tra r que es. Pasada la puerta,, y al franquearla, se prefigura el óbito al mismo tiempo que eí fin del mundo: el peregrino se in troduce en la otra parte del universo, la buena. Ha dejado detrás de él la fealdad y el sufrim iento. Menos abruptam ente, de m anera menos rud a que como lo h a n hecho ya las esculturas de la porta da, las disposiciones del espacio en el interior de la iglesia llaman a salir de si mismo, a desnudar poco a poco al hom bre viejo, a medida que se aproxima paso a paso a esta maravilla oculta, el relicario. Allí se encuentra lo qae queda sobre la tierra del santo, ese amigo del gran juez, su asesor, el eficaz abogado cuyos favo res hay que ganar. Por eso se h a venido con tanta fatiga, para hon rar al santo y perm anecer un momento con él en su casa. Conseguir pasar allí la noche. Aguardar bajo las bóvedas el re tom o de la luz, la liberación, una aurora que quizá será la del ultim o día, la de la gran m igración al son de las trom petas.
Los hombres más sabios de la Iglesia, cuando su peregrinación les llevaba a los m onasterios del sur, se sentían a veces extraña dos, a comienzos del siglo xi, p o r hallar relicarios en forma de cuerpos, de rostros, y ver a las m ultitudes fascinadas por tales simulacros. ¿No era volver a caer en la idolatría? Se tranquiliza ban. A los santos Ies gustaba ser figurados y que se adornaran sus estatuas. Lo fue la de santa Fe en Conques. Las limosnas de ricos y pobres recubrieron enteram ente su cuerpo con lo más rutilante que se pueda encontrar, con viejísimas joyas que generaciones de guerreros se habían legado sucesivamente y sobre todo con ese oro que el Occidente agresivo, conquistador, victorioso, iba aho ra a arreb atar a manos llenas, por el éxito de las annas o por el comercio de la paz, en la España todavía infiel.
He aquí lo que se construyó durante el siglo xi entre los cla ros que se abrían. D urante el siglo xi esos espacios no cesaron de ampliarse. Las extensiones de soledad forestal son recortadas, agujereadas, se reducen y poco a poco penetran los movimientos de la vida en su espesura- Los campesinos son obligados a trab a ja r con más dureza y sus señores les tom an casi todo. Sin embar go, consiguen alim entar m e jo r a sus hijos: en otro tiempo, de seis o siete que nacían vivos, m orían cuatro o cinco antes de la adolescencia; ya no m ueren más que tres y esto basta para esti m ular todos los progresos. El arte,, el gran arte de que habla, nació de la opresión señorial y de ía sumisión del pueblo ante las fuerzas oscuras que lanzan el ham bre, ía epidemia, la invasión y a las que
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iaay que conciliar dando, enriqueciendo cada vez más a los mejo res servidores del Dios bueno, a los monjes. Pero también los monjes se sienten obligados a ofrecer. ¿Qué? La obra da arte. El arte monástico es una ofrenda. Es un don de gratuidad hecho al Señor, del que se espera el contradón, la reciprocidad. El arte monástico es una llam ada a la paz lanzada desde mil abadías. Entre 980 y 1130, los cristianos de Occidente no se han levantado todavía de su prostem ación ante un Dios al que se figuran terri ble. Sin embargo, salen del selvatismo. Producen más. Sacrifican una gran parte de esas riquezas nuevas. Quieren que ésta? sean consagradas. Y así es como su sueño pudo encam arse en; obras que vemos todavía y que comprendemos mal. En este corto inter valo nació el más alto y quizá tam bién el único arte sagrado de Europa.
«Fuero de Cuenca». Edición por don Rafael de Ureña. Real Academia de la Historia, Madrid, 1935.
(Se ha modernizado la ortografía original, así como algunas* palabras, para hacer el texto asequible al lector medio.)
XI, 45. Del fierro de qué forma ha de ser. El fierro para facer justicia haya cuatro palmos en alto e esto porque aquella que lo hubiere de salvar pueda poner de yuso la mano, e haya un palmo en luengo o en ancho dos dedos; e aquella que el fierro hubiere de tomar, llévelo nueve pies e póngalo en tierra quedo, mas primeramente sea bendicho de clérigo mi- sacantano.
XI, 46. De cómo calienten el fierro. El juez e el clérigo calienten el fierro, e entretanto non se llegue ninguno al fierro porque non fagan algún maleficio; e aquella que el fierro hubiere de tomar, primeramente sea escudriñada porque non tenga algún mal fecho, e desende lávese las manos delante todos, e las manos limpias, tome el fierro, e después que el fierro hubiere llevado, cúbrale el juez las manos con cera e sobre la cera ponga estopa o lino, e desende átela bien con un paño; e esto fecho, traígala el juez a su casa e después de los tres días cátele la mano e si la mano fuere quemada, quémenla a ella sufra la pena que le fuere juzgada; e aquella sola mujer tome el fierro que fuere probada por medianera o la que con cinco omnes hubiere fornicado, e la otra que de furto o de omnecillo o de encendimiento fuere sospechada, jure o dé lidiador como es fuero.
XI, 47 y 48, Del que vendiere cristiano. Otrosí, el omne o la mujer que cristiano vendiere, quémenlo, si probado le fuere; si non, el omne. pásese a la lid e la mujer tome el fierro; e si alguno vendiere cristiano e fnyere, nunca sea recibido en concejo; otrosí, la mujer que con moro o con judío fuere tomada, quémenlos ambos.
XII, S. Del que quebrase al otro el ojo. Cualquier que a otro quebran tare el ojo, peche cien maravedíes; e si lo negare, sálvese con doce vecinos o responda a su par; e quien diente quebrantase a otro, peche veinte mara vedíes, e si lo negare, sálvese con doce vecinos o responda a su par; e quien a otro tajare- el dedo, peche veinte maravedíes, e si lo negare, sálvese con siete vecinos a responda a su par; e quien el pulgar tajare, peche cincuen ta maravedíes, -e si lo negare, sálvese con doce vecinos o responda a su F oru m C o n c h e (F u ero d e Cuenca), 1189