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Descubre lo que hay de bueno en t

In document Mindfulness para las mujeres (página 175-178)

a bondad de la que habla el Dalai Lama es un complemento esencial en el mindfulness, que, junto con la bondad, son como dos alas de pájaro, perfectamente equilibradas. No puedes ejercitar la atención plena sin ser bondadosa y estar conectada emocionalmente a lo que sientes; y, a su vez, no puedes ser bondadosa sin ser consciente y estar atenta.

Por esta razón hemos dedicado la tercera parte del libro a procurar que cultives la bondad contigo misma y con los demás, y a que aprendas por tu propio bien a transformar tu vida y tus relaciones.

Louise es secretaria de dirección y cuidadora. Su viaje particular hacia el mindfulness la llevó a enfrentarse a su yo más negativo y a aprender a amarlo como si fuera un viejo amigo.

Louise, cuarenta y ocho años

Mi trabajo como directora de recursos humanos en una empresa del sector financiero hizo que me interesara por el mindfulness y la meditación como un medio para relajarme y ayudarme a superar la sensación de agobio que tienes cuando te encuentras en un entorno empresarial en el que hay que trabajar bajo presión. De tanto agobio como sentía, no sabía establecer mis prioridades, y dudaba de mí, de si estaría haciendo un buen trabajo. Quería sentir que controlaba. Pensé que el mindfulness me haría funcionar mejor, y que me ahorraría tener que trabajar hasta las tantas de la noche.

Me cambió la vida. Al principio me sentía molesta con el contenido de mis pensamientos y mis puntos de vista negativos, pero eso mismo me permitió darme cuenta gradualmente de que mis procesos mentales no tenían ningún peso, que eran como un disco rayado, y que había olvidado lo que hay que escuchar: la canción entera. Solo escuchaba el estribillo. Esa experiencia me permitió juzgar con mayor imparcialidad lo que era capaz de hacer durante mi jornada laboral, y así también conseguí confiar en mí y pude gestionar las expectativas de mis colaboradores.

Desde que empecé a practicar el mindfulness y la meditación, y de eso hace ya unos cuantos años, mi vida personal ha cambiado mucho. Y para bien. Tengo más salud. Tenía una enfermedad sin diagnosticar: vértigos posicionales, y unas náuseas muy desagradables, dolor de cabeza y problemas para dormir. Esos síntomas físicos desencadenaron mi ansiedad y sufrí una depresión. El mindfulness me ayudó a centrarme en el momento y me permitió asentar la mente, alejarme de los pensamientos, las angustias, etc., y descubrir lo que tiene de agradable el momento presente: oír música buena, paladear un refresco en un día caluroso, sentir la brisa en la cara, la fragancia de las flores del jardín… Tenía que centrarme en la atención plena, estar abierta a lo que me estaba sucediendo, sin juzgar ni pensar, y relajarme viviendo esa experiencia. El mindfulness me salvó al fin de sabotearme a mí misma. La práctica me permite ver mi yo negativo como si fuera un viejo amigo, y también me permite comprender que, aunque a veces es inevitable recibir a ese amigo que siempre está de mal humor, hay que saber cuándo es mejor no ofrecerle un té… e invitarlo a marcharse.

Cuando hago algo, sé lo que hago: lo experimento, lo siento, lo noto y lo huelo. En la vida normal y corriente, eso es el trajín de la vida humana, y eso me hace sentir conectada, relajada y sin ninguna clase de presión.

Antes de vivir con atención plena, y sentía que mi vida estaba desestructurada, que llevaba una vida frenética, porque creía que nunca era capaz de ir por delante de las cosas, de avanzarme. El mindfulness me ha ayudado a priorizar lo que es importante en la vida y a dedicarle tiempo. He incorporado nuevos hábitos, más positivos, porque me

di cuenta de que quería vivir y disfrutar de la vida, ¡y no solo terminar la jornada de una pieza!

El conflicto entre la cara positiva y negativa de nosotras mismas no se limita a Occidente o a nuestra cultura actual. La historia demuestra que trasciende las barreras físicas y espirituales a lo largo de los siglos. Una vieja leyenda cheroqui cuenta que unos niños preguntaron a un anciano de la tribu cómo había zanjado una pelea entre dos hombres.

–¿Por qué se pelean las personas? –preguntó el más pequeño.

–Todos llevamos dos lobos en nuestro interior que siempre están peleando –respondió el anciano–. Hay un lobo blanco y un lobo gris. El lobo gris está muy enfadado, y siente rabia, amargura, envidia y celos; es codicioso y arrogante. El lobo blanco siente amor, paz, esperanza, valor, humildad, compasión y fe. Y los dos lobos siempre están luchando.

–Pero, al final, ¿quién gana? –preguntó otro niño. –Aquel al que damos de comer –respondió el anciano.

A pesar de que te parezca que no ves las cualidades del lobo blanco en tu día a día, puedes aprender a alimentarlas cultivando sentimientos positivos y mostrando buena voluntad contigo misma. Es la base perfecta a partir de la cual descubrirás el bien que hay en ti y serás más feliz. A lo mejor no eres consciente de que no te gustas… ¿Cuántas veces eres consciente de que te gustas? Piensa en las personas que quieres y en el trato que mantienes con ellas: intentas que se sientan especiales, que su vida sea un poco más fácil, por ejemplo. O a lo mejor solo les das un abrazo. ¿Cuántas veces te tratas a ti misma con la misma bondad? El bien está en ti, y tienes que alimentarlo. Dedicaremos las páginas siguientes a este concepto. Es el primer paso para acercarte a los demás con bondad y compasión (aunque tendrás que esperar a llegar al capítulo nueve).

Si todavía te sientes escéptica al respecto, piensa en lo siguiente: necesitas actuar con bondad contigo misma y amarte para ser capaz de amar verdaderamente a los demás. De otro modo, sería como intentar conducir un coche sin gasóleo o trabajar todo el día sin tener nada en el estómago. Es agotador, molesto, y puedes llegar a convertirte en una resentida. Por otro lado, el amor no solo te hace más feliz, sino que también te convierte en una persona más sana. Es un proceso en el que todos ganan.

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