El Hierro IIB-C
3. D IFERENCIAS ENTRE LOS DOS REINOS
Desde que se produjo la separación política del norte y del sur, se acentuaron más las diferencias culturales entre ambos pueblos, dentro de un innegable fondo común. Esto lo vemos hasta en la vida cotidiana y en el ajuar de las casas. Como se sabe, la cerámica, debido a sus condi- ciones de conservación, es precisamente uno de los elementos más valio- sos para que el arqueólogo estudie y calibre la cultura popular. Ya nos he- mos referido a los distintos tipos de cerámica que caracterizan las culturas de épocas pasadas. Durante el Hierro II B-C vemos en Palestina unos modelos muy característicos. En primer lugar, tenemos los boles carena- dos, algunos con pie, después las jarras de agua panzudas y con una sola asa que empalma la panza con el cuello, así como las escudillas o platos muy abiertos, las marmitas de fondo curvo, las jarras cilíndricas de an- cha boca y sin asas, los jarros rojos de ancho cuello y las anforitas pinta- das. Pero quizá lo más característico es la técnica de fabricación. Se utili- za un engobe rojo que se aplica sobre la pasta ya seca al sol. Después se procede al bruñido de la superficie sirviéndose de un pulidor resistente, sea una piedra o una concha, y a veces utilizando el torno. Más tarde se
introduce la vasija en el horno para su cocción. Esta es la técnica carac- terística de la cerámica palestina de la época, pues, por ejemplo, el em- pleo de la pintura suele ser raro.
Pues bien, tanto en las técnicas como en las formas, existe una clara diferencia entre la artesanía del norte y del sur. Un experto en el tema, co- mo fue E. Olávarri, lo resumió así: «Dentro de una homogeneidad gene- ral, durante los siglos IXy VIII a.C. existen unas diferencias constantes y definidas, tanto en la técnica de fabricación como en las mismas formas entre la cerámica procedente del reino del norte y del sur. Este fenómeno de diferenciación, no observado durante la época de los jueces y de la mo- narquía unida (siglos XIIa Xa.C.), y que aparece notoriamente durante la monarquía dividida, solo es atribuible, atendidas todas las circunstancias, al hecho mismo de la separación política de los dos reinos».
En realidad, ambos reinos hermanos vivieron ciertamente separa- dos, muchas veces voluntariamente distanciados ignorándose mutua- mente, y en ocasiones claramente enfrentados. Cuando llegaron a las manos, las luchas tuvieron lugar en el territorio fronterizo de Benjamín, al norte de Jerusalén. Esta tribu quedó del lado judaíta, pero fue terre- no de disputa ya desde los primeros días del cisma político y religioso de ambos pueblos.
Abías, rey de Judá (911-908 a.C.), y sucesor de Roboam, comenzó la guerra fratricida contra Israel, que por entonces estaba aún bajo el ce- tro de Jeroboam I. El hecho está narrado en 2 Cr 13. Atacó la frontera por Benjamín y consiguió anexionarse algunas plazas fuertes de Israel, entre las que se hallaba nada menos que Betel con su santuario y las ciu- dades de Ofrah (árabe El-Taiyibeh) y Jeshanah (árabe Burj el-Isaneh). Es- ta situación se mantuvo unos 25 años hasta que el rey israelita Basá (906-883 a.C.) consiguió en una campaña, no solo recuperar el territo- rio perdido, sino adentrarse en las mismas tierras judaítas y tomar la ciu- dad de Ramah (árabe er-Ram), que fortificó como baluarte contra Judá. El rey de Jerusalén, Asá (908-867 a.C.), logró contraatacar y reconquis- tó la plaza fuerte de Ramah, destruyó sus murallas aún no concluidas y con los materiales allí desmantelados fortificó, más al norte, las ciuda- des judaítas de Mizpah (Tell en-Nasbeh) y Geba (Jebah), volviendo las fronteras a su estado original anterior a las guerras. En realidad, el rey de Judá se valió de un «juego sucio», pues había enviado previamente
cuantiosos regalos al rey arameo de Damasco para que atacara a Israel por Galilea. El estado precario en que se hallaba la hacienda de Jerusa- lén se deduce de las mismas palabras empleadas por la Biblia para refe- rirse al acopio de regalos: «Asá cogió la plata y el oro que quedaba en los tesoros del templo y del palacio» (1 Re 15,18). Con el ataque del rey arameo Ben Hadad I, la mayoría de las tropas israelitas tuvieron que ir a defender la frontera norte, dejando desguarnecida la de Judá, circuns- tancia esta que fue hábilmente aprovechada por el rey Asá.
La arqueología nos ha permitido comprobar y clarificar la historia de estas campañas entre los dos Estados, del norte y del sur. No se ha ex- cavado en Er-Ram, ni en Jebah, pero sí en Tell en-Nasbeh, la antigua Mizpah. Se encuentra a la izquierda de la actual carretera de Jerusalén a Ramallah y es un tell ya ocupado desde el Calcolítico y en los comienzos del Bronce Antiguo. Tras una larga interrupción, aparece de nuevo habi- tado como ciudad israelita a partir del Hierro I. Pero cuando realmente llega a convertirse en una plaza fuerte importante es a principios del siglo IXa.C. La muralla de entonces es maciza, con entrantes y salientes, y re- forzada por 12 torres. Tiene un espesor de 4 m en el lienzo ordinario y hasta 9 m cuando coincide con las torres. Parece que tenía también un foso protector y, desde luego, glacis junto a las torres. Poseía dos puertas, una de las cuales fue abandonada cuando se hizo la otra algo más al nor- te. Esta entra en la ciudad lateralmente, de manera que el atacante se vea controlado por su lado derecho por parte de los defensores que se hallan sobre la muralla. La puerta es de doble tenaza, con sendos puestos de guardia, pero tiene hacia el exterior una plaza, como la puerta de la ciu- dad de Dan. Tanto las paredes de esta plaza, como las de los puestos de guardia, poseen bancos corridos, como en Beersheva y Dan. Junto a la primitiva puerta había una massebah, lo que recuerda otros casos, como Beersheva y Tell el-Fara’ah norte.
En el interior se han excavado varias casas, que siguen modelos ya co- nocidos, entre ellos el «de pilares» con cuatro habitaciones. Son muy abun- dantes las cisternas para retener el agua de la lluvia. Los objetos hallados son numerosos y de gran interés. Hay un sello que dice: «De Jaazaniah, siervo del rey». Es posible que se trate del Yazanías de Maaca, capitán a las órdenes de Godolías, que, siendo este gobernador de Judá, nombrado por Nabucodonosor, residía en Mizpah (2 Re 25,22-23; Jr 40,8).
Se trataba, pues, de una ciudad no grande, pero sí magníficamente fortificada, lo que coincide plenamente, en cuanto a contenido y cro- nología, con lo que nos ha transmitido el libro de los Reyes acerca de la guerra de Asá contra Basá.
Despues de esto, vemos transcurrir un período de paz entre ambos reinos y hasta una colaboración entre sus reyes. Josafat de Judá (867-846 a.C.) acompaña a Ajab, rey de Israel, en una campaña para reconquis- tar Ramoth de Galaad (1 Re 22,2-33), donde sufren ambos reyes un se- rio revés, y Ajab pierde la vida en el combate. Algún tiempo después, Jo- ram, rey de Israel (851-842 a.C.), emprendió, con la colaboración del rey Josafat de Judá (867-846 a.C.), una campaña contra Mesha, rey de Moab, a quien atacó con éxito por el sur del mar Muerto, si bien al fin tuvieron que levantar el asedio de Kir-Haresheth (Kerak) y retirarse (2 Re 3,4-27). Todavía Judá, ya solo, se vio obligado a aguantar, y esta vez con fortuna, un ataque de represalia por parte de los moabitas, que to- maron En-Gedi, en las riberas del mar Muerto, e intentaron acercarse a Jerusalén subiendo por el desierto de Judá (2 Cr 20,1-28).
El llamado «Obelisco negro», en donde está representado el rey israelita Jehú, rindiendo tributo
al rey asirio Salmanasar III. Hacia el 825 a.C.
Cuando el golpe de Estado de Jehú en Israel, el rey de Judá Ococías estaba de visita en la corte de Joram, rey de Israel (2 Re 9,16). Pero en los tiempos de Amasías de Judá (798-769 a.C.) vuelve el enfrentamien- to con Israel, que entonces se hallaba bajo el reinado de Joás (800-784 a.C.). La provocación vino por parte judaíta, y el texto bíblico es muy explícito en declarar la supremacía de Israel. Amasías mandó un mensa- je al rey israelita diciéndole: «¡Sal, que nos veamos las caras! Pero Joás de Israel le envió esta respuesta: El cardo de Líbano mandó a decir al cedro de Líbano: Dame a tu hija por esposa de mi hijo. Pero pasaron las fie- ras de Líbano y pisotearon el cardo. Tú has derrotado a Edom y te has engreído. Disfruta de tu gloria y quédate en tu casa. ¿Por qué quieres meterte en una guerra catastrófica provocando tu caída y la de Judá? Pe- ro Amasías no hizo caso» (2 Re 14,8-11). El resultado fue que Joás res- pondió al desafío de Amasías. No atacó de frente las fortalezas del norte de Judá, sino que bajando por los llanos de la costa se enfrentó con el ejército judaíta en Beth Shemesh. Las tropas de Amasías huyeron derro- tadas, el rey israelita las persiguió y entró en Jerusalén, pero al fin per- donó la vida a su colega, no sin obligarle a entregar un cuantioso botín. Las diferencias entre los dos Estados tuvieron su máximo exponen- te en los tiempos de Pecaj, rey de Israel (735-733 a.C.) y Ajaz, rey de Ju- dá (733-727 a.C.). Pecaj era uno de los cuatro conspiradores que subie- ron al trono de Israel en los últimos momentos de su historia, cuando la amenaza del Imperio asirio era ya agobiante. Se alía con Razín, rey de Damasco, y ambos atacan a Judá el año 734 a.C. y ponen sitio a Jerusa- lén, con ánimo incluso de destronar a Ajaz y sustituirle por Tabael (Is 7,6), que puede ser un príncipe transjordano, pero también el príncipe de Tiro, que en documentos asirios aparece con el nombre de Tuba’il.
Por si esto fuera poco, los edomitas atacan a Judá por el sur y has- ta los filisteos tratan de conquistar la Sefela e internarse en el Negev (2 Cr 28,18), mientras Razín emprende una campaña paralela para apo- derarse de toda Transjordania. Es entonces cuando el rey de Judá, para librarse de la hostil federación sirio-efraimita, acude a implorar la pro- tección del coloso asirio, que accede gustoso a su demanda. Solo trece años después, el rey judaíta Ezequías podrá contemplar impertérrito có- mo Samaría, la capital del reino hermano, cae en poder del coloso, y el reino de Israel se hunde para siempre.
La época de esplendor de Israel, primero como monarquía unida y luego separada, coincidió con un bache histórico en la línea política de las grandes potencias del Creciente Fértil, que iban turnándose el poder imperialista. Babilonia no había sido, hasta entonces, más que el fulgor pasajero de un relámpago en la historia del Próximo Oriente. Mitani ha- bía sucumbido tan misteriosamente como antes había hecho su apari- ción en la historia. El Imperio de los hititas no había podido sobrevivir a los embates de los «Pueblos del Mar», que aparecen como un presagio de lo que después llegará a representar el mundo egeo en Oriente. Egip- to, tras la decadencia progresiva y sin punto de retorno que supuso la XIX dinastía, era solo ya un «bastón de caña rota», que «penetra y tras- pasa la mano del que se apoya sobre ella» (Is 36,6).
Hay, sin embargo, a las orillas del Tigris, justamente en el triángu- lo que forma este con sus afluentes, el pequeño y el gran Zab, un viejo pueblo allí asentado, cuyo nombre hemos visto a veces barajarse en las luchas entre las grandes potencias, sin que él haya conseguido hasta aho- ra la verdadera dimensión de un imperio. Este pueblo, que aparece y desaparece en la historia como la luz de un cometa, sin que llegue nun- ca a competir con la del sol, es Asiria, llamado por fin ahora a desem- peñar su papel en el teatro de la historia del Creciente Fértil.
Los asirios fueron un pueblo ambicioso, guerrero y cruel. Conser- vamos muchos documentos y un gran repertorio de arte plástico narra- tivo que ilustra la vida y las ideas de los asirios. En este sentido artísti- co, Asiria podría recordar a Egipto, incluso por la calidad de sus pinturas y relieves, pero la diferencia de fondo es abismal. Mientras que los egipcios constituyen un pueblo tolerante, acendrado y con alegría de vivir, los asirios se muestran con una seriedad e impasibilidad que im-