Un aspecto determinante de ser una mujer en el mundo actual parece ser la capacidad de culparte por…, en fin, por casi todo. Tanto si eres una maniática del control, y tu mundo termina y acaba con las cosas que supervisas o finalizas, como si eres todo lo contrario, te limitan tu situación doméstica, económica o cultural; y aunque seas una persona empática y compasiva, es muy fácil que cargues con situaciones que consideres que son responsabilidad tuya. Un psicólogo como Paul Gilbert,
uno de los mejores investigadores sobre la compasión, ha estudiado hasta qué punto el sufrimiento y la confusión que experimentamos son el resultado de culparnos de nuestros estados mentales, sentimientos e incluso circunstancias de la vida: el hecho de que pensemos que deberíamos ser distintos y nos sintamos unos fracasados porque no nos ajustamos a la noción idealizada que tenemos de cómo deberíamos ser. Observó que en un momento dado somos el resultado de millones de años de evolución y de nuestro condicionamiento social, y que tendremos ciertas propensiones, preferencias y aversiones que están fuera de nuestro control inmediato: que son lo que son.20
Y tiene razón. No sirve de nada culparte o desear que las cosas hubieran sido de otra manera. No eres responsable de tener un cerebro humano que tiende a crear una cierta clase de emociones, pensamientos y deseos que evolucionaron principalmente para ayudarte a sobrevivir en un mundo lleno de peligros.
Sin embargo, cuando ya has entendido el legado evolutivo que has heredado, y sabes que tienes el potencial de tener conciencia de ti misma, que procede de tener un córtex prefrontal, puedes aprender a trabajar, libre de toda culpa, con tus procesos de pensamiento internos. Sabiendo que tu cerebro se encuentra en un estado constante de flujo, puedes cambiarlo y mejorarlo cultivando la conciencia plena y la compasión con el objetivo de promover tu bienestar y ayudarte a florecer y a prosperar.21
Fiona, coordinadora de un centro de rehabilitación, recurrió al mindfulness para combatir su ansiedad y calmar su mente. Al final incluso consiguió liberarse de una adicción que tenía desde hacía años.
No exagero cuando digo que mi vida era un desastre. Iba regularmente a Bienestar Social, salía con un camello y bebía sin parar. Al cabo de un tiempo empecé a asistir a un programa de formación patrocinado por el gobierno para encontrar trabajo. Durante el curso me dijeron que me iría bien recibir asesoramiento psicológico. Me pusieron un terapeuta y, con su ayuda, pude terminar el programa y encontrar un buen trabajo.
Poco después me mudé a una gran ciudad, pero bebía mucho durante los fines de semana. Una noche que estaba borracha y colocada hasta las cejas, mi novio me insultó y le di un puñetazo. Nunca había hecho algo así; me sentí avergonzada. Me había convertido en una indeseable. Busqué otra terapeuta; y lo primero en que ella se fijó fue en un tic nervioso que tenía en la cara, y luego comprobó que mi sistema nervioso estaba muy dañado.
Trabajamos juntas durante diez años. El tic nervioso desapareció y empecé a sentir confianza en mí misma y una sensación de bienestar como nunca antes había experimentado. Sin embargo, a pesar de mis progresos, vivía la vida como una lucha continua y siempre acababa pasando del conflicto a la vergüenza como si fuera una montaña rusa.
Como un milagro, me apunté a un programa de doce pasos y conseguí dejar las drogas y el alcohol. Mi vida volvió a mejorar y el apoyo de un grupo de recuperación me ayudó a volver a tener confianza en mí misma y a dotarme de nuevas herramientas con que tratar mis problemas. Me propusieron que fuera a una reunión especial para la meditación. Sentí curiosidad por aprender, y fui con una amiga. Estaba nerviosa porque no había meditado nunca y no sabía qué me esperaba, pero cuando llegué y empezaron con la primera meditación guiada, me di cuenta de que muchas de las técnicas que mi primera terapeuta me había enseñado para tratar mis trastornos nerviosos se basaban en la meditación y el mindfulness. Fue una alegría redescubrir los beneficios de esas técnicas de conciencia plena e incorporar ese aprendizaje a mi recuperación.
Cada día me esfuerzo intentando usar las técnicas del mindfulness y la compasión, pero, la verdad sea dicha, solo lo hago cuando ya no puedo más. Hace poco me he unido a un grupo de meditación que se reúne una vez a la semana, y eso al menos me ayuda a practicar. Y aunque solo sea un día, la práctica regular tiene un gran efecto en mi bienestar. Soy de las que permiten que su ajetreada vida les impida practicar la meditación, y comprometerme con un grupo me ha ayudado mucho a no desviarme de la práctica. Cuanto mejor me siento gracias a esa meditación semanal, más fuerzas tengo para incorporar las técnicas a mi vida cotidiana.
Como mujer, tiendo de manera natural a ser muy organizada, a programar y planificar y, en esta sociedad tan caótica, a menudo acabo sintiéndome abrumada. Siempre procuro terminarlo todo, apoyar a los demás y tener éxito, y esto hace que me sienta desbordada física y emocionalmente. Las técnicas del mindfulness me permiten
detenerme, escuchar mi cuerpo, cuidarme y navegar por el caos con una actitud realista; mejor aún, con una sensación de alivio y alegría.
Marissa lleva viviendo con ansiedad crónica desde hace décadas.
Marissa, cincuenta y tres años
Por causas ajenas a mi voluntad, durante mi infancia tuve unas experiencias muy dolorosas. Ahora que soy adulta, y en determinadas circunstancias, de repente empiezo a sudar y voy corriendo al baño a vomitar.
Pasé varios años practicando una meditación para concentrarme hasta que mi consejera me propuso hacer un curso de terapia basado en la compasión, que, junto con varias lecturas que hice sobre las ciencias cognitivas, fueron el gran catalizador que me permitió hacer un cambio. Fui capaz de enfrentarme a mi propio sufrimiento al darme cuenta de que, simplemente, todo aquello no era culpa mía. Aprendí que mi cerebro estaba programado evolutivamente para protegerme de esa amenaza, pero que podía aprender a usar la calidez y la atención para calmarme.
Gradualmente, aprendí a prestar atención a mi experiencia con mucha amabilidad, y a reaccionar de una manera más abierta: a ser tierna con mis emociones (como lo serías con un bebé que estuviera intranquilo), en lugar de ponerme a analizar, planificar o pensar. «Ya me vuelve a dar… y, claro, eso significa xyz… ¡Ya nos hemos metido en la espiral! ¡Ya nos hundimos!»
Creo que lo que faltaba a mis primeras prácticas de mindfulness era amabilidad, la capacidad de condolerme ante mi propio sufrimiento y sentir auténtica compasión por mí misma. Había utilizado el mindfulness para ignorar mi dolor o para ser más consciente de él y luego criticarlo. Desarrollar la ternura fue crucial.
Aprender a tener compasión por mí misma ha tenido grandes consecuencias en mis niveles de ansiedad y en mi capacidad para vivir con ello. Está claro que a lo largo de mis cincuenta años he ido estableciendo unos hábitos mentales, y por eso aún tiendo a sentir ansiedad, pero he mejorado un 75% más que el año pasado, y eso es asombroso.