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BOLIVIA EN EL SIGLO XIX: ESTADO, SOCIEDAD Y POLÍTICA

1. Bolivia, el territorio y sus habitantes Siglo XIX.

Bolivia nació cuando los habitantes de la Real Audiencia de Charcas declararon su independencia en agosto de 1825. El nuevo Estado tomó el nombre de República de Bolívar, cambiado dos meses más tarde por el de Bolivia. El territorio boliviano, con una superficie de aproximadamente 850.000 millas cuadradas, fue demarcado por el principio del utti possidetis

de jure de 1810. Su posición geográfica situada en el centro de Sudamérica colocó al nuevo país

en una situación vulnerable que, lejos de ocupar un lugar privilegiado, heredó una situación poco envidiable. Su natural condición de país que miraba al Pacífico llegó a constituirse en una circunstancia desfavorable para su contacto con el mundo ya que se carecía de vías adecuadas para el transito hacia la costa. El desierto de Atacama era el gran obstáculo para la comunicación de la población boliviana con el océano y su alejado litoral se encontraba desprovisto de puerto alguno a tiempo de la fundación de la República. El puerto de Cobija, creado para conectar a Bolivia con el mundo, quedo por diversos motivos despoblado hacia mediados del siglo y la posibilidad de control sobre la costa fue definitivamente rota por la Guerra del Pacífico en 1879.1

En la nueva República, gran parte de la población estaba conformada por indígenas siendo

este un país eminentemente rural y agrícola. Según los informes de Pentland (1827) para 1826 se estimaba una población 1.100.000 habitantes de los cuales unos 800.000 eran indígenas analfabetos que tenían su principal ocupación en la agricultura. 2 A mediados de siglo José Maria Dalence nos muestra todavía la permanencia de una población fundamentalmente rural y con pocas expectativas de mejora social.3 En el censo de 1900, la población indígena estaba constituida por el 48.42% de los habitantes de Bolivia y aunque existió un notable incremento en la población mestiza (29.45%) los indígenas continuaban siendo la mayoría.

La población se hallaba concentrada en la zona andina sin que los variados censos tomaran en cuenta a los habitantes de las diversas étnias que habitaban en el oriente boliviano cuyo territorio era el más extenso de la República. La zona andina esta caracterizada por la presencia de la cordillera de los Andes que rodea a una fría meseta altiplánica situada, en sus partes más altas, a 4.000 metros de altura. De esta gran meseta se desprenden los valles ínter cordilleranos con un clima más benigno y una altura que oscila entre los 2.000 y 2.500 mts. En el área andina se encuentran la totalidad de los departamentos de Oruro, Potosí, Cochabamba, gran parte del departamento de La Paz, y considerable porción de los de Chuquisaca y Tarija. La concentración de la población en estas áreas se debió a que, por diversas circunstancias históricas, allí se desarrollaron las altas culturas andinas.4

En cuanto a su población, el área andina estaba constituida, hacia principios de la República, por vigorosas comunidades indígenas que aún conservaban características heredadas del período prehispánico y colonial. Estas tuvieron su origen en el ayllu prehispánico y en las reducciones

Bolivia. La Paz, Editorial Renovación, 2da edición 1982.

2 Joseph Barclay Pentaland. Informe sobre Bolivia 1926.Potosí, Casa de La Moneda ,1975. 3 José Maria Dalence. Bosquejo estadístico de Bolivia. Chuquisaca, Imprenta de Sucre, 1851.

toledanas o pueblos de indios del siglo XVI. A lo largo del tiempo sufrieron cambios y adaptaciones pero también supieron mantener sus normas básicas de convivencia y sus valores tradicionales.

Hasta más o menos 1880 las comunidades indígenas mantuvieron una estructura social de carácter corporativo aunque su fuerza y cohesión, así como su acceso al mercado, dependía de las diferenciaciones regionales. Por ejemplo, la presencia de comunidades en los departamentos de La Paz, Oruro y Potosí era más importante que en los valles de Cochabamba y Chuquisaca donde, por razones históricas, predominó la propiedad parcelaria de la tierra y la tendencia hacia un mayor mestizaje.5 Asimismo hubo comunidades más ricas que otras. Aunque existieron variantes locales, el funcionamiento de las comunidades puede resumirse en los siguientes puntos: en primer lugar, las comunidades también llamadas ayllus que estaban organizadas a partir del pueblo principal o marka donde los indígenas podían poseer casas que habitaban temporalmente cuando iban a solucionar conflictos o a participar de las diferentes fiestas.6 Los ayllus que rodeaban a estas markas se encontraban generalmente divididos en las parcialidades de Hanansaya y Hurinsaya que a su vez integraban a grupos segmentarios menores que habitaban en estancias.

El sistema de tenencia de la tierra era comunal. Es decir, no había propietarios individuales excepto cuando se insertaban en su seno los llamados sayañeros o individuos extraños a la comunidad. La unidad básica de producción estaba constituida por la familia nuclear. La tierra de los diversos señoríos aymaras que precedieron al imperio de los Incas.

5 Las zonas de los valles eran en tiempos prehispánicos territorios donde habitaban mitimaes traídos de las zonas altas. Es por ello que desde muy temprano estas zonas fueron predominantemente mestizas.

6 La idea original del Virrey Francisco de Toledo era crear reducciones donde los indios habiten en pueblos al estilo español, sin embargo, esto duró poco porque los indios volvieron a habitar el espacio de manera

cada comunario se llamaba sayaña y estaba compuesta por una serie de terrenos o callpas dispersos por el territorio de la comunidad. El comunario cultivaba solamente una parte de estos y dejaba otros para el pastoreo y el descanso. Los cultivos se hacían de manera rotativa respondiendo a las necesidades comunales. Como parte de las sayañas estaban las tierras de comunidad llamadas aynokas donde cada comunario poseía varios tablones de manera discontinua de tal forma que cada familia podía acceder a diferentes productos. El derecho de usufructo estaba reglamentado internamente a través de prácticas de cooperación como el ayni y la minka. Por ello existían amplias redes de parentesco entre los comunarios que implicaban una serie de ayudas mutuas, reciprocidades, compadrazgos que hacían más efectiva la producción y más afectiva su socialización. La distribución de terrenos, la organización comunal y la resolución de conflictos eran función de los llamados originarios que, por turno, cumplían las funciones de alcaldes de campo y de jilacatas haciéndose cargo de la recolección del tributo a falta de la figura intermediadora del curaca que, en la colonia, ejercía esta función. Tras la abolición del cacicazgo son los cabildos de indígenas los que toman las decisiones relacionadas a la dinámica interna de la comunidad.7

Lejos de ser una institución igualitaria, como comúnmente se cree, existieron dentro de la comunidad diferenciaciones internas relacionadas a la tenencia de la tierra. Quienes poseían mejores y mayores terrenos eran los llamados originarios descendientes de los primeros pobladores de las reducciones toledanas. Aunque eran minoría, gracias a su arraigo y antigüedad en la comunidad, poseían mayor prestigio y mayores obligaciones. Una segunda categoría era la de los forasteros, también llamados agregados, que tenían acceso a menores porciones de tierras. Esta categoría fue definida como indios llegados tardíamente a la comunidad, es decir, sin fiestas.

relación o vínculos de parentesco con las familias de originarios que se habían establecido en el siglo XVI. Aunque los originarios crecieron modestamente en el siglo XIX fue el estamento de los forasteros el que contó con una mayor expansión debido a las estrategias internas propias de cada comunidad.8 El status de forastero no quería decir que no existiesen mecanismos a través de los cuales estos podían convertirse en originarios y viceversa. Todo dependía de la dinámica interna de cada comunidad y de sus necesidades de acceso a la tierra. Otras categorías eran la de los utawawas que cumplían labores de subordinación suprafamiliar, los yanaconas que pertenecían a las haciendas y los llamados vagos. En las regiones lacustres existieron los Urus que subsistían gracias a los recursos de los lagos como la pesca y la casa de aves acuáticas.

Las comunidades indígenas estaban obligadas a pagar el tributo o tasa al Estado boliviano en los semestres de San Juan y la Navidad siendo los originarios quienes debían pagar una tasa más elevada en compensación por sus mayores derechos a la tierra.9 Los cobros se realizaban en ceremonias especiales cuando las autoridades originarias encargadas por turno de esta obligación debían pagar la tasa recolectada entre los ayllus al corregidor. Para su efectivo recaudo los tributarios eran empadronados en los libros de tasa cuidadosamente diseñados por las autoridades que, cada cierto tiempo, realizaban revisitas para actualizar el empadronamiento. A la contribución indigenal o tributo se le añadían otras contribuciones como los diezmos y primicias así como la veintena que consistía en el tributo de un animal o carga de productos agrícolas por cada veinte.

7 Para el tema ver: Scarlett O’ Phelan Godoy. Kurakas sin sucesiones. Del cacique al alcalde de indios. Perú y

Bolivia 1750-1835. Cusco, Centro Bartolomé de Las Casas, 1997.

8 Para el tema ver: Herbert Klein, Haciendas y ayllus en Bolivia siglo XVIII y XIX. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1995.

9 Por lo general los originarios pagaban una tasa de 10 bolivianos y los forasteros la mitad, es decir, 5 bolivianos.

El nexo con el Estado, en el caso de la contribución indigenal o tributo, era el corregidor nombrado por el subprefecto. Los comunarios, además de tener que cumplir con el tributo y los demás impuestos, debían contribuir con obligaciones de tipo público y privado como ser la apertura de caminos, la construcción de edificios públicos así como la obligación del postillonaje o correo y los diversos trabajos para el cura o el corregidor. La mayor parte de estas obligaciones tenían su origen en la colonia. El pago del tributo se realizaba en moneda, por lo tanto, al igual que en la colonia, los indígenas dedicaban parte de su tiempo a la comercialización y al intercambio de sus productos. En el siglo XIX, era famosa la zona de Chayanta por su producción de cereales para el mercado interno. El acceso al mercado en la zona de Chayanta y en otras zonas productivas como las de Cochabamba fue debilitándose a fines del siglo XIX por las crecientes políticas de corte liberal que provocaron la llegada de productos extranjeros entrando en competencia con los ayllus.10

Según estudiosos del siglo XIX como Tristán Platt (1982), las comunidades indígenas consideraban a las prestaciones de servicios al Estado y al pago del tributo como algo “relativamente normal”, es decir, como parte de las obligaciones que les garantizaban el derecho al usufructo de las tierras de comunidad en una suerte de “pacto de reciprocidad” entre la corona y los indígenas originado en el periodo toledano. Las quejas sobre los abusos y exacciones eran realizadas cuando el Estado se extralimitaba en el requerimiento de estas prestaciones.11 Otra porción de la población indígena a principios del siglo XIX, aunque todavía minoritaria, se encontraba conformada por los colonos o yanaconas en las haciendas de propiedad privada. La hacienda era una institución de origen colonial basada en la servidumbre y el trabajo gratuito de yanaconas o colonos provenientes de entre los indios que fugaron de sus comunidades con la

finalidad de no ir a la mita. Las principales haciendas en el periodo colonial se encontraban en las zonas más productivas como ser los valles semitropicales de Yungas, los valles de Larecaja y las zonas cerealeras de Cochabamba que surtían al mercado potosino de coca y otros productos como el maíz. A pesar de ello, en el tardío siglo XVIII, la hacienda altiplánica seguía siendo una institución minoritaria.

A medida que transcurría el siglo XIX la oligarquía en ascenso se intereso más en la posesión de de tierras en el altiplano y los valles gracias a la expansión del comercio, de la minería y a que este bien les permitía tener un importante activo negociable con el que podían obtener créditos bancarios y una mayor solvencia económica para la supervivencia familiar. A fines del siglo XIX y principios del XX el titulo de hacendados o terratenientes o “señor” recubre a un conjunto heterogéneo de personas cuyas propiedades varían en tamaño y producción ya que hasta el más modesto de los mestizos de pueblo aspiraba a ser señor a través de la propiedad de tierras y de la dominación de los colonos.

Las haciendas en Yungas tenían mayor valor debido a la importancia de la coca. Esto no significó, sin embargo, que las haciendas en el altiplano y valles no fueran atractivas e importantes ya que los hacendados lograron poseer tierras en los diversos pisos ecológicos para complementar la producción de sus propiedades. Los trabajadores de las haciendas, llamados genéricamente colonos, prestaban servicios personales trabajando, por lo general, 3 a 4 días de la semana en los terrenos del patrón o hacendado sembrando, desyerbando o cosechando y vendiendo los productos de la hacienda. Además del trabajo agrícola, el colono tenia que ceder parte de su tiempo al hacendado para el apacentamiento de sus animales, para elaborar algunos University,s/f.

productos locales de granja y proporcionar transporte para los productos de la finca hasta los mercados más próximos con sus propios animales y finalmente dar servicio de pongueaje y de mitani para el patrón tanto en su propiedad como en su residencia.

Estas obligaciones variaban de una región a otra ya que no había reglas legales que fijen las normas de trabajo. Tampoco había protección contra los castigos corporales ni existían leyes que ataran a los indígenas a las tierras. Es decir, el colonato se basaba en un contrato verbal que se renovaba con cada generación o con el cambio de propietario de la finca. El patrón no tenía ninguna obligación o limitación legal con respecto a salarios mínimos, renumeración por servicios personales, horarios de trabajo, condiciones de vivienda, salud etc. Los trabajos dentro de la hacienda eran controlados por un capataz y por un jilacata salido de entre los indígenas que hacia de mediador entre ambas instancias.12 A cambio de estos servicios el patrón estaba obligado a dar tierras a su colono, proporcionarles semillas acudiendo en su ayuda si así lo necesitaban ejerciendo un rol paternal sobre ellos.

Esto se refiere a las relaciones personales de compadrazgos y lazos espirituales que entablaban los patrones con sus colonos a fin de no transgredir del todo las relaciones de reciprocidad entendidas por los indígenas como una forma más humana de relacionamiento con los señores con quienes festejaban fiestas y otras actividades. Erick Langer (1983) relata cómo en la región de Cinti los hacendados, además de la protección que éstos debían ofrecer a sus colonos, redistribuían en las fiestas algunos bienes recibidos de sus subordinados entre otras formas para mantener con ellos la relación de reciprocidad y evitar que se subleven.13. Además, 11 Tristán Platt. Estado boliviano y ayllu andino. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1982.

12 Semmin Qayum, Maria Luisa Soux, Rossana Barragán.De terratenientes a amas de casa. Mujeres de la élite

de La Paz en la primera mitad del siglo XX. La Paz, Subsecretaria de Asuntos de Género, 1997.

es interesante resaltar que eran las mujeres de la élite quienes personalmente se hacían cargo de las haciendas mientras que sus maridos se dedicaban a las profesiones liberales en los pueblos o ciudades. Las esposas de los hacendados podían pasar meses en la hacienda para encargarse de manera personal del control de las actividades como la siembra y la cosecha. Todo esto obligaba a que los miembros de la élite hablaran los idiomas nativos, cosa que fue común hasta mediados del siglo XX. La época de esplendor de la hacienda se la sitúa entre los años 1880, que es cuando se pone en práctica la Ley de Exvinculación, hasta la Reforma Agraria de 1953. 14

A principios de la República la población mestiza o chola estaba conformada por unas 100.000 personas dedicadas especialmente al comercio, a la artesanía y las labores agrícolas. Esta capa de la población habitaba en los pueblos de vecinos aunque también en las ciudades. El nacimiento de la República motivó la creación de departamentos, provincias y cantones. Si bien se organizaron en base a las antiguas delimitaciones coloniales, estos tuvieron que ceder espacios para la creación de nuevas jurisdicciones donde muchos pueblos pasaron a ser capitales de provincia o de cantones.

A pesar de los cambios provocados por el nuevo orden, la vida cotidiana de los pueblos no cambio mucho aunque la mayoría de los que fueron pujantes durante la colonia se vieron fuertemente afectados por la independencia y muchas de las familias más importantes tuvieron que migrar a las ciudades. A pesar de que algunas poblaciones entraron en crisis debido a la decadencia del circuito minero generado por Potosí en tiempos coloniales existieron otras que recobraron su importancia o la acrecentaron debido también a razones económicas. Tal es el caso de Challapata, Sorata o Coro-Coro a fines del siglo XIX.

En todo caso, hasta la revolución de 1952, el mundo rural seguía siendo relevante puesto que como se vio, la mayor parte de la población boliviana se encontraba en las comunidades de indios, en las haciendas y también en los pueblos de vecinos. Gran parte de los pueblos de vecinos tuvieron su origen en las reducciones toledanas pensadas para ser habitadas por los indígenas. Al dispersarse éstos en sus alrededores, se empezaron a generar crecientes diferenciaciones internas. La primera diferenciación fue entre los curacas o caciques que vivían en el pueblo y los indios comunes. Esto dio como resultado el nacimiento de capas indígenas más pujantes en su seno.

Es en este proceso en el que debe buscarse el núcleo mestizo de los pueblos, es decir, de los conocidos como vecinos, mistis o mozos. En los pueblos, donde originalmente no podían entrar los habitantes blancos, poco a poco se fueron estableciendo autoridades gubernamentales y virreinales, como por ejemplo el corregidor, el cura o bien comerciantes o mineros quienes también participaron del proceso de mestizaje. Estos estamentos de la sociedad irían conformando una élite provincial y pueblerina que llegaría con el tiempo a tener gran importancia dentro del poder local debido a que los pueblos fueron tomando cada vez la forma de centros de poder y de intermediación entre los habitantes de las comunidades y el Estado.

El análisis del misti, mozo o mestizo como solía llamarse al habitante de los pueblos tiene que ver con la comprensión del lugar que ocupaba en el espacio colonial. Existieron ciertas denominaciones y categorías raciales originadas en las castas coloniales como ser blanco, mestizo o cholo (indio en ascenso social) e indígena. Estas categorías seguían vigentes en el siglo XIX ya 14 Qayum, Soux et al. 1997. p. 39.

que se continuaba catalogando a los habitantes según términos raciales. La realidad, sin embargo,