El Hierro IIB-C
1. E L REINO DE I SRAEL
De los dos nuevos Estados resultantes de la división monárquica, el reino de Israel fue siempre el más poderoso, el de cultura superior y el llamado a heredar, dentro de unos límites mucho más modestos, el pe- queño Imperio Davídico-Salomónico. En efecto, con Jeroboam II (784- 748 a.C.), Israel llega a ensanchar sus fronteras, que no solo abarcan el territorio de Galaad en Transjordania, sino también el Haurán y Da- masco, hasta Lebo en las fronteras de Hammath. El reino norteño de Is- rael mantuvo siempre relaciones estrechas con los reinos siro-arameos, principalmente con Damasco. Estas relaciones mutuas estuvieron unas veces determinadas por alianzas, otras por guerras sangrientas. El terri- torio de Fenicia, en cambio, fue siempre independiente; no en vano coincide esta etapa histórica con el florecimiento del comercio en las ciudades de Tiro y Sidón. En esta época, los fenicios ocupaban no solo las costas de Líbano, sino también el litoral norte de Palestina, con ciu- dades como Akko, Tell Keisan y Tell Abu Hawam en la bahía de Haifa. Por otra parte, a la muerte de Salomón, Ammón y Moab recuperan su independencia de Israel. En los días de Mesha, rey moabita hacia el 850 a.C., su Estado conseguirá extender las fronteras a costa de Israel, a quien arrebatará la llanura de Mádaba con las ciudades de Ataroth, Nebo, Jahad, haciendo de Dibón su capital y fortificando Aroer, vigía sobre la gargan- ta del Arnón, así como las ciudades de Bet-Diblathaím y Bet-Baal-Meón, entre otras. Es el propio Mesha quien lo describe en la famosa estela, des- cubierta en Dibón, hoy en el Museo del Louvre, cuyo largo texto co- mienza así: «Yo soy Mesha, hijo de Kemoshyat, rey de Moab, el dibonita. Mi padre reinó sobre Moab durante treinta años y yo reiné después de mi
padre... Omri era rey de Israel, oprimió a Moab durante muchos días, ya que (el dios) Camós estaba irritado contra mi país. Y su hijo le sucedió y dijo: Oprimiré a Moab. En mis días habló de este modo, pero yo triunfé de él y de su casa. E Israel quedó arruinado para siempre...».
Jeroboam I, rey de Israel (928-907 a.C.), estableció su capital en Si- quem (1 Re 12,25), la única ciudad capaz de competir con Jerusalén por su significación en la historia del pueblo israelita, con los recuerdos de la tumba de José (Jos 24,32) y, sobre todo, del famoso pacto yahvista entre las tribus en tiempos de Josué, verdadero signo de identidad de Israel, a parte de las tradiciones patriarcales acerca de la ciudad. Sin embargo, Si- quem era por entonces una ciudad modesta, que poco recordaba su anti- guo esplendor durante la Edad del Bronce. Las excavaciones arqueológicas nos indican que, a finales del siglo X a.C., fue reconstruida, pero pronto iba a ser abandonada por la corte, que se trasladaría primero a Penuel en Transjordania y luego a Tirsa en tiempos del rey Basá (906-883 a.C.).
Esta última ciudad se corresponde con Tell el-Far’ah norte, plaza muy estratégica en la cabecera del wadi de su nombre, que se dirige al va- lle del Jordán y fue, como ya hemos dicho en distintas ocasiones, camino habitual entre Cisjordania y Transjordania. La ciudad había sido habitada
Estela del rey de Moab, llamado Mesha, donde se cita al rey de Israel. Hacia el 850 a.C. Museo del Louvre, París.
Kadesh Ba rnea Betel Dan Elat Teman Dibón Beersheva Hebrón Belén Gezer Gaza Penuel Ramoth de Galaad Dor Megiddo Hazor Akko Sidón Damasco Arad Kir-Moab Jerusalén Gat Siquem Rabbath- Ammón Tiro MAR MEDITERRÁNEO E G I P T O E D O M M O A B AMMÓN J U D Á FI L I ST EA I SR A E L A RA M FENICIA GESHUR Samaría
desde el Neolítico y, como otras ciudades palestinas, tuvo destacada im- portancia en el Bronce Medio. En ella tuvieron su corte, además de Basá, los efímeros reyes Elah y Zimri. Omri (882-871 a.C.) «reinó seis años en Tirsa. Compró la montaña de Samaría a Semer por dos talentos de plata, fortificó el monte y a la ciudad, que él había construido, le puso por nom- bre Samaría, del nombre de Semer, el dueño del monte» (1 Re 16,23-24). Las excavaciones realizadas en Tell el-Fara’ah por la Escuela Bíblica Francesa de Jerusalén pusieron de manifiesto, entre otras cosas, la existen- cia de un estrato del Hierro IIB, el estrato III, que corresponde a la época que nos ocupa. Se seguían entonces utilizando las murallas de la Edad del Bronce y hasta un pequeño templo junto a la entrada con una massebah. Pero lo que ha llamado más la atención ha sido las ruinas de un palacio que fue pacíficamente abandonado antes de que su construcción hubiera sido concluida. Su descubridor, el padre De Vaux, lo ha interpretado como señal del abandono de la ciudad por la corte que se trasladó a Samaría. A pesar de ello, la ciudad en su conjunto no fue abandonada por completo, pues hay restos atribuidos al siglo IXa.C., y sobre todo al siglo VIII(estra- to II). En realidad, la ciudad sobrevivió hasta su total destrucción, de la cual hay claras señales, llevada a cabo por los asirios hacia el año 723 a.C. Samaría, como Jerusalén, está en la cima de un monte. No es, por tanto, un simple tell o colina formada por los restos de una ocupación humana reiterada sobre el mismo lugar. En efecto, la ocupación más an- tigua de Samaría consiste precisamente en las ruinas del palacio de Om- ri, y solo había sido precedida en el Calcolítico por un modesto poblado. Evidentemente, la nueva ciudad se hallaba en un lugar geográficamente muy céntrico, para desde él controlar todo el país. Las excavaciones lle- vadas a cabo en Samaría por la Escuela Británica nos demuestran que los tipos cerámicos más antiguos de la nueva ciudad se corresponden cronologicamente con los últimos del estrato III de Tell el-Fara’ah, lo que ilustra una vez más el texto bíblico.
El palacio de Omri, después restaurado y completado por Ajab, su sucesor (871-852 a.C.), fue una construcción digna de un gran rey. Abarcaba en lo alto del monte una extensión de unas 4 ha y constaba de un recinto amurallado con muro de casamatas, de planta más o menos cuadrangular, en cuyo interior se encontraban la residencia real y el cen- tro administrativo del reino. La calidad de la construcción era extraor-
dinaria, con sillares bien labrados al estilo fenicio y pilastras con capite- les protoeólicos. Los hallazgos de numerosos fragmentos de placas de marfil decorado hacen suponer que era habitual su aplicación princi- palmente al mobiliario. De hecho, la Biblia llama a la casa de Ajab «el palacio de marfil» (1 Re 22,39).
Otra ciudad de Israel muy importante sigue siendo Megiddo, en donde se refugia Ococías de Judá, herido de muerte, cuando le sorpren- de en Israel el golpe de Estado que derribó a su pariente el rey Joram de Israel, al que iba a visitar (2 Re 9,27). Megiddo había sido de nuevo for- tificada en tiempos de Ajab. Es el estrato IV-A. Se construyó entonces una nueva muralla de entrantes y salientes, se restauró y acomodó a ella la puerta norte transformándola en puerta de tres tenazas, se construyó el llamado «palacio del gobernador» en el este y, sobre todo, se hicieron grandes edificios en el nordeste y sureste, destinados, al parecer, a servir de cuadras para caballos, cuyo número se ha calculado en 492, con pe- sebres individuales, y cocheras para unos 150 carros, lo que permite sos- pechar que allí se hallaba acantonado un destacamento de carros de combate. Por una inscripción asiria de la época de Salmanasar III, sabe- mos que el rey Ajab poseía un poderoso ejército de 2.000 carros y 10.000 soldados de infantería. Parece verosímil que Megiddo fuera una de sus plazas militares. Por otra parte, las obras hidráulicas para abaste- cer de agua a la ciudad, realizadas durante este período, fueron muy im- portantes. Se construyó dentro del recinto un gran pozo de 35 m de pro- fundidad, al que se descendía por una escalera tallada en la roca, la cual daba acceso a un túnel de 63 m, que conducía al manantial extramuros, el cual se hallaba disimulado por el exterior, para que el enemigo, en tiempos de asedio, no pudiera cortar el abastecimiento de agua.
Igual hemos de decir respecto a la plaza fuerte de Hazor, cuyos es- tratos VIII-VII corresponden al siglo IXa.C., y el estrato VI al siglo VIII a.C., es decir, simplificando, a las épocas de Omri-Ajab y de Jeroboam II. La ciudad alta reforzó sus fortificaciones ampliando algo su períme- tro. Fue construida una acrópolis con su palacio en el extremo oeste y un edificio con hileras de pilares en el centro, similar a los establos de Megiddo, junto a la vieja puerta salomónica. Sin embargo, aquí el edi- ficio no fue destinado a cuadra, sino a almacén. También se construyó un gran pozo cuadrangular con escalera lateral, excavado en los sedi-
mentos anteriores del tell y después en la roca, hasta una profundidad de 30 m, el cual conducía a un túnel de 25 que daba acceso a la fuente extramuros, o, por mejor decir, permitía llegar al lugar donde se embal- saba el agua de ella, sin necesidad de ir hasta el manantial mismo.
Otra ciudad importante de la época era Tell el-Ureimeh, la antigua Kinneret, atacada por el rey de Damasco en los tiempos de Basá de Is- rael (1 Re 15,20), que se hallaba en la ribera oeste del lago de su nom- bre: Genesaret. Estaba amurallada y tenía al sur una puerta de doble te- naza, junto a la cual había un santuario en plataforma, con restos de un altar, en donde se halló la estatuilla de un dios sentado. El caserío se dis- tribuía por todo el interior del recinto, apoyándose a veces en la propia muralla. Entre las casas, figuran las que siguen el conocido modelo lla- mado «de pilares». Por su parte, en el ángulo suroeste de la acrópolis se ve un gran edificio de comienzos del siglo IX a.C. Hay claramente dos fases en la ocupación de la ciudad durante el Hierro IIB. La primera (ni- vel III), que tenía una extensión mayor, corresponde al siglo IXa.C., y la segunda (niveles II y I), más restringida, al siglo VIIIa.C.
Pero quizá las ciudades más importantes de Israel, famosas en fun- ción de sus respectivos santuarios, eran las de Betel y Dan, escogidas por Jeroboam I para establecer allí su templo real, que compitiera con el de Jerusalén (1 Re 12,29-33). En estos templos se dice que a Yahveh se le adoraba bajo la forma de un becerro. Esta representación tenía ya pre- cedentes en la historia de Israel (Ex 32,4ss) y se fundaba en el hecho de que Baal y otros dioses semitas de la tormenta tenían por trono o pedes- tal un toro. A su vez, el propio dios supremo, El, es llamado toro en los textos de Ugarit. Del templo de Betel, la Biblia no solo habla del bece- rro, sino también del altar (1 Re 13ss).
La arqueología nos ilustra muy poco sobre la Betel israelita. La ciu- dad, que había tenido considerable importancia en la Edad del Bronce, viene a ser ahora una población más bien pobre durante el Hierro IIB. Pero es cierto que su antiguo santuario se reconstruye en el siglo VIII a.C. Por el contrario, en lo que se refiere a Dan, las excavaciones arqueo- lógicas nos han proporcionado muchas noticias. Aunque, una vez más, los habitantes de la ciudad aprovechan las antiguas murallas del Bronce Medio, se hace ahora una nueva puerta más al sur, la cual se conserva perfectamente. La persona que accede a ella debe pasar al pie de un mu-
ro, que le queda a su derecha, es decir, en la mano en que el visitante o asaltante no lleva escudo. Desde allí podía ser vigilado y controlado por los defensores, situados en lo alto de la muralla. Después se pasa a una pequeña plaza de suelo empedrado, donde hay una especie de sitial pa- ra el rey, o quizá para una estatua. Se trata de la «plaza de la puerta de la ciudad», de que se habla en algunos textos (Jue 19,15; 2 Cr 32,6; etc.) como típica de las ciudades israelitas. Después era preciso atravesar tres tenazas (puertas) con su doble cámara para la guardia en ambos lados y, finalmente, continuando por un pasillo, se doblaba a la derecha y se su- bía por una escalinata hasta la antigua puerta de la ciudad. Toda esta nueva y magnífica construcción puede datarse del tiempo de Ajab.
Pero lo que más despierta nuestro interés en este momento es el san- tuario construido por Jeroboam I y después ampliado por Ajab. Se en- cuentra en el noroeste del tell, en su parte más alta. En la época de Jero- boam consistía en una plataforma rocosa de 19 x 3 m, un típico bamah o «lugar alto» de culto cananeo, de los que tanto se habla en la Biblia. Junto a él existen algunas construcciones. Se hallaron dos grandes pithoi con decoración de serpientes, un incensario, y una enorme cubeta como para lavado o ceremonia de purificación, además de otros objetos.
Ajab dio nuevo esplendor a todo el conjunto. Construyó el bamah apoyado sobre bellos muros de sillares al estilo fenicio, y al que se acce- día por una gran escalinata. Junto a él levantó lo que ha de interpretar- se como un templo, así como otros edificios. Se han hallado varios alta- res, uno completo con los cuatro cuernos en las esquinas, los fragmentos de otro de gran tamaño, también otros altares, en este caso de mam- postería, y objetos de culto junto a ellos, como tres paletas de hierro, un jarro con cenizas y otras vasijas metálicas.
2. E
L REINO DEJ
UDÁDesde luego, el reino del sur llevó una vida mucho más modesta que el del norte. Ni gozó de la preponderancia política de Israel, ni dis- frutó de las riquezas y bienestar de aquel reino, ni sus ciudades tuvieron el empaque y la belleza arquitectónica de las de Israel. Solo a la caída del reino del norte, Judá adquirirá una nueva vitalidad, y se hará patente un afán constructor y renovador por parte de sus reyes. Esto será debido no
solo a la ausencia del Estado rival, sino a otros factores, como el ocaso del poderío asirio y, sobre todo, a la incorporación al propio reino de Ju- dá de numerosos elementos israelitas procedentes del norte. Téngase en cuenta que, en el siglo VIIa.C., Judá pudo extender sus dominios terri- toriales a zonas que antiguamente pertenecían al reino del norte, y que numerosas gentes de aquel reino, que no fueron deportadas por los asi- rios, acabaron inmigrando a Judá, con todo lo que esto supuso de apor- tación cultural, de ideas, tradiciones, técnicas y modos de vida.
El primer golpe serio que sufrió el reino de Judá, al poco tiempo de su desvinculación con Israel, fue la incursión de castigo llevada a cabo el año 924 a.C. por el faraón Shishak, en un afán extemporáneo de evo- car antiguas glorias egipcias, aprovechándose de la muerte de Salomón y de la consiguiente división de su antiguo y poderoso reino. Aunque la expedición militar egipcia alcanzó incluso al reino de Israel, fue sin du- da Judá la tierra más castigada. El faraón conquistó primeramente las ciudades clave cercanas a la frontera, como Gaza y Sharuhen, y después, al parecer, dividió sus fuerzas. Una iba destinada al ataque de los asen- tamientos y fortalezas del Negev, llegando incluso a Ezion Gever, con el fin de cortar la salida por Palestina de las rutas comerciales de Oriente. Con el otro ejército continuó hacia el norte, recuperando la antigua ciu- dad egipcia de Gezer y, por el paso de Bet Horon, subió a Jerusalén, donde el rey Roboam se vio obligado a pagarle un fortísimo tributo. «Se apoderó de los tesoros del templo y del palacio, se lo llevó todo» (1 Re 14,26). De aquí, Shishak emprendió la razzia contra Israel. Atacó Si- quem y Tirsa, pasó a Galaad donde atacó Penuel. Fue después a Galilea por Beth-Shean y subyugó algunas ciudades, entre ellas Megiddo, don- de erigió una estela que aún se conserva. Desde aquí tomó la Via Ma- ris, camino de regreso a Egipto. La expedición egipcia no tuvo mayores consecuencias políticas y territoriales, salvo la destrucción de algunas ciudades y la recogida de abundante botín. No parece que Shishak re- tuviera ninguna de las plazas conquistadas, pero sí es cierto que, si- guiendo una vez más las tradiciones de otros faraones, hizo representar sus conquistas sobre una de las paredes del templo de Karnak en Tebas. El carácter grandilocuente y anacrónico de la expedición se aprecia a simple vista por el estilo y las frases del propio rey. Por ejemplo, cuan- do dice: «He sometido por tres veces a los asiáticos de los ejércitos de Mitani». Como sabemos, Mitani hacía ya más de 400 años que no exis-
tía. Sin embargo, los efectos del ataque de Shishak a las ciudades son bien visibles en la estratigrafía arqueológica de varios tell palestinos.
Con el rey Josafat (876-846 a.C.), el reino de Judá realiza los pri- meros intentos serios por salir de su postración, reorganizando la Admi- nistración mediante la probable creación de doce distritos, que recuer- dan la antigua división política del territorio de Israel realizada en su día por Salomón. También fortificó algunas ciudades y trató de restaurar el antiguo puerto de Ezion Gever, aunque sin éxito. Colaboró con el rey de Israel en sus campañas contra Moab. Joram (846-843 a.C.), su sucesor, perdió definitivamente el control sobre el reino de Edom.
Ozías, rey de Judá (769-733 a.C.), supuso otro nuevo impulso en el engrandecimiento del reino, puesto que, tras sus campañas contra los filisteos, consiguió una salida al Mediterráneo a través del puerto de Yav- neh, así como la reconstrucción del puerto de Elat en el golfo de Akaba (el antiguo Ezion Gever) y un control y restauración de las fortalezas en el Negev. En su tiempo, Edom volvió a estar sometido a Judá, lo que consiguió en buena medida gracias a las campañas que había ya inicia- do su padre el rey Amasías (798-769 a.C.). Ozías fue contemporáneo de Jeroboam II, y en sus días la monarquía dividida ensancha las fronteras de ambos Estados hasta unos límites a los que no se había llegado desde los tiempos de Salomón, ni se volvería a llegar después.
Pero es a partir del rey Ezequías (727-698 a.C.), y sobre todo bajo Josías (640-609 a.C.), cuando el reino de Judá adquiere un prestigio grande y una extensión territorial que le permite la incorporación de los antiguos territorios de Samaría, Galilea y Galaad.
Respecto a la capital, Jerusalén, la arqueología nos dice que la ciu- dad seguía teniendo en un principio el mismo perímetro que en la épo- ca salomónica, pero, sin embargo, se iban extendiendo los barrios extra- muros, sobre todo por el oeste. Al pie de la acrópolis de David, y apoyadas en la muralla exterior, se edificaron varias casas en el siglo VII a.C., tres de las cuales han podido ser descubiertas en las excavaciones allí realizadas en estos últimos años. Se trata de las llamadas «Casa de Ahiel»,