Cuando Dios revela su carácter, especialmente mediante el amor que ha mostrado en Cristo, él le da a la gente la oportunidad de es- cogerlo. Sin esta oportunidad, la boleta del voto tendría sólo un nombre: Satanás. Al añadir su nombre al voto, Dios hace que sea una elección real y no una farsa como las que los dictadores plantean, en los cuales ellos reciben prácticamente el 100% de los votos, porque no hay otra posibilidad. Y Dios le da a cada persona que "vota" por él el privilegio de vivir bajo su gobierno benévolo más bien que bajo la tiranía de Satanás.
Dios no obliga a nadie a elegirlo a él, o a vivir toda la eternidad con él. La elección que él plantea es una verdadera elección. Cuando las personas eligen a Satanás, eligen su gobierno y echan su suerte con él, así como los pueblos de varias naciones que escogieron adop- tar el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial vincularon su suerte con la de Adolfo Hitler.
Siendo que Dios es el Gobernante definitivo del universo, y sien- do que sólo él es justo, El "cuenta los votos" y permite que todos sus seres creados sean testigos de cada etapa del proceso del "juicio" de modo que puedan estar seguros de que él ha hecho todo correcta- mente. Tal vez podemos comparar estos "monitores cósmicos" con los equipos internacionales de observadores de las Naciones Unidas que monitorean las elecciones en algunos países para asegurarse de que se llevan a cabo correctamente.
La primera etapa del juicio (Daniel 7) ocurre antes de la segunda venida de Cristo y decide si las personas se salvarán o se perderán. Muchos cristianos creen sinceramente que Dios decide el juicio basa- dos en si han pecado o no. Pero esta es una idea ridícula porque "to- dos pecaron" (Romanos 3:23). ¿Cómo podría un juicio distinguir en- tre dos grupos sobre esta base? Sería como decidir quién gozará de un crucero gratuito por el Caribe sobre la base de quién está respi-
rando. En lo que respecta a ser pecadores, todos estamos en un pro- blema inmenso, en el mismo crucero que se está yendo a pique. La pregunta en el juicio no es si hemos pecado, sino más bien, si hemos aceptado la salvación mediante el sacrificio de Jesucristo.
Cuando Jesús perdonó a la mujer encontrada en el adulterio, le dijo: "Ni yo te condeno; vete, y no peques más" (Juan 8:11). Al hacer eso, él eliminó la condenación que merecía por su vida pasada y le dio un nuevo comienzo. Si ella aceptaba este perdón, basado en su nueva relación con Dios, ella no se metería en la cama con alguien que no fuera su esposo. El juicio está basado en el hecho de que su vida después de su conversión revelaría si ella fue fiel o no. Si ella más tarde rechazaba a Dios y desechaba el perdón que había recibi- do, su conversión sería irrelevante y por lo tanto toda su vida - incluyendo su vida antes del perdón- la condenaría (comparar con Ezequiel 18:24; Mateo 18:32-35).
De modo que vemos que el juicio previo al advenimiento está ba- sado en nuestra vida después de la conversión. Dios decide si hemos seguido apreciando el perdón que recibimos y si aceptamos la trans- formación que él ofrece. No tiene sentido que el juicio considere los casos de las personas que nunca creyeron en Dios en algún mo- mento, o por lo menos anunciaron algún tiempo de creencia porque el problema del juicio es la vida posterior a la conversión. Si no hubo conver- sión o pretensión de ella, no puede haber vida posterior a la conver- sión para investigar. Para usar una analogía, una decisión favorable en un tribunal con respecto a un juicio que beneficia a las viudas, es sólo para las mujeres que vivieron después que sus esposos murie- ron. Las mujeres que no vivieron después de haber enviudado senci- llamente están fuera del alcance del juicio.
Lo que Jesús le dijo a Nicodemo acerca de la salvación por inter- medio de él apoya la idea de que el juicio pre-advenimiento no nece- sita decidir si las personas que nunca tuvieron una relación con Dios serán salvos o no. Él dijo que "el que en él cree, no es condenado; pe- ro el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el
nombre del unigénito Hijo de Dios" (Juan 3:18; la cursiva fue añadi- da). Los que creen están liberados de la condenación porque "la dá- diva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos
8:1; 6:23). En contraste, los que no creen y por ello rechazan el don, ya están condenados porque "la paga del pecado es muerte" (versícu- lo 23).
Esto implica que la posición en la que los seres humanos comien- zan inicialmente es la de condenación. Porque "todos pecaron, y es- tán destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23), hay sólo una manera en que la persona puede ser rescatada de la muerte eterna: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo" (Hechos 16:31). "Y en nin- gún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, da- do a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4:12). (Las pa- labras "no hay otro nombre" no significan que la gente que no ha es- cuchado literalmente el nombre de Jesús no tiene posibilidades de salvarse. Cristo que era "la luz verdadera, que alumbra a todo hom- bre, venía a este mundo" [Juan 1:9], incluyendo a los que no lo cono- cen a él por nombre y no tienen acceso a la Biblia [comparar con Romanos 2:14-16].)
Si usted hubiese estado en el Titanic cuando chocó con un tém-
pano en el Atlántico Norte en 1912, seguramente habría muerto a menos que hubiese podido entrar en un bote salvavidas. Su posición por omisión hubiera sido perderse en el mar. Si hubiera sido arroja- do al agua helada y luego invitado a subir a un bote salvavidas, hu- biese sido un suicidio rechazar la invitación. Por supuesto, conoce- mos la historia. No había suficientes botes salvavidas, y los que fue- ron afortunados de entrar en ellos dejaron que otros murieran en lu- gar de correr el riesgo de recargar sus botes salvavidas. Jesús es un bote salvavidas mucho mejor. Él es suficientemente grande para in- vitar a todos a bordo y ayudar a los que quieren ser salvados.
Note que dije que la posición por omisión en la cual se encuen- tran inicialmente los seres humanos individualmente es estar perdi-
dos. Es cierto que mediante el sacrificio de Cristo, Dios ya ha asegu- rado que nuestro mundo se salve. Pero si las personas individuales serán parte del mundo restaurado depende de su elección de aceptar el don divino de la salvación. Esta diferencia está clara en 2 Corintios 5:18 al 20:
"Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mis- mo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios
estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la pala- bra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios".
El punto que presenta Pablo aquí es que Dios por medio de Cris- to, ya estableció la reconciliación para todo el mundo y ofreció una amnistía general para todos los que pecaron contra él. Los que han aceptado la oferta de Dios son "embajadores" de él en el sentido de invitar a otros a aceptar la oferta que hace Dios de reconciliarse con él también.