La pregunta es: ¿qué está haciendo la gente? Nada de esto es secreto; está todo perfectamente claro. De hecho, hay que hacer un esfuerzo para no ver- lo y ha habido un amplio abanico de reacciones. Están aquellos que intentan con todas sus fuerzas hacer algo para contener estas amenazas y otros que actúan para que aumen- ten. Si tú, ese futuro historiador u observador extraterrestre, miraras quién hay en cada grupo, verías algo realmente extraño: aquellos que intentan mitigar o vencer las amena- zas son las sociedades menos desarrolladas, las poblaciones indígenas —o lo que queda de ellas—, sociedades tribales y pueblos originarios de Canadá; en vez de hablar de gue- rra nuclear, hablan de los desastres ambientales y de verdad intentan hacer algo al res- pecto.
De hecho, en todo el mundo —Australia, la India, Sudaméri- ca— hay batallas en marcha, en ocasiones guerras. En la India hay una gran guerra sobre la destrucción medioambiental directa, con sociedades tribales que tratan de resistir an- te operaciones de extracción de recursos extremadamente dañinas localmente y también en sus consecuencias generales. En muchos casos de sociedades en las que las poblacio- nes indígenas tienen influencia se adopta una posición fuerte. La posición más fuerte de cualquier país en relación con el calentamiento global es la de Bolivia, que cuenta con una mayoría indígena y formulaciones constitucionales que protegen los «derechos de la naturaleza». Ecuador, que también posee una gran población indígena, es, que yo sepa, el único país exportador de petróleo cuyo gobierno está buscando ayuda para mantener ese petróleo en el sustrato en lugar de producirlo y exportarlo; y el sustrato es el lugar donde debería estar.
El presidente de Venezuela Hugo Chávez fue objeto de burla, insultos y odio en el mundo occidental; asistió a una sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas hace unos años donde recabó toda clase de mofas por llamar «diablo» a George W. Bush. También pronunció un discurso bastante interesante. Venezuela es un gran productor de petróleo; el petróleo supone prácticamente la totalidad de su pro- ducto interior bruto; Chávez advirtió de los peligros del uso excesivo de combustibles fó- siles e instó a países productores y consumidores a unirse y tratar de encontrar maneras de reducir su consumo. Fue bastante asombroso viniendo de un productor de crudo. Chávez era en parte de origen indígena. A diferencia de lo que ocurrió con sus actuacio- nes graciosas, no se informó de este aspecto de sus acciones ante Naciones Unidas.1
Así pues, en un extremo hay sociedades indígenas, tribales, que tratan de detener la carrera hacia el desastre. En el otro extremo, las sociedades más ricas y poderosas de la historia del mundo, como Estados Unidos y Canadá, corren a to- da velocidad para destruir el entorno lo antes posible. A diferencia de Ecuador y las so- ciedades indígenas de todo el mundo, quieren extraer hasta la última gota de hidrocarbu- ros del subsuelo con la máxima velocidad. Los dos grandes partidos políticos, el presi- dente Obama, los medios y la prensa internacional parecen entusiasmados con lo que lla- man «un siglo de autosuficiencia energética» para Estados Unidos. «Suficiencia energé- tica» es un concepto casi sin sentido, pero dejemos eso de lado. Lo que quieren decir es que tendremos un siglo en el que maximizar el uso de combustibles fósiles y contribuir a la destrucción del mundo.
Y eso es más o menos lo que ocurre en todas partes. Cierto es que Europa está haciendo algo para desarrollar energías alternativas. Entretanto, Esta- dos Unidos, el país más rico y más poderoso en la historia del mundo, es el único entre alrededor de un centenar de países relevantes que no tiene una política nacional para restringir el uso de combustibles fósiles y que ni siquiera tiene objetivos de energías re- novables. No es porque la población no lo quiera. Los estadounidenses están muy cerca de la norma internacional en su preocupación por el calentamiento global. Son las es- tructuras institucionales las que bloquean el cambio. Los intereses económicos no lo quieren y su poder sobre el rumbo de la política es enorme, así que hay una gran brecha entre la opinión pública y la política en montones de cuestiones, incluida esta.
Así pues, eso es lo que verá nuestro historiador futuro (si es que hay alguno), que también podría leer publicaciones científicas de hoy. Cada una tie- ne una predicción más funesta que la anterior.
La otra cuestión es la guerra nuclear. Es sabido desde hace mucho tiempo que si se produjera un primer ataque de una gran potencia, incluso si nin- guna otra respondiera, probablemente destruiría la civilización por las consecuencias del invierno nuclear que provocaría. Hay información sobre este asunto en el Bulletin of the Atomic Scientists, así que es bien conocido. El peligro siempre ha sido mucho más grave de lo que pensábamos.
Hoy hace más de cincuenta años de la crisis de los misiles de Cuba. Nos fue de un pelo, y no fue la única vez. No obstante, lo peor de aquellos sucesos nefastos es que no se han aprendido las lecciones que nos dejaron. En 1973, diez años después de aquellos hechos, el secretario de Estado Henry Kissinger activó una elevada
alerta nuclear. Les había dicho a los israelíes que podían violar un alto el fuego que Esta- dos Unidos y la URSS acababan de acordar, y era su forma de advertir a los rusos que no interfirieran.2 Por fortuna, no ocurrió nada.
Diez años después de eso, Reagan llegaba a la presidencia. Po- co antes de que entrara en el Despacho Oval, él y sus consejeros hicieron que la Fuerza Aérea de Estados Unidos penetrara en el espacio aéreo soviético para tratar de obtener información sobre los sistemas de alerta soviéticos; fue la operación Arquero Capaz,3 que consistía, básicamente, en ataques falsos. Los soviéticos no supieron cómo respon- der y algunos oficiales de alto rango temieron que se tratara del primer paso hacia un ataque real. Por fortuna, no reaccionaron, aunque fue de poco. Y etcétera, etcétera.
LO QUE PODEMOS APRENDER DE LAS CRISIS NUCLEARES DE IRÁN Y