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Empieza por tu cuerpo

In document Mindfulness para las mujeres (página 98-101)

Aunque no estés pasando por la misma enfermedad que Lynn, cuyo cuerpo se va debilitando, y sin determinar si tu malestar tiene una base real o es lo que tú percibes, probablemente sea acertado deducir que no acabas de sentirte a gusto en tu propia piel. Imagínate qué distinto sería estar contenta de tu propio aspecto y de cómo funciona tu cuerpo. ¡Muy bien! (redoble de tambores), pues puede que estés a punto de descubrirlo, y sin dietas ni tablas de ejercicios a la vista.

Anteriormente hablamos de la importancia de cultivar la conciencia corporal a partir de la respiración y su relación con el escaneo corporal. Vamos a llevar todo este proceso más lejos y aprenderemos a imbuir de amabilidad esa conciencia, de ternura e incluso de profunda aceptación.

Sabes ya que todos somos distintos. Quizá te habrán dicho, y quizá tú misma lo hayas dicho también, que tus imperfecciones son lo que te hace única, y tus defectos, los que te hacen hermosa. Pero el mismo hecho de que estas diferencias se consideren defectos e imperfecciones apuntan ya a un ideal predeterminado. A menudo le echamos la culpa a los medios de comunicación y a su obsesión por presentarnos beldades altas, flexibles, de radiante melena y largas piernas, pero también tiene mucho que ver nuestra manera de vivir y percibirnos a nosotras mismas. Los condicionantes culturales están muy arraigados en nosotras, y el ideal de un cuerpo perfecto varía mucho de una sociedad a otra. En las culturas en las que las personas trabajan físicamente a la intemperie y la comida es escasa, estar pálido y gordo se considera un símbolo de estatus. Significa riqueza, porque indica que la comida te sobra y no tienes que trabajar con las manos. En las naciones industriales del primer mundo, en cambio, en las que los trabajadores realizan sus tareas en oficinas o a puerta cerrada y tienen poco tiempo para hacer ejercicio, y en las que se puede elegir de

todo para comer, estar bronceada y delgada implica que tienes mucho tiempo libre y eres disciplinada con la comida. Es evidente que no nos miramos los muslos llenos de hoyuelos ni la piel macilenta y decimos: «¡Mira, al otro lado del mundo sería considerada una belleza!». Es justo al revés: adoptamos las normas condicionadas por nuestra cultura y nos definimos a través de ellas.

El poder curativo de la meditación

Este condicionamiento cultural se inicia a una temprana edad. Solo tienes que mirar el contenido de las redes sociales que utilizan los jóvenes en la edad de la pubertad para comprender que sus expectativas no son en absoluto realistas, y para ver las consecuencias que esas ideologías culturales tienen en la vida diaria: las chicas más listas y divertidas no suelen tener demasiada confianza en sí mismas solo porque llevan aparatos en los dientes o piensan que son demasiado delgadas, demasiado gordas o que tienen demasiadas pecas… Esta falta de confianza va desapareciendo a medida que las chicas crecen, pero existe un número alarmante de jóvenes que desarrollan trastornos alimentarios con consecuencias devastadoras para sus vidas y las de sus familias.

El reciente incremento de trastornos alimentarios (se ha detectado un aumento de un 8% entre las jóvenes ingresadas en los hospitales)1 se suele atribuir al auge de las redes sociales y a la obsesión por la imagen que se cultiva en ellas. La mayoría de los pacientes ingresados que recibían tratamiento eran muy jóvenes (chicas de quince años y chicos de trece), pero también ingresaban a niños de entre cinco y nueve años, e incluso a menores de cinco. El tema es complejo, y el odio por uno mismo puede ser originado por factores ajenos a lo social. Cualquier cosa, sea una enfermedad, el acoso, las rupturas familiares o bien la rebeldía

adolescente, puede llevar a las chicas (y a los chicos, por supuesto) a sentir que sus vidas entran en una espiral y que están perdiendo el control. El ritmo frenético de la vida moderna tampoco ayuda mucho que digamos. Entre tanta confusión, los jóvenes buscan controlar lo que parece que está en su poder, y a menudo suele ser la cantidad de alimentos que comen. Así es como terminan obsesionados con el cuerpo, y esa es una obsesión alentada por el odio y no por el amor.

Los trastornos alimentarios pueden superarse si las personas que los padecen aprenden a aceptar su cuerpo y a amarlo tal como es. Es un proceso profundamente sanador, y te anima a relacionarte mejor con tu cuerpo. A pesar de que no todas mantengamos una relación tan dañina con nuestro cuerpo, con los años nos influyen las expectativas que tenemos sobre nuestra imagen, sobre cómo nos gustaría vernos. Quizá no sea exagerado decir que la mayoría saldríamos beneficiadas mejorando la relación que tenemos con nosotras mismas y con el cuerpo que nos cobija. Si este punto de vista puede contribuir a superar padecimientos como los trastornos alimentarios, imagina las consecuencias que podría tener en asuntos de menor importancia. Mantener la práctica de la meditación diaria, sobre todo basada en la amabilidad y la compasión (como hemos comentado del escaneo corporal en este capítulo) mejorará de manera sustancial el modo de relacionarnos con nuestro cuerpo.

Sea cual sea tu motivación para meditar, si lo haces de manera constante, descubrirás que puedes llegar a amar tu cuerpo y a cuidarlo como algo milagroso y asombroso, porque así es, por muchas grietas e imperfecciones que tenga. Imagínate la sensación de libertad y alegría (o incluso de energía) que te puede aportar dejar de intentar ser lo que no eres. En esta reconexión es donde aparecen la conciencia y la amabilidad, que son complementarias. Entra, con la ciencia del mindfulness, al ámbito

de la ciencia de la compasión. Un modelo fascinante que muestra los beneficios innatos que el equilibrio interior tiene para la salud es el de los tres sistemas de regulación de las emociones que ha desarrollado Paul Gilbert.2

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