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VENID Y AYUDANOS

In document Quien Domina El Mundo Chomsky (página 32-34)

La inspiradora expresión «ciudad en un monte», tomada de los Evangelios, fue acuñada por John Winthrop en 1630, cuando subrayó el glorioso fu- turo de una nueva nación «decretada por Dios». Un año antes, su colonia de la bahía de Massachusetts había creado su Gran Sello, en el que se veía un indio con un pergamino saliéndole de la boca. En el pergamino se leía: «Venid y ayudadnos.» Los colonos británi- cos eran, pues, humanistas caritativos, que respondían a las plegarias de los desdichados nativos y acudían a rescatarlos de su destino pagano.

El Gran Sello es, de hecho, una representación gráfica de «la idea de Estados Unidos» desde su nacimiento. Debería desenterrarse de las profundida- des de la psique estadounidense y tenerlo visible en las paredes de todas las aulas. Debe- ría aparecer, desde luego, en el fondo de toda la adoración al estilo Kim Il Sung de ese

salvaje asesino y torturador que fue Ronald Reagan, quien se describió a sí mismo, tan campante, como líder de «una ciudad resplandeciente en un monte», mientras orquesta- ba algunos de los crímenes más siniestros de sus años en el poder, sobre todo en Cen- troamérica, pero no solo allí.

El Gran Sello fue una prematura proclamación de la «inter- vención humanitaria», por usar la expresión actualmente en boga. Como ha sido fre- cuente desde entonces, la «intervención humanitaria» fue una catástrofe para los supu- estos auxiliados. El primer secretario de Guerra de Estados Unidos, el general Henry Knox, describió la «absoluta eliminación de todos los indios en las partes más pobladas de la Unión» por medios «más destructivos para los indios nativos que la conducta de los conquistadores en México y Perú».6

Mucho después de que su notable contribución al proceso fue- ra pasado, John Quincy Adams lamentó el destino de «esa raza desventurada de nativos americanos, que estamos exterminando con una crueldad tan pérfida y despiadada que está entre los pecados más abyectos de esta nación, por lo cual creo que un día Dios la castigará».7 La «crueldad pérfida y despiadada» continuó hasta que «se conquistó el Oeste». En vez del castigo de Dios, esos pecados abyectos hoy solo reciben loas por el cumplimiento de la «idea estadounidense».8

Hubo, claro está, una versión más conveniente y convencional del relato, expresada, por ejemplo, por Joseph Story, jurista del Tribunal Supremo. Story dijo que «la sabiduría de la Providencia» causó que los nativos desaparecieran como «las hojas marchitas del otoño», aunque los colonos «siempre los respetaron».9

La conquista y la colonización del Oeste reflejaron «individua- lismo e iniciativa»; los proyectos de los colonos, la forma más común de imperialismo, suelen reflejarlos. El respetado e influyente senador Henry Cabot Lodge alabó los resul- tados en 1898. Para llamar a una intervención en Cuba, Lodge ensalzó nuestra historia «de conquista, colonización y expansión territorial sin parangón en ningún otro pueblo del siglo XIX» e instó a que «no se frene ahora», porque los cubanos también estaban ro- gándonos, en palabras del Gran Sello, que fuéramos y los ayudáramos.10 Su petición tu- vo respuesta. Estados Unidos envió tropas, lo que impidió que Cuba se liberara de Espa- ña y convirtió, en la práctica, la isla en una colonia estadounidense, y así continuó hasta 1959.

Todavía quedó más patente la «idea estadounidense» en la destacable campaña, iniciada por el Gobierno de Eisenhower casi de inmediato, para de- volver Cuba al lugar que le correspondía: guerra económica (con el objetivo claramente articulado de castigar a la población cubana para que derrocara al desobediente Gobier- no de Castro), invasión, la dedicación de los hermanos Kennedy a llevar «el terror de la Tierra» a Cuba (frase del historiador Arthur M. Schlesinger Jr. en su biografía de Robert Kennedy, quien consideró esa labor una de sus principales prioridades) y otros crímenes que desafiaban la opinión casi unánime del mundo.11

Se suele ubicar el principio del imperialismo estadounidense en la toma de Cuba, Puerto Rico y Hawái en 1898, pero eso es sucumbir a lo que el histo-

riador del imperialismo Bernard Porter llama «la falacia del agua salada», la idea de que la conquista solo se convierte en imperialismo cuando cruza agua salada. Por lo tanto, si el río Misisipí se hubiera parecido al mar de Irlanda, la expansión hacia el oeste habría sido imperialismo. De George Washington a Henry Cabot Lodge, los que participaron en la empresa comprendían mejor la verdad.

Después del éxito de la intervención humanitaria en Cuba en 1898, el siguiente paso en la misión asignada por la Providencia consistía en conceder «las bendiciones de la libertad y la civilización a todos los pueblos rescatados» de las Fili- pinas (en palabras de la plataforma del Partido Republicano de Lodge), al menos a aque- llos que sobrevivieron a la carnicería asesina y el extendido uso de la tortura y otras atro- cidades que la acompañaron.12 Aquellas almas afortunadas quedaron a merced de la po- licía filipina, establecida por Estados Unidos en el marco de un recientemente concebido modelo de dominio colonial, que dependía de fuerzas de seguridad preparadas y equipa- das para sofisticados modos de vigilancia, intimidación y violencia.13 En muchas otras zonas donde Estados Unidos impuso guardias nacionales brutales y otras fuerzas cliente- lares se adoptarían modelos similares, con consecuencias que deberían ser bien conoci- das.

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