El sendero veinte es el del eremita, el que enseña el camino, el adepto. Conduce desde la esfera del sol a la de los maestros. En este sendero tienen su lugar todos los que han llevado a la humanidad conocimiento y enseñanzas. Incluye tanto a los nombrados en la Biblia como hijos de Dios, como a Buda, Jesús de Nazaret, Lao Tze y seres de la estatura de Melquisedec, Enoch y Moisés.
Tiphereth recibe el nombre de «inteligencia mediadora» y Chesed el de «inteligencia receptiva», por lo que en este sendero tenemos un equilibrio casi perfecto de la donación y la recepción. Confirma esto el hecho de que la letra hebrea sea yod, la mano, el símbolo primario de la donación y la aceptación. Esta letra hebrea se utiliza también para simbolizar el inicio de algo o de alguien en su capacidad de semilla masculina. En este sendero veintiuno tenemos la oportunidad de convertirnos en una persona nueva. Viajamos desde la esfera de los que nacen a un nuevo modo de vida. Pero además el camino que tomamos está bajo el signo de la Virgen, la primera receptora de la vida que proporciona yod.
El eremita es también un peregrino, un viajero que está cerca del final de su viaje. En un nivel es el acercamiento al grado de Adeptus Exemptus que no necesitará ya un cuerpo físico con el que trabajar. En otro nivel es la noche de la vigilia, el enfoque de la caballería, un tiempo de silencio, oración y preparación para el día de la renovación.
En el sendero veintiuno vimos a los peregrinos grises en su trabajo, y fuimos conscientes de que teníamos una oportunidad de unirnos a sus filas. En este sendero se adopta la opción y estamos preparados para el trabajo que nos espera. Debemos tener en cuenta también el sendero que conduce desde Hod y Tiphereth, y a través de él hasta el veinte. Luego necesitamos viajar a través de la noche oscura
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de la mente, esclavizada por la ilusión, para aprender un nuevo modo de pensar. Ahora nos sentamos tranquilamente en la oscuridad para acceder de nuevo a lo que hemos aprendido y asegurarnos de que nos hallamos en las mejores condiciones para proseguir.
Estos dos senderos comprenden una noche, un día y otra noche de comprobación y preparación. Ayin y yod, el ojo y la mano, trabajan ahora armónicamente produciendo la coordinación de la mente y el cuerpo. Es esta coordinación lo que constituye la nueva persona nacida en el sendero.
También puede alinear de este modo los senderos veinticuatro y veintidós, siendo el sendero de la muerte y después un viaje en la barca solar hasta el salón del juicio. Este es el modo de utilizar en su plena extensión el árbol de la vida, buscando por sí mismo el modo en que un sendero puede subrayar los efectos de otro, con lo que nos encontramos así toda una vida de trabajo por delante.
Podemos examinar los senderos existentes desde Tiphereth a Geburah, Daath/Kether y Chesed como continuación y extensión de los que conducen hasta allí desde Hod, Yesod y Netzach. Puedo asegurar que no es una coincidencia el que las líneas trazadas en el árbol siguiendo estos senderos formen el signo conocido como Chi Rho o Labarum.
En el sendero del eremita hay que entender que en un nivel superior está aceptando un compromiso espiritual, y que en un nivel inferior está diciendo: «Estoy dispuesto a aceptar un cambio en mi vida» Pues ahí conduce el sendero veinte, a la aceptación. La mano extendida para recibir la forma de la comunión, la espada y el casco de la caballería, la vara de poder o la lámpara del eremita que encontrará más adelante, y que ahora está dispuesta a entregar el símbolo de su autoridad a aquel que haya sido entrenado para recibirlo.
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sendero podría considerarse como la «novedad» del alma en esta condición superior del ser. Una personalidad virgen y que todavía no ha sido puesta a prueba, pero que desea aceptar su destino y soportar lo que venga como consecuencia de esa decisión. En el aspecto cristiano, eso significa convertirse en un «niño pequeño», que es el símbolo de Tiphereth. En otras tradiciones puede significar la ofrenda de uno mismo a la gran madre, la virgen del principio del mundo.
El eremita está también en este sendero para iluminar la condición del alma y su intención, y cuando está dispuesta para iluminar el camino que tiene delante. Todas las esferas son Griales, y cada una de ellas es una versión más sutil e intangible que la anterior, aunque todas son y siguen siendo santos Griales. Kether es el último Grial, pues contiene a todos los demás, así como a aquellos que los buscan.
El sendero veinte
El templo está vacío y silencioso cuando se forma a nuestro alrededor y cuando cruzamos el suelo enlosetado, la puerta del templo se abre lentamente. Cruzamos los pilares y penetramos en el sendero neblinoso que conduce a Yesod. Seguimos caminando hasta que vemos delante el brillo de las puertas plateadas de la luna. Se abren y vemos a Gabriel esperándonos. Nos da la bienvenida y entramos en el templo. El arcángel nos parece un hombre joven con túnica griega, un amigo a quien conocemos y amamos. Sonríe y, habiendo abierto la puerta, nos da un suave empujón hacia el camino serpenteante del arco iris. El templo de Tiphereth nos llama y nos precipitamos hacia el gran arco de luz.
Unas figuras altas y sombrías, coronadas de luz, esperan nuestra llegada. No podemos verlas claramente, pero sabemos que son los Malachim. Un día las veremos tal como son. Nos uniremos a Rafael en el altar y con los reyes nos vestirá con las ropas que necesitemos para ese viaje. Para los hombres, una cota de cadenas ligeras como la
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pluma, con una sobrepelliz que lleve como blasón la letra
yod. Las mujeres tendrán ropas de color azul oscuro ceñidas
con piedras de ámbar y un velo blanco, así como un manto de oro con la yod bordada en el hombro. Somos conducidos a una de las puertas de la pared del sudeste y Rafael hace aparecer la carta del tarot.
El Eremita mira hacia un lado, sostiene la lámpara a gran altura ante él, entramos y el camino nos aguarda. Está cercana la puesta de sol y delante hay un castillo, cruzamos el puente levadizo y entramos en el patio, donde nos esperan muchas personas, y heraldos vestidos con tabardos de colores hacen sonar una fanfarria cuando entramos en la parte interior del castillo. Allí está la capilla y nos piden que entremos. Sobre la puerta está el signo de Virgo. Entramos en procesión y caminamos por la nave.
Es mucho más grande de lo que parece desde el exterior, y en la parte inferior, a cada lado, hay pequeños nichos tapados por una cortina. Pasaremos aquí nuestra vigilia desde la puesta de sol hasta el amanecer. Cada uno es conducido a su lugar y no podrá comer, beber ni dormir hasta que regresen los heraldos. Los nichos están preparados de acuerdo con la tradición que sigue cada uno, pues aquí todas las fes son una. Aquí está todo lo que podemos considerar sagrado.
Ocupamos nuestro puesto y a partir de ahora guardamos silencio. Durante este tiempo recordamos los senderos que hemos seguido y valoramos lo que hemos aprendido, y pasarán por nuestra memoria las experiencias que hayamos sufrido. Cierran las cortinas y quedamos a solas con nuestros pensamientos. Dejan de oírse los pasos de los heraldos y el silencio nos envuelve. Comienza la vigilia; al amanecer tendremos la oportunidad de realizar el juramento de servicio al rey. Haciéndolo así, nos ponemos al servicio de la humanidad.
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barquero. Debemos retroceder y mantener nuestra promesa de ayudar a los fantasmas que quedaron allí sin poder pasar hasta la madre; seguiremos volviendo para que los que se hallan perdidos en la oscuridad en el momento de su muerte puedan recibir ayuda. Volveremos a ver la cara risueña de Perséfone y sentiremos el aliento cálido de la madre luna. Estamos al lado de los ancianos, y vemos a Hefasteo que golpea las cadenas de las piernas de Prometeo y le ayuda a levantarse; el águila se lanza por última vez y se posa en su brazo. El titán y el ave se miran uno a otro con amor, pues cada uno ha seguido sin vacilar su destino. Recordamos el jardín del Edén, la ciudad y la Biblioteca de Alejandría, y entendemos la realidad de su conocimiento, el cual se mantiene todavía en los niveles inferiores, y al que tendremos que acceder en cuanto podamos utilizar el conocimiento con seguridad.
Vemos una vez más el salto del nuevo pensamiento que ha preparado el camino al amor entre el hombre del Neandertal y su hijo, y vemos a los animales que esperan en el jardín de Afrodita el cumplimiento de su apaleamiento con Pan. Vemos el poder del amor en todos sus aspectos, y entendemos que el placer del amor no es pecado, sino un don inapreciable. El único pecado real es la envidia en todas sus formas. Estamos fuera de la capilla del Grial y vemos a los dioses y los Sidhe tomar parte en la misa que se celebra en el interior; vemos llorar a Lucifer y conocemos la enormidad de lo que ha perdido.
Recordamos la tarea sin terminar del sendero veintisiete y nos prometemos regresar lo antes posible. Se nos aparece la lección de ese sendero y nos maravillamos de haber mantenido el secreto. Rompemos de nuevo los espejos de la ilusión y vemos al diablo convertirse en el rey sol, y sabemos que la ilusión nunca volverá a sujetarnos. Un sordo dolor en el talón nos recuerda que el poder de la curación está en el interior, preparado para ser utilizado.
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Regresamos un momento a la tranquilidad de la capilla escuchando el grito de un búho en la distancia y volvemos a sumergirnos en los recuerdos. Vuelve la sensación de frialdad que tuvimos al estar tumbados en la pirámide y regresamos a aquellos senderos. Nos damos cuenta de que constantemente tenemos que volver a valorar nuestro progreso, esforzándonos para entender mejor las antiguas experiencias, pues algunos caminos exigen volver a revivir los acontecimientos. Lo que parecía ser un sendero aburrido puede convertirse en uno de los más profundos.
Volvemos a ver el horno de Khumn y sentimos el signo con el que nos quemó y marcó por un segundo. Delante hay todavía mayores incendios. Pero estamos bien preparados y sabemos que cada vez disminuye el fuego que habremos de soportar hasta el final. En la oscuridad, toma forma el rostro de Maat y nos habla:
Este sendero es el de la entrega y la recepción del ser por aquellos que llamáis los maestros. Bajo su guía seréis llamados al servicio del hombre, con independencia de vuestra tradición, pues el único requerimiento es el amor. Podéis prestar o no el juramento, quizás no os sintáis dispuestos a dar demasiado, pero si lo hacéis seréis llamados para cumplirlo o responder por haber roto la promesa; pensarlo bien.
La visión se desvanece y el sonido de los heraldos que regresan nos despiertan plenamente. Corren las cortinas y el amanecer llena la capilla. Nos levantamos sintiendo los pies adormecidos y caminando torpemente salimos al patio. El lugar está lleno de gente entre la que reconocemos pronto a algunos conocidos de los senderos. Sobre un trono elevado se sienta el rey, que lleva el cetro y el orbe. De la capilla sale una procesión de caballeros y damas, y al final una figura de gran presencia que lleva una vestimenta azul y transporta el Grial del templo de Tiphereth. Cada uno es llamado por su nombre y se aproxima para prestar o no el juramento de
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servicio. Los que lo hacen tienen que colocar su mano sobre el Grial, y luego son considerados como caballeros y demás del Grial, investidos con su insignia. Después se pronuncia la bendición sobre todos los presentes.
A través de la puerta de la capilla vemos la cortina del tarot y el eremita se da la vuelta y nos pide que la crucemos. Llegamos al templo de Tiphereth y Rafael y los Malachim nos ayudan a quitarnos las ropas, nos dicen que quedarán allí para nosotros para cuando volvamos a necesitarlas. Este sendero debe ser plenamente asumido antes de que pasemos al siguiente, y Rafael nos dice que funcionará en un nivel muy sutil. Le damos las gracias y nos despedimos, pasando bajo el arco y cruzando el camino serpenteante del arco iris.
Gabriel nos da una cálida bienvenida, como siempre, y tras escuchar lo que ha sucedido nos acompaña hasta el camino que desciende hacia Malkuth despidiéndose de nosotros. Los Ashim aguardan en la puerta del templo de la tierra, como niños que esperaran a un amigo en la ventana. Nos quedamos un tiempo con ellos y les observamos danzar; después, el mundo físico nos envuelve.
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