fundamento de la existencia eclesial
I. Líneas maestras de una teología cristiana del bautismo
1. El bautismo como cesión de propiedad existencial a Cristo
«Si confiesas con la boca que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás» (Rom 10,9). En esta afirmación del apóstol Pablo en el capítulo 10 de su Carta a los Romanos, en el que habla del mensaje salvador para todos, encontramos uno de los pasajes más antiguos en que trasluce la visión fundamental que del bautismo tenía la Iglesia primitiva. Es cierto que no se alude directa y explícitamente al bautismo. Pero se habla de una profesión de fe; en concreto, del más antiguo credo cristológico de la Iglesia primitiva, conservado en la fórmula breve: «Jesús es Señor» (cf. 1 Cor 12,3). Esta profesión se basa en la fe en que el Dios vivo ha resucitado a Jesús de entre los muertos. De ahí que para este credo no existe más ocasión que el bautismo. Tras él late la convicción de que el bautismo y, como condición sine qua non de este, la profesión externa vinculada con la fe operan la salvación en el corazón del bautizado. Por eso, Otto Michel puede resumir el hilo conductor de la teología bautismal neotestamentaria de la siguiente manera: «La confesión y la fe están tan indisolublemente entrelazadas como el acontecimiento bautismal y la doctrina de la justificación»5.
La particularidad decisiva del bautismo protocristiano en comparación con el bautismo de Juan como su raíz consiste en el hecho de que se realiza «en el nombre de Jesucristo» (cf. Hch 2,28; 8,16; 10,48; 19,5). Con esta expresión, que en alemán tiene resonancias «bancarias»6 en el sentido de que algo se «transfiere a la cuenta de fulano», el bautismo es entendido como una cesión de propiedad a Cristo como nuevo señor del bautizado, para quien el bautismo significa, por tanto, que en adelante pertenece a Cristo y a nadie más que él (cf. Gal 3,29). En el bautismo, el bautizando es sometido al kýrios celestial o, lo que viene a ser lo mismo, el kýrios celestial se apropia en el bautismo del bautizando, otorgándole la salvación. Puesto que en el bautismo ofrece su alianza a todo individuo, Cristo nos invita a una relación por entero personal con él. Esta relación personal con Cristo se revela dotada de una importancia tan fundamental que al
bautizado solamente se le facilita la entrada en el reinado de Dios a través de la relación con Jesucristo.
Para expresar esta nueva pertenencia a Cristo que obra el bautismo, Pablo emplea una imagen tan drástica como realista7. En la Carta a los Romanos recurre a una práctica habitual en su época en el comercio de esclavos: al esclavo que debía ser transferido a un nuevo dueño se le marcaba en el hombro con un hierro caliente el sello de su nuevo propietario, a fin de que resultara visible y pública su subordinación a ese nuevo señor. Sobre el trasfondo de esta experiencia de la vida diaria, Pablo parte de que el ser humano se asemeja en general a un esclavo y siempre es, por así decir, «terreno ocupado». Su primer amo es el pecado, que lo mantiene prisionero. No obstante, mediante el bautismo la persona es manumitida de la esclavitud del pecado y transferida a un nuevo señor: «Pero ahora, emancipados del pecado y esclavos de Dios, vuestro fruto es una consagración que desemboca en vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte; mientras el don de Dios, por Jesucristo Señor nuestro, es la vida eterna» (Rom 6,22-23).
El bautismo es el sello oficial de este paso del ser humano del dominio esclavizador del pecado a la nueva y liberadora «esclavitud de Dios», sello que muestra que el bautizado pertenece a Cristo. De ahí que los bautizados sean identificables como «esclavos de Cristo». El lenguaje empleado aquí por Pablo resulta ciertamente extraño y, en esa su extrañeza, áspero y duro; pero este duro lenguaje no es sino el reflejo de la seria realidad que se esconde detrás de él. Pues la Iglesia antigua estaba convencida de la trascendencia existencial del bautismo, que consideraba justamente como un «cambio de dominio», como un tránsito de la persona del ámbito de poder del pecado y la muerte a la esfera de dominio de Jesucristo. Al bautizado se le llama en este horizonte y se le recuerda que no debe servir más a los dioses de este mundo, sino al Dios verdadero y su plan de salvación para el mundo. En este sentido elemental, el bautismo es considerado «alejamiento de los dioses y demonios de la sociedad pagana» y al mismo tiempo «ingreso en la Iglesia como espacio del señorío de Cristo»8.
El bautismo implica un radical cambio existencial: de la existencia «carnal», a merced del pecado y la muerte, a la existencia «espiritual», guiada por el Espíritu de Dios en el sentido de la liberación al ser verdadero, que debe cobrar forma en un profundo cambio de estilo de vida. En esta convicción se funda el hecho de que el bautismo, sobre todo en la Iglesia antigua, acarreara drásticas consecuencias para la vida de los cristianos. Para los cristianos quedaban descartadas en adelante numerosas profesiones paganas; y más en concreto, todas aquellas profesiones que guardaban relación con el culto pagano, como, por ejemplo, actores de teatro, gladiadores, astrólogos, intérpretes de sueños, proxenetas y prostitutas. En la Iglesia antigua, los candidatos al bautismo únicamente eran aceptados si estaban dispuestos a renunciar a tales profesiones. Detrás de ello se ocultaba la convicción adicional de que el bautismo debe llevar asimismo a rechazar determinadas conductas de la persona normal. Pues quien pertenece a Jesucristo debe reconocerlo como Señor también mediante la renovación de su estilo de vida, pero antes que nada en la confesión de fe. Hasta qué punto el bautismo y la fe forman una unidad
indisoluble se echa de ver en la Iglesia antigua sobre todo en que la proclamación de la fórmula bautismal, que en realidad es un credo dialogado, supone un largo proceso de aprendizaje y vida y debe ser realizada como expresión de una nueva orientación existencial.