El Neolítico
4. C ERAMISTAS Y METALÚRGICOS
La fabricación de la cerámica supone un paso importante en la tec- nología. Hasta entonces no existían más que recipientes de fibras vege- tales, de cuero o de piedra. Los dos primeros tipos no permiten su apli- cación directa al fuego, por lo que queda descartada la idea de ebullición o cocción de un líquido, así como la noción de cualquier clase de gui- so; el recipiente de piedra es costoso y de restringida utilidad, al ser po- co manejable. Probablemente el hombre se sirvió de guijarros de río pre- viamente calentados al fuego para después introducirlos en el recipiente y así poder calentar su contenido. El descubrimiento de la cerámica fue de suma trascendencia para la vida cotidiana. Aunque el fuego todo lo consume en poco tiempo, algo tan endeble como el barro no solo no se destruye, sino que se consolida con el intenso calor, hasta el punto de quedar ya para siempre con su forma y su textura. Una vasija puede romperse sucesivamente en trozos, pero estos perduran indestructibles en su nueva entidad con la dureza y forma que adquirieron en el mo- mento de la cocción. Este fue el valor del hallazgo de la cerámica.
Parece ser que en el ambiente mesopotámico las gentes del Neolí- tico comenzaron a ensayar y después a utilizar la cerámica bastante an- tes que en el cuerno occidental del Creciente Fértil. Esto sucede en el ya citado yacimiento de Jarmo de la cuenca del Tigris, en el de Mureybet de la del Éufrates, así como en Irán en los yacimientos neolíticos de Te- pe Sarb, Ganj Dareh Tepe y Tepe Guran. En todos estos yacimientos se da insensiblemente el paso del Neolítico acerámico al cerámico. Lo mis- mo sucede en Anatolia en el VII milenio a.C., lo que puede compro- barse en yacimientos prehistóricos tales como Çatal Hüyük y Mersin, entre otros.
Sin embargo, en el Levante el uso de la cerámica parece algo pos- terior y constituye la característica más acusada del llamado Neolítico cerámico, que se extiende en el tiempo desde mediados del VII milenio a.C. hasta el 5000 a.C. o 4000 a.C., según los países. En Palestina (por ejemplo Jericó y Munhatta), la cerámica utilizada, hecha a mano, sin torno, no es precisamente muy bella, ni de alta calidad, pero constituye ya el elemento doméstico más importante en el ajuar de la época. Pre- domina en ella el color rojizo, debido al barniz, que a veces se combina con otro crema al fondo, dando origen a un tipo de decoración geomé- trica. También existe decoración incisa sobre la pasta. La cerámica, so- bre todo al comienzo de este período –el Neolítico cerámico A–, suele estar mal cocida y la pasta es impura, pues contiene mucha paja, si bien después –Neolítico cerámico B– va perfeccionándose. Entre las formas sobresale un tipo de vasija grande, de fondo plano y paredes ligeramen-
Torre circular en la muralla del Jericó neolítico. Precerámico A.
te curvas, y otro de olla con el cuello recto o ligeramente convexo; am- bos pueden tener asas laterales. La fase más antigua está principalmente representada por la cultura llamada Yarmukiense.
Por paradójico que parezca, es preciso reconocer que las gentes del Neolítico cerámico en Palestina vivían bastante más pobremente que sus predecesores del Neolítico precerámico, con construcciones mucho más humildes, si bien seguían teniendo como fuente económica principal la agricultura y la cría de la cabra. Mayor desarrollo e importancia tiene el Neolítico cerámico del Líbano y de la Siria noroeste, con yacimientos como Biblos y Ras Samra, ya en zona de influencia del gran Neolítico cerámico anatolio.
En el cuerno oriental del Creciente tiene lugar un notable apogeo del modelo de aldea mixta, representada especialmente por la cultura llamada de Hassuna (yacimiento situado al sur de Mosul), con casas de planta rectangular en torno a un patio y cerámica pintada e incisa, con una cronología en torno al 6500 y 6000 a.C. En este momento o poco antes destaca también el yacimiento de Umm Dabaghiyeh, asimismo en la Alta Mesopotamia, no demasiado lejos del anterior.
Otro de los grandes descubrimientos de la humanidad, que sobre- viene después de la Revolución neolítica, es la metalurgia. No es fácil sos- pechar que el tratamiento al fuego intenso de unas tierras especiales –el mineral– permita fabricar un determinado tipo de objetos duraderos de gran vistosidad, así como herramientas de enorme dureza, llamadas con el tiempo a sustituir a los antiguos utensilios de sílex o de obsidiana. Como se sabe, el primer metal fundido por el hombre fue el cobre, al que solo en una etapa posterior, de la que hablaremos en los capítulos siguientes, se le mezcló con otros metales, como el estaño, zinc, plomo, etc., para ob- tener la aleación llamada bronce, de mayor consistencia. El último paso fue la fundición del hierro en buenas condiciones de rendimiento econó- mico, poniendo así a disposición de la generalidad un metal de cualida- des mucho más ventajosas para el tipo de necesidades comunes.
Bien es cierto que el cobre que por primera vez se utiliza es el lla- mado «cobre nativo», tratado a martillo, pero no tardará mucho tiempo en descubrirse el secreto de su fundición, mezclando el mineral con car- bón de madera, sometiéndolo a temperaturas superiores a 1.000 °C y vertiendo el líquido incandescente en moldes de piedra y más tarde de
tierra cocida. La etapa de la historia humana, en la que se descubre el uso y tratamiento del cobre, aunque aún se siga mayoritariamente utili- zando la piedra como habitual materia prima para la mayoría de los objetos y herramientas, recibe el nombre de Calcolítico (en algunos auto- res también el de Eneolítico) y aparece como culminación de los tiem- pos neolíticos en unas fechas que, para el Oriente Próximo, van entre el 5000 y el 3000 a.C. por término medio. Es la época de un nuevo apo- geo cultural, cuando se perfeccionan todas las técnicas y hallazgos de los tiempos que inmediatamente le precedieron.
En la Mesopotamia se desarrolla entonces la cultura Halafiense (del yacimiento de Tell Halaf en la Siria mesopotámica). Este período cultu- ral tiene sus orígenes en un momento muy temprano, antes del 5500 y perdura hasta el 4800 a.C. Sustituye a la cultura de Hassuna en el nor- te y se solapa con los estadios más evolucionados de la cultura de Sama- rra bastante más al sur. Los yacimientos más notables de esta última cul- tura, donde ya se utiliza el cobre amartillado, son Tell es-Sawwan sobre la ribera izquierda del Tigris, y Choga Mami junto a la frontera iraní. El Uno de los cráneos humanos convertidos en escultura, enterrados bajo el suelo de las casas del Neolítico de Jericó. Precerámico B. British Museum, Londres.
yacimiento más importante del Halafiense es Arpachiyah al norte de Hassuna. Los poblados de esta época son aldeas muy desarrolladas, con arquitectura de planta preferentemente circular, los cuales incorporan a sus fuentes tradicionales de economía la cría del buey, sin duda impor- tada de Anatolia, donde esta especie estaba ya domesticada durante el Neolítico en Çatal Hüyük antes del 6000 a.C. Pero lo más característi- co de la cultura Halafiense es su bella cerámica pintada, generalmente decorada con motivos geométricos, aunque no faltan también a veces di- bujos de plantas y animales.
Al Halafiense le sucede el Ubeidiense, dividido en cuatro fases, que va desde el 5300 al 3600 y que, a su vez, será reemplazado por el perío- do de Uruk (3600-3100 a.C.). Los yacimientos ubeidienses más im- portantes son Tepe Gawra al norte de Mosul, Warka (la antigua ciudad de Uruk) y Eridu, estos dos últimos en la Baja Mesopotamia. La cerámi- ca ahora es menos bella en cuanto a su decoración, pero más rica en sus formas, y la arquitectura se desarrolla notablemente iniciándose ya los tipos de templos de planta cuadrangular, que tendrán su apogeo en eta- pas posteriores. La riqueza económica es impresionante y la calidad de los objetos de adorno y obras de arte anuncian ya los tiempos de que ha- blaremos en el siguiente capítulo.
En el comúnmente llamado «Levante» (en realidad el oeste del Cre- ciente), el Calcolítico propiamente dicho se considera de época más tar- día, iniciándose a partir del 4500 a.C. Su cultura característica es el Ghassuliense (del yacimiento de Teleilat Ghassul, al norte del mar Muerto). Otro yacimiento importante es Abu Matar, que a su vez for- ma parte de un grupo de yacimientos que se encuentran en el Negev en torno a la ciudad de Beersheva. Estos y otros yacimientos constituyen una «facies» calcolítica, la cual se desarrolla en ambientes semiáridos. Hay además otra facies de clima mediterráneo, cuyos yacimientos más importantes se encuentran en torno a la ciudad de Tel Aviv en la costa, y también en Afuleh en el valle de Esdrelón.
La cultura Ghassuliense es muy evolucionada, con cerámicas caracte- rísticas por sus formas, industria lítica muy rica y sofisticada, algunos ob- jetos de cobre, como hachas, y una arquitectura bien desarrollada en po- blados como Teleilat Ghassul, con casas rectangulares de cimientos de piedra y paredes de adobe, a veces recubiertas de yeso sobre el que se ha
realizado una decoración pintada. En Abu Matar, las casas son más pobres y semisubterráneas. Hay que destacar las costumbres funerarias de las gen- tes de esta época, siendo frecuentes en la zona mediterránea las urnas de ce- rámica en forma de casa, probablemente para recibir los huesos de un es- queleto previamente descarnado. En el desierto de Judá merece destacarse el hallazgo de un verdadero santuario calcolítico en En-Gedi, consistente en un recinto sagrado de piedras, dentro del cual hay sendos edificios, uno de ellos con un altar incorporado. Pero quizá el más impresionante de to- dos los yacimientos es la llamada «Cueva del Tesoro» en Nahal Mishmar, al norte de Masada, donde aparecieron 21 enterramientos y un riquísimo ajuar que contenía toda clase de objetos de cerámica, piedra, cuero, made- ra y, sobre todo, una colección única de objetos de cobre, entre los que destacaban hachas, cinceles, 240 mazas, cetros, coronas, estandartes be- llamente decorados con cabezas de cabra, etc.