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130 EUROPA EN LA EDAD MEDLA

vadas de herederos legítimos. Cuántos valerosos señores, bellas damas y graciosos jovenzuelos tomaron la comida de la mañana con sus padres, sus camaradas y sus amigos y, al llegar la noche, se sentaron, en el otro mundo, a cenar con sus antepasados.»

Imaginemos, intentemos imaginar, trasponiendo a nuestros días lo que sería, en aglomeraciones como las de París o Londres, cuatro o cinco millones de muertos en algunos meses de verano; los supervivientes, agotados, tras semanas de espanto, repartien­ do las herencias, hallándose por consiguiente menos pobres de lo que antes eran, precipitándose a casarse y a procrear; se ob­ serva una prodigalidad de nacimientos en el año que siguió a la hecatombe. Sin embargo, no fueron colmados los vados; se había instalado la enfermedad y rebrotaba periódicamente cada diez o veinte años con igual furia. ¿Qué hacer? Había grandes médicos junto al papa de Aviñón y en París junto al rey de Francia, que se interrogaban ansiosos en vano. ¿De dónde viene el mal? ¿Del pecado? Son los judíos, que han envenenado los pozos e indiscri­ minadamente se les mata. Es la cólera de Dios: hay que flagelar­ se para apaciguarlo. Las ciudades se encogieron dentro del cintu­ rón de sus murallas, se emparedaron. Se mataba a los que que­ rían colarse por la noche o por el contrario se salvaban en bandas errantes, enloquecidas. En todo caso el espanto, el parón, la gran fractura. En los cincuenta o sesenta años que siguieron a la pandemia de 1348 y que fueron sacudidos por los rebrotes de la peste, se sitúa uno de los mayores cortes de la historia de nuestra civilización. Europa salió aliviada de la prueba. Estaba superpo­ blada. Restableció el equilibrio demográfico. El bienestar que se estableció explica que la creación artística no haya perdido su vitalidad. Pero como todas las cosas, cambió de tono.

Habían desaparecido grandes artistas como Pietro Lorenzetti. Y se puede atribuir a la mortandad la brusca esterilidad de los talleres ingleses de miniatura. Hubo que abandonar los grandes proyectos. Siena había soñada con una catedral inmensa. La obra se cerró por falta de medios, de finanzas y de obreros. La catedral de hoy ocupa sólo el crucero del plan primitivo ajustado media­ namente. Lo que debía ser una de las naves laterales^ inacabada,, se convierte en galería y el emplazamiento de la nave mayor abier­ ta, en un espacio vacío. Por todas partes se redujeron las empre­ sas de arquitectura. Sobre la obra de arte repercutió la catástro­ fe de manera más sorda pero muy profunda. El organismo social fue trastornado de arriba a abajo. En las ciudades italianas de­ saparecieron muchos de aquellos notables que las dirigíais es­

EL GIRO DEL SIGLO XIV 131

cogían a los artistas, les dictaban un programa, amigos de huma­ nistas, cuyas maneras educadas y el más notable cristianismo ha­ bían inspirado la perfecta elegancia de Simone Martin!, la mode­ ración y la gravedad de Giotto. Fueron sustituidos por recién llegados más toscos. Esto se observa en la infiltración de vulga­ ridad revelada después de 1348 en la pintura toscana; los artis­ tas quisieron agradar a hombres cuyo gusto era menos seguro y a la vez menos estrictamente gobernado por la inteligencia. Y en fin, el choque de la gran peste contribuyó a romper la unidad de alta costura. Luego ya no se dirige hacia un solo fin: avanzar tranquilamente, como el caballero de Bamberg, hacia el gozo perfecto, asumiendo plenamente la condición humana mediante una disciplina igual del cuerpo y del espíritu. He aquí la diver­ gente "dé-fO'&'ácábro y de la futilidad. El patetismo fran­ ciscano se había insinuado en el gran arte desde comienzos del siglo xrv: las crucifixiones de Asís son trágicas y suscitan la com­ pasión mostrando cuerpos atormentados. Después de la peste es­ tos cuerpos se convierten pronto en cadáveres, invitando con su putrefacción y su escarnio a aprovechar la vida lo más de prisa posible.

Quizás es en Aviñón donde se aprecia mejor el efecto de esta especie de explosión de la sensibilidad. Los papas habían comen­ zado aquí la mayor obra del siglo, reuniendo a los pintores más célebres de entonces. De los frescos con que Simone Martini de­ coró los muros de la catedral no quedan más que los estudios preparatorios hechos con rojo de Sinope, dibujados sobre el en­ lucido ; estos admirables dibujos traducen, lo mejor de la espiri­ tualidad gótica; muestran a la Virgen y a Cristo en majestad con la nobleza que se ve en las portadas de la Ile-de-France. Pasada la epidemia, otro italiano, Matt-eo Giovanetti de Viterbo, tomó la dirección del equipo decorador. Con él se terminó la síntesis en­ tre la estética parisina y la de Italia central. Pero del fondo gótico

sacó principalmente lo que podía dar alegría. Una alegría super­ ficial que despreciaba el cristianismo racional y teológico de París y el cristianismo estoico de los admiradores de Giotto. Y en la torre del guardarropa, el papa Clemente hizo disponer sobre los muros de su cámara una decoración de verdura, vergeles de pis­ cinas. La decoración de los jardines de Palermo. Intentaba dis­ frutar del mundo como había disfrutado de él Federico II. Profa­ nación.

Boccaccio ha situado los divertidos cuentos del «Decamerón» en una villa de la campiña florentina. Huyendo de la ciudad donde