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EL «AFFAIRE DREYFUS»

3. EL EJÉRCITO Y EL CLERO, CONTRA LA REPÚBLICA

Aparentemente alejado de todos estos factores, aparentemente inmune ante toda la corrupción, se alzaba el Ejército, herencia del Segundo Imperio. La República nunca se había atrevido a dominarlo, aun cuando sus simpatías monárquicas y sus intrigas llegaran a expresarse abiertamente con ocasión de la crisis de Boulanger. La oficialidad estaba constituida, como anteriormente, por los hijos de las antiguas familias aristocráticas, cuyos antepasados, como emigrés, habían luchado contra su patria durante las guerras revolucionarias. Estos oficiales se hallaban fuertemente influidos por el clero, que desde la Revolución se había esforzado por apoyar los movimientos antirrepublicanos y revolucionarios. Su influencia era igualmente intensa sobre los oficiales de más modesta cuna, pero que esperaban, como resultado de la vieja práctica eclesiástica de premiar el talento sin atender al linaje, ganar ascensos con la ayuda del clero.

En contraste con las cambiantes y fluidas camarillas de la sociedad y del Parlamento, donde la admisión era fácil y la adhesión voluble, se erigía la rigurosa exclusividad del Ejército, tan característica del sistema de castas. No era la vida militar, ni el honor militar, ni el esprit de corps, lo que mantenía unidos a los oficiales para formar una muralla reaccionaria contra la República y contra todas las influencias democráticas; era simplemente el lazo de casta32. La oposición del Estado a la democratización del Ejército y a subordinarlo a las autoridades civiles produjo notables consecuencias. Hizo del Ejército una entidad al margen de la nación y creó un poder armado cuyas lealtades eran susceptibles de ser orientadas en direcciones que nadie podía predecir. Que este poder, dominado por el sistema de castas y entregado a sí mismo, no estaba a favor ni en contra de nadie, es un hecho que se advierte claramente en la relación de los casi burlescos coups d’état, en los que, a pesar de las declaraciones en contrario, no deseaba el Ejército realmente tomar parte. Incluso su notorio monarquismo era, en su análisis final, tan sólo un pretexto para preservarse como grupo de intereses independientes, dispuesto a defender sus privilegios «sin respeto por la República, a pesar de la República e incluso contra ésta»33. Los periodistas contemporáneos y los

historiadores posteriores han realizado notables esfuerzos para explicar el conflicto entre los poderes militar y civil durante el affaire Dreyfus en términos de un antagonismo entre «hombres de negocios y soldados»34. Sabemos hoy, sin embargo, cuán injustificada es esta interpretación,

32 Véase el excelente artículo anónimo «The Dreyfus Case: A Study of French Opinion», en The Contemporary Review,

vol. LXXIV (octubre de 1898).

33 Véase LUXEMBURG, loc. cit.: «La razón por la que el Ejército no deseaba dar un paso adelante era que quería

mostrar su oposición al poder civil de la República, sin perder, al mismo tiempo, la fuerza de esa oposición comprometiéndose con una Monarquía.»

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Bajo este título describió el caso Dreyfus MAXIMILIAN HARDEN (un judío alemán), en Die Zukunftt (1898). Walter Frank, el historiador antisemita, emplea el mismo slogan en el encabezamiento de su capítulo sobre Dreyfus,

indirectamente antisemita. La Sección de Información del Estado Mayor se mostró razonablemente experta en el mundo de los negocios. ¿Acaso no traficaban con bordereaux y los vendían fríamente a los agregados militares extranjeros tan abiertamente como un peletero podía traficar en pieles y llegar a ser presidente de la República, o como el yerno del presidente traficaba con honores y distinciones?35. Por lo demás, el celo de Schwartzkoppen, agregado militar alemán, ansioso de descubrir más secretos militares que los que Francia tenía que ocultar, tuvo que ser una positiva fuente de preocupaciones para estos caballeros del servicio de contraespionaje, que, al fin y al cabo, no podían vender más de lo que producían.

El gran error de los políticos católicos fue imaginar que, para la realización de su política europea, podían utilizar al Ejército francés simplemente porque parecía ser antirrepublicano. La Iglesia tendría, en realidad, que pagar este error con la pérdida de toda su influencia política en Francia36.Cuando la Sección de Información resultó ser una vulgar f ábrica de falsificaciones, como Esterhazy, que se hallaba en condiciones de saberlo, describió al Deuxième Bureau37, nadie en Francia, ni siquiera el Ejército, quedó tan seriamente comprometido como la Iglesia. Al final del siglo pasado, el clero católico trataba de recobrar su antiguo poder político en aquellos sectores donde, por una u otra razón, la autoridad secular se hallaba en declive ante el pueblo. Ejemplos oportunos eran los de España, donde una aristocracia decadente y feudal había determinado la ruina económica y cultural del país, y Austria-Hungría, donde un conflicto de nacionalidades amenazaba diariamente con desintegrar el Estado. Y tal era también el caso de Francia, en donde la nación parecía estar hundiéndose rápidamente en el cenagal de los intereses en conflicto38.El Ejército — sumido en un vacío político por la III República— aceptó de buena gana la guía del clero católico, que al menos proporcionaba la jefatura civil, sin la que los militares pierden su «raison d’être (que) es la de defender el principio encarnado en la sociedad civil», como señaló Clemenceau.

La Iglesia católica debió así su popularidad al difundido escepticismo popular que veía en la República y en la democracia la pérdida de todo orden, seguridad y voluntad política. Para muchos, el sistema jerárquico de la Iglesia parecía la única salida del caos. Por lo demás, fue este hecho más que cualquier renacer religioso, lo que originó que el clero mantuviera su consideración39. Es un hecho que los más firmes defensores de la Iglesia en aquel período eran los exponentes del llamado catolicismo «cerebral», los «católicos sin fe», que en adelante dominarían todo el movimiento monárquico y ultranacionalista. Sin creer en su base, por otra parte universal, estos «católicos» clamaban por más poder para todas las instituciones autoritarias. Esta fue la línea primeramente formulada por Drumont y más tarde respaldada por Maurras.40

La gran mayoría del clero católico, profundamente implicado en maniobras políticas, siguió una línea de acomodación. En esto, como lo revela el affaire Dreyfus, alcanzó un notable éxito. Así, cuando Víctor Basch se encargó de la causa para conseguir un nuevo proceso, su casa de Rennes fue saqueada bajo la dirección de tres clérigos41,en tanto que una figura no menos distinguida como la del dominico padre Didon convocó a los estudiantes del Collège D’Arcueil a «desenvainar la espada, aterrorizar, cortar cabezas y al frenesí»42. Similar fue también la postura de trescientos mientras que Bernanos (op. cit., p. 413) señala en el mismo estilo que «acertada o equivocadamente, la democracia ve en los militares su más peligroso rival».

35 El escándalo de Panamá fue precedido por el llamado «affaire Wilson». Se descubrió que el yerno del Presidente

traficaba abiertamente con distinciones Y condecoraciones.

36 Véase, del Padre EDOUARD LECANUET, Les signes avant-coureurs de la séparation, 1894-1910, París, 1930

37

Véase, de BRUNO WEIL, L'Affaire Dreyfus, París, 1930, p. 169.

38 Véase, de CLEMENCEAU, La Croisade, op. cit.: «España se retuerce bajo el yugo de la Iglesia Romana, Italia

parece haber sucumbido. Los únicos países que restan son la católica Austria, ya en su lucha a muerte y la Francia de la Revolución, contra la que se hallan ahora desplegadas las huestes papales.»

39

Véase BERNANOS, op. cit., p. 152: «Nunca dejará de repetirse suficientemente que el auténtico beneficiario de este movimiento de reacción que siguió a la caída del Imperio y a la derrota fue el clero. Gracias al clero la reacción nacional asumió tras 1873 el carácter de un despertar religioso.»

40 Para lo referente a Drumont y el origen del «catolicismo cerebral», véase BERNANOS, op. cit., pp. 127 y ss. 41

Véase HERZOG, op. cit., con fecha 21 de enero de 1898.

clérigos menos importantes que se inmortalizaron en el «Memorial de Henry», como se denominó a la suscripción pública abierta por La Libre Parole para la constitución de un fondo a beneficio de madame Henry (viuda del coronel que se suicidó mientras se hallaba en prisión)43,que ciertamente es un monumento eterno a la asombrosa corrupción de las clases altas del pueblo francés de aquella época. Durante el período de la crisis de Dreyfus no fue su clero regular, ni sus órdenes religiosas ordinarias, ni ciertamente sus homines religiosi, quienes influyeron en la línea política de la Iglesia católica. Por lo que a Europa se refería, su política reaccionaria en Francia, Austria y España, así como su apoyo a las tendencias antisemitas en Viena, París y Argel, eran probablemente consecuencia inmediata de la influencia jesuítica. Fueron los jesuitas quienes siempre habían representado mejor, tanto por escrito como verbalmente, la escuela antisemita del clero católico44. Este hecho es en amplia medida consecuencia de sus estatutos, de acuerdo con los cuales todo novicio debía probar que carecía de sangre judía hasta la cuarta generación45. Y resultado de que a comienzos del siglo XIX la dirección de la política internacional de la Iglesia hubiera pasado a sus manos46.

Ya se ha señalado cómo la disolución de la maquinaria estatal facilitó el ingreso de los Rothschild en los círculos de la aristocracia antisemita. El grupo de moda del Faubourg Saint- Germain abrió sus puertas no sólo a unos pocos judíos ennoblecidos, sino a sus sicofantes bautizados, los judíos antisemitas, también arrastrados en esa dirección en su calidad de recién llegados47.Resulta curioso que los judíos de Alsacia, quienes, como la familia Dreyfus, se habían trasladado a París tras la cesión de ese territorio, desempeñaran una parte especialmente destacada en esta ascensión social. Su exagerado patriotismo se reveló aún más marcadamente en la forma en que se esforzaban por disociarse de los inmigrantes judíos. La familia Dreyfus pertenecía a ese sector de la judería francesa que trataba de asimilarse, adoptando su propio tipo de antisemitismo.48 Esta acomodación a la aristocracia francesa tuvo un resultado inevitable: los judíos se esforzaron por orientar a sus hijos hacia los mismos altos puestos militares que ambicionaban los de sus nuevos amigos. Fue aquí donde surgió la primera causa de fricción. La admisión de judíos en la alta sociedad había sido relativamente pacífica. Las clases superiores, a pesar de sus sueños de una restauración monárquica, eran políticamente un sector invertebrado que no se preocupaban indebidamente de una forma o de otra. Pero cuando los judíos comenzaron a buscar la igualdad en el Ejército se enfrentaron con la decidida oposición de los jesuitas, que no estaban preparados para

43 Véase más arriba la nota 10.

44 La revista de los jesuitas La Civiltà Cattolica fue durante décadas la más abiertamente antisemita y una de las revistas

católicas más influyentes de todo el mundo. Publicaba propaganda antijudía mucho antes de que Italia se tornara fascista y su política no se mostró afectada por la actitud anticristiana de los nazis. Véase, de JOSHUA STARR, «Italy's Antisemites», en Jewish Social Studies, 1939.

Según L. KocH, S. J.: «De todas las Ordenes, la Compañía de Jesús, mediante sus Reglas, es la mejor protegida contra las influenoias judías», en Jesuiten-Lexikon, Paderborn, 1934, artículo «Juden».

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Originariamente, conforme al acuerdo de 1593, quedaban excluidos todos los cristianos de ascendencia judía. Un decreto de 1608 estipuló que las reinvestigaciones habían de remontarse a la quinta generación. La última disposición, de 1923, las redujo a cuatro generaciones. En casos individuales, el General de la Compañía podía eximir de tales requisitos.

46

Véase, de H. BOEHMER, Les Jésuites, traducido del alemán, París, 1910, p. 284:

«Desde 1820... no ha existido nada semejante a unas Iglesias nacionales independientes, capaces de resistir las órdenes del Papa dictadas por los jesuitas. El alto clero de nuestros días ha abatido sus tiendas frente a la Santa Sede y la Iglesia se ha convertido en lo que Bellarmin, el gran polemista jesuita, exigió siempre que debería llegar a ser, una monarquía absoluta cuya política puede ser dirigida por los jesuitas y cuya evolución pueda ser determinada oprimiendo un botón.»

47 Véase CLEMENCEAU, «Le spectacle du jour» en op. cit.: «Rothschild, amigo de la nobleza íntegramente

antisemita... del mismo género que Arthur Meyer, que es más papista que el Papa.»

48 Sobre los judíos alsaoianos, a los que pertenecía Dreyfus, véase, de ANDRÉ FOUCAULT, «Un nouvel aspect de

l'Affaire Dreyfus», en Les Oeuvres Libres, 1938, página 310: «A los ojos de la burguesía judía de París eran la encarnación de la raideur nacionalista... esa actitud de distante desdén que la clase acomodada adopta hacia sus correligionarios advenedizos. Su deseo de asimilar completamente las maneras galas, de vivir en términos de intimidad con familias de antiguo linaje, de ocupar las más distinguidas posiciones en el Estado, y el desprecio que mostraban por los elementos comerciales de la judería, por los «polacos» de Galitzia recientemente nacionalizados, les daban casi apariencia de traidores a los de su propia raza... ¿Dreyfus de 1894? ¡Qué va, eran antisemitas!»

tolerar la existencia de oficiales inmunes a la influencia del confesonario49. Además, se alzaron contra un inveterado espíritu de casta que les había hecho olvidar la atmósfera de los salones, un espíritu de casta que, ya reforzado por la tradición y la profesión, se hallaba aún más intensamente fortalecido por su resuelta hostilidad hacia la República y la Administración civil.

Un historiador moderno ha descrito la lucha entre los judíos y los jesuitas como «una pugna entre dos rivales» en la que el «alto clero jesuítico y la plutocracia judía se enfrentaron en Francia, constituyendo dos invisibles líneas de batalla».50 La descripción es fiel en el grado en que los judíos hallaron en los jesuitas sus primeros enemigos implacables, mientras que éstos llegaban muy pronto a comprender cuán poderosa arma podía ser el antisemitismo. Este fue el primer intento, y el único anterior a Hitler, de explotar el «gran concepto político»51 del antisemitismo en una escala paneuropea. Por otra parte, sin embargo, si se supone que la lucha se hallaba entablada entre dos «rivales» de las mismas fuerzas, la descripción es palpablemente falsa. Los judíos no aspiraban a un grado de poder más elevado del que ostentaban las demás camarillas en las que se había escindido la República. Todo lo que deseaban por entonces era una influencia suficiente para lograr sus intereses sociales y económicos. No aspiraban a una participación política en la dirección del Estado. El único grupo reconocido que tenía tal aspiración era el de los jesuitas. El proceso de Dreyfus fue precedido por cierto número de incidentes que denotan cuán resuelta y enérgicamente trataban los judíos de obtener un puesto en el Ejército y cuán corriente, incluso en aquella época, era la hostilidad hacia ellos. Expuestos constantemente a graves insultos, los escasos oficiales judíos se veían obligados a trabar duelos, en tanto que sus camaradas gentiles no deseaban actuar como padrinos suyos. Es en este contexto donde aparece por vez primera en escena el infame Esterhazy como una excepción a la norma.52

Nunca se ha dilucidado perfectamente si la detención y la condena de Dreyfus fue sencillamente un error judicial que por azar desencadenó una conflagración política, o si el Estado Mayor se sirvió deliberadamente del bordereau falsificado con el expreso propósito de señalar a un judío como traidor. En favor de esta última hipótesis figura el hecho de que Dreyfus fuera el primer judío que lograra un puesto en el Estado Mayor y, en las condiciones existentes, este hecho podía haber provocado no sólo malestar, sino furia y consternación. En cualquier caso, el odio antijudío se des- pertó incluso antes de que se conociera el veredicto. Contra la costumbre que exigía el secreto respecto de toda información sobre un caso de espionaje aún sub iudice, los oficiales del Estado Mayor proporcionaron gustosamente a La Libre Parole detalles del caso y el nombre del acusado. Aparentemente, temían que la influencia judía en el Gobierno condujera al sobreseimiento del procedimiento judicial y al escamoteo de todo el asunto. Semejantes temores ofrecían algunos indicios de plausibilidad debido al hecho de que se sabía que ciertos círculos de la judería francesa de la época estaban seriamente preocupados por la precaria situación de los oficiales judíos.

Debe recordarse que en la mente del público se hallaba entonces reciente el recuerdo del escándalo de Panamá y que tras el préstamo de los Rothschild a Rusia había crecido considerablemente la desconfianza hacia los judíos53. El ministro de la Guerra, Mercier, no sólo

49 Véase «K. V. T.» en The Contemporary Review, LXXIV, 598: «Por voluntad de la democracia todos los franceses

tienen que ser soldados; por voluntad de la Iglesia sólo los católicos han de ocupar los puestos de mando.»

50

HERZOG, op. cit., p. 35.

51 Véase BERNANOS, op. cit., p. 151: «Así, privado de su ridícula hipérbole, el antisemitismo se mostró tal como

realmente es: no un sencillo ejemplo de chifladura, una evasión mental, sino un importante concepto político.»

52 Véase la carta de Esterhazy, fechada en julio de 1894, a Edmond de Rothschild, citada por J. REINACH, op. cit., II,

pp. 53 y ss.: «Yo no dudé cuando el capitán Crémieux no pudo hallar un oficial cristiano que actuara como su padrino.» Véase T. REINACH, Histoire sommaire de l'Affaire Dreyfus, pp. 60 y ss. Véase también HERZOG, op. cit., con fechas de 1892 y junio de 1894, donde estos duelos figuran relacionados detalladamente y en donde se cita a todos los intermediarios de Esterhazy. La última ocasión fue en septiembre de 1896, cuando recibió 10.000 francos. Esta inoportuna generosidad tendría más tarde inquietantes resultados. Cuando, desde su confortable seguridad de Inglaterra, Esterhazy hizo extensas revelaciones y por eso obligó a una revisión del caso, la prensa antisemita sugirió, naturalmente, que había sido pagado por los judíos para que se declarara culpable. La idea todavía es utilizada como uno de los principales argumentos en favor de la culpabilidad de Dreyfus.

53

HERZOG, op. cit., con fecha de 1892, muestra ampliamente cómo los Rothschild comenzaron a adaptarse por sí mismos a la República. Resulta curioso que la política papal de coalicionismo, que representa un intento de

había sido alabado en cada fase del proceso por la prensa burguesa de la época, sino que incluso el periódico de Jaurès, el órgano de los socialistas, le felicitó por «haberse opuesto a la formidable presión de los políticos corrompidos y de la alta finanza»54.Resulta característico que este encomio provocara en La Libre Parole un elogio sin restricciones: « ¡Bravo, Jaurès! » Dos años más tarde, cuando Bernard Lazare publicó su primer folleto sobre el fracaso de la justicia, el periódico de Jaurès se abstuvo cuidadosamente de discutir su contenido, pero acusó al autor, socialista, de ser admirador de los Rothschild y, probablemente, agente a sueldo de éstos55. De forma similar, en fecha tan tardía como 1897, cuando ya había comenzado la lucha por la rehabilitación de Dreyfus, Jaurès no pudo advertir en todo ello más que el conflicto entre dos grupos burgueses, los oportunistas y los clericales. Finalmente, incluso tras el nuevo proceso de Rennes, Wilhelm