E L ministerio apostólico tiene que servir a la Iglesia que se caracteriza primariamente por
II. Servicio apostólico a la unidad de la Iglesia
Alimentar y vigilar: estos dos cometidos del ministerio apostólico están tan indisolublemente ligados entre sí que se pueden sintetizar diciendo que al ministerio se le ha encomendado de manera especial la responsabilidad por la unidad que el Resucitado ha querido para su Iglesia. El ministerio está llamado y obligado a unir en la fe a los discípulos y discípulas de Jesucristo: por supuesto, en una fe que alimenta la esperanza y que se acredita en una caridad vigorosa. Este servicio a la unidad es hoy especialmente urgente en una Iglesia en la que se incuban numerosos conflictos. En realidad, si se mira con más detención, los conflictos que hoy ocupan a la Iglesia ya le dieron quebraderos de cabeza a Pablo, como lo prueban claramente sus dos cartas a los Corintios. Por eso, estos no son solo textos desafiantes sino, ante todo, textos inmensamente consoladores. Consoladores lo son, sobre todo, cuando constatamos a qué luz percibió Pablo esos conflictos y cómo los abordó. Merece la pena dirigir la atención sobre todo a dos problemas sobre los que habla el mismo Pablo. Porque también y sobre todo en la actual situación de la Iglesia, es oportuno abordarlos y solucionarlos.
1. Concentración en el crecimiento que da Dios
En primer lugar, la Iglesia da hoy la impresión muchas veces de que en ella uno se confronta menos con el mensaje del Evangelio que con aquellas personas que presiden y gobiernan la Iglesia: y esto, en todos los niveles. Ahí reside el peligro de una visión puramente humana de la Iglesia y de su gobierno. En esta valoración humana –Pablo habla de «mentalidad según la carne»– uno se acostumbra, como en la política y en la esfera pública social, a apelar a autoridades puramente humanas y a adherirse a las llamadas grandes figuras. Sin duda que este fue el caso en Corinto, como se desprende claramente de las cartas de Pablo: esas figuras de primera se llamaban entonces Pablo y Apolo.
A ese centrarse en personalidades humanas dentro de la Iglesia, ya entonces corriente al parecer, Pablo le pone un vigoroso signo de interrogación: «¿Y qué es Apolo? ¿Y qué es Pablo?», para dar inmediatamente a esa pregunta la respuesta decisiva: ellos son «servidores, mediante los cuales vosotros habéis llegado a la fe»; con una apostilla: «cada uno según el don de Dios»: «Yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer. Así que ni el que planta cuenta ni el que riega, sino el que hace crecer. El que planta y el que riega trabajan en lo mismo; cada uno recibirá su salario según su trabajo. Nosotros somos colaboradores de Dios, vosotros sois labranza de Dios y construcción de Dios» (1 Cor 3,5-9).
Con esto, Pablo deja inequívocamente claro que, también y precisamente en el servicio apostólico, de lo que se trata es de «plantar y regar» y, consiguientemente, de la capacidad profesional, del saber adecuado y de la necesaria experiencia. Porque cuanta mayor sea la intensidad con que un jardinero, con sus facultades humanas, prepara, cultiva y lleva a su pleno crecimiento a los árboles, tanto mayores serán los frutos que se producirán. Pero Pablo, con mayor claridad aún, apunta a que el crecimiento viene solo
de Dios. El trabajo apostólico solo puede consistir en plantar y regar y, en él, mantener en toda la Iglesia el recuerdo de que únicamente Dios da el crecer.
Si se toman en serio estas clarividentes perspectivas de Pablo, no solo habría que enterrar la pastoral del éxito –corriente en la actualidad, por la que muchas veces nos dejamos guiar en nuestro interior– y sustituirla por una pastoral de plantar y regar. Más bien, tendría que estar también claramente presente en la conciencia de los servidores del Evangelio, que es Dios el que da el crecimiento y que, por consiguiente, él es el verdadero «guía de la Iglesia». Desde este punto de vista, al ministerio apostólico se le ofrece el desafío de hacer una nueva reflexión sobre su estilo de servicio. La pregunta decisiva, en este punto, solo podrá ser esta: ¿quién es el verdadero sujeto de la acción eclesial? Todo lo que el ministerio apostólico hace en el trabajo diario ¿es simplemente obra suya y realización suya? ¿O el ministerio es solo el instrumento de Jesucristo, único Señor de la Iglesia, que quiere tomar a su servicio al ministerio apostólico como «estación de tránsito» para su acción?
Solo en esta segunda actitud fundamental es posible percibir la responsabilidad apostólica en la Iglesia. De esto da un precioso testimonio el arzobispo de Malinas- Bruselas, cardenal Godfried Danneels. Durante un encuentro con responsables del «Arca» dijo: «Cuando llego a casa después de una larga jornada de trabajo, voy a la capilla y rezo. Le digo al Señor: “Por hoy, ya basta; ya es suficiente por ahora. Ahora vamos a hablar un poco en serio, Tú y yo: esta diócesis ¿es tuya o mía?”. Entonces el Señor me responde: “¿Tú qué crees?”. Yo contesto: “Creo que es tuya”. “Exacto”, me dice el Señor, “es mía”. Y yo le digo: “Bien, Señor; pues entonces toma Tú la responsabilidad de la diócesis y su gobierno. Yo me voy ahora a dormir”». Y el cardenal añadió todavía: «Esto vale para padres lo mismo que para los responsables de una diócesis o de una comunidad». Sí, esto vale para todos los que están al servicio apostólico de la Iglesia. Pero entonces, esta es una elemental tarea mistagógica que consiste sobre todo en remitir de continuo al fundamento de la fe y de la vida de la Iglesia, que ya está puesto en Cristo.
2. Concentración en la capacitación por parte de Dios
Pablo insiste en que Dios mismo es el que da el crecimiento y en que la tarea del ministerio apostólico consiste solamente en plantar y regar. Sin embargo, también esta convicción básica de Pablo va a contrapelo de la mentalidad actual en la sociedad e incluso en la Iglesia. Porque, en segundo lugar, hoy nos hemos acostumbrado a entendernos a nosotros por el hacer y a entregarnos al hacer. Esa concentración nerviosa en la acción ha tenido hoy amplia entrada también en la Iglesia. «Cómo se hace esto»: esta ha llegado a ser, incluso en el ámbito de la vida de la Iglesia, la pregunta clave que todo lo decide. Como legitimación de esta actitud, solemos arroparnos en nuestras cualificaciones adquiridas.
Con esta mentalidad, aparentemente tan moderna, tuvo que enfrentarse ya una vez Pablo cuando, como consecuencia de su insistencia en el «plantar y regar», advierte seriamente a los corintios, en su segunda carta, que ellos no pueden atribuirse a sí mismos nada, porque de una confianza tan grande en Dios no son en absoluto capaces. Su capacitación procede más bien de Dios, que «nos capacitó para ser servidores de la nueva alianza» (2 Cor 3,6). Porque es Dios mismo quien nos cualifica. Resulta evidente que esto no aminora el valor de las cualificaciones humanas, teológicas y pastorales. Pero, por otra parte, aun con todo el valor de esas cualificaciones y títulos humanos, el ministerio apostólico queda siempre remitido a que es Dios quien le extiende el certificado, le declara apto y le toma a su servicio.
Si es Dios el que cualifica, la pregunta decisiva en el servicio apostólico no puede ser: «Cómo se hace esto». La pregunta más fundamental tiene que ser más bien: «¿Es
uno capaz, en absoluto, de esto?». Esta es la pregunta que el gran teólogo protestante,
Karl Barth, formuló enfáticamente en su situación de entonces, igualmente dificultosa. En su famosa conferencia Not und Verheissung der christlichen Verkündigung [Miseria y promesa de la predicación cristiana] dijo: «Como teólogos, debemos hablar de Dios. Pero somos humanos y, como tales, no podemos hablar de Dios. Tenemos que ser conscientes de ambas cosas: de nuestro deber y de nuestro no poder, y precisamente de este modo dar gloria a Dios. Este es nuestro aprieto. Todo lo demás es un episódico juego de niños»23.
Sin duda, la teología dialéctica de Karl Barth, con sus hirientes formulaciones, ha sido analizada con lupa, de entonces a acá, también en sus debilidades. Pero hasta el día de hoy han seguido estando de actualidad sus fortalezas; y esa fortaleza reside en la pasión por Dios, que se manifiesta en las incisivas preguntas: ¿cómo podemos nosotros, seres humanos, atrevernos sin más a hablar de Dios? ¿Podemos tomar en nuestros labios humanos la palabra de Dios? ¿De dónde le viene su derecho y su justificación a nuestro hablar de Dios? ¿Y cómo podemos actualizar creíblemente la acción de Dios en los signos sacramentales?
Bien vendría que las autoridades eclesiales se dejasen interpelar una y otra vez por estas incisivas preguntas y que no estén continuamente dando vueltas al problema: «¿Cómo se hace esto?», sino que arranquen de la pregunta: «¿Cómo puede uno con esto?». Desde este punto de partida, seguro que volvería a hacerse de nuevo evidente que los investidos de autoridad, antes que nada, tienen que recibir permanentemente lo que ellos por sí mismos no pueden en absoluto procurarse y que no tienen que esforzarse convulsivamente por obtener éxitos espectaculares por sí mismos, que su responsabilidad, más bien, consiste en que Dios pueda salir airoso en la actividad de ellos. Porque nosotros recibimos lo que Dios nos regala. Él nos cualifica.
En ninguna parte se hace tan concreta y tan palpable esa actitud necesaria para el servicio eclesial como en la oración y en el culto divino. Ahí es donde se experimenta que en la vida cristiana y en la eclesial, lo decisivo acontece desde Dios. Por eso, las
autoridades eclesiales tienen que tomarse de continuo tiempo suficiente para la oración personal, y eso también y especialmente por razón de las personas a ellos confiadas. Porque la pastoral sin un largo aliento conduce o bien a vivir sin que a uno le llegue el resuello al cuerpo, o bien, tarde o temprano, a la resignación y a la frustración tantas veces lamentada hoy de los funcionarios eclesiales: ¡servicio apostólico sin interioridad termina en activismo vacío! Ahora bien, el largo aliento, necesario para el servicio eclesial, solo podemos recibirlo de aquella Realidad que realmente merece ese nombre, es decir, el Pneûma, el Espíritu Santo.
Concentrarse en el crecimiento que viene de Dios, en vez de en nuestro «plantar y regar», y concentrarse en la capacitación por parte de Dios, en vez de en el propio hacer: estos son los dos indicadores que Pablo da a la Iglesia. Tomarlos en serio podría ayudarle todavía hoy a tratar los problemas eclesiales de modo más creíble. Porque, en primer lugar, el ser o no ser del servicio apostólico depende totalmente de esto: que nadie puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto, Cristo Jesús, y que el cometido del ministerio apostólico solo puede consistir en seguir construyendo sobre ese fundamento. Y, en segundo lugar, en el servicio apostólico es de importancia básica la convicción de que el crecimiento de la vida de la Iglesia es incumbencia de Dios, y nuestra responsabilidad solo consiste en «plantar y regar».