Por primera vez llegamos a Kether, y en este sendero cruzamos sobre la misteriosa esfera de Daath y pasamos sobre el abismo. Pero esto lo haremos en el nivel más inferior posible, con el fin de mitigar los efectos de tal viaje. En un sendero semejante, que nos lleva sobre este terreno, es apropiado que la letra hebrea sea gimel, el camello, el llamado «barco del desierto». Este símil es muy apropiado, pues el otro símbolo es el de la luna, quien gobierna las mareas de las que dependen todos los barcos. En muchos aspectos, el sendero trece nos recuerda el que comienza en Malkuth y recorre el sendero de la luna y Saturno por encima del arco iris hasta llegar a la esfera del sol. Desde allí prosigue sobre la esfera de Sirio/Sothis hasta el de la corona del árbol. Tierra, luna, sol, estrella y finalmente la gloria primordial.
En los niveles inferiores está el sendero de los pies, un símbolo muy esotérico, a lo largo del sendero de la columna, incluyendo todos los chakras del pilar central, hasta el símbolo del loto de mil pétalos que hay encima de la cabeza. Es comprensible, por tanto, que el sendero sea muy abstracto y resulte difícil de absorber en el primer intento. Puede suceder que hasta su menor efecto se deje sentir durante meses, y podemos necesitar ese tiempo para que se eleve desde las profundidades de la mente. Pero llegará antes o después. Nadie puede recorrer este sendero y permanecer inalterable. Recomiendo que se tome algún tiempo para leer el sendero varias veces, y quizás para contemplar sus símbolos, antes de recorrerlo realmente.
La carta del tarot es la de la Suma Sacerdotisa, llamada a veces la Sacerdotisa de la Estrella de Plata. Es una referencia a la estrella Sirio, igual como un símbolo de Isis que como la luna. Un símbolo que no suele darse, pero que merece la pena pensar en él, es el de Anubis, el de cabeza de chacal. La leyenda de su nacimiento y su relación con la
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gran diosa puede clarificar muchas cosas. En este sendero su lugar está en el desierto sobre el que camina el camello. Se dice que el chacal es el animal con mejor sentido del olfato, el cual puede encontrar su camino en un desierto sin senderos hasta llegar al agua. Este es el simbolismo que puede encontrarse en ese sendero trece.
La atribución del desierto convierte a este sendero en el último de la noche oscura, y todo lo que se ha dicho de los senderos anteriores de esta naturaleza se aplica aquí, pero con mayor énfasis. El texto dice de este sendero que es «la inteligencia unificadora..., pues es en si misma la esencia de la gloria..., la consumación de la verdad de las cosas espirituales individuales». Podríamos decir muchas más cosas, pero pocas de ellas tendrían una auténtica utilidad, lo que vuelve a ser una paradoja. Lo único que puede ayudarle es lo que ha aprendido en los senderos. Sin embargo, se verá privado de este conocimiento. Tendrá que basarse, por tanto, en el único recuerdo que le quedará: la necesidad de seguir adelante y experimentar a Kether.
El sendero trece
Cuando se forma el templo, no sólo está vacío, sino que parece desprovisto de sensaciones agradables. La puerta está abierta y al cabo de un momento la cruzamos y subimos por el sendero que lleva hasta Yesod. También este templo está vacío, y con la misma sensación fría, la puerta está abierta, y preguntándonos lo que está sucediendo tomamos el camino del arco iris. Pero sus colores son apagados y el sendero parece dar más vueltas de las habituales. El arco de luz nos parece menos brillante que antes, pero cuando llegamos al templo vemos allí reunidos a nuestros amigos. Los arcángeles y órdenes angélicas que hemos aprendido a conocer y amar. Vamos hacia ellos.
Vuelven hacia nosotros unos rostros fríos, los Ashim se retiran al borde del templo, Sandalphon viene hacia nosotros y nos quita de los hombros las ropas blancas que
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con tanto amor nos había dado. Desnudos y sorprendidos, nos quedamos allí estremecidos. Haniel se aleja de nosotros llorando, negándonos la vista de su belleza, Rafael cubre el cáliz para que no lo veamos y dice que ya no merecemos mirarlo. Gabriel y Miguel vienen armados con espadas, y con las puntas de éstas nos llevan hacia la puerta en la que está la carta de la Sacerdotisa. Entramos dando tumbos sobre la fría arena del desierto, y encima, un débil rayo de luna y una estrella proporcionan la única luz.
Cuando cruzamos el desierto, vemos a cada lado de nosotros las cartas del tarot por las que hemos pasado hasta el momento. Nos detenemos junto a cada una de ellas y recordamos los senderos, y la alegría con que regresábamos cada vez junto a Sandalphon.
Delante de nosotros, vemos la forma de un camello que se mueve lentamente, en la vestimenta de su silla lleva la letra
gimel. Es lo único que podemos ver, y nos dirigimos hacia él
cruzando las dunas. De entre las sombras de una colina arenosa, viene hacia nosotros una figura, es Perséfone, pasa junto a nosotros sin hacer ninguna señal y hemos de retirar las manos que habíamos extendido hacia ella. Por el otro lado viene el anciano de los ancianos. Pensamos que él nos recordará, pero también pasa de largo. Aumenta la sensación de desolación y nos vamos acercando cada vez más unos a otros mientras caminamos. Merlín y Pan, sentados bajo una hermosa palmera, comparten una botella de vino, pero se apartan cuando les saludamos; ni siquiera dejan de hablar entre ellos cuando tratamos de que lo hagan con nosotros.
Empezamos a llorar, no entendemos lo que hemos hecho para que suceda tal cosa, pero no tenemos otro lugar adonde ir, sólo podemos seguir adelante. A través de la arena silenciosa viene la procesión de los Sidhe, tan hermosos como siempre, con Aengus Og a la cabeza. Cuando va a pasar nos apartamos de su camino, sin
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molestarnos siquiera en esperar que vaya a hablarnos. Nos mira con frialdad y sigue cabalgando. Viene hacia nosotros un grupo de gente, un joven caminante con un rey que lleva en su mano un fénix de oro, con ellos va un hombre alto y barbudo al que vimos por última vez en el sendero veintisiete. Se hacen a un lado cuando pasamos nosotros, y bajamos la cabeza incapaces de mirarles.
Todos van y vienen, Esculapio, Maat, el peregrino gris, Khamael y Tzadkiel, todos los que hemos conocido y amado se alejan de nosotros sin excepción.
No sabemos qué sentido tiene este viaje por el desierto, sin ningún sitio adonde ir o de donde regresar. Cruza el aire el aullido de un animal, y ante nosotros aparece un chacal negro, de cuyo cuello cuelga un amuleto de plata con la forma de la luna creciente.
Como el camello ha desaparecido, tenemos que seguir a este nuevo guía, si así puede llamársele. Congelados por el frío, con los pies doloridos por la arena, seguimos adelante dando tumbos. Pero ésta desaparece abruptamente y ante nosotros vemos un abismo de terribles proporciones. El chacal salta sobre él fácilmente y espera a que le sigamos. Miramos hacia ambos lados buscando un modo de cruzarlo. Cerca hay una delgada plancha de madera, apenas suficiente para soportar el peso de un hombre, pero es todo lo que tenemos. Puesta sobre el vacío, aún parece más débil. Cuando ponemos el pie en ella y se dobla, el abismo nos parece oscuro y profundo, pero no tenemos más remedio que cruzar. Uno a uno, y despacio, cruzamos. En cada momento estamos seguros de que va a romperse y de que uno de nosotros caerá a la oscuridad. Pero aguanta.
Cuando el último de nosotros llega al otro lado, cae al abismo y desaparece. Al volvernos, el chacal se ha convertido en una alta figura masculina con una máscara de chacal. Nos indica por signos que le sigamos de nuevo y obedecemos. En este lado del abismo ya no hay arena, sino
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camino pavimentado que nos lleva a la cima de una colina. A mitad del camino, el guía con cabeza de chacal cambia de forma y se convierte en un águila que se lanza hacia el cielo, para saludar a la luz que hay más allá de la colina.
Ascendemos agradecidos por la luz, y quizás por el calor que nos traiga, y caminamos a un lugar de luz superior a todo lo que habíamos visto. Es tan brillante que no podemos distinguir nada más allá del calor y de la sensación de amor que irradia. Envueltos en esa suavidad, descansamos y dejamos que nos broten las lágrimas. Recuperamos la memoria y entendemos que hemos estado caminando por el desierto de la desolación, y hemos cruzado el abismo de la separación de lo conocido y amado.
Aunque la luz nos impida ver, escuchamos la voz de la Emperatriz y madre, diciéndonos que todo ha terminado en ese sendero. Hemos ganado el derecho al camino a lo que es el padre y la madre de toda la vida, con independencia de la forma que adopte. Luego escuchamos otra voz, nunca la habíamos oído antes, y ahora no lo hacemos con los oídos físicos. Es una voz masculina fuerte y autoritaria, pero llena de amor:
Aquellos que siguen la estrella cuando no hay esperanza son los que pueden realizar el viaje hasta mí. Soy el que soy, hombre y mujer, madre y padre, hermana y hermano. Soy para vosotros lo que otros mucho más grandes son para mí. Como vosotros sois, yo fui. Como soy yo, seréis. Aquellos que cruzan el abismo pueden ponerse delante de mí y decir: «Yo soy.»
Estamos en un lugar de belleza sencilla, con paredes y suelos blancos y con el techo de azul oscuro. Hay dos pilares de luz que se alzan y cruzan el techo hasta llegar al vacío. Entre los pilares vienen aquellos que amamos. Todos los que se habían apartado de nosotros vienen ahora para abrazarnos y confirmarnos su amor. Sandalphon viene con nuestras ropas intactas, y nos las pone. Llega Haniel con su
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rostro dulce, Miguel y Gabriel, Rafael detrás de ellos, y todos nos rodean y animan. Los Ashim danzan de alegría y la figura tranquila de Anubis lo observa todo.
Se adelanta Gabriel, áuricas extendidas en toda su gloria sus alas, las cuales se curvan sobre nosotros para mantenernos seguros. Nunca podremos olvidar su olor y su tacto. Cuando nos las quita, estamos en el templo de Malkuth y solos. El templo se desvanece.
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