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142 SÍ/ROPA EN LA EDAD MEDIA

oje o s; cómo cuidar a los perros y a las aves, tender trampas y redes. En esto pasa la nobleza lo mejor de su tiempo, aventurán­ dose en lo más espeso de la naturaleza selvática, perdiéndose. Gozo brutal del cuerpo extenuado. Peligroso, pues muchos genti­ les hombres se rompieron la cabeza o los miembros, alcanzaron la muerte sudando sangre y agua en persecuciones desenfrenadas, temerarias. En compañía de cazadores, sus camaradas, sus cóm­ plices, y de damas para limpiar las piezas cobradas.

Combatir es otra manera de jugar que no difiere sensiblemen­ te de la caza. La omnipresente guerra llegó con el siglo xrv a la atrocidad: la guerra de los Cien Años y las guerras civiles, los Armagnacs, los Borgoñones y esas grandes compañías devasta­ doras que queman y matan salvajemente. La muerte está en to­ das partes. Acechando. A los príncipes reales como a los demás ; Orleans y Borgoña asesinados, encadenándose las venganzas. La guerra ahora da miedo. Su verdadero rostro lo ha mostrado ya Jean Colombe en una de las hojas de las «Muy Ricas Horas», frente a las oraciones del vigésimo nocturno de difuntos: los combatientes que retroceden aterrados, el ejército de los espec­ tros alineados en batalla que avanza paso a paso, invencibles, conducidos por el caballo lívido. Es en la ilusión y el simulacro donde se refugia el placer y se ha disfrazado la guerra como se disfrazan las fortalezas, cubiertas de una decoración erizada de arabescos, restallantes de llamas y de banderas, de todo el fla­ mear de los penachos. El torneo es el combate transformado en fiesta, reglamentado. Otro príncipe. René de Anjou, compuso y quizás ilustró él mismo un libro de torneos. Otra ciencia. Todo gentilhombre debe ser tan experto en ello como lo es en la caza; este saber es privilegio que distingue de los demás hombres a una selección de caballeros enmascarados. El tratado se abre con un inventario de los campeones, todos nobilísimos: escudos, di­ visas, gritos de guerra constituyen el Gotha del siglo xv. Describe luego su ruidosa panoplia, que de cada justador hace un gran escarabajo pesado, crujiente, erizado de espinas. Y sin embargo, en cada una de las piezas de esta deslumbrante carrocería hay el mismo afán de elegancia y cada vez más de superfluidad. De todo ello se da muestras en las reuniones que se suceden a lo largo de la temporada deportiva. Los príncipes son los ordenadores de estas liturgias caballerescas. Ellos han fijado el día. De todas par­ tes acuden los caballeros en bandas. Su entrada en la villa engala­ nada es triunfal. Ya se expone, se exhiben. Preludio musical. Llamadas de los heraldos de armas, distribución de insignias:

LA FELICIDAD 143

comienza el juego bajo la mirada de las mujeres. Por una parte,, es todavía como en el siglo x ii un deporte de equipo. En un tu­

multo confuso se enfrentan dos o tres campos. Servidos por los pajes y los sargentos, como en la guerra, los caballeros intentan hacer prisioneros y sueñan con el rescate, con el botín» Pero lo mejor de la fiesta está en los combates singulares, las justas. Cada cual puede saborear entonces el virtuosismo de lo que Jean Froissart llama «apetises d'armes», demostraciones de destreza y de fuerza que valen a los mejores la gloria y el premio. Paradas casi nupciales, danzas amorosas de los machos ante las damas.. ¿Es, a fin de cuentas, el juego de combatir otra cosa que una de las peripecias del juego del amor? En efecto, es en el amor no­ ble, el amor cortés —es decir aquel cuyo monopolio tienen las gentes de corte— donde culmina en el siglo xiv la fiesta caballe­ resca. Por los extravíos del erotismo ante todo — el fresco del Campo Santo da fe de ello— se esfuerza la aristocracia en enga­ ñar su miedo a la muerte. También un juego, cuyas reglas fue­ ron fijadas poco a poco trescientos o doscientos años antes: ele­ gir su dama, llevar sus colores, servirla como un vasallo sirve a su señor, esperar sus dones, conquistarla. Cuando pasado el 1300 se seculariza el gran arte, describe infatigablemente los ritos del juego del amor. Este juego también se realiza al aire libre. Sin em­ bargo, no le convienen ni el campo abierto de las justas, ni las arboledas de la caza, sino el vergel, los jardines cerrados, como los de Saint-Pol, en París, en el Marais, donde el rey de Francia, abandonando el Louvre y la Cité había preferido residir, en fron­ das de fantasías y zarzales de rosas, equivalente profano de los claustros monásticos. Allí se halla la naturaleza igualmente en­ cerrada, domesticada. Las brisas, los perfumes de la hierba y de las fuentes, capturados, poseídos como se poseen las joyas, lla­ mados .como éstas a reforzar el gozo. En la emoción ante las ma­ ravillas de la creación se encuentran el espíritu de la cortesía y el espíritu del franciscanismo.

Para penetrar en las clausuras del reposo, para aproximarse a las doncellas con. sombreros de flores, el hombre cortés ha teni­

do que dejar su caballo, su armadura, su daga, vestir a otro per­ sonaje con ropas semifemenmas. Contiene la brusquedad de sus gestos. Con sus encantadores atavíos se esfuerza por tener gracia, se ensaya en otros escarceos observados, criticados, coronados, como lo son los de los campeones en los torneos. Los tallistas de marfil parisinos representaron con cuidado las fases de la. Justa amorosa en los reversos de espejos o- en ías cajas para perfumes: