La letra del sendero quince es he o heh. Es una letra importante del alfabeto hebreo, como atestigua el que sea incluida dos veces en el nombre sagrado de Dios, el Tetragrammaton, yod he vau he. Es un símbolo de la vida que entra, y en algunas enseñanzas las cuatro letras que forman el nombre se consideran alternativamente femeninas y masculinas. Su significado es «ventana», pero cuando estuve en Israel una autoridad me dijo que eso no era estrictamente cierto, que el significado real estaría mejor traducido como «luz entrante» o «iluminación». Quizás parezca que se trata de lo mismo, pero no es así. Tendríamos que pensar aquí en el hecho de que cuando fue con su familia desde Ur de Caldea, el antepasado de los judíos se llamaba Abram, y su esposa Sarai, y no tuvieron hijos hasta que el he creativo se añadió a sus nombres respectivos (Génesis 17, versículo 15).
En este sendero vamos desde el sol hasta el Zodiaco, desde la esfera de la comprensión mental del Creador hasta la visión de Dios cara a cara. En este caso tenemos que examinar con gran cuidado las palabras, pues tener una visión de algo no es siempre lo mismo que verlo por primera vez, y no sabemos si significa que el hombre se enfrenta a Dios o si Dios se enfrenta a Dios mientras el hombre mira. Podemos suponer que este tipo de experiencia se volverá más intensa conforme el nivel en el que trabajemos sea superior. Esta es una de las razones de trabajar en los cuatro mundos del árbol, pues nos permite habituarnos a los efectos que nos produce de nivel en nivel. Los que tengan un conocimiento de la Cábala y del modo en que funciona podrán recorrer los senderos en su propio nivel.
El signo astrológico es el de Aries, el ambicioso del Zodiaco, cuyos nativos están siempre dispuestos a algo nuevo, desde el sexo hasta un desafío en los negocios. Son los exploradores, los que se muestran en el camino llenos de
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energía y confianza. Cuando hacen una expedición siempre olvidan meter en la maleta cosas como las cerillas y el cepillo de dientes, pero consiguen llegar. Un modo de describir al nativo de Aries es decir que está lleno de vida. No carece de significado que los senderos dieciséis y quince tengan como símbolos astrológicos animales conocidos por su capacidad sexual, pues ambos senderos terminan en Chocmah, el que da la vida, «aquel al que la madre llamó su deseo», tal como curiosamente la describe una fuente.
La carta del tarot es la Estrella, otra de las asignaciones controvertidas, pues otros prefieren la del Emperador, y si ésa es la que prefiere puede elegirla, ya que hay buenas razones para que cada una de ambas cartas sea la escogida. La Estrella es Sirio/Sothis, uno de los símbolos de Isis y fuente del conocimiento del nivel interior para la humanidad; en la mayoría de las cartas se representa también a otras estrellas. Ha sido tradicional desde hace miles de años la idea de que las constelaciones son la fuente del conocimiento transmitido a la humanidad. El alineamiento de esta carta con el sendero que va desde la esfera del sol a la del Zodiaco vincula nuestro sistema solar con los exteriores a él, dando a entender que somos los receptores de su mayor conocimiento.
El texto nos dice que este sendero se llama «la inteligencia constituyente, así denominada porque constituye la sustancia de la creación en la oscuridad pura...» Esto nos lleva inmediatamente a las imágenes sexuales que son tan importantes para este sendero y para el anterior.
El Zodiaco es el símbolo de la esfera de Chocmac, el objetivo del sendero quince. Aquí todo nuestro universo inmediato se une en un símbolo glorioso que vuelve a salir a la superficie una y otra vez en nuestras religiones, literatura y arte. Para los occidentales representa una piedra angular de nuestra mente grupal racial, la Mesa Redonda. Pensar que merecemos sentarnos en ella por haber recorrido una
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vez el árbol sería una tontería, pero si se recorren estos senderos repetidamente, con atención a los detalles y con la intención de progresar, un día el sendero impondrá su voluntad sobre la nuestra y descubriremos que en él hay un asiento que nos está esperando.
El sendero quince
Los Ashim nos saludan con mucha alegría cuando se forma el templo a nuestro alrededor, liberan su energía y nos llenan con el sentimiento chispeante de la vida, como si tuviéramos burbujas de champán en la sangre. Sandalphon se siente divertido por nuestra reacción, y nos dice que podemos pedir a las almas del fuego este tipo de energía para utilizarla en nuestro mundo, pues ellas sólo están esperando que lo hagamos. No se nos había ocurrido antes, y es una revelación que utilizaremos sin duda en el futuro.
Cruzamos la puerta abierta, volviéndonos para despedir a los Ashim que se amontonan en ella. Este viaje por los niveles interiores se nos está volviendo algo tan natural como coger un autobús en nuestro propio mundo. Y así debería ser, pues es tan natural como nuestro mundo. ¡Todos los mundos nos pertenecen!
Encontramos el templo de Yesod repleto de hermosos Cherubim, los cuales se hallan de pie a intervalos alrededor del templo, con Gabriel en el altar, pues en el momento en que entramos estaban celebrando un ritual. Esperamos tranquilamente en la puerta conteniendo la respiración ante el sentimiento presente en el lugar. Gabriel eleva el gran cuenco plateado y los Cherubim lo siguen con ojos, manos y voces, mientras cantan sus alabanzas a la luz. Lo baja y entonces Gabriel se vuelve para darnos la bienvenida. No hace ninguna mención, y nosotros no le preguntamos, pues sabemos que se nos ha permitido ver algo especial. Caminamos hacia la puerta central, hacia el sendero del arco iris, siguiendo su camino serpenteante hasta el arco brillante de Tiphereth.
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Rafael no está allí, pero nos esperan los sombríos Malachim. Parecen un poco menos sombríos a nuestros ojos, quizás se acerque el día en que los veamos con claridad. Nos llevan hasta la puerta y uno de ellos traza el sello para que aparezca la carta. Se forma ésta gradualmente, volviéndose realidad para que podamos cruzarla. Nos hallamos en el camino que cruza los bosques iluminados por la luna, hay una sola estrella, a baja altura, en el horizonte, y parece lanzar su luz como si fuera un faro, dirigiéndonos hacia el gran castillo que domina el camino. Vamos hacia él.
Al poco tiempo estamos al alcance de su sombra y el centinela nos saluda desde las almenas. Respondemos que llegamos del lugar del sol y en seguida bajan el puente levadizo que cruzamos para llegar al patio. Un hombre vestido con tabardo de heraldo nos espera para llevarnos hasta el gran salón. Hay allí una mesa de gran tamaño y de forma absolutamente redonda. Alrededor se sientan hombres y mujeres de todas las edades, razas y épocas: es la Tabla Redonda. En el frente se sientan sólo doce figuras, vestidas con ropas grises con capucha. Son los Señores de la Tabla, los Mantenedores de la Sabiduría Estelar, cuyos nombres son los de las casas de Mazloth. Tras ellos se sienta el Pendragón de las Islas Benditas con sus caballeros y sus damas. Detrás se sientan muchos que como nosotros son peregrinos en el sendero del autoconocimiento. En la pared que había delante de nosotros al entrar hay una ventana abierta a los cielos. La luz de la estrella que hemos seguido brilla por ella y cae sobre el cáliz que hay en medio de la Tabla Redonda. Es el cáliz del templo de Tiphereth. La ventana va agrandándose hasta que ocupa todo un lado del salón. Por ella tenemos la visión de otra Tabla Redonda, pero mucho más grande, colocada en los cielos para guía de la humanidad.
Entre las dos el cáliz y la estrella actúan como eslabones, el cáliz envía un haz de luz a la Tabla Superior, luego pasa a
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la estrella y desde allí vuelve a bajar hasta el cáliz. Llena así con la luz, la gran copa va pasándose para que todos los presentes beban de ella. A nosotros no nos ha llegado el tiempo en que podamos sentarnos en la mesa y beber del cáliz, pero llegará. Basta con que estemos aquí y podamos vislumbrar lo que nos espera. La ventana recupera el tamaño normal, y al cerrarse vemos que está escrita con vidrios de colores la letra heh.
El heraldo viene para escoltarnos desde el castillo, lleva en el tabardo el símbolo de Aries, y en su bastón hay una cabeza de cordero. Nos vamos como vinimos, por el puente levadizo, y oímos que vuelve a levantarse cuando tomamos el camino de regreso a Tiphereth. La estrella brilla sobre nosotros todo el tiempo y podemos ver muy arriba una pequeña mancha que sabemos es la gran Tabla de Mazloth. La cortina está ante nosotros y nos detenemos para mirar a la hermosa mujer con sus dos vasijas, un esbelto pie en el agua, pasando el líquido de una a la otra. Como la luz del castillo de Camelot, que era derramada de una vasija en un nivel a la vasija del otro. Nos damos cuenta de que también nosotros somos vasijas y que el entrenamiento que estamos realizando es como si cayera en nosotros de un recipiente superior. Entramos en el templo. Está vacío, pero eso no nos importa; sabemos que los seres de esos niveles no pueden estar con nosotros todo el tiempo. Tomamos el sendero del arco iris y regresamos a Yesod.
Gabriel nos espera y nos pregunta sobre el viaje, escuchando atentamente lo que tenemos que decirle; luego nos explica que cuando comencemos a experimentar las esferas superiores visitaremos la Tabla Superior y veremos a sus guardianes, y quizás conozcamos por ellos nuestro lugar en el Zodiaco. Con esa excitante perspectiva en mente, nos despedimos y bajamos por el sendero que conduce a Malkuth. Los Ashim nos están esperando y los saludamos con afecto enviándoles nuestro amor en un nivel mental, para que ellos lo entiendan. Destellan con placer en todo el
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espectro y reímos por la alegría que nos produce nuestra proximidad con ellos. Uno de los dones que hemos recibido en los senderos es el conocimiento de que nosotros y los seres del árbol podemos compartir esas cosas. Desaparece el templo, pero nos quedan la risa y la alegría.
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