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DE BINAH A KETHER

El penúltimo sendero del árbol conecta a la madre sobrenatural con la corona del árbol, es el sendero de la comprensión de la propia capacidad. Pero no olvide que no es una confirmación de que esas capacidades estén bien formadas, es sólo el conocimiento de que están allí y pueden perfeccionarse con disciplina y trabajo.

El texto dice que es «la inteligencia de la transparencia, pues es esa especie de magnificencia llamada Chazchazit, el lugar de la visión de los que son vistos en las apariciones». He incluido la cita completa porque estas palabras son importantes. Indican el don de la visión en su máximo grado. Ese don puede ser una espada de doble filo. Los recién llegados suelen pensar que el don de la clarividencia significa que uno puede ver, aparte de los fantasmas extraños, cosas hermosas, como hadas y ángeles, cuyas formas no se asemejan en nada a las dadas en estos senderos. No se dan cuenta de que en los niveles interiores se pueden ver otras cosas, las cuales no son tan bellas ni encantadoras. Lo que puede verse en el aura de una ciudad por la noche puede hacernos desear que se borre la clarividencia. Lo que puede ver cuando mira al espejo del templo y contempla su propia aura puede ser a veces sorprendente.

El tipo de entrenamiento necesario para que este don sea útil y lo más preciso posible, exige nada menos que la dedicación última, pues sin ella todo se reduce a una adivinación sencilla. La visión de la que hablamos aquí, en su máximo nivel, es la de San Juan, y en el nivel inferior es la de la sospecha intuitiva. Pero puede formar esa intuición para convertirla en algo muy real. En un sentido este libro implica un cierto tipo de visión, la capacidad de ver un mundo interior con suficiente formación para captar lo esencial y llevarlo al nivel consciente. Pero sería una tontería pensar que una lectura del libro o un viaje por los

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senderos le iban a convertir en un adivino o un ocultista. Nadie se convierte en un cirujano cerebral por haber leído el libro Doctor en casa. El tiempo y el esfuerzo, la única moneda que vale en los niveles interiores, son elementos necesarios para adquirir el derecho a invocar el sendero doce, y eso representa una tarea difícil de dominar.

La letra hebrea es beth, la casa, y hay una frase en la Biblia que dice «con la sabiduría se construye una casa, y con la prudencia se afianza» (Proverbio, capítulo 24, versículo 3). Si se toma el triángulo formado por este sendero, el once y el catorce, se ve el tejado inclinado de una casa que pende por encima del resto del árbol. En los tiempos antiguos, e incluso ahora en algunas zonas rurales, se realiza una curiosa ceremonia cuando se pone el tejado en una casa. El sendero doce es como poner un tejado sobre sus experiencias del árbol, colocando así una especie de sello sobre lo que ha trabajado hasta ahora, lo cual no significa que ahora tenga que hacer un esfuerzo menor.

El símbolo astrológico es el de Mercurio/Hermes, heraldo y mensajero de los dioses. Esta figura se hace equivaler a menudo con Gabriel, y ciertamente tienen mucho en común, pues ambos se ocupan de traer las ideas, pensamientos nuevos y conocimiento, y en el caso de Gabriel la noticia del inminente nacimiento de un salvador. Hablando en términos herméticos, es el símbolo del mago por excelencia.

La carta del tarot es también el Mago, y la «casa» de la letra beth se ve en el entramado de flores que se curva encima. Su dominio del plano físico lo demuestran los instrumentos mágicos extendidos sobre el altar. Pero él es bien consciente de que ese poder proviene de los niveles superiores, y señala hacia esa fuente, al tiempo que con la otra mano les ordena que se manifiesten en la tierra.

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La idea de ser mago parece atractiva, pero en realidad es una disciplina dura, a veces descorazonadora, que se emprende para el resto de la vida. Olvide los grados a los que se refieren las novelas ocultas, pues el único grado real es el de neófito. Cuando llega a la parte superior de un nivel, comienza a andar en la inferior del siguiente. Como el mago del sendero doce representa que ha trabajado el cuerpo y el espíritu hasta llegar a la médula de lo psíquico, este sendero

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le indica que eso no es posible, pero hay que pagar un precio. Lo más duro que tiene que aceptar un aspirante a mago es el hecho de que el sendero del fuego del hogar es tan importante como los estudios más atractivos. El aspecto terreno debe ser estable y estar bien realizado para poder iniciar el recorrido por otros senderos. Los mejores magos son los que den al fuego del hogar su justo valor.

El sendero doce

Los Ashim danzan delante del altar en el templo de Malkuth, y Sandalphon se alegra por los regalos que le dimos, intentando reconocerlos mientras los sostiene en las manos. Cuando entramos, el arcángel y los Ashim vienen hacia nosotros y rivalizan felizmente entre ellos para darnos la bienvenida. Nos unimos a ellos en un momento en que comparten pensamientos y sentimientos, y luego vamos hacia la puerta y esperamos a que Sandalphon la abra. Pero él sonríe y hace un gesto negativo con la cabeza, pidiéndonos que la abramos nosotros mismos. Esta es la señal de la aceptación por el árbol de Assiah, el árbol de Malkuth. La próxima vez que tomemos los senderos como una totalidad los recorremos en Yetsirah. Nos dirigimos hacia la puerta y con algo de timidez trazamos el sello que hemos visto hacer a Sandalphon tantas veces. Se abre en silencio y nos sentimos ya tan a gusto en este plano que damos un grito de alegría. Nos despedimos del arcángel, que ríe complacidamente.

La esfera de cristal nos sube hasta Hod, entrando en el templo tras abrirlo. Miguel está sentando puliendo la espada y admirando la artesanía de Hefasteo. La deja a un lado y nos da la bienvenida, sacando un poco el vino de palma que probamos por última vez en el sendero treinta y uno; ahora nos parece que de eso hace ya mucho tiempo. Recordamos automáticamente la norma de la hospitalidad: que el compartir el alimento o el vino es una forma de comunión, por muy humilde que sea. Refrescados vamos

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hacia la puerta, pero nos volvemos para hacer en silencio una pregunta a Miguel. Este asiente, sonriendo, y la abrimos con el sello. Los vientos descienden cantando, para elevarnos hasta el salón columnado de Geburah, y tras él hasta Binan.

La puerta de Binah es una simple estructura de madera cubierta por una cortina de piel de buey. La apartamos y entramos en el pequeño templo. Tzaphkiel se adelanta, dándonos ahora una cálida bienvenida, y sobre el altar hay brillantes óvalos y triángulos de luz carmesí. Son los Aralim, la orden angélica de Binah. Hay otra puerta de madera en la esquina con la letra beth tallada en el dintel, y Tzaphkiel nos dice que invoquemos la carta y la atravesemos.

Se forma con claridad, allí está el Mago, alto y confiado en sus ropajes, y avanzamos. Tenemos la sensación de haber sido traspasados en mitad de la zancada, pero una parte de nosotros sigue avanzando. Nos damos la vuelta y comprobamos que la cortina sigue allí, y dentro de su marco los cuerpos astrales que habíamos estado utilizando, inmovilizados en el acto de traspasar la carta. Miramos hacia abajo y no hay nada, hemos descartado lo astral y sólo existimos en el estado mental. A nuestro alrededor vemos formas poderosas para las que no tenemos palabras, aunque sabemos que son los Aralim. Otras dos formas les acompañan, una mucho más poderosa que ellos, es Tzaphkiel en una forma mucho más próxima a la suya, aunque no es todavía la que en realidad tiene. La otra forma es el señor de Mercurio, símbolo de este sendero, y tiene el aspecto de una cinta de Moebius.

Nos damos cuenta ahora de todo lo que Sandalphon y sus hermanos han tenido que abandonar para hacer ante nosotros sin provocarnos una tensión mental. Descender a esas formas debe ser muy duro para ellos, y lo hacen por amor a aquellos de la humanidad que los buscan. Para ellos, tomar la forma humana es cambiar un palacio por una

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humilde casa de campo. Es como una joya enmarcada en polvo. El mismo simbolismo podría aplicarse al Niño Jesús en el establo. Avanzamos impulsados sólo por el pensamiento, y nuestro entorno, si es que podemos decirlo así, se compone de planos de luz cambiante que toman momentáneamente una forma y después se disuelven en algo más. La complicada forma geométrica que es Tzaphkiel nos dice:

Aquí es donde el pensamiento empieza a aceptar a la materia traída desde lo inmanifestado a través de la puerta de Kether. Este es el principio de la forma, aquí empiezan a encontrar su forma definitiva todas las cosas. Algunas vienen directamente de la fuente de Kether, otras vienen de Kether a través de Chocmah. Pero todas llegan aquí antes de alcanzar vuestro plano de existencia. Algunas no llegan nunca allí y regresan al estado inmanifestado. Tenéis que regresar ahora, no podéis quedaros aquí mucho tiempo, pues ello perturbaría vuestra mente.

Regresamos hacia la cortina y nos asentamos en las formas congeladas en la entrada. Hay un momento en que vemos colores y formas cambiantes, y nos encontramos a nosotros mismos saliéndonos de la imagen. Tzaphkiel sonríe ante nuestra desorientación. Luego nos lleva a través de la cortina de piel de buey y somos recogidos por los vientos cantores, y llevados en dirección descendente, desde Geburah hacia Hod y colocados con seguridad fuera de la puerta abierta. Al entrar, encontramos a Miguel esperándonos, y le contamos precipitadamente lo que hemos visto, pero nos corta abruptamente al señalarnos la puerta que tenemos detrás; nosotros la hemos abierto y nosotros tenemos que cerrarla. Corremos a obedecer. Con una sonrisa, Miguel se sienta para oír nuestra historia, después nos lleva a la esfera de cristal y nos despide cuando nos vamos a Malkuth.

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El templo está vacío, y tendremos que contarle nuestra historia a Sandalphon la próxima vez. El templo se desvanece lentamente.

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