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DE NETZACH A TIPHERETH

Es el tercero de los senderos de la noche oscura, y posiblemente el más temido, aunque sólo sea porque su carta es la de la Muerte. El mayor miedo lo produce probablemente la pérdida de contacto con la personalidad, pues la humanidad hace equivaler la conciencia con su sentido del yo, ya que no entiende que la conciencia se expande con la muerte física, en lugar de contraerse.

Un actor que recordara toda una vida pasada interpretando muchos papeles distintos rememoraría con placer y gran precisión cómo se sentía exactamente con cada papel. Los recuerdos serían compartidos, provocando muchas risas y pocas lágrimas por los incidentes rememorados. Esto es una analogía razonable de la experiencia de vivir en el otro lado de la muerte. Como su personalidad actual forma parte de un proceso de aprendizaje, tendrá recuerdos claros de ella y de aquellos a quienes amó y que le amaron. Tendrá recuerdos igualmente claros de otras vidas y otros amores, lo cual no irá en detrimento de esta vida, sino que la mejorará. Ser amado por alguien es lo que más se aproxima al cielo para la mayoría de los que habitamos la tierra, pero tener el conocimiento y el recuerdo de haber sido amado por todos aquellos que compartieron su vida es el paraíso.

La vida es el sueño, la muerte el soñador. Se pertenecen la una a la otra como amantes, y como amantes se separan por un tiempo y volverán a unirse al final. El nombre de la carta es «hijo de los grandes transformadores». ¡Aquí los transformadores son la vida y la muerte, y el hijo es el hombre!

El signo zodiacal del sendero veinticuatro es Escorpio, lo que lo convierte en un sendero de agua, aunque recorra una esfera conectada con el fuego. Tenemos aquí otra vez la vieja historia de la transmutación, el fuego más el agua que

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iguala a la fuerza y la energía del vapor. La transmutación es una de las funciones primordiales del sendero veinticuatro, y por estar en la línea del rayo recibirá más de lo habitual. Estos tres senderos conducen a la esfera de Tiphereth y se ocupan del cambio de un modo u otro, ir de Hod a Tiphereth cambia nuestras ideas, pues pertenecen a los niveles espirituales. Cuando viajamos de Yesod a Tiphereth debemos cambiar en grado suficiente nuestras ideas sobre el ser, después tenemos necesidad de la fe en su sentido más profundo, con independencia de la tradición en que vivamos hemos de comprender nuestra necesidad de una fuente primordial. Cuando llegamos al sendero veinticuatro, es nuestro miedo al cambio en todos sus aspectos lo que hemos de enfrentar, transmutando ese miedo en una aceptación de lo que es y de lo que será.

Escorpio es un signo que va de lo más bajo a lo más alto, desde el insecto que pica hasta el águila, y los nativos de este signo tienen una curiosa afinidad con la muerte y sienten ante ella escaso miedo. Hay una práctica que recibe el nombre de los siete niveles, la cual consiste en una serie de apartamientos de mundo exterior, y parte de ese conocimiento me lo transmitió mi propio maestro, lo mismo que se lo habían transmitido a él. El primer nivel es el de la atención, el segundo el de la concentración, viene después la meditación, que a su vez es seguida por la contemplación. El quinto paso es el sueño natural, el sexto el trance profundo, y el séptimo y último la muerte. Esta serie de apartamientos guarda mucha relación con el sendero veinticuatro, y mi maestro mantenía que ése era el modo correcto en que un iniciado debía retirarse del cuerpo.

The Pilgrim 's Progress, de John Bunyam, que ahora se

considera pasado de moda, es, sin embargo, una historia muy conveniente para este sendero, especialmente para los que tienen una profunda fe cristiana. En realidad, hay muchos libros y poemas que parecen haber sido escritos por un autor experimentado en el nivel físico en uno u otro de

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esos senderos de la noche oscura. Al menos para mí, The

Rime of the Ancient Mariner, de Coleridge, es un relato

preciso del sendero veinticinco, lo mismo que el encantador poema de Francis Thompson, The Hound of Heaven. Si tiene un ejemplar del Oxford Book of English Mystical

Verse, le recomiendo la lectura del poema de James

Stephen The Fullness of Time, como modo de abordar el sendero veintiséis, pues fue sin duda escrito para él. Si quiere encontrar pistas las descubrirá, como el vadeo del río del cristiano, totalmente adecuado para las cualidades de escorpión del sendero que va de Netzach a Tiphereth. La flecha que golpea al albatros es la flecha de Sagitario en el sendero veinticinco, mientras que el alineamiento de Satán con Capricornio en el sendero veintiséis se encuentra de modo perfecto en el poema de Stephen. Los poemas escritos desde el corazón son trabajos de sendero por propio derecho.

La letra hebrea es nun, el pez, el cual se encuentra en su elemento en este sendero de agua. Es interesante observar que la letra del sendero veintiocho, de Yesod a Netzach, es

tzaddi, el anzuelo, lo que hace de este sendero que va de

Netzach a Tiphereth una progresión natural; aunque uno se pregunta si el anzuelo captura al pez o el pez se traga el anzuelo, del mismo modo que la ballena se tragó a Jonás.

Otro vínculo con el agua es el símbolo de la barca de la muerte en el culto celta, pues muchos de los héroes y algunos de los dioses de esta tradición, Arturo incluido, abandonaron las orillas de la vida en la barca cristalina de la muerte. La costumbre vikinga de enviar el cadáver al mar en una barca ardiendo incluye el fuego y el agua de este sendero, y algunas sectas de la India envían a sus muertos hasta el mar flotando por el Ganges. Los antiguos egipcios ponían a sus muertos importantes en barcas que simbolizaban la barca de los millones de años, y los llevaban remando hasta la necrópolis, que estaba alejada de la ciudad. El fuego y el agua han sido siempre métodos de

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devolver la carcasa humana a sus componentes terrenos, liberando así el alma. Se ha dicho que la cremación es el modo más rápido de liberar el espíritu, y lo mejor para un iniciado, asegurándose de que hayas pasado tres días completos desde el principio de la muerte, para que la retirada se haya completado.

La historia de Osiris tiene también aquí su lugar, aunque en muchos aspectos forma también parte del sendero treinta y dos. Las muertes de los héroes de la humanidad pueden darnos muchas pistas sobre este sendero, por lo que merece la pena examinarlas. Esto no es nada morboso, pues la muerte es algo tan natural como la vida, y los iniciados la consideran como a un nacimiento superior, considerando la vida en la tierra como la auténtica muerte. Si el sendero treinta y dos se recorre en la muerte física, quizás podamos considerar entonces al veinticuatro como una clase práctica.

El sendero veinticuatro

El templo está tranquilo y bastante sombrío cuando se forma a nuestro alrededor. No están los Ashim, y los echamos de menos porque nos habíamos acostumbrado a su bienvenida y a sus felices formas de pensamiento. Sandalphon sale de las sombras trayéndonos vestimentas negras. Nos vestimos con ellas y ponemos cordones negros en nuestras cinturas, vamos con los pies descalzos y la cabeza descubierta, y seguimos al silencioso arcángel hacia la puerta de la derecha. Al abrirse, entramos en un haz de luz, tan verdosa como la de una esmeralda sin fallas, y cuando estamos dentro de ella nos elevamos rápidamente desde la esfera de la tierra hasta el nivel de Venus.

Nos detenemos frente a unas grandes puertas de cobre brillante sobre las que están talladas las escenas de las diosas del amor de todas las tradiciones. Los tiradores de las puertas son de perla y de coral, y al empujarlas se abren suavemente, permitiéndonos entrar con facilidad al templo de Netzach. Las paredes son de un cristal de color verde

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oscuro, y la luz se filtra por ellas dando la sensación de que el templo está bajo el mar. En las paredes hay rosas de cristal y coral que actúan como prismas y producen pequeños arco iris que forman un arco hasta el centro del templo. El suelo es de jade y de cobre, y los dos pilares, como los de Hod, son de agua y fuego. El altar es de jade oscuro y en él hay una concha de ostra que se abre poniendo al descubierto una rosa de llamas ardientes.

Haniel sale del pilar de agua y se detiene ante nosotros; es alta y esbelta, y su cabello, que le llega hasta las rodillas, tiene el color del vino nuevo, en parte dorado y en parte rojizo, fluyendo a su alrededor como si estuviera vivo. Su ropa es de seda ambarina, y a través de ella brilla el cuerpo como una perla. Llena el templo con su aliento con el aroma de las rosas, y tiene una voz grave y suave. Se encuentra en su rostro toda la belleza del mundo. Nos conduce hasta la puerta que lleva a nuestro siguiente sendero, y hace allí el sello con un gesto gracioso, con lo que la carta del tarot se transforma rápidamente en una escena real. Parece grotesca en este escenario vibrante de amor y vida. La muerte inclinada sobre su guadaña no parece hallarse aquí en su lugar apropiado. Damos un paso y atravesamos la puerta.

El sol se está poniendo con brillos rojizos y ambarinos sobre un cielo egipcio; un camino conduce a través de una gran multitud de gente hasta un ancho río en donde aguarda una barca ceremonial. Su proa ha sido tallada y representa la cabeza de un águila. Hay varias literas cubiertas de telas negras y sacerdotes de cabezas rapadas que esperan para llevarnos en ellas. Ponen en nuestros rostros pesadas máscaras de plata y luego nos levantan y nos llevan hasta el río, dejándonos en la barca. No podemos ver, pero sentimos el movimiento cuando el barco comienza a navegar y los remeros nos llevan hasta mitad de la corriente. Pensamos en aquella vez que estuvimos con Charon en su barca, en el río Estigia, pues tenemos una sensación parecida.

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Podemos oír los gritos de la gente que se lamenta y gime por nosotros, como si estuviéramos realmente muertos. Nos están llevando a la necrópolis que hay fuera de la ciudad y nos dejan allí en la pirámide para esperar lo que suceda. El viaje es largo, y pensamos mientras nos hallamos tumbados en la oscuridad. No sabemos lo que hay delante, sólo sabemos, por lo que hemos aprendido hasta ahora, que no se nos pondrá a prueba más allá de nuestras fuerzas. Nos acordamos también de la cabra sacrificada del sendero veintinueve, tenemos tan poco control sobre lo que suceda como lo teníamos entonces, y no podemos hacer otra cosa que esperar tumbados tranquilamente. Ya hemos aprendido lo que es la ilusión y los trucos que ésta utiliza, por lo que no volveremos a caer nuevamente en ellos. La sensación de deserción y soledad que conocimos en el sendero de la flecha no volverá a causarnos pena. Hemos aprendido que el verdadero conocimiento del ser significa que ya no hay soledad, somos conscientes de la vida oculta que nos rodea y sabemos que formamos parte de ella.

La barca se detiene y sentimos que nos dejan sobre el suelo. Unos minutos después se levantan las literas y nos transportan desde el río, por lo que parece una pendiente corta, pero inclinada. La frialdad de la piedra nos envuelve, dejan en el suelo las literas, y oímos después el sonido de unos pies que se alejan y de unas piedras que se cierran, quedando así en la oscuridad de una tumba.

El frío penetra en nosotros, pero pronto deja de ser doloroso, convirtiéndose en un entumecimiento agradable que nos lleva a una especie de sueño, tras el cual comienzan a aparecer las imágenes. Nos vemos recorriendo los senderos que habíamos andado hasta el momento. Nos vemos a nosotros mismos y observamos lo bueno y lo malo, las ocasiones en que no nos portamos lo bien que hubiéramos debido, y lo vemos todo con una especie de distanciamiento triste. Se produce luego la sensación de estar separados del ser que hemos conocido durante tanto

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tiempo, y al que nos habíamos habituado, y que rostros oscuros flotan ante nosotros, produciéndonos la sensación de que son los rostros que tuvimos antes del actual. Captamos imágenes breves de tiempos pasados y otras más rápidas aún de los tiempos del futuro, para después quedar de nuevo en el silencio. Flotamos en una cálida espiral de luz que nos habla con palabras que la tierra nunca había oído; voces que nos rodean tocando nuestras mentes con las suyas. Sentimos formas pertenecientes a los otros órdenes de la vida, a sistemas muy alejados del nuestro, pero que son, sin embargo, vida. Abruptamente nos encontramos suspendidos sobre una enorme pirámide de piedra que está muy abajo, y con los ojos de la mente vemos pequeñas formas tumbadas en la oscuridad en las plataformas de piedra. Las máscaras llevan en la frente la letra nun.

Descendemos en espiral y penetramos en las formas quietas, sintiendo el frío y el calambre de unos músculos atrofiados. Se abren las puertas de piedra y escuchamos unos pies que caminan por el suelo; después nos quitan las pesadas máscaras del rostro y parpadeamos bajo la luz. Los sacerdotes sonrientes nos ayudan a salir de las literas y vemos que las flores con las que fuimos cubiertos están marchitas, pues hemos estado allí durante muchos días. Nos llevan a un pequeño edificio en donde nos lavamos y frotamos con aceites calientes, vistiéndonos después con ropas de color plateado y escarlata, con el emblema del escorpión en nuestro pecho. Calzamos sandalias de plata convenientes para los que andan por los dos mundos, y ponen después sobre nuestra cabeza el tocado «nemyss». En cabeza de una larga procesión, regresamos a la barca.

Esta está decorada con flores frescas y el timonel lleva la máscara de Horus. Ocupamos nuestra posición y los remeros comienzan a llevarnos corriente arriba hasta la ciudad, llena ahora de gentes felices, que cantan alegres de que hayamos regresado de la casa de los muertos. Detrás de nosotros está la pirámide, que parece advertirnos que un

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día nos rodeará en realidad. Pero eso no nos da miedo. Cuando bajamos a la costa nos enfrentamos a alegres multitudes y al sonido de las trompetas. De nuevo en procesión, nos dirigimos hacia una enorme puerta en la que está la carta del tarot. Nos damos la vuelta para bendecir a las gentes en el nombre del alzado Osiris, y después penetramos en el templo de Netzach.

Haniel viene hacia nosotros con los brazos extendidos para ayudarnos a quitar las pesadas ropas y los tocados. Descansamos un rato y luego ese amoroso ser nos lleva hasta la puerta del templo, hacia el haz de luz que nos hace descender suavemente hasta Malkuth. Se abre la puerta, brilla por ella la luz y una nube de Ashim nos espera al otro lado para saludarnos, girando a nuestro alrededor, y apenas sentimos su contacto semejante a agujas de luz.

Sandalphon ríe y comenta que debemos esperar a que hayan terminado su bienvenida antes de añadir él la propia. Estamos de pie y juntos, el arcángel, los Ashim y nosotros, y una sensación de amorosa afinidad llena el templo. Nunca la olvidaremos, pase lo que pase en el futuro, pues es algo real y perdurará. El templo desaparece de nuestra vista, pero no de nuestros corazones.

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