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DE CHOCMAH A KETHER

Hemos llegado al último de los senderos reales, aunque todavía haremos algunos viajes hacia la experiencia de las propias esferas. El sendero el Loco es de una absoluta simplicidad, y, por tanto, incomprensible para el hombre moderno. Aquí ha de convertirse en un niño pequeño antes de poder poner incluso un pie en el último sendero. En todos los tiempos los locos han sido honrados y reverenciados, suyo es el don de la risa, y la capacidad de reducir a los grandes hombres a su denominador común. El Loco es un gran nivelador, en la misma medida que lo es la figura de la muerte en el sendero veinticuatro, un sendero que va en la misma dirección que el once, aunque en un nivel inferior.

La letra hebrea del sendero es aleph, el buey, un animal lento, pero de gran fuerza y capacidad para reproducir a los de su especie. En algunos aspectos, ambos atributos pertenecen al Loco. La simplicidad puede ser una fuerza cuando todos los demás se esfuerzan para extraer un sentido complicado de un problema simple, y cuando el Loco se halla en compañía, poco después todos los demás ríen, y de ese modo se vuelven, aunque sea por un breve tiempo, como él.

Otro símbolo es el aire, y muy a menudo habremos oído que se describe a alguien considerado como un loco diciendo que tiene «la cabeza llena de aire». Pero el aire es también vida y memoria, la base del conocimiento, es una vaciedad que espera ser llenada. El loco es el otro lado del mago y viceversa. El mago está loco si piensa que sus logros se deben a su propio trabajo, y el loco es un mago que conjura la risa curativa en las mentes fatigadas.

Refiriéndose al sendero once, el texto dice que es «la inteligencia centelleante... una dignidad especial concedida a quien puede estar delante del rostro de la causa de las

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causas». Aquí Kether es considerado como la fuente de toda manifestación, la cual toma entonces gracias a Binah y a la energía de Chocmah. Este es el sendero que tomó Enoch, el profeta que caminó con Dios. Dice la tradición que el arcángel de Kether es ese mismo profeta, llamado ahora Metatron, el ángel de la tolerancia.

Como la simplicidad es la nota clave de este sendero, es mejor dejar que los que lo recorran encuentren el simbolismo que les hable en el lenguaje apropiado. En este nivel del árbol uno mismo ha de buscar por sí sólo los significados, pues cuando no es así no tiene ningún sentido para él. Considerado en un sentido, este sendero le conduce al borde del risco, en donde caerá desde el sendero once al doce, y así podrá tomar los senderos del árbol hacia abajo, obteniendo una manifestación más profunda. Esto es algo que hay que hacer, pues se debe recorrer el árbol en ambas direcciones. Sólo entonces conocerá el pleno impacto de las lecciones que ofrece.

El sendero once

Entramos en el templo de Malkuth y encontramos allí a Sandalphon y Gabriel, quienes nos dan la bienvenida orgullosos de que hayamos llegado al último de los senderos. Nos acompañan cuando entramos en la luz esmeralda que nos lleva hasta el templo de Netzach. Se abren las puertas de cobre y Haniel y Miguel están allí, el último con su armadura de oro, y su manto de color naranja. Sin prisas cruzamos la puerta y comenzamos a escalar por las serpenteantes escaleras que llevan a Chesed.

Brillan delante las puertas de cristal del siguiente templo, y los cuatro arcángeles se adelantan para abrírnoslas y hacernos entrar en la luz azulada de Chesed. Tzaphkiel, Khamael y Rafael están dispuestos a ir con nosotros y sus hermanos a las esferas de Chocmah. Nos alegra que hayan decidido acompañarnos en este último sendero. Aunque sabemos que no será la última vez que caminemos con ellos.

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Regresamos a las escaleras y con siete compañeros subimos hasta el templo de Chocmah.

En la débil luz vemos delante de nosotros una gran puerta de piedra parecida a los arcos de Stonehenge. De pie en el centro está Ratziel, el arcángel del Chocmah. Es una figura fuerte y autoritaria, severa y respetable. A su alrededor giran iridiscentes discos de plata, los Auphanim de Chocmah. El nos conduce a través del suelo de granito pulido hasta los grandes pilares de piedra que hay a los lados del altar granítico. Encima de la piedra arde un simple fuego de leña, la llama del primer altar.

El espacio que hay entre los pilares comienza a brillar y se convierte en un pasadizo de luz pura. Sandalphon nos dice que nos desvistamos, y que una vez desnudos nos adelantemos, y de la luz viene el mismo ser que vimos cuando dimos la bendición a los Ashim. Es Metatron, que viene para llevarnos a la luz. Avanzamos, y una y otra vez se repite la misma acción, pero cada vez pasamos a otra dimensión. En cada uno cambia nuestra sustancia, refinándose cuanto más nos acercamos a la luz. Todo el tiempo somos conscientes de que Metatron va delante de nosotros y de que los compañeros arcangélicos van detrás, pues también nos han acompañado. Caminamos por las esferas de luz y nos quedamos suspendidos en el borde de la manifestación. Alrededor sentimos el contacto de mentes amorosas que se unen para evitar que los alrededores nos aniquilen. Empezamos a hacernos una ligera idea de lo estúpidos que fuimos al pensar que habíamos terminado nuestro trabajo. Sólo está empezando, y nosotros estamos empezando con él. Hay una ruptura en la luz y nos encaminamos a ella como hacia el borde de un risco. Nos detenemos y miramos hacia abajo, allí, la luz se convierte en añil y podemos ver extendido ante nosotros todo nuestro sistema solar. Nuestros amados compañeros se reúnen a nuestro alrededor, cada uno con un regalo, ropa, calzas de colores, una túnica y una camisa blancas, un cinturón, un

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sombrero con una pluma, una cadena con la letra aleth, zapatos, un bastón y una cartera de cuero para colgar, y finalmente, Haniel nos trae una rosa. Después retroceden.

Detrás de nosotros oímos el sonido de un perro que ladra, es negro y lleva un collar de piedras lunares. Corre hacia nosotros y nos agachamos para acariciarlo, pero salta, empujándonos sobre el borde y haciéndonos caer al vacío. Giramos lentamente a través del éter, y caemos muy abajo, en la manifestación a la que pertenecemos. Miramos hacia arriba y vemos por encima el brillo de la luz, sabiendo que llevamos con nosotros al mundo inferior una pequeña parte de ella. Sujetamos con fuerza la cartera de cuero, pues guardamos en ella el recuerdo de todo lo que hemos aprendido. No tenemos miedo, sólo una especie de anticipación y un deseo de ponernos a realizar el trabajo que se nos ha asignado. Cerramos los ojos y nos dejamos caer en nuestro propio mundo, con los recuerdos intactos.

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