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Cómo miran, por ejemplo, los ignacianos

preparados para mirar

4.7. Cómo miran, por ejemplo, los ignacianos

Necesitamos aprender a mirar. Tanta contaminación visual y las dinámicas de superficialidad han ido empobreciendo nuestras formas de mirar. Hay que recuperar la capacidad de mirar y, sobre todo, de mirar juntos. Hay una larga tradición de maestros del mirar. Muchos pintores están entre ellos. Andrea Mantegna, Claude Monet, Piet Mondrian o Fernando Zóbel son grandes pintores pero, sobre todo,maestros de la

mirada. Algunas tradiciones religiosas han profundizado mucho en la naturaleza de la

mirada. En los últimos años, se ha tratado de aprovechar qué hay de valioso para la gestión de organizaciones en tradiciones como el zen (Saha, 1992), el taoísmo (Autry & Mitchell, 1998), la espiritualidad de los benedictinos (Marett-Crosby, Dollard & Wright, 2002), el confucianismo (Hsu, 2007), etc. Entre ellas, hay algo muy interesante sobre lo visual que podemos aprender de los jesuitas. Aunque estos son famosos por su potente intelectualidad, en su origen el fundador, Ignacio de Loyola, fue un gran innovador en formas creativas de pensar, alternativas al mero discurrir racional. Por ejemplo, alcanzó un sistema muy perfeccionado de modos de decisión basados en el examen de todos los niveles de sentimientos de la persona y el grupo. Pero en la obra de Loyola, especialmente en su principal escritoEjercicios Espirituales(Ignacio de Loyola, 1548), hay un Pensamiento Visual dentro de su más generalVisual Praying.Tanto creyentes

como no creyentes pueden aprenderde lo mejor de su propuesta, como sigue

sucediendo en la actualidad en ámbitos seculares tan distintos como el liderazgo, el gobierno, la educación o la inteligencia emocional.

Ignacio de Loyola entiende por «ejercicio» cualquier modo de examinar nuestra conciencia, corazón, meditar, contemplar, orar y otras prácticas de interioridad o de buscar la interioridad de las cosas. Esos ejercicios, para Loyola, deben ser integrales e implicar a toda la persona. En los Ejercicios, todas las «potencias», inteligencias y capacidades de la persona –así como su propia vida– tienen que participar activamente. Cada ejercicio se hace con toda la persona y con la propia vida. Le da especial importancia a todo el mundo del sentir interior de la persona, en sus diferentes niveles, desde la percepción más sensorial hasta las capas más profundas del sentimiento. Loyola, muy sobrio en su escritura, es tremendamente vivaz y exuberante en sus propuestas visuales: propone que el sujeto se imagine escenarios de forma muy realista y ponga imaginativamente todos sus sentidos en juego. Así, invita a imaginar olores, sonidos y, por supuesto, vistas. Los ejercicios de Loyola son extraordinariamente visuales.Para él

lo visual pone a toda la persona en movimiento, hace meditar, examinar y pensar.

La inteligencia visual es una parte sustancial de la propuesta original de los Ejercicios espirituales de Loyola. Su metodología va ejercitando en la persona sus capacidades de mirar.Loyola es un maestro del mirarque señala con delicadeza y minuciosidad

El ignaciano no es un mirar principalmente intelectual, sino imaginativo y muy visual. Por ejemplo, en su propuesta para contemplar el nacimiento de Jesucristo (Ignacio de Loyola, 1548: punto 110 y siguientes), invita a hacer una composición de todo el escenario, lo que llama una «composición de lugar». Cada ejercicio se ve precedido de una preparación. Tras recordar cuál es la historia narrativa que se quiere contemplar, el segundo punto de la preparación es formarse una «composición viendo el lugar». Él indica que se haga con lavista imaginativay señala aspectos que dan un extremo y directo realismo al sujeto para que se vea a sí mismo en la escena: «Con la vista imaginativa ver el camino desde Nazaret a Bethlém, considerando la longura, la anchura, y si llano o si por valles o cuestas sea el tal camino; asimismo mirando el lugar o espelunca [gruta o cueva] del nacimiento, quán grande, quán pequeño, quán baxo, quán alto, y cómo estaba aparejado». Terminada su redacción definitiva en 1548, es sorprendente una forma tan material de visualización y que inste al ejercitante a un despliegue tan exuberante de imaginación. Pero no se queda ahí: en ese mismo ejercicio del nacimiento, el primer punto –tras los preámbulos preparatorios– también se canaliza por lo visual. «El primer puncto es ver las personas», dice el texto, y sugiere fijar la «vista imaginativa» en la Virgen María, san José, el Niño Jesús, y después verse a uno mismo metido en la propia escena bajo la figura de alguien que les estuviera sirviendo con humildad y reverencia en sus necesidades más materiales. El segundo punto es «mirar» lo que hablan y el tercer punto «mirar y considerar lo que hacen, así como es el caminar y trabajar». Todos los ejercicios más celebres que propone san Ignacio son excepcionalmente visuales. Lo son la contemplación del Rey Temporal (puntos 91 y siguientes de Ignacio de Loyola, 1548) y la meditación de las Dos Banderas (puntos 136 y siguientes). En ambos nos invita a ponernos en un gran escenario, en una enorme batalla entre el bien y el mal, junto a un excelso buen rey. Nos desafía a imaginar los detalles más minuciosos y a vernos en medio de todos ellos, poniendo en juego nuestras capacidades de decisión.

Pero de donde quizás podemos extraer las principales lecciones de la tradición jesuita sobre el mirar es del ejercicio donde Loyola presenta la contemplación de la Encarnación (puntos 101 y siguientes, de Ignacio de Loyola, 1548). Como es usual, el primer preámbulo para prepararse llama a considerar la narración de los sucesos. El primer preámbulo nos propone que no veamos desde nosotros mismos, sino que imaginemos cómo mira el mundo Dios (la Trinidad, tanto el Padre como Jesucristo y el Espíritu Santo, lo cual le añade más complejidad, porque es una y tres lógicas a la vez). Ignacio convoca a la más alta mirada sobre las cosas, a mirar las cosas con la profundidad, compasión y globalidad con que imagina que Dios vería las cosas. Invita a «contemplar […] cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie y redondez de todo el mundo llena de hombres». Al mirar, Loyola induce a una mirada global de toda la «planicie» y «redondez» de la realidad. Y, además, mira esa globalidad en el gran lienzo de la historia. Plantea mirar a los hombres en toda su mayor historia: cómo se salvan o se

pierden sus vidas. Es decir, queLoyola procura una mirada entera, capaz de comprender todo lo presente y su historia. Sugiere el marco de la gran Historia de cada uno y de la humanidad (cómo se salva o perece la vida).

El segundo preámbulo del ejercicio de la Encarnación recomienda de nuevo la «composición viendo el lugar» y pone el acento en que se mire la diversidad de personas, «tantas y tan diversas gentes». Tras mirar la diversidad de personas en todo su abanico, nos lleva a mirar a una persona concreta y su entorno más íntimo: imaginar al detalle la casa y el interior del hogar donde vivía la Virgen María. Es llamativo esemacroyzoomque Ignacio propone en la mirada:conecta muy estrechamente la mirada alBig Picturey al

detalle, a la gran Historia y al rostro de una persona concreta.

Lo que busca con todos esos ejercicios visuales es una sola cosa: conocimiento interno de Jesús, y ese conocimiento no es el fin en sí mismo, sino que lo quiere para algo: para amarle y seguirle más. Es decir, que busca un conocimiento para el cambio, para una mayor implicación. Su Pensamiento Visual crea conocimiento para la involucración y el cambio.

El primer punto del ejercicio es una mirada de nuevo a las personas concretas (ya no la Virgen María, sino personas de la humanidad en su conjunto), a su diversidad y a las distintas situaciones vitales en que cada uno se encuentra. El texto es muy expresivo y el lenguaje antiguo del siglo XVI le da cierto encanto: «El primer puncto es ver las personas, las unas y las otras; y primero las de la haz de la tierra, en tanta diversidad, así en trajes como en gestos, unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos nasciendo y otros muriendo, etcétera». En el tercer punto propondrá «mirar lo que hacen las personas sobre todo el haz de la tierra, así como herir, matar, ir al infierno, etc.; asimismo lo que hacen las personas divinas, es a saber, obrando la sanctísima encarnación, etc.; y asimismo lo que hacen el ángel y nuestra Señora…». Varias cuestiones emergen de esta forma de mirar. En primer lugar, la centralidad de las personas concretas al verlo todo: tanto las personas sobre la tierra como las personas divinas. En segundo lugar, su mirada es siempre plural: no concibe un mundo con un solo tipo o dos de personas, divididas en unas pocas partes estereotipadas. No es una mirada dualista o simplificadora, sino que, por el contrario, enseña a ver todo tipo de situaciones. Otra propiedad de este mirar es que atiende a las formas en que se nos presentan las cosas y a la profundidad de su significado: hace ver los trajes por un lado y por otro el sentir de la gente. Es una mirada compleja, que considera las distintas características personales, los diferentes rasgos de las condiciones sociales (blancos y negros) o el estado en que se encuentran (sanos y enfermos). Además, trata de mirar los grandes dramas históricos en que se mueve la gente (guerra y paz) y los dramas personales más cotidianos (llorando y riendo). Y no es estática, es una mirada histórica: la de la historia de cada persona sucediendo en el gran mural de la Historia. Pero, si algo característico tiene esa mirada de Loyola, es que no es

objetivista, sino que es unamirada social sentida, en la que esas personas divinas –a mirar como ellas hace aspirar al ejercitante– sienten y padecen el drama de las personas, el destino de lo humano y cómo se pierde la vida mandando todo al infierno. Entonces deciden hacer algo en favor de eso que se mira. Es unamirada actuante, activa,

movilizadora. El mirar de Loyola es siempre «implicante»: es esencial que el ejercitante

se vea a sí mismo en la escena y se ponga imaginativa y vitalmente en la encrucijada de tener que elegir qué hacer.

Loyola plantea ejercicios que implican un fuerte desarrollo de la imaginación visual y hay implícita una educación de la mirada. El Pensamiento Visual es una parte consustancial de la tradición jesuita y, tan solo teniendo en cuenta lo poco examinado en estos párrafos, tendría las siguientes 12+1 características, útiles para creyentes y no creyentes:

(1) «Mire antes de cruzar», dicen millones de señales de tráfico alrededor de todo el mundo. Loyola recomienda, antes de hacer nada, mirar: hacerse una«composición de lugar»en la que observemos con atención y profundidad el escenario conjunto de las cosas. Esa composición de lugar es muy visual y genera conocimiento, es en parte Pensamiento Visual. Viendo«el lugar»aprendemos cuestiones que van a ser claves en nuestra acción. Es una mirada capaz de silenciar la contaminación visual y contemplar la realidad.

(2)Inteligencias múltiples ya desde el Renacimiento. Ignacio trata de movilizar todas las potencias e inteligencias (emocional, visual, interior y exterior,implicante, cinética, histórica o dinámica, etc.) de la persona para mirar las cosas, reflexionar y discernir de qué va cada cosa que se presenta. Entre esas potencias, la inteligencia visual es crucial.

(3)La imaginación al poder. Además, Loyola nos insta a que desarrollemos la imaginación visual, que seamos capaces de ver las cosas en su potencialidad. Desea que seamos extraordinariamente creativos e imaginativos al mirar la realidad en todas sus posibilidades.

(4)Realismo radical. Algo que llama la atención en la mirada de Loyola es su naturalismo. No hay un gran discurso previo que determine ideológicamente el contenido, sino que da primacía a la mirada de la realidad para luego, mucho después, examinar qué es lo que se está jugando en ella para el bien y el mal. Esa primacía del realismo en la visión ignaciana del mundo hace muy capaces de distinguir las cosas tal como son. Posiblemente, el discernimiento que busca Loyola es llamar a las cosas por su nombre, ver cómo son en su radical realidad. Esa mirada no es fría, sino que es intencional, pero es exigentemente realista. Busca los detalles y además en abundancia. Es una mirada material que se fija en cómo está el camino (largo y ancho, baja o sube…), en cómo está

sentimentalmente cada persona (riendo, llorando…), en cómo son las condiciones de la cueva o la casa en que viven (espacio, características, cómo está arreglado y amueblado…), qué es lo que hacen en sus trabajos, etc. Pero a la vez es una mirada que no se pierde en el detalle, sino que está todo el tiempo integrada y orientada por una corriente que lleva a algo.

(5)Mirar siempre por la persona. La mirada se centra siempre en las personas y sus circunstancias. Está centrada en la persona, y no en la idealización de la persona o en sus papeles sociales, sino en sus comportamientos concretos: Loyola lleva siempre a ver quiénes son y luego«lo que hacen». Es decir, que es una mirada de personas y de lo que realmente son y hacen, no de lo que deberían ser o de lo que ideal o socialmente parecen. Loyola siempre mira desde la perspectivade la persona, no de las estructuras o de lo abstracto. Atiende a las estructuras y los procesos sociales (negro y blanco, pobres y ricos, guerreros y pacifistas…), pero siempre desde la perspectiva de la persona. Los individuos no se pierden en grandes perspectivas pictóricas de palacios y campos de batalla, sino que todos los escenarios posibles están, a la inversa, enfocados y filtrados por la perspectiva de las personas concretas.

(6)Miradasintiente. Es una mirada compasiva, capaz de discernir dónde hay drama personal (llorar, reír…) y social (guerra y paz…); nunca es un frío objetivismo, sino un realismo que mira con el corazón. Es una mirada que siente, en favor de las personas y su vida. El sentido de la vista jesuita está muy cercano al sentido del tacto. Es una mirada con tacto y aprende que la mirada también puede ser caricia. Es una mirada que se goza en lo bueno y que se duele con lo que se pierde. Quien aprende de la tradición jesuita, nota en sus ojos el pulso del corazón.¿Hemos llegado a sentir alguna vez cómo el riego sanguíneo de los

ojos hace sentir en ellos el latir del corazón?La mirada de Ignacio es

hospitalaria: acoge la realidad, con lo que supone de compromiso dejar que la realidad entre en uno al mirarla de cerca.

(7)Mirada integral. La mirada de Loyola mira los distintos planos, es un gran mural en el que se transparentan lo más personal y lo social, lo presente y lo histórico (pasado y futuro), las cosas y personas en itinerario, lo más global y el detalle, los sentimientos personales (llorar, reír) y el sentir colectivo (guerra y paz), lo divino y lo humano, lo más alto, lo que está más apegado a la faz de la tierra y aquello que se está yendo al infierno. Tanto ejercitarse y moverse siempre lleva al conocimiento interno. La mirada de Ignacio busca el conocimiento interior y profundo de la realidad.

(8)Mirada diversa y compleja. La mirada jesuita pensada por Loyola es una mirada sensible a la diversidad y la complejidad, tal como lo pone de manifiesto el gran mural de contemplar a todas las personas en toda la planicie y redondez del

planeta, teniendo en cuenta todas las condiciones y circunstancias. La mirada de Loyola resiste contra la tentación de dejarse llevar por las ideologizaciones o la simplificación; milita contra el dualismo y la caricaturización. Pretende hacerse cargo del mundo desde el rostro real de cada persona y su situación social y personal. Desde luego, ese ejercicio parece titánico, pues hacerse cargo de una mirada de todo el planeta y el movimiento de todas sus personas no es misión fácil. Pero, en la metodología de Loyola, la conciencia de la diversidad ocupa un paso esencial.

(9)Mirada transformadora. Todas las vistas de los ejercicios tienen un fin. No hay un mirar gratuito o que se sirva a sí mismo, sino que todo está destinado al fin que explícitamente se ha pedido. Es una mirada que moviliza al mismo Dios. Una mirada activa, preparada para actuar, para el cambio, transformadora. La mirada siempre es para tomar una decisión. Todos los ejercicios de Loyola son para amar más y decidir algo, para hacerse capaz de elegir lo mejor posible. Siempre es un ejercicio que moviliza, un amor que lleva a seguir más allá de donde se está. (10)Comprometer la mirada. Los ejercicios de Loyola siempre son reflexivos. El

sujeto no está fuera de la escena que se imagina, sino siempre dentro, y se ve exhortado a sentir, moverse, posicionarse, elegir, juntarse a unos y a otros y conmoverse. Es una mirada siempre implicada y comprometida. No es la mirada del que ve desde lejos las cosas, las pinta sin mancharse o las estudia al microscopio, sino que donde pone el ojo, pone la vida. Pero a la vez es una mirada que no se ve impedida porque el propio sujeto se ponga delante. A veces la gente no ve porque pone su ego delante de sus propios ojos. El sujeto ignaciano siempre está en la escena, pero no impide ni molesta la mirada. Tampoco la manipula, sino que deja que la mirada trabaje libremente para él. Es decir, que es una mirada silenciosa, libre del ruido que pueda hacer el ego. La mirada ignaciana nunca se cierra, permanece abierta a esa redondez del planeta que sigue girando una y otra vez, está a tiempo completo en el mundo, atenta a cómo le va la historia a la gente.

(11)Mirar con otrosy por los otros. Los ejercicios que piensa inicialmente Ignacio son individuales, pero la mirada nunca lo es. El ejercitante siempre está viendo con otros, se le lleva a«mirar como»tal o cual y a«mirar con»tal o cual. Por lo tanto, la mirada jesuita siempre es personal, pero nunca deja de ser también con otros. Se mira por los otros y con los otros. Y es una mirada siempre abierta a los otros, a los que están más lejos, al otro lado de laredondezde la tierra. Es una mirada con otros pero no para ellos mismos, sino abierta a otros distintos a los sujetos que miran.

(12)Una mirada que salva lo fundamental. Finalmente, la mirada de Loyola siempre tiene como horizonte salvar las cosas, tratar por todos los medios de que

las cosas no se vayan al infierno ni se pierda lo esencial. Es una mirada que distingue lo fundamental y descubre qué vale cada cosa en relación a eso fundamental. Es una mirada siempre orientada a identificarse y situarse en lo crucial, lo que es más urgente y fundamental.

En resumen, la mirada que enseña la tradición jesuita mira antes, es múltiple, creativa e imaginativa; realista, personal y compasiva; integral, diversa y compleja; transformadora, comprometida, colaborativa y crucial (ILUSTRA CIÓN14). Pero permítannos una característica más que, a veces, como el número trece, pasa desapercibida.Sabemos que por superstición algunos hoteles no tienen habitación número 13 porque nadie la quiere escoger y algunos edificios no tienenplanta 13porque la gente no quiere comprar pisos u oficinas en ella. La fobia al número 13 tiene el difícil nombre detriscaidecafobiay en el Extremo Oriente (China y Japón al menos) hay un fenómeno similar, latetrafobia, por la cual las plantas de los edificios pasan del tercer al quinto piso o las estancias de la tres a la cinco. De igual modo,la dimensión de la belleza –y el