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La Iglesia, voz de la palabra de Dios

servicio a la verdad divina

III. La Iglesia, voz de la palabra de Dios

Desde aquí se visibiliza la importancia fundamental que la Iglesia ha atribuido al servicio de la palabra de Dios también a lo largo de la historia, como pueden ilustrar tres testimonios ejemplares. Ya santo Tomás de Aquino vio en el officium docendi [oficio de enseñar] lo primordial, lo principalissimum [lo más importante] del ministerio episcopal. Que Tomás entienda a los responsables de la Iglesia desde su cometido de predicar y, por tanto, desde su misión de evangelizar no puede sorprendernos si tenemos en cuenta que él pertenecía a la orden de predicadores y, en consecuencia, estaba especialmente comprometido con el espíritu del apóstol Pablo8. En el siglo XVI, el gran arzobispo de Braga, Bartolomé de los Mártires, acentúa que el obispo tiene su tarea principal en la homilía, a la que no se debe anteponer ni siquiera la solicitud por los pobres. Pues, al igual que Juan el Bautista, el obispo ha de ser por completo «voz» para la «palabra» que Cristo es9. Que Bartolomé se dedicara en especial a la predicación del Evangelio se explica también por el hecho de que su trayectoria vital resultó decisivamente marcada por el encuentro con el cardenal Carlos Borromeo, quien, tras hacerse cargo del arzobispado de Milán, diagnosticó en la ausencia de homilía una de las más graves y extendidas negligencias del clero y entendió que su más importante misión como obispo radicaba en la predicación apostólica. Así, por ejemplo, en el sermón que pronunció en la fiesta de la Ascensión de Cristo de 1583 acentuó que «el oficio principal de los obispos y

pastores consiste en ser testigos, anunciar los misterios de Cristo y predicar el Evangelio a toda criatura»10.

El concilio Vaticano II hizo suya esta visión fundamental del ministerio episcopal desde la predicación apostólica. Al servicio del obispo a la predicación subordinó incluso el servicio litúrgico a los sacramentos y el servicio regulador (kybernetisch en alemán) de gobierno de la Iglesia local: «Entre los principales oficios de los obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea, los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la revelación cosas nuevas y viejas, la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan» (Lumen gentium 25). Si, según la visión del concilio, el obispo es primero maestro del Evangelio y luego sacerdote en la liturgia y pastor en la dirección de la diócesis, entonces tiene que procurar ante todo que el Evangelio de Jesucristo alcance los oídos y, en especial, los corazones de las personas que viven en su diócesis11.

De modo análogo, el concilio Vaticano II entiende al sacerdote desde su servicio a la palabra de Dios cuando en el Decreto sobre el ministerio y la vida de los sacerdotes acentúa: «El pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la palabra de Dios vivo, que con todo derecho hay que esperar de la boca de los sacerdotes. Pues como nadie puede salvarse, si antes no cree, los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo» (Presbyterorum

ordinis 4). En este sentido, el papa Juan Pablo II, en su carta apostólica Novo millennio ineunte, que promulgó como conclusión del Año Santo 2000 y en la que expuso un

programa pastoral para la Iglesia a comienzos del tercer milenio, dedica una especial atención a la escucha de la palabra de Dios: «Alimentarnos de la Palabra para ser “servidores de la Palabra” en el compromiso de la evangelización es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio» (n. 40). El papa Benedicto XVI, al ser ordenado arzobispo de Múnich y Freising, eligió como lema el sintagma: «Colaborador de la verdad». Que también como papa desea guiarse por este lema lo mostró de manera inequívoca en la misa de inicio de su ministerio en tanto en cuanto, en lugar de exponer un programa de gobierno en sentido mundano, más bien acentuó lo siguiente: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia»12.

El servicio a la palabra de Dios tiene, por consiguiente, una especial prioridad en la misión de la Iglesia. Pues la Iglesia es, antes de nada, testigo del Evangelio. Esta misión la ilustra muy bellamente san Agustín en la medida en que ve prefigurado el ministerio presbiteral en la figura de Juan el Bautista (cf. Sermo 393,1-3). Como es sabido, en el

Nuevo Testamento este es llamado voz, mientras que Cristo es designado como palabra. Con ayuda de esta relación entre voz y palabra, Agustín dilucida la esencia del ministerio presbiteral: la palabra, antes de poder ser percibida sensorialmente a través de la voz, vive ya en el corazón de la persona que la pronuncia. Del mismo modo, la bella tarea del sacerdote consiste en ser voz sensorial y vida para la palabra de Dios, que le precede. En ello tiene también una importancia capital la observación de que el sonido sensorial –o sea, la voz que lleva la palabra de una persona a otra– pasa, mientras que la palabra permanece. En consecuencia, la voz humana no tiene otro sentido que el de transmitir la palabra; una vez cumplida su misión, puede retornar a segundo plano y enmudecer, a fin de que la palabra permanezca en el centro. De estas observaciones concluye Agustín que el sacerdote, al igual que Juan el Bautista, debe ser un mero precursor (Vorläufer), una persona que va por delante (vorlaufend) y, en este sentido, tiene algo de provisional (vorläufig); solo así puede ser servidor de la palabra de Dios. Pues como «voz» se halla referido por completo a la «palabra» que Cristo es y mantiene con este un vínculo por entero relacional.

Con razón acentúa el Decreto sobre los sacerdotes del concilio Vaticano II: «Es siempre su deber enseñar no su propia sabiduría, sino la palabra de Dios, e invitar indistintamente a todos a la conversión y la santidad» (Presbyterorum ordinis 4). Esto solo puede acontecer de manera creíble si el sacerdote da a conocer en su predicación que no habla de sí mismo y que tampoco se limita a imbuir a las personas las teorías e hipótesis del último artículo que ha leído sin haberlas digerido antes él mismo. El sacerdote está obligado más bien a ponerse a disposición de Cristo como voz, a fin de conceder espacio a su palabra. Pues lo que cuenta en último término no es la voz, sino la palabra. El sacerdote existe por completo a su servicio, si bien no a la manera de un repartidor de telegramas, quien se limita a transmitir con fidelidad palabras ajenas sin que estas le afecten. Lo que distingue al fiel repartidor de telegramas es que no se deja llevar por la curiosidad de conocer el contenido del texto. Muy distinto es el caso del sacerdote, que debe transmitir personalmente la palabra de Dios y apropiársela de modo tal que se convierta en su propia palabra. El mensaje del Evangelio no necesita precisamente de una persona que accione el teletipo, sino de un testigo.

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