La Biblia responde a nuestros temores informándonos acerca del jui- cio de modo que podamos hacer una elección informada, basada en da- tos reales, en vez de hundimos en la negación propia o empujarnos a una reacción excesiva. Aquí están los factores principales:
1. Somos juzgados por nuestras obras (Eclesiastés 12:14; comparar con Daniel 7:10). Esto suena aterrador porque Dios sabe todo. Sin em- bargo, nuestros hechos son sólo síntomas de nuestra fe en la gracia de Dios mediante la cual él nos salva (Efesios 2:8, 9; Santiago 2:26). Siendo que Dios es el que da poder a nuestras obras mediante la fe (Romanos 5:5; Gálatas 5:6; Filipenses 2:12, 13), no hay lugar para el legalismo o la desesperación, que son realmente dos lados de la misma moneda mise-
rable que vanamente trata de comprar el favor de Dios en vez de rego- cijarse en su gracia.
2. El perdón que hemos recibido previamente puede ser anulado en el juicio (ver Ezequiel 18:24; Mateo 18:32-35). Sin embargo, esto puede ocurrir sólo si rompemos nuestra conexión de pacto con Dios al ale- jamos de él, y le impedimos damos continuamente la transformación del carácter que es parte del paquete del perdón (Hebreos 6:4-6). Mien- tras aceptemos el cambio que él ofrece, tenemos la seguridad total de que nuestros pecados están perdonados (Romanos 8:1-17; Colosenses 1:21-23).
3. El juicio sucede en el cielo, y no sabremos cuándo serán con- siderados nuestros casos. Estos factores pueden causar temor porque significan que no podemos limpiar nuestra vida a tiempo para nuestra aparición en el tribunal. Dios está interesado en el compromiso per- manente y genuino en vez de una muestra hipócrita que da una buena impresión temporaria pero no está basada en la realidad profunda. ¿Querría usted casarse con alguien a quien sólo vio en un traje de gala sin saber cómo se vería y actuaba durante los altos y bajos de la vida ordinaria? Aunque no sabemos cuándo aparezca nuestro caso personal, Dios nos ha dicho cuándo comenzó el juicio en general (1844, ver el ca- pítulo 8 de este libro). Él también nos ha dicho lo que él quiere que ha- gamos durante todo el tiempo: “Guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12).
Jesús dijo que Dios el Padre “todo el juicio dio al Hijo” (Juan 5:22). Piense acerca de las implicaciones de esta afirmación. El Padre no juzga a ningún ser humano directamente sino que depende del juicio de su Hijo, Jesucristo, quien murió para salvarlo. La gente que invierte en algo o
en alguien quiere proteger su inversión. Morir por alguien es la inver- sión máxima, pero Jesús hizo más que morir por usted: él murió el equivalente a la segunda muerte por usted.
Él tiene más inversión en usted que la que cualquier otro ser del universo pudiera hacer. ¿No tiene sentido, entonces, que él tenga un in- terés supremo en salvarlo si pudiera, es decir, si usted se lo permite?
No sólo Dios lo amó lo suficiente para enviar a su propio Hijo para morir por usted, sino que el mismo Hijo vivió sobre el planeta Tierra durante 33 años entre seres humanos falibles, como usted y yo. Así él
experimentó nuestras debilidades de una manera que nunca podría ha- berlo hecho por mera observación. El sintió nuestras tristezas, nuestro
dolor, nuestras enfermedades (Isaías 53:3, 4). Aunque nunca cometió pecado, él “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Hebreos 4:15). Por ello está perfectamente calificado para servir como nuestro misericordioso Sumo Sacerdote y Juez.
La obra de un sacerdote es la de interceder, la de mediar en favor de alguien. El hecho de que Cristo es nuestro Sumo Sacerdote y por lo tan- to nuestro Mediador o Abogado defensor (ver 1 Juan 2:1) y al mismo tiempo nuestro Juez (Juan 5:22) y el “testigo fiel y verdadero” (Apoca- lipsis 3:14), debería damos una tremenda certeza y seguridad. ¡Pero hay más!
“Jesús es también nuestro sustituto, el acusado, habiendo tomado voluntariamente nuestro lugar. Mediante el milagro de la gracia divina, Cristo se pone en nuestro lugar. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él’ (2 Corintios 5:21)”. 7
Si estamos con Jesús, todo está a nuestro favor porque no tenemos nada que temer. Todo depende de nuestra relación con Jesús, quien di- jo:
“A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32, 33).
¿Qué mejor “referencia” podría usted tener que una de Jesucristo? Los cristianos pueden gozar de cinco clases de confianza durante el jui- cio preadvenimiento: 1) Confianza de acceso a Dios mientras Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, quien está ministrando en el Lugar Santísimo celestial (Hebreos 4:14-16; 1 Juan 5:14, 15). 2) Confianza de que Dios es justo (Salmo 96). 3) confianza de que él nos librará de opresión (Daniel 7:21, 22, 26, 27; Salmo 9:1-4). 4) Confianza en la inminencia de la segun- da venida de Cristo (Daniel 8:14; Apocalipsis 14:6, 7; comparar con Gé- nesis 15:13-16; Habacuc 2:3; Amós 4:12). Y 5) confianza de que estamos en una relación salvadora con Dios (Salmo 50:3-6; Levítico 16:14-19; comparar con Levítico 4:6, 7, 17, 18, 25, 30, 34; 1 Juan 5:13).