La importancia de la necesidad de vincularse con los que interactuamos para lograr tener una vida digna o realmente humana, es señalada por Amartya Sen, afirmando que la incapacidad de mantener interacciones sociales lleva a dos tipos de desigualdad distinguibles analítica- mente. Una de las desigualdades es la exclusión, que aparece cuando hay ausencia de participa- ción en las esferas sociales, políticas y culturales que son relevantes para que las personas se sientan parte de la sociedad en la que viven. La otra es la desigualdad por inclusión desfavo- rable, que implica participación en condiciones adversas (Sen, 2000b). Cualquiera de estas cir- cunstancias constituyen situaciones deficitarias que coadyuvan a deteriorar el sentido de perte- nencia de los actores a un mismo cuerpo social (Naciones Unidas-CEPAL, 2007).
En la Argentina, la población urbana exhibe una marcada preferencia por mantener rela- ciones cercanas, ya sea por afecto o por nece- sidad, mientras que las personas son poco pro- pensas a involucrarse con los otros en empren- dimientos colectivos. Estos “otros” no necesa- riamente son amigos, sino sólo compañeros o conocidos con quienes se realizan actividades conjuntas y que se unen para satisfacer inte- reses sociales comunes. En este aspecto inter- viene la ética social y el compromiso ciudadano porque la mayoría de las veces estos grupos tra- bajan para el bienestar colectivo, aunque los re- sultados también puedan redundar en un bene- ficio personal que está relacionado con el sen- tido de responsabilidad social. Éste es un con- trol interno que tenemos las personas y que im- pulsa a la participación, mientras que la satis- facción personal inmediata es el fin que impulsa a sostener relaciones afectivas y de apoyo recí- proco.
Podría pensarse que estamos transitando hacia una sociedad desapegada, inestable, escu- rridiza, caracterizada por la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno y en la que sólo cuentan los beneficios propios –obtenidos a cualquier costo–. La búsqueda del bien común ha quedado en los discursos y no se refleja en los hechos, a pesar de los reiterados llamados al compromiso social de los líderes de diferentes religiones, al- gunos representantes de la vida política y eco- nómica y de la sociedad civil. El escepticismo, la desconfianza y la apatía parecen debilitar la vo- luntad individual que queda circunscripta al es- trecho ámbito privado. Esto se comparece con la concepción de Elina Dabas quien, estudiando las redes sociales en la Argentina, considera que ante la desestructuración de lo macro –entién- dase por ello el debilitamiento de las institu- ciones del estado de bienestar y otras colegiadas que no responden acabadamente a los intereses de la gente que representan y que son los que les otorgan la legitimación que ostentan– hay una creciente estructuración de lo micro, vale decir, de las redes horizontales (Dabas, 2002; Gasparini y Molinas, 2006).
Por todo lo expuesto, resulta pertinente con- siderar como una dimensión de análisis de la in- tegración humana y social –cuyo índice fue defi- nido en el primer capítulo– la capacidad de de- sarrollar una vida social activa reflejada tanto en las relaciones personales como en la partici- pación social colectiva. Ambos son indicadores de pertenencia a la sociedad en que se vive y se presume que se realizan en el tiempo libre. A la luz de las evidencias encontradas en la EDSA, las personas perciben que si no hacen efectivas estas capacidades es, en gran medida, por la falta de tiempo o recursos económicos.
En este capítulo se describe y se trata de comprender el grado de desarrollo o déficit de la vida social que presenta la población de las prin- cipales ciudades argentinas en el período 2004- 2008 diferenciado por estratos socio-econó- micos y haciendo especial referencia al contexto social y macroeconómico. La hipótesis general remite a los resultados de anteriores informes del Barómetro de la Deuda Social Argentina donde se establece que existe mayor pobreza en las manifestaciones de sociabilidad y tiempo libre en las personas que transcurren su vida con graves carencias en las condiciones mate- riales de vida. El hecho que los hombres sean seres sociales no garantiza que todos ellos puedan expresar o desarrollar en el mismo grado la capacidad de relacionarse con los demás, participar activamente en la comunidad y con la misma riqueza de oportunidades en su tiempo libre.
Queda claro que desde la normativa todas las personas tienen la titularidad formal a los mismos derechos de la ciudadanía social, política y cultural, pero existe una brecha entre la norma y que ésta se cumpla igualitariamente. Desde el punto de vista del individuo corresponde estu- diar el proceso de integración a la sociedad y en- focado desde esta última cabe preguntarse por las posibilidades de inclusión que ofrece a los ciudadanos –como se refleja en los capítulos sobre el acceso a recursos públicos y al trabajo–. Las actividades sociales a que se hace refe- rencia se realizan en el tiempo libre y éste es un derecho reconocido por la Declaración Univer- sal de los Derechos Humanos hace más de se- senta años (ONU, 1948). Su disponibilidad per- mite el desarrollo de las actividades que sean de interés para las personas y que no están inclui-
das en las obligaciones laborales, del cuidado personal, del hogar o la familia y de las horas ne-
cesarias para un descanso reparador53. En este
sentido, tener tiempo libre es un recurso que depende de una ecuación sencilla: cada persona cuenta con un máximo de veinticuatro horas diarias, de las cuales debe restar las del trabajo o estudio, las que necesita para llegar al lugar donde desarrolla sus actividades, las dedicadas al cuidado personal y del hogar, y al descanso. Es evidente que el “resto” dependerá de todas ellas y eso es lo que puede considerarse tiempo libre. Obviamente, las personas que trabajan más horas –dentro y fuera del hogar– y las que consumen más tiempo en viajes –al lugar de tra- bajo, establecimiento educativo, etc.– tendrán menos tiempo libre. Es poco frecuente recordar que el tiempo que insume el traslado de un lugar a otro en las grandes ciudades es tiempo per- dido que no es capitalizable ni para el descanso ni la recreación.
Para sintetizar en un solo valor numérico di- ferentes manifestaciones de sociabilidad se ha elaborado un índice de vida social y tiempo libre
(IVST)54que difiere cualitativamente del usado
en el Informe 4 del Barómetro sobre la Deuda Social Argentina. En esta nueva versión se utili- zaron los tres indicadores que se definen en el
recuadro siguiente55.
53 Dumazedier (1971) define el tiempo libre como aquel en que las personas pueden dedicarse voluntariamente al descanso o diver- sión, a desarrollar su información o formación desinteresada, a la par- ticipación social o a su libre capacidad creadora, después de estar des- ligado de todas sus obligaciones profesionales, familiares y sociales.
54 Para el método usado en la construcción del índice, véase el Anexo Metodológico 3.
55 Para las definiciones operacionales y los umbrales de los in- dicadores utilizados, véase el Anexo Metodológico 2.