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LA CRISIS DE LOS MISILES Y MÁS ALLÁ

In document Quien Domina El Mundo Chomsky (página 173-175)

Esa conclusión se recordó repetidamente en los años que si- guieron. Cuando Nikita Jruschov tomó el control en Moscú tras la muerte de Stalin, reco- noció que la URSS no podía competir militarmente con Estados Unidos, el país más rico y más poderoso de la historia de largo. Sin tener la esperanza de escapar de su atraso económico y de los efectos devastadores de la última guerra mundial, la Unión Soviética necesitaba revertir la carrera armamentista.

Por consiguiente, Jruschov propuso bruscas reducciones recí- procas del arsenal de armas ofensivas. La nueva Administración Kennedy contempló la oferta y la rechazó, y prefirió buscar una rápida expansión militar, aunque ya llevaba mu- cha ventaja. El difunto Kenneth Waltz, respaldado por otros analistas estratégicos con estrechas conexiones con la inteligencia de Estados Unidos, escribió entonces que la Ad- ministración Kennedy «llevó a cabo la mayor escalada militar estratégica y convencional en tiempo de paz que el mundo ha visto [...] pese a que Jruschov estaba tratando de lle- var a cabo una drástica reducción en las fuerzas convencionales y seguir una estrategia de disuasión mínima, y lo hicimos aunque el equilibrio de armas estratégicas favorecía, con mucho, a Estados Unidos». Una vez más, el Gobierno optó por perjudicar la seguri-

dad nacional y aumentar el poder del Estado.

La reacción soviética a la escalada de Washington fue colocar misiles nucleares en Cuba, en octubre de 1962, para tratar de corregir el desequilibrio, al menos parcialmente. El movimiento también estuvo motivado en parte por la campaña terrorista contra la Cuba de Fidel Castro organizada por Kennedy, que tenía programada una invasión ese mismo mes, como Moscú y La Habana debían de saber. La crisis de los misiles, que siguió a aquello, fue «el momento más peligroso de la historia», en palabras del historiador Arthur M. Schlesinger Jr., consejero y confidente de Kennedy. De no me- nor significado es el hecho de que Kennedy sea alabado por su valor y su habilidad políti- ca de tomar decisiones frías en el momento culminante de la crisis, aunque por razones de Estado y de imagen personal hizo que la población corriera un riesgo enorme innece- sariamente.

Diez años después, en los últimos días de la guerra árabeisrae- lí de 1973, Henry Kissinger, entonces consejero de Seguridad Nacional del presidente Ni- xon, decretó una alerta nuclear. El propósito era advertir a los rusos de que no interfirie- ran con sus delicadas maniobras diplomáticas diseñadas para garantizar una victoria is- raelí (una victoria limitada, de manera que Estados Unidos mantendría unilateralmente el control de la región). Y las maniobras eran de hecho delicadas: Estados Unidos y la URSS habían impuesto conjuntamente un alto el fuego, pero Kissinger informó en secre- to a los israelíes de que podían no acatarlo. De ahí la necesidad de una alerta nuclear pa- ra aterrorizar a los rusos. La seguridad de los estadounidenses mantuvo su estatus habi- tual.9

Diez años después de eso, la Administración Reagan lanzó al- gunas operaciones para sondear las defensas aéreas rusas, simulando ataques aéreos y navales y una alerta nuclear de alto nivel que los rusos debían detectar. Esas acciones se llevaron a cabo en un momento muy tenso: Washington estaba desplegando misiles es- tratégicos Pershing II en Europa, con un tiempo de vuelo a Moscú de diez minutos. El presidente Reagan también había anunciado el programa Iniciativa de Defensa Estraté- gica (popularmente conocido como «Guerra de las Galaxias»), que los soviéticos com- prendían que era un arma de primer golpe, una interpretación estándar de la defensa con misiles en todos los bandos. Y había otras tensiones que iban en aumento.

Como es natural, esas acciones causaron gran alarma en la Unión Soviética, que a diferencia de Estados Unidos era muy vulnerable y había sido re- petidamente invadida y prácticamente destruida. La situación condujo a una gran ame- naza de guerra en 1983. Hay archivos desclasificados hace poco que revelan que el peli- gro fue mayor incluso de lo que los historiadores habían supuesto. Un estudio de inteli- gencia de alto nivel de Estados Unidos titulado La amenaza de guerra era real concluyó que la inteligencia de ese país podría haber subestimado las preocupaciones rusas y la amenaza de un ataque nuclear preventivo de Moscú. Los ejercicios «casi se convirtieron en el preludio de un ataque nuclear preventivo», según un artículo del Journal of Strate- gic Studies.10

El peligro fue todavía mayor, como descubrimos en otoño de 2013, cuando la BBC informó de que, justo en medio de estos acontecimientos de amena- za mundial, los sistemas de alerta de la Unión Soviética detectaron la llegada de un ata-

que de misiles de Estados Unidos, lo cual puso su sistema nuclear en la alerta máxima. El protocolo de los militares soviéticos consistía en vengarse con un ataque nuclear pro- pio. Por fortuna, el oficial al mando, Stanislav Petrov, decidió desobedecer órdenes y no informar de la advertencia a sus superiores. Recibió una reprimenda oficial; y gracias a su negligencia en el deber, seguimos vivos para hablar de ello.11

Para los estrategas de la Administración Reagan, la seguridad de la población no fue una prioridad mayor que para sus predecesores. Y así siguen las cosas hasta el presente, incluso dejando de lado los numerosos accidentes nucleares al borde de la catástrofe que se han producido a lo largo de los años, muchos de ellos exa- minados en el pavoroso estudio de Eric Schlosser Command and Control.12 En otras pa- labras, es difícil contestar a las conclusiones del general Butler.

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