo que él, y no Dreyfus, era el autor del bordereau, que había falsificado la letra de Dreyfus por orden del coronel Sandherr, su superior Y antiguo jefe de la Sección de Contraespionaje. Pocos días después, el coronel Henry, otro miembro del mismo departamento, confesó la falsificación de varios otros documentos del dossier secreto de Dreyfus y se suicidó. En consecuencia, el Tribunal de Casación ordenó que se abriera una investigación del caso Dreyfus.

En junio de 1899, el Tribunal de Casación anuló la sentencia original contra Dreyfus de 1894. El proceso de revisión se desarrolló en Rennes en agosto. La sentencia fue entonces de diez años de cárcel, en razón de «circunstancias atenuantes». Una semana más tarde, Dreyfus fue perdonado por el presidente de la República. La Exposición Universal se inauguró en París en abril de 1900. En mayo, cuando el éxito de la Exposición ya estaba garantizado, la Cámara de Diputados, por una abrumadora mayoría, votó contra cualquier revisión ulterior del caso Dreyfus. En diciembre del mismo año, todos los procesos y demandas judiciales relacionados con el affaire quedaron liquidados mediante una amnistía general.

En 1903, Dreyfus solicitó una nueva revisión. Su petición fue desatendida hasta 1906, año en que Clemenceau llegó a la Presidencia del Consejo de Ministros. En julio de 1906, el Tribunal de Casación anuló la sentencia de Rennes y absolvió a Dreyfus de todas las acusaciones. El Tribunal de Casación, sin embargo, carecía de autoridad para absolverle. Tendría que haber ordenado la celebración de un nuevo proceso. Pero con toda probabilidad, y a pesar de las abrumadoras pruebas en favor de Dreyfus, otra revisión ante un Tribunal militar habría conducido a una nueva condena.

Dreyfus, por eso, jamás fue absuelto de acuerdo con la ley1, y el caso Dreyfus nunca concluyó realmente. La reposición del acusado jamás fue reconocida por el pueblo francés, y las pasiones que despertó en un principio jamás se apaciguaron por completo. En fecha tan tardía como 1908, nueve años después del perdón y dos años después de que Dreyfus fuera absuelto cuando, a instancias de Clemenceau, fue trasladado al Panteón el cuerpo de Emile Zola, Alfred Dreyfus fue abiertamente atacado en la calle. Un Tribunal de París absolvió a su asaltante e indicó que «disentía» de la decisión por la que Dreyfus había sido absuelto.

Aún más extraño es el hecho de que ni la primera ni la segunda guerra mundiales fueran capaces de relegar el asunto al olvido. A instancias de la Action Française, el Précis de ¡’Affaire Dreyfus us2 fue reeditado en 1924, y ha sido desde entonces el manual corriente de referencia de los antidreyfusards. En el estreno de L’Affaire Dreyfus (una obra escrita por Rehfisch y Wilhelm Herzog bajo el seudónimo de René Kestner) en 1931, la atmósfera de la década de los 90 todavía prevalecía en las reyertas del auditorio, en las bombas fétidas lanzadas sobre las butacas y en las unidades paramilitares de la «Action Française» movilizadas para provocar el terror de los actores, los espectadores y los simples viandantes. Tampoco el Gobierno —Gobierno de Laval— actuó de forma diferente a la de sus predecesores de treinta años atrás: admitió de buena gana que era incapaz de garantizar una sola representación sin interrupciones, con lo que proporcionó un nuevo y último triunfo a los antidreyfusards. Las representaciones de la obra tuvieron que ser suspendidas. Cuando Dreyfus murió en 1935, la gran prensa se mostró temerosa de abordar el tema3, mientras que los periódicos izquierdistas se manifestaron en los antiguos términos sobre la inocencia de Dreyfus y la derecha hizo otro tanto respecto de la culpabilidad de Dreyfus. Incluso hoy, aunque en menor grado, el affaire Dreyfus es todavía un medio de identificación en la política francesa. Cuando fue condenado Pétain, el influyente periódico provinciano La Voix du Nord (de Lila) ligó el caso Pétain al caso Dreyfus y sostuvo que «el país sigue estando tan dividido como después del caso Dreyfus», porque el veredicto del Tribunal no liquidó un conflicto político ni «aportó a todos los franceses la paz de la mente ni la del corazón»4.

Aunque el «affaire Dreyfus», en sus más amplios aspectos políticos, corresponde al siglo XX, el caso Dreyfus, los diferentes procesos del capitán judío Alfred Dreyfus, son completamente típicos del siglo XIX, cuando los hombres seguían los procedimientos judiciales atentamente porque cada uno les proporcionaba una prueba del logro más importante del siglo: la completa imparcialidad de la ley. Resulta característico del período que un fracaso de la justicia despertara tales pasiones políticas e inspirara una inacabable sucesión de procesos y apelaciones, por no hablar de duelos y de puñetazos. La doctrina de la igualdad ante la ley se hallaba tan firmemente implantada en la conciencia del mundo civilizado, que un solo fracaso de la justicia provocaba la indignación pública desde Moscú a Nueva York. Ni había nadie, excepto en la misma Francia, tan «moderno» como para asociar el tema con cuestiones políticas5.El daño inferido a un solo oficial judío en Francia era capaz de provocar en el resto del mundo una reacción más vehemente y unida que la que provocarían una generación más tarde todas las persecuciones de los judíos alemanes. Incluso la

1 La obra más extensa y todavía indispensable sobre el tema es la de JOSEPH REINACH, L'Affaire Dreyfus, París,

1903-11, 7 vols. El estudio más detallado de entre los recientes, escrito desde un punto de vista socialista, es el de WILSON HERZOG, Der Kampf einer Republik, Zurich, 1933. Resultan muy valiosos sus exhaustivos cuadros cronológicos. La mejor estimación política e histórica del aJ faire puede hallarse en la obra de D. W. BROGAN, The

Development of Modern France, 1940, libros VI y VII. Breve y fidedigna es la de G. CHARENSOL, L'Affaire Dreyfus et la Troisième République, 1930.

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Escrito por dos oficiales y publicado bajo el seudónimo de Henri Dutrait-Crozon.

3 La Action Française (19 de julio de 1935) postulaba la sujeción de la prensa francesa mientras voceaba la opinión de

que «los famosos campeones de la justicia y la verdad de hace cuarenta años no han dejado discípulos».

4 Véase G. H. ARCHAMBAULT, en New York Times, 18 de agosto de 1945, p. 5.

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Las únicas excepciones, los periódicos católicos que en su mayoría en todos los países se pronunciaron contra Dreyfus, serán después analizadas. La opinión pública americana no se limitó a las protestas, sino que llegó a comenzar un boicot contra la Exposición Universal de París que había de inaugurarse en 1900. Véase más abajo el efeoto de esta amenaza. Para un estudio amplio véase la tesis de ROSE A. HALPERIN en la Columbia University, «The American Reaction to the Dreyfus Case», 1941. La autora desea agradecer al profesor S. W. Baron su amabilidad por haber puesto a su disposición ese estudio.

Rusia zarista podía acusar a Francia de barbarie, mientras que en Alemania los miembros del círculo del kaiser manifestarían abiertamente una indignación que sólo podría haberse parangonado con la de la prensa radical de la década iniciada en 19306.

Las dramatis personae del caso podían haber salido de las páginas de Balzac: por un lado, los generales conscientes de su clase, cubriendo frenéticamente a los miembros de su propia camarilla, y por el otro, su antagonista, Picquart, con su honradez tranquila, limpia y ligeramente irónica. Junto a ellos se agrupan la indescriptible multitud de los parlamentarios, cada uno de los cuales se hallaba aterrado por lo que podía saber su vecino; el presidente de la República, notorio patrón de los burdeles de París, y los magistrados, que vivían exclusivamente preocupados de sus contactos sociales. Y allí estaban el mismo Dreyfus, un advenedizo en realidad, que se jactaba constantemente ante sus compañeros de la fortuna familiar que gastaba en mujeres; sus hermanos, ofreciendo patéticamente toda su fortuna, y después reduciendo la oferta a 150.000 francos, para la liberación de su pariente, nunca seguros completamente de si deseaban hacer un sacrificio o simplemente sobornar al Estado Mayor; y el abogado Démange, realmente convencido de la inocencia de su cliente, pero que basaba su defensa en una cuestión de duda para salvarse de los ataques y perjuicios a sus intereses personales. Finalmente, estaba el aventurero Esterhazy, hombre de antiguo linaje, tan profundamente aburrido con ese mundo burgués como para hallar alivio igualmente en el heroísmo y en la bellaquería. Había sido segundo teniente de la Legión Extranjera, e impresionó a sus compañeros tanto por su considerable arrojo como por su insolencia. Siempre en dificultades, vivía sirviendo de padrino de duelo a los oficiales judíos y chantajeando a sus ricos correligionarios. Además, se aprovechaba de los buenos oficios del mismo gran rabino para obtener las necesarias presentaciones. Incluso en su postrera caída siguió fiel a la tradición de Balzac. No le condujeron a la perdición la traición y los sueños febriles de una orgía en los que cien mil fatuos ulanos prusianos galoparían salvajemente por las calles de París7, sino el mezquino desfalco del dinero de un pariente. ¿Y qué decir de Zola, con su apasionado fervor moral, con su pathos en cierto modo vacuo y su melodramática declaración, en vísperas de la huida a Londres, de que había oído la voz de Dre fus rogándole que soportara aquel sacrificio?8

Todo esto pertenece típicamente al siglo XIX, y en sí mismo nunca hubiera sobrevivido a dos guerras mundiales. El antiguo entusiasmo del populacho por Esterhazy, como su odio hacia Zola, se han extinguido hace largo tiempo, pero también se ha apagado aquella fiera pasión contra la aristocracia y el clero que inflamó antaño a Jaurès y que fue la que verdaderamente hizo posible la liberación final de Dreyfus. Como el affaire de los cagoulards había de mostrar, los oficiales del Estado Mayor ya no tenían que temer la ira del pueblo cuando incubaran sus complots para un coup

d’état. Desde la separación de la Iglesia y del Estado, Francia, aunque desde luego ya no tenía una

mentalidad clerical, había perdido parte de sus sentimientos anticlericales, de la misma manera que la Iglesia católica había abandonado muchas de sus aspiraciones políticas. El intento de Pétain de convertir a la República en un Estado católico fue bloqueado por la profunda indiferencia del pueblo y por la hostilidad del clero bajo hacia el fascismo clerical.

El affaire Dreyfus en sus implicaciones políticas pudo sobrevivir porque dos de sus elementos cobraron más importancia durante el siglo XX. El primero es el odio a los judíos; el segundo, el recelo hacia la misma República, hacia el Parlamento y hacia la maquinaria estatal. El más amplio sector del público podía todavía considerar, acertada o erróneamente, que esa maquinaria se hallaba bajo la influencia de los judíos y el poder de los Bancos. Todavía en nuestra época el término antidreyfusard puede servir como nombre reconocido para designar a todo lo que es antirrepublicano, antidemocrático y antisemita. Hace unos pocos años lo comprendía todo, desde el

6 Así, por ejemplo, H. B. von Buelow, encargado de negocios alemán en París, escribió al Canciller del Reich,

Hohenlohe, que el veredicto de Rennes era «una mezcla de vulgaridad y de cobardía, los signos más ciertos de la barbarie» y que Francia «se había apartado con aquello de la familia de las naciones civilizadas», cita de HERZOG, op.

cit., bajo la fecha de 12 de septiembre de 1899. En la opinión de von Buelow el affaire era el «reclamo» del liberalismo

alemán; véase su Denkwürdigkeiten, Berlín, 1930-31, I, 428.

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THÉODORE REINACH, Histoire sommaire de l'Affaire Dreyfus, París, 1924, p. 96.

monarquismo de la Action Française al nacionalbolchevismo de Doriot y el socialfascismo de Déat. Pero la tercera República no debió su colapso a estos grupos fascistas, numéricamente carentes de importancia. Al contrario, la simple, aunque paradójica verdad, es que su influencia jamás fue tan reducida como en el momento en que se produjo el colapso. Lo que hizo caer a Francia fue el hecho de que ya no contaba con verdaderos dreyfusards, con nadie que creyera que la democracia y la libertad, la igualdad y la justicia, podían ser defendidas o realizadas bajo la República9.Al final, la República cayó como fruto maduro en el regazo de la vieja camarilla antidreyfusarde10 que siempre había constituido el meollo de su Ejército, y este hecho sobrevino en una época en que contaba con pocos enemigos, pero casi no tenía amigos. La cerril adhesión a las fórmulas de cuarenta años atrás muestra claramente en cuán escasa medida era la camarilla de Pétain un producto del fascismo alemán.

Mientras que Alemania la seccionaba astutamente y arruinaba toda su economía mediante la línea de demarcación, los dirigentes de Francia en Vichy jugaban con la antigua fórmula de Barrès de las «provincias autónomas», lisiándola aún más. Introdujeron una legislación antijudía más rápidamente que cualquier Quisling, jactándose mientras tanto de que no necesitaban importar de Alemania el antisemitismo y de que su ley relativa a los judíos difería en puntos esenciales de la del Reich.11

Trataron de movilizar al clero católico contra los judíos sólo para hacer patente que los sacerdotes no sólo habían perdido su influencia política, sino que ya no eran antisemitas. Pero fueron los mismos obispos y sínodos a los que el régimen de Vichy deseaba convertir de nuevo en poderes políticos, los que formularon la más categórica protesta contra la persecución de los judíos.

No es el caso Dreyfus con sus procesos, sino el affaire Dreyfus en su totalidad, el que ofrece un primer destello del siglo XX. Como Bernanos señaló en 193112,«el affaire Dreyfus ya pertenece a esa trágica era que desde luego no concluyó con la pasada guerra. El affaire revela el mismo carácter inhumano, preservando entre el oleaje de pasiones irrefrenadas y las llamaradas de odio un corazón inconcebiblemente frío y duro». No fue ciertamente en Francia donde pudo hallarse la verdadera secuela del affaire, pero no es difícil hallar muy lejos de allí la razón por la que Francia fue presa tan fácil para la agresión nazi. La propaganda de Hitler empleaba un lenguaje muy familiar y nunca completamente olvidado. El hecho de que el «cesarismo»13 de la Action Française y el nacionalismo nihilista de Barrès y de Maurras nunca triunfaran en su forma original es debido a una variedad de causas, todas ellas negativas. Carecían de una visión social y eran incapaces de traducir en términos populares aquellas fantasmagorías mentales que había engendrado su desprecio por el intelecto.

Aquí nos referimos esencialmente a las orientaciones políticas del «affaire Dreyfus» y no a los

9 Que ni siquiera lo creía Clemenceau hacia el final de su vida lo revela claramente una observación recogida por RENÉ

BENJAMIN, Clemenceau dans la retraite, París, 1930, p. 249: «¿Esperanza? ¡Imposible! ¿Cómo puedo esperar algo cuando ya no tengo fe en lo que me alzó, es decir, en la democracia?»

10 Weygand, conocido miembro de la Action Française, fue en su juventud un antidreyfusard. Fue uno de los

suscriptores del «Memorial de Henry», abierto por La Libre Parole en honor del infortunado coronel Henry, que purgó con su suicidio la falsificación cometida mientras pertenecía al Estado Mayor. La lista de suscriptores fue más tarde publicada por Quillard, uno de los editores de L'Aurore (el periódico de Clemenceau), bajo el título de Le Monument

Henry, París, 1899. Por lo que a Pétain se refiere, pertenecía al Estado Mayor del Gobierno militar de París de 1895 a

1899, época en que nadie que no hubiese sido un declarado antidreyfusard podría haber estado en ese organismo. Véase CONTAMINE DE LATOUR, «Le Maréchal Pétain», en Revue de Paris, I, 57-69. D. W. BROGAN, op. cit., p. 382, observa pertinentemente que de los cinco mariscales de la Primera Guerra Mundial, cuatro (Foch, Pétain, Lyautey y Fayolle) eran malos republicanos, mientras que el quinto, Joffre, mostraba unas bien conocidas inclinaciones clericales.

11 El mito de que fue obra de la presión del Reich la legislación antijudía de Pétain, que afectó a oasi toda la judería

francesa, ha sido explotado en la misma Francia. Véase especialmente la obra de YVES SIMON, La Grande crise de la

République française: observations sur la vie politique des français de 1918 à 1938, Montreal, 1941.

12 Véase GEORGES BERNANOS, La grande peur des bien-pensants, Edouard Drumont, París, 1931, p. 262.

13 WALDEMAR GURIAN, Der integrale Nationalismus in Frankreich: Charles Maurras und die Action Française,

Franofort del Main, 1931, formula una clara distinción entre el movimiento monárquico y otras tendencias reaccionarias. El mismo autor discute el caso de Dreyfus en su Die politischen und sozialen Ideen des französischen

aspectos legales del caso. Destacan abruptamente cierto número de rasgos característicos del siglo XX. Difusos y apenas distinguibles durante las primeras décadas del siglo, emergieron por fin a la luz del día y se revelaron como pertenecientes a las principales tendencias de los tiempos modernos. Al cabo de treinta años de una suave y puramente social forma de discriminación antijudía, resultaba un poco difícil recordar que el grito «¡Mueran los judíos!» había resonado una vez a lo largo y a lo ancho de un Estado moderno cuando su política interior había cristalizado en el tema del antisemitismo. Durante treinta años las antiguas leyendas referentes a una conspiración mundial sólo fueron el recurso cómodo de la prensa popular y de la novela barata, y el mundo ya no recordaba fácilmente que no hacía mucho tiempo, en la época en que «Los Protocolos de los Sabios