Poder y libertad: una teoría política
88 BERNARD BAILYN
plante se había efectuado desde una rama inmaculada de la na ción, fuerte, sana, rebosante de savia de libertad, y había sido fijado en un terreno ideal para su desarrollo. En las colonias, “buscadas y establecidas como un asilo para la libertad civil y religiosa” , la inclinación hacia el bien se vio fortificada por la simplicidad de las costumbres y la falta de la molicie enervante.27 Esta no era una simple impresión parroquial. Si bien la idea de que Norteamérica equivalía a una Inglaterra más pura y más libre provenía en gran parte de lecturas de historia locales y no conformistas, se vio corroborada por vigorosos elementos propios del pensamiento de la Ilustración. Los pensadores euro peos persistían en identificar a América, como lo había hecho John Locke, con algo parecido a un estado benigno de natura leza y a pensar en las colonias como un refugio especial de la libertad y la virtud. No podían dejar de tener en cuenta la refres cante simplicidad de la vida que allí se daba y las saludables consecuencias de la distribución de la propiedad de la tierra. Ni podían contradecir el argumento de Trenchard acerca de que las colonias demostraban la eficacia militar de los ejércitos de milicias, cuyos miembros eran los mismos beneficiarios de la constitución y. por lo tanto, no era verosímil que desearan abo liría. 28 Nada menos que una eminencia como Voltaire declaró que Norteamérica era la refinación de todo lo bueno que había en Inglaterra, al escribir en sus Cartas Filosóficas que Penn y los cuáqueros habían hecho realidad “ aquella edad dorada de la que los hombres hablan tanto y que tal vez nunca ha existido en parte alguna, excepto en Pennsylvania” . También en niveles menos refinados — en la propaganda lanzada por promotores de la in migración— se difundió la idea de que los pobladores de las colonias gozaban de una vida social de simplicidad y rectitud incomparables, y de una libertad civil también inigualada.
Claro que no todos coincidían en esto. Persistía la descrip ción contraria, que pintaba a los habitantes de las colonias como rústicos campesinos que forzosamente degeneraban en un medio salvaje apartado de la influencia de la civilización.29
Pero en vísperas del conflicto revolucionario, los norteame ricanos — si no ya todos los europeos y aun los funcionarios de
27 Adams, Disserlation, en Works, III, 451; Jefferson, Summary View
(JH L 4 3 ), p. 6 ; Am os Adams, A Concise Historical Vieio oí th e__Plant- in g. . . (Boston, 1769), p. 51. Véase también Judah Champion, A Brief View of the Distresses . . . Our Ancestors Encountered in Settling New-Englani. . . (Hartford, 1770), pp. 10 y ss.; y, para una aplicación todavía más local de ese mismo punto de vista, cf. James Dana, A Century Discourse. . .
(New Haven, 1770), pp. 18 y ss.
28 An Argument, pp. 21-22 (en The Pmnphleteer, X , 132-133). 29 Durand Echeverría, Mirage in the West (Princeton, 1957), cap. i ; Koebner, Empire, pp. 93-96.
L A REVOLUCIÓN NORTEAMERICANA 89
la Corona que los gobernaban— podían sentirse a sí mismos como especialmente nacidos y elegidos para un destino particular. Los triunfos ingleses en la Guerra de los Siete Años hacían que esto pareciese bastante admisible, ya que luego de la conquista del Canadá podía considerarse razonable imaginar, como lo ha bía hecho Jonathan Mayhew en 1759, “ un poderoso imperio” en América “ (no quiero decir un imperio independiente), apenas inferior, tal vez, en población a los más grandes de Europa, y a ninguno en felicidad” . Habría “ un inmenso y floreciente reino en esta parte de América” , con ciudades “ levantadas en cada co lina . . . venturosas campiñas y poblaciones. . . [y ] la religión profesada y practicada a través de todo este vasto reino con muchísima más pureza y perfección que lo que lo había sido desde el tiempo de los apóstoles” 30
A l menos no era imposible. En realidad, lo que habría de suceder en Inglaterra y en Norteamérica dependería, los colonos lo sabían, del grado de vigilancia y de la firmeza de propó sitos que el pueblo pudiera sostener. Pues creían — con Tren- chard, con Bolingbroke, Hume y Maquiavelo, con los supuestos básicos de la historia y de la teoría política del siglo XVTii— que “ lo que sucedió ayer volverá a ocurrir y que las mismas causas producirán efectos similares en todas las épocas” , ya que las leyes de la naturaleza, como lo explicaba James Otis, eran “ uni formes e invariables” . 31 La preservación de la libertad conti nuaría siendo lo que había sido en el pasado: una acerba lucha
30 Two Discourses Delivered October 25, 17 59. . . (Boston, 1759), pp. 60, 61.
31 An Argument, p. 5 (en The Pamphleteer, X , 115) ; Otis, Vindi- catión (JH L 1 1 ), p. [33. Este presupuesto fundamental fue expresado rei teradas veces en los textos políticos del siglo xvm en Norteamérica. Véase, por ej., el New York Weekly Journal, de Zenger, 24 de diciembre de 1733 ( “ . . . así com o causas y efectos son hechos correlativos y las mismas causas han producido siempre, y siempre producirán, los mismos efec tos” ) ; O Liberty, Thou Goddess Heavenly Bright. . . ( [Nueva York, 1732] Evans 3595), p. [1 ] ( “ los hombres en circunstancias iguales harán las mismas cosas, por más que queramos darles nombres diferentes” ) ; las observaciones de Carroll en el mismo sentido citadas más. adelante, en pp. 94-95) ; W illiam H ooper a James Iredell, 26 de abril de 1774, en W . L. Saunders (c o m p .), Colonial Records of North Carolina (Raleigh. N.C., 1886- 1890), V , 985 ( “ Los británicos pueden inferir del destino de Roma las cau sas de su actual disolución y de su inminente destrucción. Causas simi lares producirán siempre efectos similares.” ) ; y [James Chalmers], Additions to Plain Truth. . . (Filadelfia, 1776), p. 128. Una explicación de esta idea puede hallarse en Daniel J. Boorstin, The Mysterious Science o} the Law
(Cambridge, 1941), cap. ii, espec. pp. 32-33; sobre la relación de esa idea con la de progreso, véase W allace K . Ferguson, The Renaissance in Historical Thought (Cambridge, 1948), cap. iv, espec. pp. 79-86, y Stow Persons, “ The Cyelical Theory of History in Eighteenth-Century America” ,