Una mirada atenta a lo ocurrido añade tonos grises a estos jui- cios, con reverberaciones que alcanzan el momento presente.
Hay varios candidatos más al título de «momento más peli- groso». Uno es el 27 de octubre de 1962, cuando los destructores de Estados Unidos que imponían el bloqueo de Cuba soltaron cargas de profundidad contra submarinos soviéti- cos. Según los relatos soviéticos, de los que informa el Archivo de Seguridad Nacional, los comandantes de los submarinos estaban «tan agitados como para hablar de disparar torpedos nucleares, cuyas cargas explosivas de quince kilotones equivalen aproximada- mente a la bomba que arrasó Hiroshima en agosto de 1945».8
En un caso, la decisión de preparar un torpedo nuclear listo para la acción fue cancelada en el último momento por el comandante adjunto Vasili Ar- jípov, que podría haber salvado al mundo del desastre nuclear.9 Hay pocas dudas de cuál habría sido la reacción de Estados Unidos si se hubiera disparado el torpedo y de cómo habrían respondido los rusos mientras su país se convertía en humo.
Kennedy ya había declarado la alerta nuclear más alta antes del lanzamiento, DEFCON 2, que autorizaba a «aviones de la OTAN con pilotos turcos [...], [u otros] [...], a despegar, volar a Moscú y arrojar una bomba», según escribió el bien informado analista estratégico de la Universidad de Harvard Graham Allison, en Fo- reign Affairs.10
Otro candidato es el 26 de octubre. Ese día fue seleccionado como «el momento más peligroso» por el comandante Don Clawson, que pilotó un B-52 de la OTAN e hizo un relato de los detalles de las misiones Chrome Dome (CD) durante la crisis que pone los pelos de punta: «B-52 en alerta en el aire» con armas nucleares «a bordo y listas para usar».
El 26 de octubre fue el día en que «la nación estuvo más cerca de una guerra nuclear», escribe en sus «anécdotas irreverentes de un piloto de la fuerza aérea». Ese día, el propio Clawson se hallaba en buena posición para desencadenar un cataclismo probablemente definitivo. Concluye: «Fuimos muy afortunados de no hacer estallar el mundo; y no fue gracias a los dirigentes políticos o militares de este país.»
Los errores, las confusiones, casi accidentales, y la mala com- prensión del liderazgo de los que informa Clawson resultan bastante desconcertantes, pero no son nada en comparación con las normas (o la falta de normas) del operativo de mando y control. Según relata Clawson sus experiencias durante las quince misiones CD de veinticuatro horas, el máximo posible, los oficiales al mando «no poseían la capacidad de impedir que una tripulación o un miembro actuara por libre y cargara y disparara sus armas termonucleares», ni siquiera de informar que estaba en marcha una misión que podía mandar «toda la fuerza en alerta aérea sin posible vuelta atrás». Una vez que la tri- pulación estaba en el aire con sus armas termonucleares, escribe, «habría sido posible cargar y dispararlas todas sin ninguna orden posterior de tierra. No había nada que pu- diera bloquear ninguno de los sistemas».11
Alrededor de un tercio de la fuerza total estaba en el aire, se- gún el general David Burchinal, director de planificación en los cuarteles generales de la fuerza aérea. Al parecer, el Mando Aéreo Estratégico (SAC, por sus siglas en inglés), que técnicamente dirigía la operación, tenía muy poco control y, según el relato de Clawson, el SAC mantenía desinformada a la Autoridad de Mando Nacional civil, lo cual significa
que los que tomaban decisiones en el ExComm y decidían el destino del mundo sabían menos todavía. El relato oral del general Burchinal no es menos inquietante y revela más todavía el desprecio por el mando civil. Según él, la capitulación soviética nunca estuvo en duda. Las operaciones CD estaban concebidas para dejar muy claro a los soviéticos que apenas eran rivales en la confrontación militar y que podrían ser destruidos con faci- lidad.12
De los registros del ExComm, Sheldon Stern concluye que, el 26 de octubre, el presidente Kennedy se «inclinaba hacia la acción militar para eliminar los misiles» en Cuba, y seguiría con una invasión, según los planes del Pentágono.13 Era evidente que el hecho podría haber conducido a una guerra definitiva, una conclusión re- forzada cuando, mucho después, se reveló que se habían desplegado armas nucleares tácticas y que las fuerzas soviéticas eran muy superiores a lo que la inteligencia de Esta- dos Unidos había informado.
Cuando las reuniones del ExComm estaban llegando a su fin a las seis horas del día 26, llegó una carta del primer ministro soviético Nikita Jruschov, dirigida directamente al presidente Kennedy. «Su mensaje parecía claro —escribe Stern—. Los misiles serían retirados si Estados Unidos prometía no invadir Cuba.»14
Al día siguiente, a las diez horas, el presidente encendió de nuevo la grabadora secreta. Leyó en voz alta un cable que acababan de pasarle: «El pri- mer secretario Jruschov le ha dicho hoy al presidente Kennedy en un mensaje que retira- ría las armas ofensivas de Cuba si Estados Unidos retiraba sus cohetes de Turquía», mi- siles Júpiter con cabezas nucleares.15 El informe enseguida se autentificó.
Aunque el comité lo recibió como algo inesperado, en realidad se había previsto: «Sabíamos que esto podría ocurrir desde hace una semana», les infor- mó Kennedy. El presidente se dio cuenta de que sería difícil rechazar el consentimiento público: eran misiles obsoletos, ya programados para su retirada, que pronto serían sus- tituidos por otros mucho más letales y, efectivamente, invulnerables con base en subma- rinos Polaris. Kennedy reconoció que estaría en una «posición insoportable si esto se convierte en una propuesta [de Jruschov]», tanto porque los misiles turcos eran inútiles e iban a retirarse de todos modos como porque cualquier hombre en las Naciones Uni- das, o cualquier otro hombre racional, lo vería como «un trato muy justo».16