No hay duda de que ponerte a practicar mindfulness cuando te sientes razonablemente en calma está muy bien. Pero ¿cómo meditas cuando tus pensamientos están embargados de emociones, cuando, por ejemplo, te encuentras en un estado de máxima angustia, de celos, preocupación, rabia o deseo? ¿Cómo es posible sentarte y quedarte quieta, por no hablar ya de meditar, en esos estados?
En realidad, la meditación no siempre es aconsejable en estas ocasiones. Si estás muy inquieta, a veces es mejor descargar toda la energía desatada de una manera gradual, yendo a pasear o a correr, o incluso limpiando la casa, siempre y cuando no lo hagas como una posesa. Cuando hayas expulsado parte del exceso de energía, puedes dejar que tu cuerpo se calme con un calentamiento o haciendo una actividad que te relaje, como el yoga o el taichí. Asimismo, puedes intentar practicar los movimientos del mind-fulness (véase «Recursos»), que son movimientos suaves y
secuenciales de veinte minutos, muy eficaces para pasar del estrés o la intranquilidad a la meditación.
Cuando empieces a meditar, quizá te verás asaltada por los pensamientos y las emociones que antes te ponían histérica, por no mencionar que puedas sentir tensión física, náuseas o dolor de cabeza. Es algo tan común que… ¡bienvenida seas a la raza humana!
Empieza con los métodos que aprendiste en el capítulo anterior, para asentar la mente en el cuerpo y la respiración, y ve practicando. Quizá empieces a sentirte más anclada y tranquila, en cuyo caso lo habrás hecho bien. Lo más probable, sin embargo, es que si te sientes desbordada emocional o mentalmente sigas volviendo a tu estado de inquietud. Si tienes una sensación de fracaso, sientes tensión y rabia por el hecho de meditar, detente. No tienes que odiar la meditación, y la meditación tampoco te tiene que odiar a ti. Lo que necesitas es probar otro método; un método que consista en trabajar con la mente, en lugar de resistirte a ella y tratar de combatirla. Te volverás una experta reconociendo y aceptando las emociones fuertes si respiras con ellas y guías tu conciencia de manera progresiva, para que descanse en la parte baja de tu cuerpo y contribuya a darte una sensación de estabilidad y enraizamiento.
En las páginas siguientes te ofrecemos tres métodos para que compruebes si cuando meditas te ves asaltada por emociones fuertes y por la inquietud.
1. Deja que tu mente divague libremente: conviértete en una mujer que susurra a la mente
Imagina que tu mente (tus pensamientos y emociones) son como un toro salvaje y fuerte que lleva una cuerda atada floja en el cuello. Cerca hay una estaca clavada en el suelo que representa la respiración de tu cuerpo.
Cuando cambias la conciencia y pasas de los pensamientos (el toro) a la respiración (la estaca), es como si ataras la cuerda a la estaca y el toro quedara junto a ella o unido a ella. Cuando tu mente está tranquila, el toro (tus pensamientos) se tranquilizará de manera natural y se quedará junto a la estaca. Se echará, descansará y estará tranquilo. Sin embargo, cuando tu estado emocional está cargado, el toro (los pensamientos) está embravecido, inquieto, es fuerte y poderoso, y va tirando de la estaca sin parar para tratar de arrancarla. Cada vez que atas la cuerda, el toro sacude la testuz, arranca la estaca y echa a correr.
Ergo, no funciona.
Imagínate ahora que el toro está en un campo muy grande. En este espacio abierto puede campar a sus anchas. Todavía tiene la cuerda en torno al cuello, pero en lugar de intentar atarla a la estaca que está clavada en el suelo, tú tienes la estaca en la mano y vas largando rienda al toro (tus pensamientos). Allí donde el toro va, tú le sigues. Si corre, te pones a correr junto a él; si camina despacio, caminas despacio a su lado.
Cuando a una criatura salvaje nadie se le opone ni intenta domesticarla, poco a poco se tranquiliza. Tu mente también. Si no te opones a ella cuando se comporta como un toro salvaje, se irá tranquilizando bajo la influencia de la conciencia y la respiración.
El toro salvaje, por supuesto, no está solo. Lleva la cuerda y la estaca, por eso cuando se queda en silencio por voluntad propia, el toro (tus pensamientos), la cuerda y la estaca (tu respiración) terminan siendo lo mismo.
En otras palabras, respira con esos pensamientos cargados emocionalmente y con esas emociones en la sesión de meditación y no te opongas a ellos o intentes calmarlos a fuerza de voluntad.
Reproduzcamos las palabras de Annie: «Una vez, en una sesión de meditación me sentí muy molesta. Había discutido con un colega y me sentía furiosa porque me había criticado sin razón. Cuando intenté olvidar mi enfado y centré la conciencia en mi respiración, me enfadé tanto con la meditación como con mi colega, y terminé muy tensa. En lugar de ponerme a pensar que tendría que olvidar mi enfado y centrarme en la respiración, me permití sentirlo y dejar que pasara a formar parte de mi experiencia mientras yo seguía respirando. Me quedé sentada, inhalando y exhalando muy enfadada, sin juzgarme a mí misma por si hacía mal el ejercicio o me equivocaba. Al cabo de un rato, se me fue pasando, y empecé a sentirme en calma. Poco a poco fui capaz de trasladar mi conciencia y pasar de la idea de que odiaba a mi colega a mostrar curiosidad por las sensaciones que me provocaba la respiración y la manera en que mi cuerpo se veía mecido y acunado suavemente por ella. Me fijé en los movimientos de la espalda, los costados, el vientre y, al final de la sesión, me sentí como nueva y con mucha más perspectiva que si hubiera pasado la sesión entera luchando contra mi mente y mi experiencia».
Rebeca también se dejaba llevar por las emociones cuando meditaba: «Me cuesta admitirlo, pero me obsesionaba la idea de practicar el sexo con el amante perfecto. No podía dejar de pensar en ello. Cada vez que meditaba, me venían imágenes, sentía deseo, y me sentía frustrada, porque me parecía que nunca conseguía a la persona adecuada. Empecé a odiarme a mí misma. Cuando pensaba que tendría que ser capaz de detener mis pensamientos y centrarme en la respiración, descubría que mis fantasías tomaban cuerpo. Decidí entonces dejar de luchar con la mente y respirar en compañía de esas fantasías, en lugar de intentar suprimirlas. Me sorprendí mucho al ver que cuando les permití asomar la cabeza, y dejé de
oponerme a ellas, fue como si perdieran el poder que tenían sobre mí. Yo quería meditar, no fantasear, y esta primera intención me permitió guiar ese interés con suavidad hacia la respiración y el cuerpo».
Este método es muy parecido al que usaban los hombres que susurraban a los caballos para domarlos. Durante muchos años los domadores de caballos solían forzar a los caballos, por muy salvajes que fueran, por la fuerza bruta hasta que los sometían y los volvían sumisos. Eso fue así hasta que el hombre que susurraba a los caballos, Monty Roberts, se hizo famoso al aplicar un método mucho más eficaz en la doma de caballos; en concreto, lo dejaba correr en libertad hasta que el animal se calmaba y se detenía por voluntad propia. Luego llamaba la atención del caballo y se ganaba su confianza con amabilidad. Utiliza este método si tu mente es tan activa como un caballo salvaje y conviértete en tu propia susurradora de caballos. En lugar de intentar dominarla por la fuerza y tirar de las riendas, puedes dejar que deambule sin dejar de ser consciente de lo que haces. Poco a poco, tu mente se aquietará, porque no te opones a ella, y entonces podrás guiarla con delicadeza hacia la estructura de la práctica de la meditación.
2. Comprende que las experiencias son cambiantes y fluidas
Deberías estar familiarizada con el concepto de que los estados del ser cambian y son fluidos, y con el hecho de que cambiar tu perspectiva sobre la experiencia es crucial para el mindfulness. Eso es muy importante cuando tus problemas se deben a un estado emocional y mental complicado, porque estos estados pueden parecer muy sólidos y reales.
Sin embargo, como hemos destacado muchas veces, cuando miras profundamente las cosas de este mundo (por dentro o por fuera), descubres que son fluidas y cambiantes. En el budismo dicen que sufrimos porque no
vivimos en armonía con esta verdad. Percibimos las cosas como algo estático y fijo, y entonces reaccionamos. Pero esta noción fija la crea nuestra mente. Las cosas no son así. Aprender a vivir con sabiduría significa examinar continuamente la naturaleza misma de la experiencia y pasar de un modo cerrado y estático a otro que es fluido, abierto y receptivo.
Si te obsesionas con un estado mental y emocional, pregúntate: ¿Puede cambiarse? ¿Es estático y sólido? ¿Puedo considerar mis pensamientos como si fueran nubes que cruzan el cielo, en lugar de como objetos inamovibles? Recuerda que los pensamientos no son hechos, incluso los que dicen serlo.
3. Descubre dónde sientes físicamente los pensamientos y las emociones en tu cuerpo
Localizar dónde sientes físicamente en tu cuerpo tus pensamientos y emociones puede ser de gran utilidad. A veces es más fácil trabajar directamente con el físico que con los estados mentales, que son resbaladizos y engañosos. Pongamos por caso que estás muy enfadada: ¿dónde sientes tu enfado en tu cuerpo? A lo mejor sientes mucha tensión en el estómago. Vuélcate en estas sensaciones y sitúa ahí la conciencia, en lugar de guardarla en tu cabeza y luchar contra la rabia. Pregúntate si esa sensación de tensión en el estómago es estática o cambiante: deberías darte cuenta de que hay un movimiento sutil en lo que podría parecer una zona muy congestionada. Respira suavemente con estas sensaciones y deja que se vayan apagando. Verás que tu rabia también empieza a disminuir.