Este, como nos dice la carta del tarot, es un sendero de subidas y bajadas. Es el sendero en el que puede oírse con fuerza y claridad el toque de clarín de la búsqueda. Podemos oír y responder, o cerrar nuestros oídos y cruzarlo deprisa. Siempre he pensado en él como en un sendero laberíntico, aunque sólo sea porque su carta del tarot parece devolvernos una y otra vez a nosotros mismos hasta que hemos completado el esquema. La Rueda de la Fortuna, como todos los símbolos de «rueda», nos presenta una bolsa de correspondencias combinadas, y la propia fortuna, como muchos habrán descubierto, puede ser una dama muy voluble. O así parece serlo, ¿pero es eso cierto?
Casi todos los cuentos de hadas empiezan cuando un hijo o una hija pequeños abandonan su hogar para buscar fortuna. Los cuentos de hadas suelen ocultar muchos conocimientos esotéricos y en particular los relatos de héroes nos dan una representación muy clara del viaje del Loco del tarot hacia la iniciación. La mayoría de las historias
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tienen una figura masculina o femenina de edad avanzada que ofrece su consejo al héroe de la historia cuando se encuentra con él. La medida en que se cumpla el consejo decidirá el futuro del joven buscador. El sendero veintiuno es muy similar, pues ofrece un camino hacia el Grial, pero de una forma tal que no pueda encontrarse fácilmente.
El sendero comienza en Netzach, la esfera del amor, el idealismo, los dioses y todas las gentes del pueblo de las hadas; también es la esfera de la vida en abundancia. Está garantizado que todos los ingredientes atraerán al joven que se sienta ya preso de las circunstancias. Para un joven así, la llamada de la búsqueda es una llamada a la aventura y la excitación. No siempre toman la búsqueda como lo que es realmente, un tiempo de crecimiento hacia la madurez. El hecho de que el sendero veintiuno conduzca a través de Chesed hasta Chocmah, la esfera del último símbolo de la rueda, añade sabor a la tarea. Nos indica que esa búsqueda no es sólo para una vida, sino para una vida tras otra; en realidad, para toda una ronda de vidas. Quizás, tal como dice el texto, sea un sendero de «conciliación y recompensa... recibe la influencia divina». Pero también es un sendero de compromiso con la búsqueda eterna.
Uno de los numerosos objetivos de la búsqueda es el de entrar al servicio del poderoso rey, cuyo país se extiende «sobre el agua», y a veces «sobre la montaña». Entre los otros objetivos puede estar el Grial, el vellocino de oro y el elixir de la vida. En este caso la imagen del rey tiene un significado, pues la imagen mágica de Chesed es la de un rey coronado y entronado, mientras que el símbolo del sendero veintiuno es Júpiter, el rey de los dioses griegos. Incluso los colores asignados al sendero son los de la realeza: morado y azul oscuro.
Este es el viaje al que partieron los caballeros de la Tabla Redonda después de que vieran aparecer el Grial en el gran salón de Camelot, hecho que fue en gran parte la causa de la
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descomposición de ese grupo glorioso en la misma medida que lo fue la traición de Mordred. Chesed es la polarización de Geburah, que es la esfera que descompone las formas antiguas que ya no son viables. Chesed construye las nuevas. El propio Arturo lo entendió así cuando dijo en palabras de Tennyson:
El orden más antiguo cambió dando lugar al nuevo, y Dios se realiza de muchos modos, para que una buena costumbre no corrompa el mundo.
La letra hebrea es kaph, la palma de la mano, que es la parte de nuestro cuerpo utilizada también para predecir el futuro o delinear el carácter de modo muy semejante a una carta astrológica. La mano es lo que extendemos para saludar, para ofrecer ayuda, para dar o recibir, y también puede sostener un cetro o una espada. Hay personas que pueden utilizar la palma de la mano como la bola de cristal, para la adivinación. En sí misma, la mano es un símbolo místico reverenciado en todas las épocas. Los faraones de Egipto utilizaban los símbolos de Geburah y de Chesed, el látigo y el cayado, como símbolos de realeza, pero también cruzaban los brazos, atemperando así la justicia con la piedad, y asegurándose de que esta última no se convirtiera en debilidad.
Por tanto, ¿qué efecto podemos esperar de este sendero? Los que estén preparados para ello oirán con seguridad la llamada. Ellos decidirán el modo en que respondan. Esta puede ponerles en contacto con un grupo o una persona que les guíe, y no sólo en materias ocultas, sino también en otros aspectos de la vida diaria. Puede producir el repentino abandono de un trabajo o un entorno en el que haya sido feliz desde hace años. Puede producirse una oferta caída del cielo para hacer algo con lo que ha soñado toda la vida. Suya es la elección, puede hacer girar la ruega de la fortuna para que ésta decida si se va o permanece donde está. Sólo es una de las múltiples nuevas fuerzas que el sendero veintiuno
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La mano de kaph es la de la oportunidad. En los antiguos cuentos de hadas, el héroe que ganaba el premio era siempre aquel que prestaba una mano de ayuda a quienes se encontraba por el camino. Las manos son importantes.
El sendero veintiuno
Cuando aparece el templo a nuestro alrededor, los Ashim han formado el modelo del árbol de la vida y se hallan suspendidos encima del altar. Es su modo de saludarnos y disfrutamos de su regalo, admirando sus colores y gracia. Al poco tiempo deshacen el modelo y suavemente nos piden que vayamos hacia la puerta de la derecha, la cual está abierta y dispuesta. Dándoles las gracias, entramos en el haz de luz que nos elevará hasta Netzach. Como sucede siempre, la luz nos tranquiliza y vigoriza, su color suave parece traernos memorias antiguas de nuestra relación con el mar. En la parte superior del haz de luz aparecen las puertas de cobre y entramos por ellas hasta el templo verde y fresco de Netzach, buscando a la hermosa Haniel.
Esta se encuentra junto a los pilares, radiante, extendiendo las manos hacia nosotros. Los Elohim nos traen el vino con miel de Netzach para prepararnos para el viaje, y caminamos luego hacia la puerta que nos conduce al sendero veintiuno. A una llamada de Haniel se forma la cortina en la puerta de la pared oriental, la rueda gira lentamente trayendo por turnos a todas las figuras. Atravesamos la cortina dispuestos a lo que este viaje pueda depararnos.
Ante nosotros se extiende un camino largo y serpenteante, a uno de cuyos lados hay árboles y bosques que conducen a la costa, mientras que al otro las colinas terminan en una cordillera. Formamos parte de una larga línea de personas que recorren el camino; no es una línea continua, sino que está formada por grupos, unos grandes y otros pequeños, a
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veces personas solas o en grupos de dos y tres. Todas las edades, tipos y caracteres de la humanidad realizan este viaje de la vida.
De trecho en trecho se ha levantado un quiosco y un hombre ensalza las virtudes de un sendero particular de las montañas. Unos ofrecen viajes misteriosos por el mar y aventuras que le enriquecerán y le darán la juventud eterna. Algunos se detienen a escuchar, mientras otros deambulan de un quiosco a otro. Unos deciden enseguida y entregan bolsas de oro a los charlatanes. Algunos de los que hablan tratan realmente de ayudar y entregan mapas, raciones y guías para orientarse en la espesura. Pero podemos ver que muchos regresan de las montañas, cansados y desilusionados. La mayoría de la gente se limita a recorrer penosa y fatigosamente el camino.
En la cumbre de la montaña podemos ver unas figuras diminutas que saludan. Son los que se han esforzado a través del frío, el hambre y la duda de sí mismos para conseguir el objetivo. Vemos entre las masas unas figuras vestidas de gris, son altas, sus ojos son claros y miran con suavidad, pero directamente. Todos llevan bastones de madera con símbolos tallados de su tradición particular; y todos llevan también un «lamen», con la forma de la letra
kath. Cuando se encuentran unos a otros se saludan
levantando hacia el exterior la palma abierta de las manos. Los peregrinos grises son los custodios del cristal de la verdad. Este se rompió hace miles de años, pues desde entonces muchos han buscado las piezas para que la verdad vuelva a ser una. Pero también hay muchos trozos de cristal falso que se venden como el verdadero. Los custodios son aquellos que han buscado no para sí mismos, sino para gentes como las que nos rodean. Han pasado por las mismas fútiles búsquedas y decepciones, pero han encontrado lo que buscaban. Cada uno ha dado con un trozo de cristal y lo mantiene a salvo. Hay tantos trozos como
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gentes, y cuando cada uno haya encontrado su pieza, la verdad volverá a ser una.
Uno de los peregrinos pasa junto a nosotros, mira hacia arriba y se detiene, y traza en el aire el sello para abrir las puertas de los caminos. Le respondemos amablemente y viene hacia nosotros con la palma extendida hacia fuera. Nos sentamos a charlar y nos cuenta su larga búsqueda, y el modo en que encontró su trozo de cristal. Nos pregunta después que cómo encontramos el nuestro y le decimos que no lo tenemos. El sonríe y nos dice que sí, que puede verlo en el centro del corazón. Insistimos en que no tenemos nada semejante, pero él sonríe y contesta:
En esta dimensión tenéis que olvidar el tiempo, éste no tiene su lugar aquí, no hay un antes o un después, sólo el aquí y el ahora. En vuestro mundo no habéis encontrado el cristal, pero aquí en los niveles interiores está ya dentro de vosotros, proclamándoos así como aquellos que habéis buscado y encontrado. Llegará un tiempo en que recordaréis este momento y sabréis que ya ha sucedido y seguirá sucediendo. Los senderos que recorréis existen unos en otros, lo mismo que cada esfera se ajusta en la anterior y en la posterior. El universo existe en un solo segundo y en un solo átomo, ése es mi trozo de la verdad y os lo transmito. Cuando lleguéis a esa parte del universo en que vuestro segundo y vuestro átomo tengan su lugar lo recordaréis.
Por un momento, vemos en nuestra mente un amplio salón de pilares y extrañas figuras sentadas en tronos, una mujer hermosa sostiene en sus manos un corazón de cristal y entonces la visión se desvanece. El peregrino se pone de pie, extiende hacia afuera la palma de la mano y nos despide, siguiendo su camino.
Nosotros miramos la línea de gentes, los quioscos y los falsos adivinos. Vemos a los que en silencio se van hacia las montañas o el mar, unos en grupos y otros solos. Los
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peregrinos se mueven entre ellos, cuando son capaces de persuadir a uno o dos, hacen que les sigan por los senderos que ellos mismos han recorrido. Entendemos que su tarea es la de llevarlos a la cumbre de la montaña. Después vuelven al camino y eligen otro grupo. Cuando están demasiado fatigados para seguir, una persona más joven toma su vestimenta gris, el bastón y el lamen, y a su vez extienden la mano a los demás. Los viejos descansan hasta el momento de la renovación en un cuerpo nuevo, y así la búsqueda vuelve a comenzar. Nosotros formamos parte de esto.
Arriba de la montaña vemos dos puertas de cristal asentadas en el risco; brillan con una luz azulada y frente a ellas hay dos figuras que brillan tanto que apenas podemos soportar mirarlas. En un trono que hay entre ellas se sienta Júpiter, mirando desde allí el camino y a las gentes. Es la entrada al templo de Chesed, que pocos ojos han visto. Nos damos la vuelta y volvemos al templo de Netzach, donde vienen los Elohim para ofrecernos copas de vino con las que refrescarnos y quitarnos de la garganta el polvo del camino. Entramos luego en la luz verde que nos lleva de regreso a Malkuth. Los Elohim permanecen allí hasta que desaparecen de nuestra vista.
Encontramos a Sandalphon y le preguntamos sobre la búsqueda y el cristal, y sobre la insistencia de los peregrinos de que tenemos dentro de nosotros un trozo de cristal. El nos dice que es cierto, que todas las cosas que experimentamos en los senderos ya han sucedido, pero que el libre albedrío del hombre puede cambiar de vez en cuando el esquema. Sólo el amor es constante en el universo. Pensamos en eso cuando se desvanece el templo, pasando de la esfera del amor a otra cuya visión es la del amor. Recordamos con una sonrisa que Júpiter era quizás demasiado indulgente en los asuntos del corazón, y en que quizás esas leyendas ocultaran algún conocimiento interior.
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