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Iglesia universal y concilio bajo sospecha

Y A el mensaje veterotestamentario apunta a la universalidad cuando, por ejemplo, el

II. Iglesia universal y concilio bajo sospecha

La concentración, hoy dominante, de la vida eclesial en la parroquia arrastra consigo no solo una considerable difuminación de la conciencia de diócesis, sino también un generalizado apagón de la dimensión universal de la Iglesia. En esta situación, a la Iglesia universal la perciben muchos, tal como ya hace tiempo diagnosticó Hans Urs von Balthasar, «no más que como un esqueleto de instituciones», mientras que, por el contrario, el pequeño grupo se convierte en «criterio de vitalidad eclesial»: «Para esa gente, la Iglesia, en cuanto católica/universal, es como un cobertizo que planea arriba por encima de los pisos que habitan los inquilinos, sin conexión alguna ya con ellos»65.

Si en esta deriva la Iglesia universal no es percibida nada más que como carga y no ya como riqueza, la conciencia de pertenecer a una Iglesia universal amenaza con irse difuminando cada vez más. Sintomáticas de esta tendencia ampliamente extendida hoy son afirmaciones de la promotora de la declaración «sobre problemas candentes de pastoral», emitida por la institución de derecho constitucional eclesiástico del Sínodo de Lucerna, al final del otoño de 2003, dirigida a los obispos suizos, en la que volvían a repetirse los conocidos postulados de la abolición del celibato obligatorio para los sacerdotes y la introducción de la ordenación sacerdotal para las mujeres. Según una entrevista, la promotora de esta iniciativa esperaba de los obispos suizos la disposición a «pronunciarse contra el magisterio, en favor de las personas», lo que no puede significar otra cosa sino que los obispos deben cumplir los postulados del sínodo en solitario. A la respuesta de los obispos suizos –a saber: que los problemas formulados solo podrían ser abordados en conexión con la Iglesia universal– llegó a oponer la promotora que la Iglesia universal es solo un «constructo que para ella no existe, sin más». A la vista de tales afirmaciones no puede extrañar que cualquier referencia de los obispos a la Iglesia universal inmediatamente sea descalificada como evasiva.

Incluso para no pocos católicos, para los que la Iglesia universal todavía sigue siendo una realidad, ella está muy lastrada por asociaciones negativas. Esto se manifiesta sobre todo en el hecho de que muchos católicos repudian y rechazan declaraciones del magisterio, que vienen de Roma, sin haberlas leído y sin haberlas analizado a fondo. Solo el hecho de que proceden del magisterio eclesiástico desencadena inmediatamente la actitud de repulsa y de resistencia. Tales reacciones son evidentemente síntoma del formalismo en las controversias, ampliamente constatable en la sociedad actual: lo que piensa una persona, en realidad no interesa para nada. Sobre su pensamiento ya se ha dictado sentencia tan pronto como resulta posible encasillarlo en las correspondientes

categorías formales: conservador-progresista, fundamentalista-liberal. El encasillamiento en un esquema formal es suficiente para hacer innecesaria la confrontación con el contenido del pensamiento de la persona en cuestión. Tal incultura del diálogo y de la comunicación en el ámbito público actual no mejora en modo alguno en la vida eclesial, cuando también en ella el puro formalismo en el juzgar está por encima de la discusión sobre el contenido. Que haya que constatar esta primacía de lo formal sobre lo objetivo también en la Iglesia constituye sin lugar a dudas un fenómeno alarmante.

A la vista de tales fenómenos, es tiempo de recordar, sobre el trasfondo de la eclesiología del concilio Vaticano II, por qué para la visión católica de la Iglesia es fundamental e irrenunciable la Iglesia universal66 y por qué los obispos católicos solo pueden actuar en comunión con la Iglesia universal. Esta irrenunciabilidad vale también naturalmente respecto del pontificado. Porque el hecho de que el escepticismo, ampliamente difundido, respecto de la Iglesia universal sube de grado en el escepticismo respecto del papa no deja de ser algo en sí mismo consecuente. Si no existe una Iglesia universal, el primado tampoco tiene ningún sentido; y si la Iglesia universal no es más que un constructo, entonces, en último término, también el primado solo puede representar una pretensión absurda. El ministerio petrino y su responsabilidad solo pueden existir porque previamente existe una Iglesia universal.

Además, si no existe una Iglesia universal, la intensa lucha del concilio Vaticano II por la correcta y sana interrelación de episcopado y primado, de colegio episcopal y pontificado67, sería un juego académico de abalorios. Ahora bien, el gran tema del pasado concilio y, sobre todo, de su Constitución dogmática sobre la Iglesia fue la coordinación y mutua imbricación de Iglesias locales e Iglesia universal: tema que el concilio expresó con la fórmula básica: «En ellas [las Iglesias locales] y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y única» (Lumen gentium 23).

La puesta en tela de juicio o incluso la negación de la existencia de la Iglesia universal delata, por lo mismo, lo deficitaria que ha sido en nuestras latitudes la recepción del concilio Vaticano II. Justamente aquellos católicos que de continuo acusan a los obispos de sospechosos de querer retroceder al tiempo anterior al concilio Vaticano II son prueba palmaria de qué poca idea tienen del contenido de este concilio. En cualquier caso, es continuamente constatable el uso claramente selectivo que se hace del concilio; el teólogo pastoralista Hubert Windisch lo ha analizado muy atinadamente: «No raras veces puede uno constatar que el concilio sirve de pretexto para legitimar puntos de vista pastorales personales, sin que el mismo concilio ofrezca base alguna para el respectivo abuso (autojustificatorio). Los textos del concilio, como antes la Biblia, se han convertido en cantera de conceptos privados de pastoral. Usando el paralelismo con la praxis de la compra diaria, de la estantería de los textos del magisterio se escoge lo que a uno le gusta, como en un establecimiento de autoservicio»68.

Qué incitante resulta todavía hoy el problema de la recta relación entre Iglesias locales e Iglesia universal y, como consecuencia, el tema de la herencia del concilio

Vaticano II, se puede deducir de que, sobre este tema, hace aún muy poco, tuvo lugar una disputa dentro de la curia, entre los cardenales Walter Kasper y Joseph Ratzinger: discusión que, dicho sea de paso, pudo llegar a un muy amplio acercamiento de posturas69. La tendencia a la difuminación de esta herencia del concilio en nuestras latitudes apunta, por otro lado, a un problema de mucho mayor calado en las actuales controversias eclesiales.

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