largueza y por sus proezas. Pero Luis IX intentó ejercer plena mente la delegación de poder que había recibido en la catedral de Reims el día de su consagración. Enseñó a sus descendientes, los reyes de Francia, a entronizarse sólo para dictar el derecho, en la cumbre de una pirámide jerárquica. En primer lugar sus hijos, debajo de éstos los dóciles príncipes de las flores de Lys; más abajo, los pares del reino, los obispos a la derecha y los feu dales tomados a la izquierda; por último, dominada por las gen tes de ley, de guerra y de finanzas, eficacísimos servidores del Estado, el pueblo común cuya garantía anterior es el soberano. Poder de uno solo en el cielo y poder de uno solo en la tierra: las estructuras de lo visible y de lo invisible no se interfieren, pues ¿no tiene el rey consagrado en este mundo el lugar exacto que ocupa en el Paraíso Cristo, fuente de toda autoridad y de toda justicia? Porque san Luis estaba persuadido de ello, a me dida que avanzaba hacia el misticismo, no se inclinó jamás ante las pretensiones de los sacerdotes y dio la cara respetuosamente, sólidamente, a ese otro monarca que se le enfrentaba, el papa.
En el siglo xm , el obispo de Roma, rodeado de sus cardena les, domina a todos los demás obispos. En 1250, a la muerte de Federico II, hizo todo lo posible para anular el imperio. El papa, sucesor de san Pedro y heredero de Constantino, pretende el po der universal; se considera juez supremo de todos los príncipes de la tierra; extiende su poder sobre ellos de todas las maneras, especialmente por los vínculos del homenaje y del feudo. Coro nado también, no con una sola corona, sino con las tres que se superponen orgullosamente sobre la tiara, es el jefe indiscutido de esta formación política en que se ha convertido la Iglesia, muy robusta, apoyada por un código, por una jerarquía de tri bunales, por agentes de mucha cultura repartidos por todas par tes, por un sistema fiscal que cada vez rinde más, por la red de parroquias que cuadriculan toda la cristiandad y proporcionan el medio de controlar a cada uno de los habitantes de esas célu las por la confesión obligatoria cada añ o; en fin, por dos milicias que descubren las desviaciones e imponen por la predicación el modelo de un comportamiento uniforme, la orden de los domi nicos y la orden de los franciscanos, obligados unos y otros a la docilidad.
Es en Asís donde se miden las ambiciones pontificias en toda su envergadura; san Francisco había muerto en un desprendi miento total. Roma intentó someter a su pr-Qy#Gde dominación temporal a aquel hombre que había tenido la fuerza y el valor de
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repetir las palabras sencillas, las palabras desnudas del Evange lio y conformar su vida plenamente a ellas. Sobre su tumba, acu muló Roma suntuosamente todos ios emblemas del poder. La basílica altanera luce como un palacio, .gótica en su estructura, a la manera de Francia. No obstante, no hay escultura ni vidrie ra. Hay muros, sobre ellos frescos y los mayores pintores del mundo, Cavallmi, Cimabue, Simone Martin!, los hermanos Loren- zetti y Giotto, trabajando reunidos para traducir en imágenes los principios de una ideología forjada por la curia romana. Una inmensa y soberbia prisión: el espíritu de pobreza se encuentra allí encarcelado en cierta manera, voluntariamente ahogado bajo un cúmulo de adornos deslumbrantes.
De todos modos, en el momento en que se terminaba de mon tar en la basílica de Asís, el gran espectáculo de la autoridad ca tólica, el papado había acabado por deslizarse de hecho bajo el protectorado del rey de Francia. Tras violentos enfrentamientos, la corte pontificia había tenido que ceder y abandonar Roma, Italia, transferir su sede no en el propio reino, sino en su fron tera, a la orilla izquierda del Ródano, en Aviñón. A uno y otro lado del gran río, en los extremos del desmesurado puente que se había conseguido lanzar entre sus orillas, se alzan dos forta lezas: la del guardián, en Villeneuve, la torre de Felipe I el Her moso, pronto gran castillo moderno, el fuerte de San Andrés vigilando. La del papa, el palacio de Aviñón, asentado en la roca, impresionante símbolo de la incrustación, de la penetración de lo espiritual en lo temporal. Esta construcción es austera, desde luego: en la parte más antigua de su interior muestra la sencillez de un claustro cisterciense. Pero exteriormente proclama por to das partes, con su erízamiento, con sus almenas, la voluntad de dominar. Cuidadosamente cerrada sobre sí misma, una guarida, una cámara fuerte donde, por estrechas fisuras, viene el oro a amontonarse, capturado por la tenaz fiscalidad sobre la que re posa el imperio de los cardenales. Una potencia de dinero, es candalosa. Todo un sector de la congregación franciscana, re calcitrante y fiel al espíritu de su fundador, deriva hacia la contestación herética- Por la «cautividad de Babilonia», por las rapacidades de la corte pontificia, se agrava el malestar que sen tía la cristiandad desde hacía algún tiempo.
Entre el momento en que fueron colocadas las vidrieras de la Saínte-Chapelie y aquel en que se pintaron los frescos de Asís,, especialmente entre los. años sesenta y setenta del siglo xiu, fue sacudida la conciencia de io s intelectuales de Europa. Recibieron