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TRES QUINTAS PARTES DE PERSONA

In document Quien Domina El Mundo Chomsky (página 85-87)

Continuando con estas cuestiones fundamentales, vemos que la destrucción de la Carta de Foresta y su eliminación de la memoria están muy estrecha- mente relacionadas con los esfuerzos continuados de limitar la promesa de la Carta de las Libertades. El Nuevo Espíritu de la Época no puede tolerar la concepción precapita- lista del bosque como legado compartido por la comunidad, cuidado de forma conjunta para uso propio y el de generaciones futuras, y protegido de la privatización y de la trans- ferencia a manos de poderes privados a fin de que genere riqueza y no sirva a las necesi- dades. Inculcar el nuevo espíritu es un requisito esencial para lograr este objetivo e impe- dir que se abuse de la Carta de las Libertades con el objetivo último de permitir que los ciudadanos sean libres y determinen su propio destino.

Las luchas populares para conseguir una sociedad más libre y más justa se han encontrado con una resistencia violenta, con represión y con inmensos esfuerzos para controlar la opinión y las acciones. Con el tiempo, no obstante, han obte- nido un éxito considerable, aunque queda un largo camino por recorrer y a menudo se produce un retroceso.

La parte más famosa de la Carta de las Libertades es el ar- tículo 39, que declara que «ningún hombre libre» debe ser castigado en modo alguno «ni

procederemos contra él ni lo acusaremos, salvo mediante el juicio lícito de sus iguales y según la ley del país».

A lo largo de muchos años de lucha, el principio se ha impues- to de un modo más amplio. La Constitución de Estados Unidos garantiza que ninguna «persona [será] privada de su vida, libertad o propiedad sin el debido proceso legal [y] un juicio rápido y público» por sus iguales. El principio básico es la «presunción de ino- cencia» —lo que los historiadores del derecho describen como «la semilla de la libertad angloamericana contemporánea», refiriéndose al artículo 39 de la Carta de las Liberta- des y, con el tribunal de Núremberg en mente, una «marca particularmente estadouni- dense de legalismo: castigar solo a aquellos cuya culpabilidad se ha demostrado en un juicio justo con una amplia variedad de garantías procesales»—, incluso si no hay duda de que se está juzgando al culpable de uno de los peores crímenes de la historia.21

Los fundadores, por supuesto, no pretendían que el término «persona» se aplicara a todas las personas: los nativos americanos no eran personas. Sus derechos eran prácticamente nulos. Las mujeres apenas eran personas; se entendía que las esposas estaban «cubiertas» bajo la identidad civil de sus maridos, del mismo modo que los niños estaban sujetos a sus padres. Los principios de Blackstone sostenían que «la propia identidad de la mujer o su existencia legal queda suspendida durante el matri- monio o, al menos, queda incorporada y consolidada con la del marido: bajo cuya ala, protección y cobijo, ella actúa».22 La mujer es, por tanto, propiedad de su padre o de su marido. Este principio estuvo en vigor hasta fechas muy recientes; hasta una decisión del Tribunal Supremo de 1975, las mujeres ni siquiera tenían el derecho legal de actuar co- mo miembros de un jurado. No eran iguales.

Los esclavos, por supuesto, no eran personas. Eran tres quin- tas partes de persona según la Constitución, para garantizar a sus propietarios mayor po- der de voto. La protección de la esclavitud carecía de interés para los fundadores: fue un factor que condujo a la revolución americana. En el caso Somerset de 1772, lord Mans- field determinó que la esclavitud es tan «odiosa» que no podía tolerarse en Inglaterra, aunque continuó existiendo en las posesiones británicas durante muchos años.23 Los norteamericanos propietarios de esclavos vieron el desastre inminente si las colonias permanecían bajo el Gobierno británico. Y hay que recordar que los estados esclavistas, entre ellos, Virginia, tenían el máximo poder y la mayor influencia en las colonias. Es fá- cil apreciar la famosa ocurrencia de Samuel Johnson: «Los gritos más altos que claman por la libertad se oyen entre los traficantes de esclavos negros.»24

Las enmiendas de la Constitución que siguieron a la guerra de Secesión extendieron el concepto de persona a los afroamericanos y acabaron con la es- clavitud; al menos en teoría. Después de alrededor de un decenio de relativa libertad, se reintrodujo una condición semejante a la esclavitud mediante un acuerdo norte-sur que permitió la efectiva criminalización de la vida de los negros. Un varón negro que estuvie- ra en una esquina podía ser detenido por vagabundeo o por intento de violación si lo acu- saban de mirar mal a una mujer blanca; y una vez encarcelado, tenía pocas oportunida- des de escapar del sistema de «esclavitud con otro nombre», el término usado por Doug- las Blackmon, a la sazón redactor jefe de The Wall Street Journal, en un impresionante estudio.25

Esta nueva versión de la «peculiar institución» proporcionó gran parte de la base para la revolución industrial de Estados Unidos, ya que dio lugar a una mano de obra perfecta para la industria del acero y la minería, junto con la produc- ción agraria de las famosas cadenas de presidiarios: dóciles, obedientes, poco proclives a hacer huelga y sin ninguna demanda para que los patrones pagaran siquiera el sustento de los trabajadores, una mejora sobre el sistema de esclavitud. El nuevo sistema duró en gran medida hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando se necesitó mano de obra libre para la producción de guerra.

La explosión de la posguerra produjo una gran oferta de tra- bajo; un hombre negro podía conseguir un empleo en una planta de automóviles sindica- lizada, ganar un salario digno, comprarse una casa y, quizás, enviar a sus hijos a la uni- versidad. Eso duró unos veinte años, hasta la década de 1970, cuando la economía fue ra- dicalmente rediseñada según los nuevos principios neoliberales imperantes, con un rápi- do crecimiento de la financiarización y la deslocalización de la producción. La población negra, de repente superflua en gran medida, ha sido recriminalizada.

Hasta la presidencia de Ronald Reagan, la población carcela- ria de Estados Unidos estaba dentro del rango de otras sociedades industrializadas. Aho- ra es muy superior. La mayor parte son varones negros, pero cada vez abundan más las mujeres negras y los latinos, sobre todo por delitos sin víctimas en las fraudulentas «gue- rras de drogas». Al mismo tiempo, las últimas crisis prácticamente han destruido la ri- queza de las familias afroamericanas, en buena parte por la conducta criminal de las ins- tituciones financieras, perpetrada con impunidad por los culpables, ahora más ricos que nunca.

Examinando la historia de los afroamericanos desde la prime- ra llegada de esclavos, hace cuatrocientos años, hasta el presente, se ve que solo han dis- frutado del estatus de personas auténticas durante unos pocos decenios. Queda un largo camino por recorrer para cumplir con la promesa de la Carta Magna.

In document Quien Domina El Mundo Chomsky (página 85-87)