D E la eucaristía como corazón de la Iglesia brota toda vida y actividad eclesial y a ella
I. Una mirada retrospectiva a una historia cambiante
«El bautismo, la confirmación y la eucaristía son los sacramentos que incorporan a la persona a la Iglesia y la liberan del dominio del mal». Con estas palabras comienzan las observaciones previas en los rituales litúrgicos «La celebración del bautismo de niños» y «La celebración de la confirmación». De este modo recuerdan la unidad originaria, tanto intrínseca como extrínseca de los sacramentos de iniciación55. Pues la verdadera iniciación a la Iglesia culminaba originariamente, con motivo del bautismo y de la subsiguiente unción con el crisma, en la primera comunión, que por eso se denominaba también «comunión bautismal». Este orden exterior y esta unidad interior –bautismo, confirmación, eucaristía– fue práctica generalizada también en la Iglesia latina hasta el tránsito del siglo XII al XIII. La unidad de los sacramentos de iniciación en una única celebración se ha conservado hasta el presente en las Iglesias de Oriente, mientras que en Occidente la iniciación de niños de corta edad se dividió en las celebraciones separadas del bautismo, la confirmación y la primera recepción de la eucaristía, alargándose el proceso con frecuencia más de una década, hasta alcanzar el orden actual: bautismo, primera comunión, confirmación. Tal unidad exterior representa, por consiguiente, un desarrollo específico incluso dentro de la Iglesia latina, que en último término solamente resulta comprensible sobre el trasfondo de dos cambios decisivos acontecidos en el curso de la historia.
El primer cambio tiene que ver con la diferenciación del ministerio eclesiástico de gobierno. En las pequeñas Iglesias locales originarias se sobreentendía que correspondía al obispo presidir la celebración anual de la iniciación en la Pascua. Al igual que la celebración dominical de la eucaristía, también la celebración anual de la iniciación a través del bautismo, la unción con el crisma y la eucaristía era competencia de aquel a quien se había confiado el gobierno de la Iglesia local, a saber, el obispo. Pero cuando a comienzos del siglo IV las pequeñas Iglesias locales crecieron tanto hacia dentro como
hacia fuera, en las grandes ciudades, por una parte, se transfirió a algunos presbíteros el gobierno de comunidades particulares y, por otra, en los alrededores rurales surgieron filiales de la Iglesia local urbana, que fueron encomendadas a presbíteros o diáconos. Este desarrollo tuvo como consecuencia que en las comunidades particulares recién formadas las ceremonias de iniciación se confiaran por completo a la dirección de los sacerdotes, reservando en exclusiva al obispo –en la Iglesia occidental– la imposición de manos sobre los neófitos y la culminación de la iniciación mediante la unción crismal. Estos dos signos quedaron reservados al obispo como representante de la Iglesia local y eslabón de unión con la Iglesia universal. De este modo se inició una clara diferenciación entre las ceremonias de iniciación del bautismo y la confirmación.
En segundo lugar, la situación de política eclesial repercutió de manera especialmente perdurable en la iniciación y sus celebraciones. El gran cambio en la relación Iglesia-Estado a raíz del giro constantiniano en las primeras décadas del siglo IV llevó a que la incorporación de adultos a la Iglesia –en la que el originario orden de bautismo, unción con el crisma y eucaristía no representaba problema alguno– dejara de ser habitual. En cambio, el bautismo de menores pasó progresivamente a primer plano. Puesto que el peso se desplazó poco a poco del bautismo de adultos al bautismo de niños, el catecumenado de la Iglesia antigua, o sea, el prolongado tiempo de preparación para la iniciación tuvo que adoptar una forma nueva. Se siguió hablando de catecúmenos, pero estos ya no tenían mucho en común con los candidatos al bautismo de los siglos II y III. El originario cristianismo catecumenal se transformó cada vez más en un cristianismo popular, en el que, sin embargo, no pocos candidatos al bautismo, entre ellos incluso personas muy importantes en la Iglesia, demoraban deliberadamente su opción definitiva. Así, por ejemplo, Ambrosio fue bautizado con al menos treinta y cuatro años, ocho días antes de su ordenación como obispo de Milán. Jerónimo se bautizó después de cumplir los veinte años. Por consiguiente, Agustín, quien fue bautizado a los treinta y tres años, en modo alguno constituye la gran excepción por la que con gusto se le tiene. También en la Iglesia de Oriente se constata una praxis análoga: Basilio Magno, Gregorio Nacianceno y Juan Crisóstomo únicamente fueron bautizados cuando tenían unos treinta años. Pero en el desarrollo posterior el bautismo de niños se hizo cada vez más habitual.
A pesar de estos decisivos cambios, se mantuvo el orden bautismo, confirmación y eucaristía, y a los niños se les administraba la comunión con vino inmediatamente después del bautismo. Esta praxis se fundamentaba con el argumento de que para los menores era salvíficamente necesaria no solo la recepción del bautismo, sino también la de la eucaristía. Mientras que en las Iglesias de Oriente dicha praxis se ha conservado hasta hoy, en el tránsito del siglo XII al XIII se dejó de administrar en la Iglesia de Occidente la comunión a los niños pequeños. En la resolución que el concilio Lateranense IV adoptó en 1215 de que todos los creyentes, tan pronto como alcanzaran la edad de discernimiento, tenían obligación de confesar al menos una vez al año y de comulgar por Pascua de resurrección se daba por supuesto que los bebés y los niños pequeños estaban exentos de tal obligación. A ello se añadió que en el siglo XIII la edad
de la confirmación fue elevada con creciente frecuencia. Puesto que la confirmación no se administraba antes de haber alcanzado la edad de discernimiento y puesto que, por otra parte, nadie que no estuviera confirmado podía ser admitido a la eucaristía, la cuestión de la comunión bautismal de los menores se resolvió en realidad por sí sola. Más tarde se abandonó también la exigencia de la confirmación como condición indispensable para la eucaristía.
Estas son las razones históricas que llevaron en la Iglesia latina al orden bautismo, eucaristía y confirmación hoy vigente. Herbert Vorgrimler las resume de la siguiente manera: «Separando en el tiempo la unción (posbautismal) –como símbolo de fortalecimiento y de apropiación de la persona para Dios– y la imposición de manos por el obispo del bautismo con agua, la confirmación se configuró en la Iglesia latina como sacramento específico. Tal escisión se tornó definitiva con la reforma carolingia»56. Estos desarrollos históricos evidencian que, en la configuración de un sacramento de la confirmación autónomo en la Iglesia latina, la reflexión teológica no pesó más que la realización práctica; antes bien, a la inversa, el desarrollo fáctico fue reflexionado y teológicamente interpretado a posteriori.
En este sentido, las cosas apenas son diferentes en la actualidad. Ello puede leerse ya en el hecho de que la confirmación tiene hoy en la praxis catequética y litúrgica una importancia mucho mayor que durante la época preconciliar. Mientras que la teología de la confirmación todavía se distingue por una inseguridad relativamente grande, que Klemens Richter, liturgista de la Universidad de Münster, caracteriza de la siguiente manera: «Objeto de controversia son ante todo el verdadero significado del sacramento y, por tanto, la praxis pastoral requerida; su lugar en el orden de los sacramentos de incorporación a la Iglesia (sacramentos de iniciación); y, como consecuencia de lo anterior, la edad a la que ha de administrarse y quién debe hacerlo»57. Pero con ello se plantea con tanta mayor razón la pregunta teológica por la unidad interna de los sacramentos de iniciación.