el encuentro, intercambio en primer lugar de miradas., pues los pasos de armas son ante todo golpe de vista, el rayo la flecha asesina penetrando para inflamar el corazón. Viene después la estimación: el hombre y la mujer uno al lado de otro, en el mis mo banco, como Cristo y la Virgen en el tímpano de las catedra les, en las escenas de la coronación. Por último el juego de las manos, las caricias, imponiendo la regla que no se fuerce a la dama y a ésta que ceda poco a poco, que tome hasta cierto punto la iniciativa. He dicho secularización del arte, invasión de los va lores profanos. Pero dentro de ios mar-oos'-q’ue ha legado el arte sacro. Las formas y los temas de la iconografía de iglesia han sido vueltos a utilizar uno tras otro y el árbol del paraíso, la falta de Adán y la tentación se convierten fácilmente en este de la fe licidad.
Ambigüedad. Por la superposición de los ritos del placer y los de la devoción, el arte nuevo no traduce otra cosa que la indiso- ciable conexión de la angustia y la fruición. El genial pintor del Campo Santo de Pisa lo ha marcado en la fisonomía de las mu chachas en el jardín del amor. Sobre tal entrelazo de la oración y el juego se construyó la existencia de todos los hombres y de todas las mujeres en la alta sociedad de la época. Prolongando las tentaciones de san Bernardo sobre la encamación, y el júbilo de Francisco de Asís ante las bellezas naturales, los más auste ros teólogos de la universidad profesan ahora que el conocimien to se desarrolla en dos direcciones, la vía mística y la vía camal, legitimando así en lo cotidiano el desdoblamiento de las actitu des. Los señores de la corte de Francia, los de Windsor, de Pra ga o de Nápoles se aturdían, pero temblando, sabiendo que el mundo que creían poseer a manos llenas se abre a la noche, al terror, a la muerte y a un incierto futuro del que ella es el um bral. Esto les incitaba a alternar el placer con las maceraciones ascéticas. Al salir de los bailes y de los torneos, las damas y los príncipes iban a lanzarse a una celda, a una capilla, a abismarse ante la imagen del Crucificado. Hasta entonces el gran arte no había mostrado más que uno de los lados de la vista, el monás tico, el clerical. Por fin refleja la totalidad de la cultura, su dua lidad.
A los mismos artistas encargados de adornar sus naves, sus ameses y el cuerpo de sus enamoradas, pidieron los mecenas imágenes capaces de hacer más ferviente su plegaria, de acer carlos a Dios, cada mío por sí mismo, de estimular este ardor devoto, «moderno»- como se decía, es decir individual. El arte
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cortesano se llenó con los accesorios de la piedad. Preciosos, aunque poco distintos de las joyas profanas. Relicarios, pues en el mundo laico se creía más que nunca en los poderosos pro tectores y salvadores de los cuerpos santos. Porque no sólo se les iba a visitar en sus criptas, sino que se quería tener fragmentos en la cámara, cerca de uno, sobre sí,, llevados como amuletos. También gustaba tener, para guardarse del mal, la imagen re dentora de Cristo en la cruz; poner cerca la efigie titular de los ángeles guardianes y, para las oraciones íntimas, en la hora de peligro, de inquietud, o sencillamente en las horas prescritas por el ritual de devoción, trípticos y dípticos, minúsculas capillas de viaje, que se abrían en las etapas como se abrían los retablos sobre los altares, para caldear el corazón ante el espectáculo con movedor de la vida de Cristo y de los santos. No se pretendía que estas imágenes llevaran a lo divino por la inteligencia, sino por la sensibilidad, que emocionaran. Unas de ternura y por eso femeninas: innumerables estatuas de santas amables y compa sivas ; la Virgen con el Niño por todas partes, engalanada, mater nal, amamantando; la leche, el seno de María, invenciones icono gráficas destinadas a remover hasta las fibras oscuras de lo inconsciente, retomo a la infancia, descubrimiento de la infan cia; la mirada se desliza hacia lo que más puede enternecer de la humanidad de Dios: el Niño Jesús. Como contrapunto, otras imágenes para arrancar lágrimas, atacan por otro aspecto. Expo nen los cuerpos martirizados, el sufrimiento del cuerpo, la muer te en el dolor que por todos lados y en su maldad distribuye un mundo ineluctablemente pecador. Coronándolo todo, la re presentación de la muerte de Dios, como negación de todos los engañosos encantos del mundo. Dentro de la catedral había co locado el siglo x i i i el rostro de un Cristo sereno, que habla de paz, de resurrección en la luz proclamando la vida. En la cartuja de Champmol, en Dijon, para su patrón el duque de Borgoña, príncipe de las flores de Lys, al final del siglo xrv alzó Claus Slu- ter la efigie de Jesús difunto, muerto en la angustia y la desespe ranza, como todos los hombres, hermanos suyos, morirán un día.
¿ Pu e d e n e l i n q u i s i d o r y e l o b i s p o e x p o n e r a a l g u i e n a i n t e r r o g a t o r i o
Y A TORMENTOS? En CASO AFIRMATIVO, ¿EN QUE CONDICIONES?
«Pueden torturar conforme a las decretales de Clemente V (concilio de Víena), a condición de decidirlo juntos.
No hay reglas precisas para determinar en qué caso se puede proceder a la tortura. A falta de jurisprudencia concreta, he aquí siete reglas seña ladas:
1. Se tortura al acusado que vacila en sus respuestas, afirmando tan pronto esto como lo contrario, negando los capítulos más importantes de la acusación. Se presume en este caso que el acusado oculta la verdad y que, hostigado por los interrogatorios, se contradice. Si negara una vez y luego confesara y se arrepintiera, no sería considerado como «vacilan te», sino como hereje penitente y sería condenado.
2. El infamado que tenga contra él aunque no sea más que un testigo será torturado. En efecto, un rumor público más un testimonio constitu yen juntos una semiprueba, lo que no asombrará a nadie sabiendo que un solo testimonio ya vale como indicio, ¿Se dirá testis unus, testis nu- llus? Esto vale para la condenación, no para la presunción. Un solo testigo de cargo basta pues. No obstante estoy de acuerdo en que el testimonio de uno solo no tendría la misma fuerza en el juicio divino.
3. El infamado contra el que se llegue a establecer uno o varios indi cios graves debe ser torturado. Infamación más indicios bastan. Para los sacerdotes, basta la infamación (aunque no se tortura más que a los sa cerdotes infames). En este caso las condiciones son bastante numerosas. 4. Será torturado aquel contra quien declare uno solo en materia de herejía y contra aquel que tenga además indicios vehementes o violentos.
5. Aquel contra quien pesen varios indicios vehementes o violentos será torturado, inclusa aunque no se disponga de ningún testigo de cargo.
6. Se torturará con mayor razón al que, lo mismo que el precedente, tenga además contra éí la deposición de un testigo.
7. Aquel contra quien haya sólo infamación o un solo testigo o un solo indicio,, no será torturado; cada una de estas condiciones, sola, no basta para justificar la tortura.»
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Te r c e r v e r e d i c t o: e l t o r m e n t o
«Se aplica el tormento al .¿feSSSSSeiatío que no pase-a declarar y al que no se lia podido convencer de herejía en el curso del proceso. Si este acu sado no confiesa nada bajo la tortura, será considerado como inocente. El acusado que denunciado no confiesa en el curso del interrogatorio, o «OflvenckiQ ni por la «evidencia de los hechos ni por los testimo nios v a l e d e r o ' S í f - sobre pesan indicios suficientemente cla ros para que se le pueda exigir ‘ una abjuración, pero que varía sus res puestas, éste debe ser torturado. Debe serlo también aquel contra el que hay indicios suficientes para exigir una abjuración. La forma del veredicto de tortura es la siguiente:
«Nosotros, inquisidor, etc., considerando el proceso que te hacemos, considerando que varías en tus respuestas y que hay contra ti indicios suficientes para someterte a la tortura; para que la verdad salga de tu propia boca y no ofenda más los oídos de tus jueces, declaramos, juzga mos y decidimos que tal día a tal hora serás sometido a la tortura.»
¿ De b e n l o s i n q u i s i d o r e s d a r c u e n t a a l o s s u p e r i o r e s de sus o r d e n e s