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ISRAEL Y EL PARTIDO REPUBLICANO

In document Quien Domina El Mundo Chomsky (página 72-75)

Similares consideraciones son válidas para la segunda preocu- pación fundamental abordada en el número de noviembre-diciembre de 2011 de Foreign Affairs, citado con anterioridad: el conflicto Israel-Palestina, en el que el temor de Esta- dos Unidos a la democracia difícilmente puede aparecer con más claridad. En enero de 2006, se celebraron elecciones en Palestina y los observadores internacionales dijeron que habían sido libres y justas. La reacción instantánea de Estados Unidos fue imponer duras sanciones a los palestinos por equivocarse con su voto; por supuesto, fue también la postura de Israel y Europa siguió los mismos pasos.

No es una novedad. Es coherente con el principio general re- conocido por los académicos de la corriente principal: Washington apoya la democracia si, y solo si, los resultados concuerdan con sus objetivos estratégicos y económicos; esa fue la triste conclusión del neoreaganita Thomas Carothers, el más prudente y académi- camente respetado analista de iniciativas de «fomento de la democracia».

Contemplando el asunto con más perspectiva, durante cua- renta años Estados Unidos ha encabezado el bando negacionista respecto al asunto Is- rael-Palestina y ha bloqueado el consenso internacional que exigía un acuerdo político con condiciones tan bien conocidas que no hace falta reproducirlas. El mantra occidental es que Israel busca negociaciones sin poner requisitos, mientras que los palestinos recha- zan negociar así. Lo contrario es más preciso: Estados Unidos e Israel exigen condiciones estrictas, que, además, están pensadas para garantizar que las negociaciones conducirán o bien a la capitulación de Palestina en cuestiones clave o a ninguna parte.

El primer requisito es que las negociaciones deben ser super- visadas por Washington, lo cual tiene tanto sentido como exigir que Irán supervise la ne- gociación de los conflictos entre suníes y chiíes en Irak. La negociación debería celebrar- se bajo los auspicios de una parte neutral, preferiblemente alguien que tenga el respeto internacional, tal vez Brasil. Esas negociaciones buscarían resolver los conflictos entre los dos antagonistas: Estados Unidos e Israel por un lado, la mayor parte del mundo, por otro.

El segundo requisito es que Israel debe tener libertad para ex- pandir sus asentamientos ilegales en Cisjordania. En teoría, Estados Unidos se opone a esas acciones, pero lo hace sin firmeza alguna, mientras continúa proporcionando apoyo económico, diplomático y militar a Israel. Cuando Estados Unidos tiene alguna objeción, bloquea con suma facilidad las acciones de Israel, como en el caso del proyecto E1 de vin- cular el Gran Jerusalén con la ciudad de Maale Adumim, que, en la práctica partiría en dos Cisjordania, lo que representa una prioridad para los planificadores de Israel, de to- do el espectro político; sin embargo, Washington planteó algunas objeciones, de manera que Israel ha tenido que recurrir a medidas taimadas para seguir con el proyecto.22

El simulacro de oposición alcanzó el nivel de farsa en febrero de 2011, cuando Obama vetó una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Uni- das que pedía poner en marcha la política oficial de Estados Unidos; y añadió también la observación que nadie discute de que no solo la expansión es ilegal, sino que lo son los asentamientos en sí. Desde ese momento se ha hablado muy poco de terminar con la ex- pansión de las colonias, que continúa con estudiada provocación.

Por lo tanto, cuando los representantes de Israel y Palestina se prepararon para reunirse en Jordania en enero de 2011, Israel anunció nuevas cons- trucciones en Pisgat Zeev y Har Homa, zonas de Cisjordania que ha declarado pertene- cientes a la muy ampliada zona de Jerusalén, ya anexionado, colonizado y urbanizado co- mo capital de Israel, todo lo cual viola las órdenes directas del Consejo de Seguridad.23 Además, se han producido otros movimientos que conducen hacia el gran proyecto de se- parar los enclaves de Cisjordania que sigan en manos de la Administración palestina del centro cultural, comercial y político de la vida palestina en el antiguo Jerusalén.

Es comprensible que los derechos de los palestinos se margi- nen en la política y el discurso de Estados Unidos. Los palestinos no tienen riqueza ni po- der. No ofrecen casi nada que favorezca los intereses políticos de Estados Unidos; de he- cho, tienen valor negativo, como una molestia que agita las «calles árabes».

Israel, por el contrario, es una sociedad rica con una industria sofisticada y de alta tecnología, militarizada en gran medida. Durante décadas, ha sido un aliado militar y estratégico altamente valorado, sobre todo desde 1967, cuando llevó a cabo un gran servicio a Estados Unidos y a su aliado Arabia Saudí al destruir el «virus» nasserita y estableció su «relación especial» con Washington en la forma que ha tenido desde entonces.24 Es también cada vez más un centro para la inversión de alta tecnolo- gía de Estados Unidos. De hecho, las industrias de alta tecnología, en particular las mili- tares, de los dos países están estrechamente relacionadas.25

Aparte de estas consideraciones elementales de política de gran potencia, hay factores culturales que no deberían pasarse por alto. El sionismo cris- tiano en el Reino Unido y Estados Unidos precedieron, en mucho, al sionismo judío, y ha sido un fenómeno significativo entre las elites y con claras implicaciones políticas (entre otras, la Declaración Balfour, que surgió de él). Cuando el general Edmund Allenby con- quistó Jerusalén durante la Primera Guerra Mundial, fue alabado en la prensa estadou- nidense como un Ricardo Corazón de León que había ganado la cruzada y había expulsa- do a los paganos de Tierra Santa.

El siguiente paso fue que el Pueblo Elegido regresara a la tie- rra que Dios le prometió. Reflejando un punto de vista común entre la elite, Harold Ickes, secretario de Interior del presidente Franklin Roosevelt, describió la colonización judía de Palestina como un éxito «sin parangón en la historia de la raza humana».26 Ta- les actitudes encuentran fácilmente su lugar dentro de las doctrinas providencialistas, que han sido un elemento clave en la cultura tanto popular como de la elite desde los orí- genes del país, la creencia de que Dios tiene un plan para el mundo y Estados Unidos es- tá llevándolo a cabo con la orientación divina, como ha señalado una larga lista de figu- ras destacadas.

Por otra parte, el cristianismo evangélico es una de las mayo- res fuerzas en Estados Unidos. Dentro de él, la Iglesia del Final de los Tiempos tiene un enorme alcance popular, estimulado por la creación de Israel en 1948 y revitalizado toda- vía más por la conquista del resto de Palestina en 1967; todos signos, en esta visión, de que el Final de los Tiempos y la Segunda Venida se acercan. Estas fuerzas han cobrado vitalidad desde los años de Reagan, a medida que los republicanos han dejado de hacer como que son un partido político en el sentido tradicional para consagrarse a servir, casi al pie de la letra, al minúsculo porcentaje de los superricos y a las empresas privadas; pe- ro como esos dos sectores constituyen una porción muy pequeña del electorado y no pue- de proporcionar votos, el partido reconstruido se ha dirigido hacia otros lugares. La úni- ca opción consiste en movilizar tendencias sociales que siempre han existido, aunque ra- ra vez como una fuerza política organizada: en primer lugar los nativistas, que tiemblan de miedo y odio, así como elementos religiosos que se consideran extremistas en todo el mundo, pero no en Estados Unidos; como resultado, se reverencian las profecías bíbli- cas. Por lo tanto, no solo se apoya a Israel y sus conquistas y su expansión, sino que se le

profesa un amor apasionado; es otra parte central del catecismo que deben recitar los candidatos republicanos (con los demócratas a poca distancia, de nuevo).

Dejando de lado esos factores, no hay que olvidar que la «an- glosfera» —el Reino Unido y sus descendientes— está formada por sociedades de colo- nos que se alzan sobre las cenizas de poblaciones indígenas eliminadas o, en realidad, ex- terminadas. Las prácticas pasadas tienen que haber sido básicamente correctas, en el ca- so de Estados Unidos incluso ordenadas por la Divina Providencia. Por lo tanto, suele ha- ber una simpatía visceral por los hijos de Israel cuando siguen un camino semejante. Pe- ro lo que pasa por delante de todo son los intereses geoestratégicos y económicos, y la política no está grabada en piedra.

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