Si somos salvados por la gracia mediante la fe/confianza en Dios que resulta en obras, ¿significa esto que contribuimos a nuestra propia salva- ción? No. Efesios 2:8 dice: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (la cursiva fue añadida). Por noso-
tros mismos, no poseemos suficiente fe como para salvarnos. Sólo pode- mos clamar a Dios: "Creo; ayuda mi incredulidad" (ver Marcos 9:24). Ni tampoco podemos arrepentimos por nosotros mismos. El arrepenti- miento es un don de Dios (Hechos 5:31; 2 Timoteo 2:25). Aun la obe-
diencia a Dios es un don porque Dios derrama su amor, la base de su ley, en nuestros corazones mediante su Espíritu Santo (Romanos 5:5).
Si todo lo que necesitamos para la salvación es un regalo, ¿sobre qué ba- se puede juzgarnos Dios? Estamos tan acostumbrados a las evaluaciones so- bre la base de nuestras realizaciones, sea en la escuela, los deportes, la mú- sica o el trabajo, que tendemos a creer que Dios también debe juzgarnos por lo que hacemos. Tenemos dificultades en meter dentro de nuestros cráneos que Dios realmente nos juzga sobre ¡cómo recibimos sus dones! No
es por lo que hacemos para él, sino por lo que le dejamos hacer a él por no- sotros.
"Somos salvos por la gracia, y por la gracia sola. Pero cuando somos salvados por la gracia, hacemos obras que Dios acepta como buenas. De modo que se observa que cuando Dios nos juzga por nuestras obras, sen- cillamente está juzgando si hemos recibido su gracia o no como el poder para hacer buenas obras. Si somos salvados por la gracia de Dios, nuestras obras serán obras buenas. Si no somos salvados por la gracia de Dios, nues- tras obras serán obras pecaminosas. Por esto Dios nos juzga por nuestras obras". 3
La virgen María lo dijo bien cuando el ángel Gabriel le contó que daría a luz al Mesías. Ella contestó: "He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra" (Lucas 1:38). Ella dijo sencillamente "Sí" a Dios, dejándolo hacer con ella lo que deseaba: permitiéndole plantar a Cristo en su vientre mediante el Espíritu Santo (versículo 35). Experi- mentamos algo parecido espiritualmente: Si le decimos sí a Dios, Cristo y su amor vendrán a nuestras mentes y corazones mediante el Espíritu San- to (Juan 14:15-20, 23; Romanos 5:5; 8:9, 10; Gálatas 2:20; Colosenses 1:27; Apocalipsis 3:20), quien nos dará un nuevo nacimiento espiritual (Juan 3:3-8). 4
¡Cuán diferente es esta "posesión divina" de la posesión demoníaca! Los brujos adquieren poder al invitar a los demonios a sus cuerpos. Cuanto más poderosos son los demonios, más poder poseen los brujos... y tanto más fuerte y peligrosamente son esclavizados por Satanás y sus mal- vados ángeles caídos, que son egoístas y crueles, y que no respetan la li- bertad de elección de los hombres. 5 La "posesión divina" es tan real como
la posesión demoníaca, aun cuando la mayoría de los cristianos no la tratan como algo real. Pero no son meros ángeles los que viven en no-
sotros. Más bien, invitamos al Dios del universo, a nuestro Creador, a entrar en nosotros. ¡Qué poder es éste! Cuando Cristo y su Espíritu Santo moran en nosotros, no necesitamos tener absolutamente ningún temor de peligros posteriores de los comparativamente débiles pode- res de las tinieblas (Romanos 8:31, 39).
La "posesión divina" no significa que tenemos el poder que está en armonía con las normas terrenas de riqueza, fama y la capacidad de for- zar a otros a hacer nuestra voluntad. Tampoco significa necesariamente que somos inmunes a todo daño físico, de modo que las balas que vienen en dirección a nosotros siempre caen al suelo ante de tocarnos. Dios no nos controla pasando por alto nuestra capacidad de elegir lo que haremos, aunque bajo circunstancias especiales él se ha mostrado capaz de hacer eso con personas tercas (ver, por ejemplo, Números 24; 1 Samuel 19:23, 24). Pero él da el valor y la capacidad a las personas de hacer cosas maravillosas que de otro modo no hubiesen hecho (ver el libro de los Jueces y de los Hechos). Sobre todo, él provee su clase de amor, que es la fuerza más poderosa del universo y es lo opuesto al egoísmo que gobierna a Satanás, a sus horribles demonios, y a quienes ellos poseen. Los cristianos han sufrido pérdidas catastróficas al apreciar muy poco lo que Dios quiere hacer por ellos, en ellos y a través de ellos.
Una de las expresiones más poderosas de cómo Dios quiere cam- biarnos para el bien está en Tito 3:4 al 7:
"Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que no- sotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual de- rramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador".
¿Quién nos salvó? Dios.
¿Por qué?
No por alguna cosa justa que nosotros hubiéramos hecho, sino porque nos ama.
¿Cómo nos ha salvado?
Dándonos misericordiosamente un nuevo nacimiento y la renova- ción por el Espíritu Santo, que está abundantemente disponible para nosotros por causa de Cristo.
Habiendo recibido este renacimiento y esta renovación, hemos si- do justificados –en otras palabras, hechos justos– por su gracia. Así que por "el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíri- tu Santo" tenemos la misma experiencia que "siendo justificados por gracia", por la que somos herederos de vida eterna. 6
Transformación
Por supuesto, esta experiencia incluye la libertad legal de la con- denación por nuestros pecados (Romanos 8:1). Pero involucra mucho más también: la transformación de adentro hacia afuera mediante la morada de Cristo y su Espíritu Santo. Dios no nos declara justos como una clase de ficción legal. Más bien, nos hace justos y nos declara así por lo que él hace de nosotros. No podemos separar su declaración de la transformación que él realiza. 7 Recuerde que en el principio, cuando
Dios habló, fue así.
Es interesante que en la Biblia hebrea, ciertos verbos que significan "crear" (raíz br) y "perdonar" (raíz slh) se usan sólo en conexión con lo
que Dios hace. Los seres humanos pueden crear en el sentido de hacer cosas, pero siempre las hacen con algo que ya existe. Por otro lado, Dios puede hacer cosas de la nada (Hebreos 11:3). Los seres humanos pueden perdonar los males que se hacen unos a otros. Dios, por otro lado, tiene una especie de perdón especial que no sólo renuncia a la "deuda" sino también produce una restauración y una transformación positiva por su poder recreador. Elena de White estaba en lo justo cuan- do observó:
"Pero el perdón tiene un significado más abarcante del que muchos suponen. [...] El perdón de Dios no es solamente un acto judicial por el cual libra de la condenación No es sólo el perdón por el pecado. Es
también una redención del pecado. Es la efusión del amor redentor que
transforma el corazón. David tenía el verdadero concepto del perdón cuando oró: 'Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un es- píritu recto dentro de mí' (Salmo 51:10)". 8
Ahora estamos listos para comprender la profunda profecía que señalaba hacia adelante, a Cristo, y lo que él realizaría por nosotros co- mo el "siervo" sufriente de Dios. Traducido en forma bastante literal,
Isaías 53:11 dice: "Mi siervo hará justa a una persona justa para muchos" (traducción del autor). Esto es lenguaje de juicio. Comparar con Deutero- nomio 25:1 y 1 Reyes 8:32, donde un juez justo "hace" justos a los justos y "hace" malvados a los impíos, es decir, el juez vindica o condena de acuer- do con la realidad del carácter de la persona. Hacer de otro modo es in- justo (Proverbios 17:15; Isaías 5:23).
Isaías 53:11 dice que el siervo de Dios vindica a muchas personas. ¿So- bre qué base? Las siguientes palabras dan la respuesta: "Llevará las iniqui- dades de ellos". ¿Eso los hace justos? Sí, o él no sería justo al vindicarlos. Dios dice: "Yo no haré justo al impío" (Éxodo 23:7, traducción del autor).
El sacrificio de Cristo muestra que Dios es justo cuando justifica a los que tienen fe en Jesús (Romanos 3:25, 26). ¿Por qué? Este sacrificio, recibi- do por fe, hace que una persona sea justa de modo que pueda ser justa- mente juzgada como justa. Esto no es una ficción legal, sino, en cambio, una transformación tanto en carácter como de posición por la gracia divi- na. No que las personas que recién son "justas" sean instantáneamente perfectas, sino que ahora han prometido lealtad al Señor y reciben su Es- píritu renovador (Tito 3:4-7; Romanos 5:5).
Como cristianos, todas nuestras obras buenas y leales son parte de la recepción del don de Dios. Pero si nuestra salvación fuera totalmente un don, ¿por qué debemos luchar? Aquí hay tres razones. Primera, estamos en conflicto con el pecado, con Satanás, y con las distracciones de la vida, que nos atraen para apartarnos de nuestra lealtad a Dios (ver Mateo 13:19- 22). Ser sobrios y vigilantes "porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar" demanda una atención constante (1 Pedro 5:8).
Segunda, es difícil para las personas orgullosas y autosuficientes acep- tar un regalo o decir: "Sí, necesito ayuda". Esposas, esa es la razón por la que los esposos prefieren dar vueltas en el auto durante horas en lugar de to- mar un momento para detenerse y pedir ayuda, o porque prefieren an- dar a los tropezones en el matrimonio durante décadas en vez de pasar unas horas con un consejero matrimonial cristiano.
Tercera, recibir un regalo puede demandar trabajo. Hace un par de años, mis padres me dieron su automóvil modelo 1985, por el cual estuve profundamente agradecido. Ir desde California a mi hogar en Michigan, y mantenerlo allí ha significado algo de tiempo y esfuerzo, pero todavía
era un regalo. Recibir de Dios el regalo de un carácter puro, fuerte y amante requiere cooperación de nuestra parte mientras las dificultades de la vida nos refinan. Por esto Pablo pudo decir: "También nos gloria- mos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza" (Romanos 5:3, 4).
¿Juicio versus seguridad evangélica?
Algunas personas dicen que la idea de un juicio preadvenimiento eli- mina la seguridad evangélica de la salvación que los cristianos deberían go- zar. Dale Ratzlaff escribió un libro titulado The Cultic Doctrine of Seventh-day Adventists [La doctrina cúltica de los adventistas del séptimo día]. Su libro
se opone al concepto de un juicio investigador en el santuario celestial antes de la segunda venida de Cristo. En él, Ratzlaff contrasta "las ense- ñanzas del juicio investigador" (columna izquierda en el cuadro) con su propio concepto evangélico, que él llama "enseñanza de la Escritura" (co- lumna derecha). 9 No hay dudas de que la última categoría contiene ver-
dades, pero es una verdad parcial que se ajusta con "la enseñanza del jui- cio investigador" en el cuadro bíblico más amplio, en vez de oponerse a ellas como alega Ratzlaff. 10
Podemos confirmar y enriquecer nuestra comprensión de la relación entre el evangelio y el juicio al responder brevemente a cada uno de los contrastes, que Ratzlaff ha resumido convenientemente en una tabla. Sus "contrastes" aparecen en los cuadros siguientes en negrita, y mis respues- tas siguen en redonda.
Enseñanzas del juicio investigador: Enseñanzas de las Escrituras: La sangre cargada de pecados contamina La sangre limpia
Ratzlaff objeta a la enseñanza de que cuando Cristo, nuestro Sumo Sa- cerdote, aplica su propia sangre del sacrificio para limpiarnos del pecado, su sangre llega a ser el medio de transferir nuestros pecados al santuario celestial, con el resultado de que el santuario debe ser limpiado mediante un juicio previo al advenimiento. Ratzlaff cree que esta idea arroja una
sombra sobre la sangre de Cristo al decir que contamina. Sin embargo, la sangre del sacrificio, por sí misma, no contamina. Más bien, se lleva la con-
taminación de la gente cuando se la usa para limpiarlos, de modo que lo que la recibe (incluyendo el santuario) también recibe la impureza que ella lleva (Levítico 6:27, 28). 11 Compare la forma en que el agua del baño lleva
la suciedad del cuerpo, con la forma en que la sangre actúa como un agente en el cuerpo para llevarse los productos de desperdicio. No hay nada de malo en el agua o la sangre. ¡Sencillamente hacen el trabajo que les corresponde!
El pecado borrado después de 1844 El pecado borrado al arrepentirse
Los pecados son eliminados mediante un proceso de expiación en dos fases: 1) al arrepentirse la persona, el perdón quita el pecado del pecador
(Levítico 4:26, 31), y 2) eventualmente, la purificación del santuario en el Día de la Expiación resulta en la purificación final del pueblo de Dios (Leví-
tico 16:30; comparar con 1 Juan 1:9; Jeremías 31:34). Antes de que el pe- cado sea finalmente purificado o borrado –es decir, hecho irrelevante por la eternidad– el no vivir en armonía con el perdón que se ha recibido puede llevar a la pérdida de ese perdón (Mateo 18:23-25).
Recuerde que el juicio preadvenimiento, la realidad del tiempo del fin que el Día de la Expiación señalaba, trata con la vida de la persona des- pués de la conversión, que Dios posibilita (ver Juan 8:11). El juicio no tiene la intención de decidir quién haya pecado, porque todos han pecado (Romanos 3:23). Más bien, es acerca de quién es perdonado: o sea, tiempo presente, "es y sigue siendo", no "fue".
Si permitimos que la gracia de Dios siga trabajando en nuestras vidas, el juicio reafirma nuestro perdón y pone nuestra certeza en concreto al hacer que nuestros pecados sean eternamente irrelevantes. Compare el he- cho de que en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote aplicaba la sangre en los lugares precisos donde se aplicaba durante todo el año, afirmando el perdón que los israelitas ya habían recibido (Levítico 16:16, 18, 19; com- parar con 4:6, 7, 17, 18, 25, 30, 34).
Énfasis en las obras personales Énfasis en la fe en Cristo
Somos salvados por la gracia mediante la fe en Cristo (Efesios 2:8, 9), y esta relación salvadora del nuevo pacto resulta en obras de amor porque Dios escribe su ley de amor en nuestros corazones mediante su Espíritu (Gálatas 5:6; Jeremías 31:31-34); comparar con Mateo 22:36-40; Romanos 5:5). La falta de obras de amor es un síntoma de que la fe está muerta (Santiago 2:26), lo que significa que la persona no ha aceptado la gracia salvadora de Dios. Las obras no nos salvan, pero no somos salvados sin las obras que resultan de aceptar el don divino de la salvación. El caballo que da fuerza (la gracia) debe estar delante del carro (obras), pero el carro también debe estar presente. De modo que sería engañoso decir que las obras no tienen nada que ver con nuestra salvación. El juicio trata con las obras como evidencias de la fe porque el juicio existe para el beneficio de los seres creados por Dios, que no pueden leer los pensamientos de fe (Salmo 62:12; Eclesiastés 12:14; Mateo 16:27; 1 Pedro 1:17; Apocalipsis 20:12; 22:12; comparar con Daniel 7:10).
Debe lograr la perfección
del carácter personal Debe confiar en la perfección sin pecado de Cristo
Cristo es nuestro Portador de pecados libre de culpa, nuestro ejem- plo y compasivo Sumo Sacerdote (1 Pedro 2:21-25; Filipenses 2:5-8; He- breos 4:14-16). El quita la condenación que es nuestra por causa de los pecados pasados y transforma nuestras vidas mediante su Espíritu (Juan 3:3-17; 8:11; Tito 3:4-7). Así como Dios le pidió a Abrahán que fuera "perfecto" (intachable) (Génesis 17:1), Cristo hace que su pueblo sea perfecto (intachable) (Efesios 5:25-30; Apocalipsis 14:5; 19:7, 8). Su obra es la de hacernos perfectos. Nuestra parte es la de ser leales (Levítico 23:27- 32; Apocalipsis 14:12), siguiendo de todo corazón a Dios dondequiera que él nos conduzca (Números 14:24) y aceptando lo que él quiera hacer con
nosotros (Lucas 1:38). El juicio de Dios sencillamente acepta las decisiones de la gente para ser la clase de personas que han elegido ser (Apocalipsis 22:11).
El Juicio trata con el pueblo El Juicio trata con los impíos
El antiguo Día de la Expiación trataba con los miembros nominales del profeso pueblo de Dios, es decir, los israelitas, limpiando de pecados a los que permanecían leales (Levítico 16:29, 30) y condenando a los que eran desleales (Levítico 23:27-32). En forma similar, el juicio del tiempo del fin que vindica la justicia de Dios como se representa con la purificación del santuario, trata con el pueblo nominal de Dios, los que por lo menos se llaman "cristianos". Este juicio beneficia a los "santos del Altísimo" (Da- niel 7:22, 27) y condena al poder apóstata del cuerno pequeño (Daniel 7:11, 26; 8:25), que hemos identificado con un poder profesamente "cris- tiano": la Iglesia de Roma (ver el capítulo 4 de este libro). El juicio pread- venimiento no trata con los "impíos" en general, los que no tuvieron co- nexión con Dios.
La expiación no fue completada
en la Cruz La expiación fue completada en la Cruz
La expiación fue completada en la cruz en el sentido de que la muerte única de sacrificio expiatorio de Cristo hizo una provisión completa para la salvación de todos los seres humanos (Hebreos 9:28; comparar con Romanos 5:12-17). Sin embargo, para recibir el beneficio de la expiación, cada persona debe aceptar a Cristo por la fe (Juan 3:16-18; Efesios 2:8, 9). La expiación es una reconciliación de las relaciones. De modo que el proce- so de la expiación continúa mientras estamos siendo reconciliados con Dios. Décadas después que Cristo muriera en la cruz, Pablo apeló a los co-
rintios diciéndoles: "Reconciliaos con Dios" (2 Corintios 5:20), y su apela- ción es bien apropiada para nosotros hoy. 12
La mediación sacerdotal de Cristo es una obra de expiación necesaria y también lo es su ministerio de juicio del Día de la Expiación (Hebreos 9:11-
15, comparar con Levítico 4:31; Daniel 8:14; Levítico 16, Día de la Expiación).
Pero debemos recordar que toda expiación, incluyendo la del juicio del tiempo del fin, fluye de la muerte como sacrificio único de Cristo (ver Le- vítico 16:11, 15; Apocalipsis 5:6).
Cristo tiene un ministerio de pie,
de súplica Cristo tiene un ministerio sen-tado, de victoria
Ambas expresiones son correctas. Desde su ascensión, Cristo ha sido victorioso y en condiciones de sentarse con su Padre (Hebreos 1:3). Él puede ponerse de pie si la situación lo requiere (Hechos 7:56). Él puede caminar como Mediador, atendiendo las necesidades de las iglesias so- bre la tierra (Apocalipsis 1:12-20). Como nuestro Mediador, él puede ponerse de pie para alegar como nuestro Abogado defensor porque él lleva el evento de la cruz consigo (Apocalipsis 5:6). Su "súplica" no es un pedido como de mendigos. Más bien, es más como un pedido legal en una situación en un tribunal. En el caso de Cristo, su pedido es una demostración triunfante de la evidencia por su sacrificio, que hace po- sible que él salve a todos los que aceptan lo que él ha hecho por ellos.
Referencias
1 Roy Gane, Leviticus, Numbers, pp. 408, 409; Roy Gane, Cult and Character, pp. 305-323 2 Comparar con John T. Anderson, Investigating the Judgment, pp. 44-46
3 Erwin R. Gane, Jesús Ordy: Paul's Letter to the Romans (Roseville, Calif.: Amazing
Facts, 2005), p. 48
4 Ver Ibíd.,p. 123, Nº 1
5 Rebecca Brown, He Carne to Set the Captives Free, especialmente las páginas 45-47, 62 6 E. R. Gane, pp. 29, 32, 33, n. 3
8 Elena G. de White, El discurso maestro de Jesucristo (Florida, Buenos Aires: Asoc.
Casa Editora Sudamericana, 1975), p. 97
9 Dale Ratzlaff, The Cultic Doctrine of Seventh-Day Adventists (Sedona, Ariz.; Life Assur-
ance Ministries, 1996), p. 223
10 Comparar con la crítica de Clifford Goldstein del libro de Ratzlaff, titulada Graffíti