A comienzos del siglo IV, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos bajo amenaza de pena de muerte poseer la Sagrada Escritura y reunirse en domingo para
III. Celebración de la presencia del Resucitado
La plegaria eucarística expresa lo que los cristianos celebran en la eucaristía, a saber, la presencia del Cristo resucitado en su Iglesia. En la Primera carta a los Corintios, Pablo caracteriza la eucaristía como kyriakòn deîpnon (1 Cor 11,20), como un banquete que pertenece al Señor y de él procede. Detrás de ello se esconde la convicción de fe de que en la celebración eucarística experimenta la comunidad cristiana a su Señor resucitado y elevado como presente en persona33. Es recibido y alabado como el verdadero anfitrión que convoca a los suyos, como todavía hoy lo hacemos sobre todo con las invocaciones del kyrie al comienzo de la celebración eucarística, tras el introito. En la eucaristía celebramos ante todo el encuentro personal de Jesucristo con su Iglesia. Esto significa que el kýrios exaltado mismo está presente en la celebración de la eucaristía; y ello, bajo múltiples signos, como recuerda el fundamental número 7 de la Constitución sobre la sagrada liturgia del concilio Vaticano II: «Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (Sacrosanctum
Concilium 7).
La liturgia de la Iglesia expresa este misterio de los múltiples modos de presencia de Jesucristo en la eucaristía estipulando que el sacerdote, en puntos nodales muy determinados de la liturgia –a saber, al comienzo de la celebración, antes de la proclamación del Evangelio, antes de la plegaria eucarística y antes de la bendición final–, diga las precisas palabras: «¡El Señor esté con vosotros!». Con ellas expresa la eficaz garantía de que Cristo está presente en la comunidad reunida para la eucaristía, en su
palabra, en el banquete sacrificial eucarístico y, más allá de la eucaristía, también en la vida diaria del seguimiento de Jesús34.
En el curso de la historia, tanto la praxis de la fe como la reflexión teológica se han concentrado con creciente claridad en la presencia de Jesucristo en los elementos eucarísticos del pan y el vino, de suerte que, con la vista puesta en la eucaristía, se habló de la presencia somática real del cuerpo y la sangre de Cristo, que se expresa sobre todo con ayuda del concepto de «transustanciación» y que también entró a formar parte de las decisiones doctrinales del concilio de Trento35, que en 1551 definió lo siguiente: «Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan […]; de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión y ahora nuevamente lo declara en este santo concilio: que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transustanciación por la santa Iglesia católica» (DH 1642).
«Transustanciación» es, ciertamente, una palabra difícil para los cristianos actuales; y ello, en primer lugar a causa del carácter extraño del lenguaje, que a fin de cuentas tan solo puede entenderse sobre el trasfondo de la distinción filosófica, habitual en la Edad Media, entre sustancia y accidentes, según la cual estos últimos son las realidades concreta y empíricamente perceptibles y asibles, como el pan y el vino, mientras que la sustancia es la verdadera esencia de esas materias, que subyace invisiblemente a su concreta realidad empírica36. Por tanto, el concilio de Trento quería expresar que en la celebración eucarística la verdadera esencia del pan y el vino se transforma en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo, mientras que los accidentes del pan y el vino permanecen inalterados. En ello, es el Cristo resucitado mismo quien se sirve y adueña de los elementos eucarísticos del pan y el vino, con el fin de, por así decir, sacarlos del quicio de su ser habitual e introducirlos en un nuevo orden de ser. Aunque permanecen inalterados desde el punto de vista meramente físico, en lo más hondo se transforman en algo distinto; a saber, en signos eficaces de la presencia corporal de Jesucristo en la eucaristía.
No obstante, «transustanciación» no se ha convertido en un término difícil solamente a causa del carácter extraño del lenguaje, sino también sobre todo debido a lo que con dicho término se pretende decir. Máxime en una época como la actual, en la que las personas a menudo ya únicamente pueden pensar y vivir en categorías funcionales, hasta el punto de que el ser humano es clasificado atendiendo solo a las funciones que desempeña y a su valor funcional. Precisamente en esta mentalidad propia de una época determinada de la historia del espíritu, la Iglesia debe confesar con el sacramento de la eucaristía que ella conduce más allá de lo meramente funcional y toca el fundamento más profundo de la realidad. Lo que acontece en la eucaristía no es una trans- funcionalización, sino una verdadera trans-formación del pan y el vino, que la tradición
eclesial llama trans-sustanciación. Por eso, con la palabra «transustanciación» la Iglesia cuestiona precisamente la actitud superficial que se atiene sobre todo a lo asible, lo mensurable y lo funcional.
Sin embargo, el verdadero problema de este concepto radica en que fácilmente suscita en el hombre actual la impresión de que Cristo está presente en los dones eucarísticos como algo natural, lo que por supuesto constituye un total desconocimiento de la fe eucarística de la Iglesia católica. Pues el Cristo resucitado está presente en la eucaristía de un modo no natural, sino personal y, por tanto, también en la relación con personas. En la eucaristía celebramos la presencia personal de Jesucristo. Pues Cristo está presente en la eucaristía según su propio ser esencial; y ello, en la medida en que transforma el pan y el vino en signos eficaces de su presencia. En todo esto se hace presente «su amor, que ha pasado por la cruz y en el que él mismo se nos entrega (la “sustancia” de su ser): su tú signado por la muerte y la resurrección como realidad salvífica»37.
Los elementos del pan y el vino son los signos sacramentales realizadores de esta presencia personal de Jesucristo, el cual regala a su Iglesia su presencia en estos signos del pan y el vino. De ahí que tales signos no sean sencillamente signos recordatorios, como, por ejemplo, los regalos simbólicos en una amistad humana. Pues a diferencia de esos otros signos, que remiten a algo distinto de ellos, los signos del pan y el vino contienen exactamente aquello que designan, o sea, el cuerpo y la sangre de Jesucristo: «En el fragmento de los signos eucarísticos está la totalidad de aquello que el amor crucificado y resucitado es en persona, a fin de regalarse a sí mismo»38.
Desde el misterio de la presencia corporal de Jesucristo en la eucaristía se explica también la convicción de fe católica relativa a la permanente duración de la presencia eucarística de Jesucristo, incluso una vez concluida la celebración litúrgica. Dado que Jesucristo mismo ha vinculado su presencia a los signos del pan y el vino, su presencia se prolonga mientras estos signos existen. Cristo se regala a sí mismo a su Iglesia en la eucaristía en tanto en cuanto su presencia encuentra en los signos del pan y el vino una forma concretamente material. De ahí que por principio no se entienda por qué no debería perdurar su presencia mientras los signos eucarísticos vivan en la Iglesia. La presencia sacramental de Jesucristo no acontece solo en aras de la celebración litúrgica, sino principalmente en aras de la Iglesia misma. Por eso, mientras viva y crea, la Iglesia será acompañada por Cristo en la concreción y corporalidad que su acompañamiento ha adoptado en los dones eucarísticos. En estos pervive la eucaristía, cristalizada, por así decir, aun cuando la liturgia haya concluido como proceso.
De ahí que no exista disyuntiva ni tampoco rivalidad alguna entre la comunión en la eucaristía y la adoración eucarística. Antes al contrario, ambas se exigen y fomentan recíprocamente. Solo en este clima de adoración puede recibir la celebración de la eucaristía su grandeza y fuerza; y en la adoración nos es dado intuir la verdadera profundidad del misterio de la presencia real de Jesucristo en la eucaristía. Como dijo
muy bellamente el papa Juan Pablo II, la adoración nos invita a «que, ante la eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo» (Mane nobiscum, Domine 16).