EL «AFFAIRE DREYFUS»
4. EL PUEBLO Y EL POPULACHO
Si es error habitual de nuestro tiempo imaginar que la propaganda puede lograrlo todo y que a un hombre puede hablársele de todo con tal de que se le hable suficientemente alto y con suficiente habilidad, en aquel período se creía que la «voz del pueblo era la voz de Dios» y que la misión de un líder consistía, como tan desdeñosamente lo expresó Clemenceau, en obedecer astutamente esa voz60. Ambas opiniones proceden del mismo error fundamental: el de considerar al populacho idéntico al pueblo y no como una caricatura de éste.
El populacho es principalmente un grupo en el que se hallan representados los residuos de todas las clases. Esta característica torna fácil la confusión del populacho con el pueblo, que también comprende a todos los estratos de la sociedad. Mientras el pueblo en todas las grandes revoluciones lucha por la verdadera representación, el populacho siempre gritará en favor del «hombre fuerte», del «gran líder». Porque el populacho odia a la sociedad de la que está excluido tanto como al Parlamento en el que no está representado. Por eso los plebiscitos con los que tan excelentes resultados han obtenido los modernos dirigentes del populacho, son un viejo concepto de los políticos que se basa en el populacho. Uno de los más inteligentes jefes de los antidreyfusards, Déroulède, clamaba por «una República a través de un plebiscito».
La alta sociedad y los políticos de la III República habían generado el populacho francés en una serie de escándalos y de fraudes públicos. Experimentaban ahora un tierno sentimiento de parentesco con su prole, un sentimiento que era una mezcla de admiración y de temor. Lo menos que la sociedad podía hacer por su retoño era protegerlo verbalmente. Mientras el populacho saqueaba las tiendas de los judíos y atacaba a los judíos en las calles, el lenguaje de la alta sociedad hacía parecer un juego de niños a la violencia real y apasionada61. El más importante de los documentos contemporáneos al respecto es el «Memorial de Henry» y las diversas soluciones propuestas para la cuestión judía: los judíos deberían ser hechos pedazos como Marsias en el mito griego; Reinach debería ser cocido vivo; los judíos tendrían que ser fritos en aceite o traspasados por agujas hasta que murieran; deberían ser «circuncidados hasta el cuello». Un grupo de oficiales expresó gran impaciencia por probar un nuevo modelo de cañón sobre 100.000 judíos del país. Entre los suscriptores figuraban más de 1.000 oficiales, cuatro generales en servicio y el propio mi-
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Véase el artículo de CLEMENCEAU, 2 de febrero de 1898, en op. cit. Por lo que se refiere a la futilidad de tratar de ganarse a los trabajadores con slogans antisemitas y especialmente sobre los intentos de Léon Daudet, véase, del escritor realista DIMIER, Vingt ans d'Action Française, París, 1926.
61 Muy características al respecto son las diferentes descripciones de la sociedad contemporánea en J. REINACH, op.
cit., I, 233 y ss., III, 141: «Las damas de la buena sociedad perdían su compostura ante Guérin. Su lenguaje
(escasamente superado por sus pensamientos) hubiera causado horror entre las amazonas de Dahomey...» Especialmente interesante al respecto es un artículo de ANDRÉ CHEVRILLON, «Huit Jours à Rennes», en La Grande
Revue, febrero de 1900. Relata, inter alia, el siguiente incidente revelador: «Un médioo que hablaba con unos amigos
míos se atrevió a decir: ‘Me gustaría torturarle’. ‘Y a mí’, añadió una de las damas, ‘me gustaría que fuese inocente porque así sufriría más'.»
nistro de la Guerra, Mercier. Es sorprendente el número relativamente alto de intelectuales62, e incluso de judíos, que figuraban en la lista. Las clases superiores sabían que el populacho era carne de su carne y sangre de su sangre. Incluso un historiador judío de la época, aunque había visto con sus propios ojos que los judíos ya no podían sentirse seguros cuando el populacho domina la calle, habló con secreta admiración del «gran movimiento colectivo»63. Esto solamente muestra cuán profundamente enraizados se hallaban la mayoría de los judíos en una sociedad que estaba intentando eliminarles.
Si Bernanos, con referencia al affaire Dreyfus, describe al antisemitismo como un importante concepto político, tiene indudablemente razón por lo que se refiere al populacho. Había sido ensayado previamente en Berlín y en Viena por Ahlwart y Stoecker, por Schoenerer y Lueger, pero en ningún lugar resultó su eficacia más claramente probada que en Francia. No hay duda de que a los ojos del populacho los judíos habían llegado a servir como símbolos y modelo de todas las cosas que detestaban. Si odiaban a la sociedad podían apuntar a la forma en que eran tolerados en su seno; y si odiaban al Gobierno podían apuntar a la forma en que los judíos habían sido protegidos por éste o a la forma en que habían sido identificados con el Estado. Aunque es un error suponer que los judíos eran el único blanco del populacho es preciso otorgarles un primer lugar entre sus víctimas favoritas.
Excluido como se halla de la sociedad y de la representación política, el populacho se inclina necesariamente hacia la acción extraparlamentaria. Además, se muestra proclive a buscar las verdaderas fuerzas de la vida política en aquellos movimientos e influencias que permanecen ocultos a la vista y que actúan entre bastidores. No cabe duda de que durante el siglo XIX la judería estuvo incluida dentro de esta categoría, como se hallaba la masonería (especialmente en los países latinos) y los jesuitas64 Es, desde luego, profundamente falso que cualesquiera de esos grupos constituyeran realmente una sociedad secreta inclinada a dominar al mundo por medio de una gigantesca conspiración. Sin embargo, es cierto que su influencia, por abierta que pudiera haber sido, era ejercida más allá del terreno real de la política y que operaba en gran escala en pasillos, logias y confesonarios. Desde la Revolución francesa estos tres grupos han compartido el dudoso honor de ser, a los ojos del populacho europeo, el punto de apoyo de la política mundial. Durante la crisis de Dreyfus, cada uno de ellos fue capaz de explotar esta noción popular lanzando contra los otros acusaciones de hallarse conspirando por lograr el dominio mundial. El slogan «Judá secreta» es debido, desde luego, a la inventiva de algunos jesuitas que decidieron ver en el primer Congreso sionista (1897) el meollo de una conspiración judía mundial65. De forma similar el concepto de «secreta Roma» es debido a los francmasones anticlericales y quizá también a las indiscriminadas calumnias de algunos judíos.
Es proverbial la volubilidad del populacho tal como los adversarios de Dreyfus llegarían a saber a sus expensas cuando, en 1899, cambió el viento y el pequeño grupo de auténticos republicanos que encabezaba Clemenceau comprendió súbitamente, con sentimientos ambiguos, que una parte del populacho se había inclinado a su bando.66 A los ojos de algunos, los dos bandos de la gran controversia parecían ahora «dos grupos rivales de charlatanes que se disputaban el favor de la canalla»67,mientras que la voz del jacobino Clemenceau había conseguido devolver a una parte del pueblo francés a su más importante tradición. De esta manera, el gran erudito Emile Duclaux pudo escribir: «En este drama interpretado ante todo un pueblo y tan inflamado por la prensa que al final
62 Entre los intelectuales figuran, bastante extrañamente, Paul Valéry, que contribuyó con tres francos non sans
réflexion.
63 J. REINACH, op. cit., I, 233.
64 Un estudio de las superstioiones europeas mostraría probablemente que los judíos se oonvirtieron en objeto de este
tipo de superstición decimonónica bastante tarde. Fueron precedidos por los Rosacruces, los Templarios, los Jesuitas y los Francmasones. El tratamiento de la Historia del siglo XIX padece gravemente la ausencia de semejante estudio.
65 Véase «Il caso Dreyfus» en Civiltà Cattolica (5 de febrero de 1898). Entre las exoepciones a la precedente
afirmación, la más notable es la del padre jesuita Charles Louvain, que había denunciado los «Protocolos».
66 Véase MARTIN DU GARD, Jean Barois pp. 272 y ss., y DANIEL HALÉVY, en Cahiers de la quinzaine, serie XI,
cuaderno 10, París, 1910.
tomó parte en él toda una nación, distinguimos al coro y al anticoro de la antigua tragedia injuriando respectivamente al otro bando. El escenario es Francia y el teatro es el mundo.»
Dirigido por los jesuitas y ayudado por el populacho, el Ejército se sentía a la postre alegremente seguro de la victoria. El contraataque del poder civil había sido eficazmente contenido. La prensa antisemita había sellado los labios de los hombres, publicando la lista de Reinach en la que se relacionaban los diputados implicados en el escándalo de Panamá68. Todo parecía indicar la inminencia del triunfo. La sociedad y los políticos de la III República, sus escándalos y affaires habían creado una nueva clase de déclassés; no podía esperarse que lucharan contra su propio producto; al contrario, estaban preparados para usar el lenguaje y la apariencia del populacho. Mediante el Ejército, los jesuitas conseguirían imponerse al poder civil y así quedaría abierto el camino para el incruento coup d’état.
Mientras que sólo fue la familia Dreyfus quien trataba por curiosos métodos de sacar a su pariente de la isla del Diablo y mientras que hubo sólo judíos preocupados por su posición en los salones antisemitas y en el Ejército, aún más antisemita, todo parecía apuntar en esta dirección. Resultaba obvio que no cabía esperar de este sector un ataque contra el Ejército o contra la sociedad. ¿Acaso los judíos no deseaban exclusivamente seguir siendo aceptados en la sociedad y sufridos en las fuerzas armadas? Ni en los círculos militares ni en los civiles existía nadie capaz de perder una sola noche el sueño por su culpa69.Por eso resultó desconcertante el hecho de que llegara a saberse que en el Servicio de Información del Estado Mayor había un alto jefe militar que, aunque poseía unos buenos antecedentes católicos, unas excelentes perspectivas en su carrera y el «adecuado» grado de antipatía hacia los judíos, no hubiera adoptado el principio de que el fin justifica los medios. Así era Picquart, un hombre profundamente divorciado del espíritu social de clan o de las ambiciones profesionales. El Estado Mayor pronto trabó conocimiento con lo que significaba este espíritu sencillo, tranquilo y políticamente desinteresado. Picquart no era un héroe y, desde luego, no era un mártir. Era, sencillamente, ese tipo corriente de ciudadano, con un interés medio por los asuntos públicos y que en la hora de peligro (aunque no un minuto antes) se alza para defender a su país de la misma forma indiscutible con que desempeña sus obligaciones cotidianas70. Sin embargo, la causa sólo se tornó seria cuando, tras varios aplazamientos y titubeos, Clemenceau, por fin, llegó a convencerse de que Dreyfus era inocente y la República se hallaba en peligro. Al comienzo de la lucha, sólo un puñado de escritores y estudiosos bien conocidos se adhirieron a la causa: Emile Zola, Anatole France, E. Duclaux, Gabriel Monod, el historiador, y Lucien Herr, bibliotecario de la Ecole Normale. A ellos es preciso añadir el pequeño y entonces insignificante círculo de jóvenes intelectuales que más tarde harían historia en los Cahiers de la Quinzaine71.
Estos, sin embargo, eran todos los aliados de Clemenceau. No había un grupo político, ni un solo político famoso, que se hallara dispuesto a permanecer a su lado. La grandeza de la posición de Clemenceau descansa en el hecho de que no se hallaba orientada contra un específico error judicial, sino basada en ideas «abstractas» tales como las de la justicia, la libertad y el valor cívico. Se
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El caso de Scheurer-Kestner, uno de los mejores elementos parlamentarios y vicepresidente del Senado, muestra hasta qué punto se hallaban atadas las manos de los miembros del Parlamento. Apenas formuló su protesta contra el prooeso la Libre Parole, proclamó el hecho de que su yerno había estado implicado en el escándalo de Panamá. Véase HERZOG, op. cit., con fecha de noviembre de 1897.
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Véase BROGAN, op. cit., libro VII, capítulo 1: «El deseo de dejar las cosas tranquilas no era raro entre los judíos franceses, especialmente entre los más ricos.»
70 Inmediatamente después de haber hecho sus descubrimientos, Picquart fue enviado a un peligroso puesto en Túnez.
Después de lo cual redactó su testamento, explicó todo el asunto y confió a su abogado una copia del documento. Pocos meses más tarde, cuando se descubrió que todavía seguía vivo, surgió todo un diluvio de cartas, comprometiéndole y acusándole de complicidad con el «traidor» Dreyfus. Fue tratado como un gangster que hubiera intentado «cantar». Cuando todo esto reveló ser inútil, fue detenido, expulsado del Ejército y despojado de sus condecoraciones, pruebas que sufrió con tranquila ecuanimidad.
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A este grupo, dirigido por Charles Péguy, pertenecían el joven Romain Rolland, Suárez, Georges Sorel, Daniel Halévy y Bernard Lazare.
encontraba, en suma, cimentada en aquellos mismos conceptos que habían formado la materia prima del antiguo patriotismo jacobino y contra la que ya se habían lanzado tanto fango y tantas injurias. Mientras que el tiempo pasaba y Clemenceau permanecía inalterado, sin conmoverse por amenazas ni decepciones, proclamando las mismas verdades y encarnándolas en exigencias, los nacionalistas más «concretos» perdían terreno. Seguidores de hombres como Barrès, que había acusado a quienes defendían a Dreyfus de perderse en un «cenagal de metafísica», llegaron a comprender que las abstracciones del Tigre estaban en realidad más cerca de las realidades políticas que la limitada inteligencia de los negociantes arruinados o el estéril tradicionalismo de los intelectuales fatalistas.72 Puede estimarse a donde condujo eventualmente su postura concreta a los nacionalistas realistas si se tiene en cuenta la inapreciable historia en la que se relata cómo Charles Maurras tuvo «el honor y el placer», tras la derrota de Francia, de caer, durante su huida al Sur, en manos de una astróloga que le interpretó la significación política de los acontecimientos recientes y le aconsejó que colaborara con los nazis73.
Aunque el antisemitismo había ganado indudablemente terreno durante los tres años que siguieron a la detención de Dreyfus, antes del comienzo de la campaña de Clemenceau y aunque la prensa antijudía había logrado una difusión comparable a la de los principales periódicos, las calles permanecían tranquilas. El populacho se lanzó a la acción sólo cuando Clemenceau publicó sus artículos en L’Aurore, cuando Zola publicó su J’accuse y cuando el Tribunal de Rennes estableció un contraste con la triste sucesión de procesos y revisiones. Cada golpe de los dreyfusards {de quienes se sabía que constituían una pequeña minoría) fue seguido por una alteración callejera más o menos violenta74. Fue notable la organización del populacho por el Estado Mayor. La pista conduce rectamente del Ejército a La Libre Parole, que, directa o indirectamente, a través de sus artículos o mediante la intervención personal de sus editores, movilizó a estudiantes, monárquicos, aventureros y simples gangsters y les empujó a las calles. Si Zola pronunciaba una sola palabra, sus ventanas eran inmediatamente apedreadas. Si Scheurer-Kestner escribía al ministro de Colonias, era inmediatamente atacado en la calle, mientras los periódicos lanzaban groseros ataques a su vida privada. Y todos los testimonios coinciden en señalar que si Zola, cuando fue acusado, hubiera sido absuelto, jamás habría salido vivo de la sala del Tribunal.
El grito «¡Mueran los judíos!» barrió el país. En Lyon, Rennes, Nantes, Tours, Burdeos, Clermont-Ferrand y Marsella —en todas partes, en realidad— estallaron disturbios antisemitas que invariablemente se remontaban a la misma fuente. La indignación popular brotaba en el mismo día y precisamente a la misma hora75. Bajo la dirección de Guérin, el populacho adoptó una naturaleza militar. Los grupos de choque antisemitas aparecieron en las calles y se cuidaron de que cualquier mitin pro Dreyfus acabara con derramamiento de sangre. La complicidad de la policía resultaba patente en todas partes76.
La figura más moderna en el bando de los antidreyfusards era probablemente la de Jules Guérin. Arruinado en los negocios, había comenzado su carrera política como confidente de la policía, y adquirió ese olfato para la disciplina y la organización que caracteriza invariablemente al hampa. Fue más tarde capaz de orientar esa aptitud hacia canales políticos y se convirtió en fundador y dirigente de «Ligue Antisémite». En él halló la alta sociedad su primer héroe delincuente. En su
72 Véase M. BARRÈS, Scènes et doctrines du nationalisme, París, 1899. 73 Véase YVES SIMON, op. cit., pp. 54-55.
74 Las aulas de la Universidad de Rennes fueron destrozadas después de que cinco profesores se declararon favorables a
una revisión. Tras la aparición del primer artículo de Zola los estudiantes monárquicos se manifestaron ante la sede de
Le Figaro, tras lo cual el periódico desistió de seguir publicando nuevos artículos del mismo tipo. El editor de La Bataille, pro-Dreyfus, fue golpeado en la calle. Los jueces del Tribunal de Casación, que finalmente dejaron a un lado el
veredicto de 1894, informaron unánimemente que habían sido amenazados de «ilegítimo asalto». Los ejemplos podrían multiplicarse.
75 El 18 de enero de 1898 se celebraron manifestaciones antisemitas en Burdeos, Marsella, Clermont-Ferrand, Nantes,
Rouen y Lyon. Al día siguiente estallaron disturbios estudiantiles en Rouen, Toulouse y Nantes.
76 El ejemplo más crudo fue el del prefecto de policía de Rennes, quien aconsejó al profesor Victor Basch, cuando la
casa de este último fue saqueada por unas 2.000 personas, que presentara su dimisión, puesto que ya no podía garantizar su seguridad.
adulación a Guérin, la sociedad burguesa mostró claramente que en su código de moral y de ética había roto terminantemente con sus propias normas. Tras la «Ligue» se hallaban dos miembros de la aristocracia, el duque de Orleáns y el marqués de Morès. Este había perdido su fortuna en América y se había hecho famoso organizando una brigada homicida con los carniceros de París.
La más elocuente de estas tendencias modernas fue el grotesco asedio del llamado Fort-Chabrol. Fue allí, en la primera de las «Casas Pardas», donde la crema de la «Ligue Antisémite» se hallaba reunida cuando la policía decidió por fin detener a su jefe. Las instalaciones eran el colmo de la perfección técnica. «Las ventanas estaban protegidas con postigos metálicos. Existía un sistema de timbres y teléfonos desde el sótano al tejado. A unos cuatro metros de la puerta maciza, siempre cerrada con llaves y cerrojos, existía una alta verja de hierro colado. A la derecha, entre la verja y la entrada principal, había una pequeña puerta de chapa de hierro, tras la que montaban guardia noche y día centinelas escogidos de la legión de los carniceros»77.Max Régis, instigador de los pogroms de Argelia, es otro de los que revelan una nota de modernidad. Fue este Régis juvenil quien en cierta ocasión animó a la vociferante canalla de París a «regar el árbol de la libertad con la sangre de los judíos». Régis representaba a esa sección del movimiento que esperaba lograr el poder por medios legales y parlamentarios. Fiel a este programa, fue elegido alcalde de Argel y utilizó su