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Poder y libertad: una teoría política

90 BERNARD BAILYN

con la adversidad; y si por el momento las perspectivas de éxito en esa lucha parecían propicias en las colonias, se mos­ traban considerablemente menos favorables en la metrópoli. Hacia 1763, antes de que se plantearan los conflictos de fondo en las relaciones anglo-americanas, se había difundido la convicción de que, si bien la libertad había sido defendida en Inglaterra con mucha más firmeza que en cualquier otra parte del V iejo Mundo, las circunstancias inmediatas en la madre patria se hallaban muy lejos de conducir al sostenimiento continuado de la liber­ tad; que de hecho no dejaba de ser razonable la creencia de que una nueva crisis de la situación podía estar próxima. En textos que eran populares en las colonias se insistía en señalar que el ambiente de la Inglaterra del siglo x v m era, en un grado peligroso, hostil a la libertad: que los partidarios de Jacobo II volvían a surgir; que el afeminamiento provocado por el lujo y la holgazana negligencia seguían debilitando las fibras morales de la nación; y que la política se bailaba emponzoñada con la corrupción. En especial, se les reiteraba sin cesar a los colonos que el requisito primordial de toda hbertad constitucional, es decir, un Parlamento independiente y libre de la influencia de los privilegios de la Corona, se había visto desvirtuado por los fructuosos esfuerzos realizados por el gobierno para digitar las elecciones parlamentarias a su favor, para imponer su voluntad a los miembros del Parlamento.

Hasta qué punto se había difundido en Norteamérica el temor de que la corrupción se estuviera incubando en la metrópoli y socavando los cimientos de esa famosa ciudadela de la libertad, puede apreciarse no solamente en la popularidad lograda por pu­ blicaciones como The Craftsman y las Cartas de Catón, las cuales ponían de continuo al descubierto la disolución de la época y la depravación de la' corruptela ministerial, sino también en la premeditación con que algunas de las más reprobatorias lamen­ taciones inglesas eran seleccionadas para su nueva publicación en las colonias. No hay ataque más sostenido e intenso en contra de la corrupción de la Augusta Inglaterra, que el lanzado por James Burgh en su Britain’s Rem em brancer: or, The Danger Not O ver. . . (Londres, 1746)-, a raíz de la conmoción del 45. Su exaltada denuncia de “ nuestra época degenerada y corrupta na­ ción” , de un pueblo que se va encenagando en “ la molicie y la irre lig ió n ... la venalidad, el perjurio, la intriga, la oposición a la autoridad legal, la frivolidad, la glotonería, la embriaguez, la lascivia, el juego excesivo, el pillaje, el casamiento clandestino, la ruptura de los votos matrimoniales, el suicidio. . . una legión de aberraciones suficiente para hacer saltar en pedazos a cual­ quier estado o imperio que alguna vez haya existido en el mun­ do” , esta explosiva denuncia difícilmente hubiera podido ser su­

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perada por el más iracundo de los patriarcas puritanos. El folleto fue reimpreso por Franklin al año siguiente de su aparición inicial, vuelto a publicar un año después por otro impresor en Filadelfia, y publicado una vez más en Boston en 1759. De la misma manera, la extensa lamentación An Estímate o f the Manners and Principies o f the Times, escrita por el literato a la moda y predicador de la Iglesia de Inglaterra, doctor John Brown, en la que desesperaba de las perspectivas de libertad en Inglaterra ( “ Rodamos hacia el borde de un precipicio que habrá de des­ truimos” ) , censurando el “ vano, lujurioso y egocéntrico AFEMINA- MIENTo” del pueblo británico, y atribuyendo el “ debilitamiento de los cimientos de nuestra constitución” a la deliberada corrup!- ción de los Comunes perpetrada por Robert Walpole, fue reeditada en Boston en 1758, un año después de su primera publicación.32

Tales acusaciones no tenían tiempo de disiparse. Se veían continuamente corroboradas por los testimonios de la experiencia directa. Cartas que llegaban de Inglaterra expresaban en térmi­ nos personales lo que los impresos propagaban impersonalmente; cartas que provenían no solamente de liberales doctrinarios como Thomas Hollis, sino también de conservadores no dogmáticos como el impresor William Strahan, el cual le escribía en 1763 a David Hall, de Filadelfia, preguntándose si Inglaterra con­ taba con “ las virtudes suficientes como para salvarse del diluvio de corrupción que desde hace tanto tiempo nos agobia” . 33 Aná­ loga pregunta se les había ocurrido a los norteamericanos que visitaban a Inglaterra por razones de negocios, esparcimiento o educación. Lewis Morris, que estuvo en Londres en los años 1735- 1736 para recuperarse de las pérdidas políticas que había debido soportar junto al gobernador Cosby, regresó a su patria con una 32 Burgh, Britairis Remembrancer, p. 6 ; An Estímate (Boston [com p .], pp. 11, 19, 60. Las frases citadas de An Estímate figuran entre las muchas que aparecen subrayadas en el ejemplar de Thomas H ollis de este libro, que se halla ahora en la Biblioteca Houghton, de la Universidad de Har­ vard (véanse pp. 15, 29, 115). En el pasaje concerniente a W alpole, Hollis agregó junto a la palabra “ debilitado” : “ léase: arruinado” . Estímate, de Brown era citado en Boston aun antes de ser reeditado allí: un colaborador de la Boston Gazette and Country Journal (2 de enero de 1758) identificaba al autor de El Espíritu de las Leyes ante sus lectores como un escritor “a quien el doctor Brown, en su reciente y celebrado Esdmates, aproba­ ba ( ¡ !) ” .

33 W illiam Strahan a David. Hall, Londres, 21 de febrero de 1763,

Pa. Mag., 10 (1886), 89. A sí también el librero, folletista e impresor John Almon, que habría de ser en gran parte el responsable de la más eficaz publicidad pronorteamericana en Inglaterra en las décadas de 1760 y 1770, y que se hallaba en permanente contacto con escritores de las colonias, observaba en 1765 que “ en ninguna época, excepto en aquella que oca­ sionó la destrucción de la libertad romana, la corrupción y la venalidad han prevalecido tanto como hoy en Gran Bretaña” . Citado en Ian Christie,