Una primera cuestión justamente se relaciona con los impactos de los Diálogos, en los procesos políticos y sociales. Aunque la autodefinición de los Diálogos siempre ha sido muy clara, la pregunta del “¿para qué es útil?” ha surgido en varios momentos (particularmente en el Diálogo III y IV), con mayor énfasis desde dirigentes principales de luchas locales y de espacios políticos. El argumento ha sido en varios momentos que los Diálogos deberían dar vida a una articulación o una red. Desde el PDTG hemos dejado abierto esta posibilidad, pero no la hemos querido liderar, ya que una red dirigida por una organización y sostenida por su capacidad de convocar y tener los recursos para hacerlo posible, nos parecía artificial. Aparte de que creíamos que hubo otros espacios de articulación desde las propias organizaciones, que deberían servir para ello. Los intentos en los Diálogos III y IV de avanzar en una red en base a las iniciativas de la gente misma no prosperaron. Ello nos provocó también la pregunta de por dónde seguir con el proceso de los Diálogos; discusión que nos llevo al menos 2 años, y que entre otras cosas resultó en la apuesta de aplicar el enfoque de los diálogos en espacios más amplios de organización social y política. Entre ellos está el proceso del incipiente Movimiento de los Pueblos por el Buen Vivir, que facilita el diálogo entre distintos procesos locales de organización y movilización social.
Un segundo nudo parte de la constatación de que la afirmación identitaria, de cada unx de lxs participantes y de cada grupo es un proceso vital y sustancial. Desde el reconocimiento de lo que somos, desde nuestras subjetividades, se alimenta de la práctica y se construye en discurso. Sin embargo, ¿cómo lograr afirmaciones identatarias sin caer en los fundamentalismos? Indudablemente en ello tiene significación central la forma en que nos acercamos a la autonomía. La autonomía como concepción y como práctica política ha sido el motor fundamental de la capacidad de interrogar la realidad desde la perspectiva de las actrices y actores, desde la perspectiva de la diferencia; ha sido clave para visibilizar presencias y propuestas que validan a los movimientos como interlocutores sociales y políticos. Sin embargo, sabemos también que todas las expresiones de conflictividad social están en intersección permanente con las múltiples categorías de exclusión. De allí que una autonomía que descanse sólo en la defensa del discurso y el espacio propio (que sigue siendo también una estrategia) deja fuera la reflexión, las luchas y propuestas autónomas desde y dentro los otros múltiples espacios de intersección. Una autonomía que no recupere y visibilice estas intersecciones puede ser muy aislante. Una autonomía que no recupere las diferentes dimensiones contenidas en
ella –política, física, económica y sociocultural– buscando sus conexiones y articulaciones, restringe el campo de maniobra. Es decir, las prácticas de la autonomía centradas en una sola dimensión, o aislada, o centrada en sí misma, es limitante porque lo que se avanza en la defensa propia, sin articulación, no produce transformación de largo aliento. Pero, ¿cómo conectamos entonces la afirmación identitaria y la articulación en diversidad? ¿En qué momentos corresponde qué estrategia? ¿Cómo son, y cómo se construyen, estas autonomías interdependientes de las que hablamos?
El tercer nudo en lo político responde a la apuesta por el fortalecimiento de las organizaciones sociales. Los diálogos como enfoque dentro de procesos de fortalecimiento organizacional llevan a visibilizar y cuestionar las relaciones de poder, la cultura política, las tensiones y conflictos en las organizaciones, generando una base para transformarlos en la vida cotidiana organizativa. Surgen preguntas de distintas formas. Los talleres envuelven muchas dinámicas, no solo la ejecución misma de lo programado y desarrollado, colectivamente, no solo la mística y los espacios lúdicos, que son de importancia fundamental también las tertulias informales, los espacios libres, los diálogos de 2, o de 3, tienen un significado político en los procesos abiertos por los diálogos, porque facilitan complicidades, solidaridades, reconocimientos, empoderan, desde la convivencia más íntima en la diversidad. En consecuencia, los talleres y procesos de diálogos impactan en la vida real de las organizaciones.
En este proceso, hay niveles diversos y entrelazados de poder que buscamos entender y visibilizar. Una forma es acercarse al poder como una realidad a confrontar y cambiar y otra, es percibirlo como cualidad a desarrollar y compartir. La explicitación de las dinámicas y de los “nudos” de poder que son percibidos o que van surgiendo; el reconocer las ambivalencias de poder que traen los liderazgos, que no siempre avanzan en el proceso de “mandar obedeciendo” (subcomandante Marcos); el análisis de las dinámicas de poder al interior de los movimientos; el riesgo de la autonomía de los liderazgos en relación a sus organizaciones; los asuntos de transparencia y rendición de cuentas, etc.; todos estos y muchos otros elementos colocan permanentemente el reto de cómo lograr equilibrar el proceso democratizador, iluminando y cuestionando el poder, avanzando en el fortalecimiento organizativo con autoridad compartida, sin disolver la organización.
¿Cómo construir otras relaciones de poder, otras formas de distribución de poder; cómo consensuar lenguajes; cómo fortalecer elementos que consideramos estratégicos para generar transformaciones profundas, estructurales, etc.? se vuelven objetivos subyacentes a estos procesos transformación del poder de
opresión también presente en la organizaciones sociales. Así aprendimos en el acompañamiento a las organizaciones y el activismo desde los movimientos. Por ello creemos que la renovación de la cultura política es fundamental para generar liderazgos colectivos, fomentar el involucramiento de mujeres y jóvenes, y para generar articulaciones desde la diversidad. Además, creemos que estos procesos de renovación vienen desde adentro del proceso organizativo, a partir de interpelaciones, discusiones y a veces conflictos. En la práctica hemos visto, que este tipo de reflexión sobre el horizonte del fortalecimiento organizacional a menudo se invisibiliza en el contexto de disputas internas, exigencias cotidianas y coyunturas políticas. Sin una enorme voluntad política en la organización de revisar y renovar sus prácticas de poder, la transformación será inviable, inclusive cuando un enfoque como el de los diálogos propicie algunas condiciones de cambio interno.